Don Gerardo

Era corpulento, extremadamente gordo y con una barriga grande y redonda que hacía juego con su nariz rojiza. A pesar de todo, iba siempre vestido pulcramente, siempre con trajes de sastre y zapatos caros. El día que le conocí llevaba uno blanco con finas rayas grises que corrían, verticales, por todo su cuerpo. El enorme abdomen parecía a punto de reventar bajo la presión de un chaleco de idéntica tela al traje. La camisa era blanca, no llevaba corbata ni nada en el cuello porque le ahogaba, en su lugar tenía un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, de color rojo sangre con flores de lis bordadas en oro. La cara, igual de gruesa que el cuerpo, tenía muchos pliegues y una barba cuidada aunque muy abundante. Los ojos se escondían tras unas grandes bolsas, eran pequeños y marrones, miraban cautos y tranquilos bajo unas espesas cejas. Apenas tenía pelo en la cabeza y a menudo cubría su calva con sombreros a juego con sus trajes. Además de todo aquello, siempre le acompañaba un bastón que usaba más para juguetear que para otra cosa, aunque, si caminaba un poco, rápidamente se fatigaba y tenía que hacer uso de él. Extrañamente era un hombre muy ágil a pesar de su envergadura y su edad, pues contaba con unas cincuenta primaveras muy gastadas y se movía como alguien de cuarenta acostumbrado a ser escurridizo. Recuerdo claramente el café en que me lo presentaron, Héctor me había llevado allí para refrescarnos en una de esas bochornosas tardes cubanas y allí estaba él, con su oronda barriga, mirándonos nada más atravesar la puerta. Dominaba el local desde un lateral, cerca de la ventana por la que entraba una suave brisa de cuando en cuando y refrescándose con un abanico de tela blanca. Estaba sentado en el sillón de mimbre como si fuera su trono y quizás lo fuera realmente.

Antes de poder pedir algo, el camarero nos indicó que Don Gerardo, así le llamó, nos invitaba a su mesa y a lo que pidiéramos. Nos acercamos, sonreímos, hicimos las presentaciones y nos sentamos a su mesa. Era español, como nosotros. Nos confesó que era precisamente la nacionalidad por lo que nos había invitado, llevaba fuera de la península un par de años y echaba de menos su país. Era una persona muy alegre, pedimos mojitos y a la tercera ronda él se decantó por café con leche. Es bueno tomar algo caliente cuando hace calor, nos dijo. La conversación se prolongó unas horas y nos relató a grandes rasgos su vida y sus negocios: era hijo de republicanos, su padre había sido político y tuvo que huir pronto del país. Vivía con su familia en los USA, pero ahora estaba en La Habana por negocios que le tenían ocupado. Le gustaría volver a España, pero se había enamorado de La Habana y su familia se negaba en rotundo; además –nos explicó- allí está Franco. Era 1950.

Después de Cuba, mi viaje sólo era una excusa para ver a Héctor, me fui a París ya que me había negado volver a España y quería ser y sentirme libre. Allí pronto me adapté a la vida parisina, conseguí asentarme en pocos años y ganarme el pan como traductor en una editorial que no pagaba mal. Vivía bien aunque sin grandes lujos y la ciudad me fascinaba, ayudaba que me había enamorado un par de veces, primero de una francesa y luego de una belga que estaba allí para pasar el verano de 1957, sobra decir que aquel romance sólo duró el verano, además estaba casada, aunque yo no lo supe hasta después. El otoño fue un poco aburrido y el invierno pasó en una nebulosa de buen vino, queso, cenas y amigos abundantes. Con Marzo llegó la calma y en una tarde cualquiera, ya en plena primavera, recuerdo ir a Les duex magots en St Germain, sentarme en la terraza, pedir un sancerre blanc y, en el preciso momento en que dejaba a un lado el periódico para probar mi vino, encontrarme al otro lado de la copa, sentado a escasos metros, a Don Gerardo, esta vez con un traje color crema. Me levanté y le saludé alegremente, nos dimos la mano, y constaté que él también me recordaba. Estuvimos hablando un par de horas y, de nuevo, me contó su historia. Le pilló el inicio de la revolución en Cuba y decidió poner tierra de por medio cuanto antes mejor. Pensó en Londres, pero detestaba el “clima de perros” que tienen en aquellas tierras. Italia nunca le había gustado, según sus propias palabras “es un país de chulos y ruinas”. Así que le quedaba Francia y, por supuesto, un hombre de sus dimensiones necesitaba una ciudad que le igualara en las proporciones. París era la elección inevitable y de aquella manera había ido a parar a la ciudad. No le iba mal, había comprado un restaurante en Le Marais y ganaba bastante dinero con ello, además le gustaba comer bien. Hablamos de la ciudad, de poesía, de mujeres, de España y poco a poco la tarde fue declinando y se acercaba peligrosamente la hora de la cena. Gerardo se levantó con su imponente figura, pagó la cuenta y me invitó a cenar con él en su negocio. Acepté, al fin y al cabo su compañía era muy agradable y la velada prometía ser igualmente encantadora. Muy lejos estaba yo entonces de saber que la amistosa relación que entonces comenzaba iba a cambiar mi vida para siempre.

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