Las personas desaparecidas

Martín estaba tirado en la cama. “Tirado” es la palabra adecuada, ya que acostado sería decir que estaba cómodamente asentado, pero no, estaba tirado, como si le hubieran dado un balazo en la cabeza y hubiera caído con todo su peso. Martín, sin embargo, estaba vivo, o eso se habría dicho considerando que respiraba y que tenía un pulso bastante sano. Aun con todo, Martín se sentía bastante bajo de ánimo, casi muerto, si hubiera sabido cómo se sienten los muertos. La apatía le invadía, por eso miraba las paredes húmedas de su cuartucho, esperando que algo, fuera lo que fuese, irrumpiera en su vida y le produjese un sentimiento, una sensación. A aquellas alturas ya le daba igual qué fuese aquello.

Martín echaba de menos a alguien, le añoraba, sentía una melancolía tremenda por su recuerdo. La pérdida le había dejado un “hueco” que no estaba dispuesto admitir, porque depender así de alguien era un tanto monstruoso, eso le parecía. Él, que siempre se había admitido librepensador, libre en cuanto a acciones, libre de sentimiento y de todo, incluso se había admitido contracultural, términos que a él, en el juicio mal formulado de si mismo, le parecían ciertos. Por eso cuando aquella persona desapareció de su vida y se fue lejos, muy lejos, a Martín le costó admitir que la añoraba de aquella manera tan poco libre porque él no podía permitirse tal dependencia.

Julia, sin embargo, en algún edificio cercano, era ajeno a Martín, de hecho ni siquiera le conocía. Quizá se cruzaron alguna vez en la calle, pero eso no importa. Lo que sí importa es que Julia echaba de menos a otra persona, alguien que tampoco tenía nada que ver ni con Martín ni con aquel a quien él añoraba. Nada les unía, tan sólo el hecho de evocar a alguien al mismo tiempo.

Julia miraba la televisión. “Mirar” es la palabra clave, ya que no veía propiamente la televisión, no estaba atendiendo al programa que daban ni a lo que decían o a las imágenes, no, ella estaba observando sin fijarse, algo así como cuando nos sentamos un día en que llueve sin escuchar con atención el ruido de la lluvia, pero oyéndolo a pesar de todo. Julia miraba la televisión, sonreía de cuando en cuando como por empatía con su padre, sentado a su lado, pero realmente no se fijaba en nada. Estaba completamente entregada a la nostalgia por aquella persona que echaba de menos. En aquel momento, no sabía bien por qué y tampoco se lo planteaba, estaba recordando un paseo bajo la lluvia un día de otoño mientras tomaban un helado. Aquella persona hablaba y ella escuchaba, ella sonreía y se sentía muy cómoda con la otra persona a pesar de no conocerse demasiado. Era una pena, pensaba Julia, que las estaciones pasasen y separasen a las personas.

Roberto, que dos años antes había visto un día a Julia en el metro y había pensado que era guapa, pero que jamás se volvió a cruzar con ella ni tampoco tenía relación alguna con Martín ni con las personas a las que él y Julia echaban de menos; también recordaba a alguien, en otra parte de la ciudad.

Roberto se encontraba en una cafetería, charlando con un par de amigos. “Charlando” no sería la palabra apropiada para aquello, ya que desde hacía un buen rato Roberto no hablaba, se limitaba a sonreír y asentir mientras los otros discutían sobre algo, quizá sobre trabajo o sobre fútbol, él no lo sabía bien porque no atendía para nada a aquella conversación. Roberto estaba completamente ocupado tratando de recordar el olor de esa persona a la que echaba de menos. Buscaba los detalles de su perfume, la mezcla de aromas de su cuerpo, el tacto de su piel y el color exacto de sus ojos. La añoranza de Roberto era mucho más sensual que la de Martín o la de Julia, pero no por ello más intensa. Roberto rememoraba el momento en que besó por primera vez a aquella persona en el parque, o la cena siguiente o la primera vez que se acostaron. Lo recordaba todo y de cuando en cuando se le escapa algún suspiro porque quería estar con la persona que no tenía, que hacía mucho tiempo que no había vuelto a ver y que no sabía a ciencia cierta si le correspondía en los pensamientos y en los sentimientos. Roberto, sin embargo, callaba y volvía a afirmar sin ganas lo bueno que cierto jugador era en cierto equipo.

Martín, Julia y Roberto en un mismo momento y en la misma ciudad tenían sentimientos y recuerdos muy parecidos, cada uno en su propio mundo y con sus propias circunstancias, pero muy cercanos entre sí sin saberlo. A la vez, aquel sentimiento de lejanía entre ellos y las segundas personas, les hacían en parte infelices, conformaba un pequeño inciso en sus vidas, una dolencia no demasiado grande, pero que estaba ahí y que recordaban cada día; era una herida que escocía todas las tarde y que no querían curar, que padecían con alegría profunda porque en el fondo esperaban que aquellas segundas personas tuvieran la misma herida y no la dejaran cicatrizar, al igual que no lo hacían ellos. Era una esperanza que no sabían si se cumpliría, pero que deseaban que así fuera.

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