La “maldición” de España

De todas las historias de la Historia
sin duda la más triste es la de España,
porque termina mal. Como si el hombre,
harto ya de luchar con sus demonios,
decidiese encargarles el gobierno
y la administración de su pobreza.

Jaime Gil de Biedma

Que del comienzo estamos librados de toda culpa, no es, en realidad, una certeza, sino una suposición. En todos los devenires del tiempo y en todas las consideraciones de esa línea tan difícil que transcurre con lo que llamamos “minutos, horas y siglos”, en todo cabe la difícil cuestión de ser o no herederos de lo pasado. Serlo, parece fácil la deducción, lo somos. El peso de la historia es tal que ninguno de nosotros somos capaces de subirla a hombros o de ignorarla. Más nos valdría aceptarla en vez de luchar con ella y con esa “maldición” que nuestra España ya hace mucho que le cayó; también a tal cabría aceptarla, entenderla y buscar por superarla. Superar que no cambiar o mentirla. Sí, del comienzo somos todos culpables y todos estábamos ahí en la negra fama de Felipe II y también con la rosada. Cuando matábamos árabes y cuando matábamos cristianos éramos nosotros quienes blandíamos las espadas. También cuando alzábamos el brazo derecho, bien por un fanático impulso bien por compromiso, o quizá cuando no lo levantábamos y nos echaban a los perros y metían en nuestro cuerpo pequeñas piezas de metal con la violencia de un disparo, ahí también éramos nosotros. A Lorca lo mataste tú y tú eras ese ruiseñor que terminó tan verde como pensaba. Tú afinaste los bigotes de Dalí, tú has apoyado dos repúblicas, dos casas reales, tantos y tantos reyes, tantos políticos y también a un dictador de voz aflautada, tú eres tan culpable como yo, España, que dejaste morir a tu amo en la cama como una suerte de juego sadomaso.

Así es nuestra España, siempre empecinada por esa maldición que Gil de Biedma ya veía con claridad, siempre quieta y orgullosa de su propio carácter. Personalidad en la que caben adjetivos bastante malsonantes y un olor amargo, algo putrefacto, procedente de ese impostar una imagen hecha de humo y vagas alusiones.

Pero España, encarnecida patria, que no aprendes a sumar de una vez, que te hiciste mayor muy pronto y tratas desde entonces de parecer una niña; España que pareces decadente en todas tus extremidades, que te gobiernan buenos ejemplos de un pueblo aburrido, vulgar y templado en sus tripas. España, que todos te queremos dar la opción de la redención y que buscamos en ti la esperanza que ese gran poeta ya tenía puesta: los demonios que te gobiernan son hombres a los que hemos puesto alas y ellos solos han caído viendo la oportunidad de oro en un infierno que Dante y Virgilio no supusieron. ¿España, cuándo te levantarás? ¿cuando lo diga el altar? Si vuestro dios fuera coherente portaríais las túnicas rojas por tanta sangre vertida, la de los inocentes y la de los pecadores, porque hasta donde yo sé es igual de roja en unos y en otros. Y no me vengáis ahora con el perdón y las equivocaciones del pasado, pues otra sangre se vierte hoy y ya que a la espada no podéis ateneros buscáis el filo de una justicia que aún os tiene demasiado respeto, una consideración que debería de estar muerta en este Hoy que se dice imparcial y laico.

¿Y cómo hemos llegado a esa hipocresía horrorosa de la apariencia? Y a ese vulgarismo reinante e impuesto como la norma exacta, donde si te sales de él eres un paría, una especia de hereje culto, de necio y pedante magíster. La sabiduría hoy está en la cúspide de la pirámide truncada y la mayoría orgasma en ese circo donde los leones han desaparecido y los gladiadores se mantienen, donde la sangre ya está mal vista pero no el comportamiento bestial, el sudor, esa quintaesencia de primitivismo que embota cabezas y llena un tiempo que en otros lugares se utiliza para cosas más provechosas.

