El cuaderno

Mercedes dejó el libro sobre la mesa y volvió a reclinarse en el sillón en el que había permanecido la última media hora leyendo. Leer durante tan poco tiempo no sorprenderá a nadie hoy en día, aunque a muchos posiblemente les pueda parecer un lapso muy escaso, casi insultante. Pero Mercedes tenía esa manía o hábito. Siempre que un libro caía en sus manos y comenzaba a descifrar su escritura, transformándola en imágenes y sensaciones, en conocimiento del tipo que fuese, por muy diversa que fuera la manera en que lo leyese y el tiempo que durase esa acción; siempre, repito, dejaba las últimas páginas intactas, los últimos poemas del libro o el postrer capítulo y no leía más. Esperaba, dejaba reposar su lectura, pensaba en la historia y se obligaba a tener tiempo el día siguiente. Entonces, cumplido el plazo, rescataba el abandonado tomo y se acomodaba, sin prisas, leyendo y disfrutando de esa última bocanada de la obra. Era una bonita costumbre, así se lo parecía.

El último libro que había leído, ese mismo que ahora dejaba sobre la mesa, trataba de la vida de unas mujeres en su día a día. Era un argumento muy simple pero que la autora había tratado muy bien. Al final una de ellas huye a Londres para empezar una nueva vida, otra queda embarazada de su pareja infiel y una tercera consigue cumplir uno de sus sueños. Era muy sencillo, pero a Mercedes le había emocionado.

La mujer suspiró y bebió el último sorbo del café, que ya estaba bastante frío. Luego se levantó con el libro en la mano y caminó hasta la estantería donde lo guardó con cuidado en el lugar que pertenecería a esa novela a partir de entonces. Luego observó su colección, era modesta, abundaban las novelas; nada muy sesudo, pero ella buscaba en la literatura un método de distracción, de entretenimiento. Se dio cuenta de que había tres o cuatro volúmenes (los mismos de siempre) que no había leído ni tenía ganas de empezar con ellos. Luego se fijó en ese que le regaló su hermana para navidad y que todavía no había cogido. Le echó un ojo a la contraportada y recordó lo que le habían comentado de la novela, lo volvió a abandonar sobre el estante, ya que en aquel momento no le apetecía un dramón como era aquel. Paseó por su piso, buscando algo que se le hubiera pasado. Quizá Pedro (su novio) hubiera dejado alguno de los suyos allí. Fue al cuarto y miró la mesita de noche que destinaba a su pareja, pero no encontró ningún libro. Extrañamente sí encontró un cuaderno. No recordaba si era de ella y permanecía en aquel lugar desde tiempos inmemorables, o si, verdaderamente, era de su novio. Lo cogió sin mala intención, lo abrió y echó un vistazo. Desde luego no era su letra. Estaba muy escrito, de corrido, lleno de letras de bastante tamaño y con algunos tachones.

Cinco minutos más tarde Mercedes se sorprendió a si misma echada en la cama leyendo aquel cuaderno que no le pertenecía. Estaba violando la privacidad de su novio y aquello le hizo sonrojar aunque no hubiera nadie en casa. Lo cerró y lo guardó en el cajón para evitar tentaciones.

Lo malo, pensaba mientras preparaba la cena en la cocina, era que ahora conocía “el secreto” de Pedro. Estaba escribiendo una novela, o eso parecía aquel cuaderno. La trama, por lo poco que había logrado entrever, giraba entorno a un chico inmigrante que estaba preocupado por los parientes que había dejado en su tierra natal, en especial por su hijita a la que añoraba. Le había interesado instantáneamente. Mercedes no entendía mucho de literatura, pero sabía cuando algo le gustaba. Decidió, mientras metía la lasaña en el horno, que aquella noche le diría a Pedro que había tomado su cuaderno y había visto aquella novela y le pediría que le dejase leerla.

Cuando Pedro llegó al piso se encontró a Mercedes algo agitada y cuando preguntó ella le reveló que había encontrado su cuaderno con los escritos. Pedro escuchó serio y meditó durante un momento, finalmente se encogió de hombros y le dio permiso para leerla, aunque le advirtió que no le gustaría el final.

Mercedes, intrigada, leyó el cuaderno en dos tardes, pero dejó el último capitulo para el tercer día. Como siempre en su ritual se preparó un café, se sentó en el sofá y tomó el cuaderno de Pedro. Hasta entonces la trama había transcurrido prolongándose un par años. El protagonista había empezado a entablar una vida realmente en España y comenzaba a tener amigos y disfrutar de la mejor calidad de vida. Su hija vendría pronto a vivir a España con él. De las nuevas amistades destacaba otro chico con el que quedaba prácticamente a diario y que le había ayudado mucho a integrarse. Era un hombre de su misma edad, con novia y que había conocido en el trabajo. El último capitulo, sin embargo, relataba un final para nada esperado, en el que los dos hombres terminaban besándose.

Mercedes buscó en las siguientes páginas la continuación, pero no existía, el resto de páginas estaba en blanco. No entendió por qué Pedro creería que aquel final no le gustaría y pensó que posiblemente se refiriese a que no estaba terminado, ya que parecía demasiado abierto. Decidió preguntarle aquella noche cuando cenasen con unos amigos en un restaurante cercano.

Mercedes se arregló, se vistió y llegó ligeramente retrasada al local. Cuando se sentó en la mesa se sorprendió de no conocer al hombre, moreno, que iba con su novio. Para su mayor sorpresa una pequeña niña de seis años con unos ojos preciosos la miraba algo asustada desde otra de las sillas. Mercedes, que de pronto comprendió todo, se desmayó.

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