Neurosis

Tenía un ojo más grande que otro. Un ojo que se ampliaba, se abría a lágrima viva y cuya pupila se dilataba hasta ocupar todo el hueco. El mundo se dislocaba, se difuminaba, reventaba en un millar de plumas espinadas y terminaba convertido en ese pájaro infernal que abre las alas y se traga todo, se traga el mundo y se revuelve sobre sí mismo hasta colisionar y formar un anillo de chispas que crea la nada. De ello surge un monstruo, un titán que asoma su corona y aplasta la serenidad de la misma existencia caótica. Así todo concluye.

La sombra de yergue, absoluta, enorme, corpórea, como si realmente fuese ella misma un dios ancestral. Sí, esa sombra se alza y mira a un lado y luego a otro, hasta quedar sus ojos clavados en los míos, mis ojos distintos, con ese ósculo más grande en cuya cuenca baila cual fuego fatuo.

Y decae todo, en un remolino de agua y flores que se precipita como un tornado desde mi boca, expandiéndose hacia las nubes, tragándolo todo. Allí está la ciudad en donde habito, con sus edificios desgajándose ante la fuerza de mi huracán, arrasándose sus fachadas poco a poco, a manotazos, tal que un niño no lo habría hecho con más rabia. Desaparece el asfalto, la cobertura de ladrillo, el cemento también, y quedan las personas: desnudas, implorando perdón de rodillas y con las manos unidas en muda súplica. Pero mi alma es oscura y jamás admitiré el perdón a los débiles.

Algo falla, lo siento, me giro. Es inaudito, ahí está él. Aparecido entre las llamas, un fantasma que viste andrajos y me señala con mano huesuda. No ha pronunciado palabra y ya siento su juicio sobre mi espalda, estoy perdido, no hay salvación ante su dedo ejecutor. Huyo, sin sentido, corriendo por la devastación que yo mismo he perpetrado aún sin intención de hacerlo verdaderamente. En mitad de mi carrera llega la crisis. Me afecta como un relámpago que golpease en mi cabeza y me derriba. Caigo al suelo, exhausto, jadeando por el esfuerzo de la huida, asesinado por ese puñal que algún Zeus arrojó contra mí.

En un póstumo esfuerzo me coloco boca arriba, vencido, completamente vencido en medio de ningún lugar. Con mi ojo que se empequeñece por momentos mientras deja de ver las estrellas del cielo, las lunas, las constelaciones…

Pársifal aparece, baja de una escalera plateada hacia mí. Está tranquilo, cada uno de sus movimientos está diciendo que no hay prisa, que está bien y tenemos todo el tiempo del mundo para nosotros. Ahí está, coronado, con la lanza en su mano. Le veo, con los ojos despiertos, acercándose a mí, tendiéndome la mano que ignoro y vuelvo a ignorar. Grito, quiero que todo termine. Pársifal me arroja la lanza y no falla, me hiere profundamente, hasta llegar a mi alma, que se desgaja.

-Observa el mundo arder –susurro con mi ultimo aliento.

El caballero se unge con las manos y el arma cae al suelo, yo ya no puedo cogerla, no puedo, porque mis ojos se comienzan a cerrar. Donde brota mi sangre comienza la deflagración y todo arde en una locura desmedida que empieza a devorar la nada, que engulle a Pársifal, derritiendo su delicado rostro, asándolo en su armadura negra y convirtiendo en cenizas su cabello blanco y sus ojos perfectos. Él aúlla y yo, si pudiera, sonreiría. La realidad se cuartea, se viene abajo y las imágenes se colapsan en unicidades de color distintas y paralelas. La luz se difumina, la sombra vuelve al lugar relegado que le corresponde, mi cara pintada aparece en primer plano, con los ojos perfectos, el gesto aún vivo y mis pupilas que comienzan a adquirir el tamaño acostumbrado.

Veo el mundo a mi alrededor y suspiro.

Anuncios

Un comentario en “Neurosis

  1. tatojimmy dijo:

    Hoy soñé.
    Soñé con fuego y destrucción. Soñé que me había quedado solo. Estaba angustiado, porque todo a mi alrededor era odio, o indiferencia.
    Los caballeros me señalaban con sus dedos acusadores.
    Mi corazón se contraía. Apenas tenia fuerzas para bombear la sangre por mi orondo cuerpo.
    Fuego, destrucción.
    Odio.
    Soledad.
    Me desperté sudoroso, asustado. Miré alrededor, y vi mi cueva, en esa montaña perdida en la que ahora habito, retirado del mundo, en soledad.
    Y lloré. Porque comprendí que no valoré lo que tuve, lo que fui. Y me ahogué cuando lo perdí todo, hasta lo que nunca supe que poseía.
    Cogí un trocito de espejo, el único que poseo. Me miré, y no vi más que un monstruo. Un desecho de la sociedad, que no supo apreciar lo que tuvo, ni siquiera a si mismo, que es lo más grande que todos podemos tener.
    Y lloré.

    besos.
    muchos.
    envueltos.

    PD. Perdón por el atrevimiento, pero me apetecía escribir.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s