No, a mí no me vengáis con plegarias o implorando piedad, que no la tendréis. De mí sólo podéis esperar la verdad que yo veo y que no queréis ver, la decadencia que os asola y que medra por todas las heridas, prorrumpiéndose en verde que se extiende y le da tumba triste a Federico. La verdad es que los demonios entronizados son la ignorancia, el pan barato, el mal gobierno y una pereza crónica enraizada en lo antiguo de nuestra sangre. Sólo al golpe de estado contra nosotros mismos le veo una posibilidad de éxito, un golpe que requiere tiempo, mentes dispuestas y algún que otro personaje honesto que le importe de verdad un futuro menos cegado por doradas evacuaciones y más preparado para afrontar la terrible competitividad del mundo, no a nivel económico, sino a ese otro nivel que tiene que ver con la calidad de las personas que habitan en unas delimitadas fronteras. Nada tiene que ver ese “golpe” contra el trono o la bandera, sino contra la mentalidad de aquellos que aun se arrodillan sumisos ante un altar, ante un banco o ante la moral disoluta de los ególatras.

El cambio en el orden que rige es necesario y sólo una vez que haya muestra de alguien que pretenda de verdad mejorar por mejorar y no por mejorarse, sólo entonces empezaré a hacer caso al optimismo y a la esperanza de que esa maldición concluya. Y es que la historia de España aún sigue terminando mal.

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1984

Titulo original: 1984
Autor: George Orwell
Traductor: Rafael Vázquez Zamora
Editorial: Austral

1984 siempre será un clásico y George Orwell un autor aplaudido. El mundo terrible que dibuja este genio en la novela es citado hoy en día por tantas bocas que a uno ya le empieza a parecer que no todos se han leído 1984 aunque hablen de él. Cosa que es muy habitual realmente por lo que a nadie le sorprenderá. Sin embargo es muy recomendable su lectura pues, entre otras cosas, es una magnifica muestra de ese género denostado de la ciencia ficción. No es un libro optimista, desde luego, pero es una muestra magnifica creada en los años cercanos de la guerra fría que muestra una distopía en la que el estado se ha convertido en ese “socialismo extremo” que aliena al individuo y que es una especie de broma pesada para Marx, donde su propia teoría se vuelve contra él. Ya no es que algo fallase sino que el propio sistema se convierte en el opresor. Este libro también tiene mucho que ver con lo que Stalin pretendió e intentó en la URSS, pero llevado al extremo y con éxito. Incluso podríamos introducir también las pretensiones de social-nacionalismo.

En este contexto, en mundo sumido permanentemente en una guerra que se nos revela absurda y dudosa, donde todo escasea, encontramos a Winston. Al que podríamos denominar, por comodidad y por lo rimbombante del término: El último individuo. Un hombre que no entiende el mundo en el que vive, donde la realidad se golpea violentamente contra su propia lógica, que encuentra placeres como la belleza o el amor o el sexo como liberadores. En realidad esos mismos actos son auténticos golpes de estado, traiciones a un gobierno que prohíbe pensar y sentir.

Las simbologías son también muy claras, el nazismo perfeccionó la adoración al líder-rey-emperador-dios como icono del movimiento y del país. Así se hace en 1984 donde el hiperfamoso “gran hermano” bien podría ser la perfecta portada al libro, pues refleja claramente todo el contenido de este: el miedo que provoca, el respeto, el amor y la estética que al fin y al cabo enmarca todo y convierte al mundo en una ciudad donde las diferencias son evidentes y asumidas, donde se ha encontrado el perfecto equilibrio con el desequilibrio, donde el aparato del gobierno es tan poderoso que no cabe la esperanza. Es una fase de la historia, además, donde Orwell nos hace adivinar la creación de unos “superciudadanos” completamente del lado del estado, que no tienen escrúpulos en denunciar a sus padres si ven la más mínima muestra de antipatriotismo. Winston, al fin y al cabo, vivió en un mundo previo a este reino del “gran hermano”, y tiene una intuición de que todo antes fue, si no mejor, al menos de otra manera. Es inútil buscar la memoria en los libros, en la belleza, en el arte o en los ancianos, porque todo eso ha sido exterminado, todo ha terminado por ser aniquilado para que el estado pueda gobernar sin dificultades añadidas. El siguiente movimiento hacia esa perfección de gobierno equilibrado y opresor son esos niños abanderados por la educación que les han inculcado.

Este libro es puramente político, la trama, en la que se desarrolla el individuo Winston, junto con el resto de personajes -que son pocos- es casi lo de menos. Lo interesante, en lo que el autor pone el especial énfasis, es en el desarrollo de la sociedad y su forma de gobernarse y ser, puramente. Es algo así como el monstruo perfecto, que se revela al final del libro en todo su esplendor ante ese individuo solitario, como un héroe, un semidios que batalla como tantos otros antes que él. Ese es Winston, él podría considerarse como un salvador un protagonista de película, quizá un tanto gris, pero ya cuando empezamos a leer el libro y vemos lo que hay de distinto en él, cuando notamos su deseo de intimidad, de no ser observado permanentemente, entonces nos llena la esperanza de que quizá triunfe, y conforme avanza el libro esa esperanza nos llena más y más. ¿Lo conseguirá? Realmente parece que si, pero dejemos al lector que llegue a las últimas páginas ante la atenta mirada del gran hermano.

1984 lo dice todo y se convierte en un aviso que clama precaución sobre los sistemas, de un tipo o de otro, la vigilancia de los propios ciudadanos para con su gobierno es crucial. Si hoy se menta tanto a Orwell y a este mundo aberrante es por algo, los cambios que venimos sufriendo a nivel político en lo poco que llevamos de siglo, realmente han sido muchos. No sólo por la “revolución africana” que estamos viviendo en la más inmediata actualidad, sino también por las circunstancias de los últimos años, donde en la misma Europa o en los EEUU se dictan nuevas leyes o se derogan otras, dejando un rastro más bien enrarecido a su paso. Podría ser muy beneficioso que precisamente estuviéramos más atentos ahora, quizá que leyésemos 1984 también y pensemos un poco en este mundo cambiante y hacia donde se dirige.

Jorge y el dragón

Observó en el espejo su reflejo acerado. Estaba serio, sabía perfectamente las posibles consecuencias de aquella ultima aventura. Se colocó el yelmo para proteger su cabeza y avanzó con los chirríos propios de los caballeros armados. Cruzó el pueblo con el viento agitando su capa, nadie salió a despedirle con fiestas o lágrimas, pasó por plazas y calles siendo observado por los aldeanos con curiosidad, con reverencia, con miedo y con piedad.
-Fracasará –había murmurado el conde al ver pasar al caballero frente al palacio.

Su segundo lo miró con una mezcla de miedo y lástima.
-¿No hay nada que podamos hacer?

El conde negó con lentitud:
-¿Qué nombre tendrá el caballero en su tumba?
-Dicen que se llama Jorge, George, o algo así.

El noble volvió a negar mientras veía como el valiente se subía a su caballo de guerra y se ponía en marcha hacia el monte.
-Ya van diecisiete… –dijo sombrío.

El caballero dejó pronto el pueblo y las conversaciones que el conde mantenía con su chambelán. Nadie creía en él, aunque había llegado allí por su propio pie, sin esperar nada más que la gloria. Pero la gloria es algo muy difícil de definir y tanto más de conseguir. La empresa no sólo era arriesgada, era imposible.

Sumido en sus amargos pensamientos cruzó la vaguada, salvó el río y dejó a un lado el camino, internándose en los pastos que cruzaban el monte y se dirigían a la montaña. En la tarde divisó las ruinas de un antiguo castillo, ruinoso recuerdo del encanto pasado. El musgo había invadido las piedras, que se desmoronaban creando fantásticas arquitecturas que el tiempo parecía haber mordido con furia.

El caballo se puso nervioso al divisar aquel esqueleto de piedra y Jorge palmeó el cuello del animal para darle ánimo. Observó en derredor, pero no había rastro del dragón. Avanzó hacia el castillo, algunos en el pueblo decían que se guarnecía allí pero el caballero pensaba que no. Al fin y al cabo los dragones siempre preferían atacar a cielo abierto, donde maniobraban con mayor facilidad. Meterse entre los muros de un edificio solo le entorpecería por su enorme envergadura.

Pasó muy cerca de la puerta del castillo, cuyo rastrillo destrozado parecía la boca abierta y desdentada de un pobre moribundo. Incluso el hedor que surgía del interior se asemejaba al de los cadáveres descomponiéndose. Dejó el castillo y avanzó al trote por los monte bajos, donde los arbustos eran mucho más numerosos que los verdaderos árboles.

Sin venir a cuento escuchó un siseo. Jorge, presto, colocó la lanza en ristre e hizo que su montura corriera en derredor. No había rastro del reptil aunque el caballo bufaba nervioso. Estaba cerca, le estaba observando, agazapado para atacar.

El golpe le vino de improviso, algo le sacó con violencia de la montura y le lanzó contra las rocas donde cayó aparatosamente. La lanza salió disparada, el caballo relinchó completamente fuera de sí mismo, corrió al galope unos metros pero una forma enorme apareció en el horizonte, frente al animal. Jorge vio como el dragón llegaba a los veinte pies de altura y sus alas correaceas tenían una envergadura sin igual. El color esmeralda de sus escamas refulgió con la luz del sol, sus colmillos chascaron y el caballo se encabritó antes de que una enorme zarpa con grandes garras le aplastó contra las rocas. Jorge sintió una repugnancia tremenda. La montura había muerto como si hubiera sido una mosca.

El dragón levantó la pata y buscó con sus ojos rojos al caballero, al que le invadía el miedo. La idea de que aquella boca colmada de dientes podía sonreír le pareció espantosa al hombre, pero era así; el reptil sonreía. Abrió la boca, chascó los dientes, se irguió para demostrar toda su enorme estatura y por último, para aún mayor asombro del guerrero, habló:
-¿No sois capaces de aceptar la derrota?

Jorge parpadeó, asombrado, había escuchado historias acerca de los prodigios de aquellos seres míticos y se había enfrentado a dos pequeñas sierpes que habían sido enemigos feroces, de las que guardaba el recuerdo de cicatrices en su carne, pero que nunca habían articulado nada más coherente que un silbido o rugido.

-Vaya, un caballero lento. –Añadió la bestia que parecía divertirse- en vez de tanta espada y violencia deberían poneros algo de inteligencia ¿eh?

Jorge no tuvo ya ninguna duda, el dragón hablaba.
-¡Por la sangre de Cristo! –Juró, levantándose y sacando el enorme mandoble con empuñadura en forma de cruz- ¡Ríndete monstruo! ¡Abandona estas tierras!

Un sonido gutural surgió de la garganta del dragón, se estaba riendo.
-Pequeño humano… Dime ¿Qué mal hago con mi modo de vida? Devoro alguna oveja o vaca cuando aprieta el hambre, pero poco más…

-¡Aterras a los honorables ciudadanos!
-He de reconocer que eso me divierte, sí. –Añadió recogiendo sus alas sobre el cuerpo enteco. No parecía nada dispuesto a atacar, lo que confundió al caballero.
-¡Abandona estas tierras! –repitió Jorge.
-Sois un pesado. Iros u os mataré como a vuestro caballo.
-¡Me acompaña la gracia de Dios! No os temo, bestia.

La zarpa del dragón se irguió, señalando una pila de yelmos abollados y con costras de sangre seca.
-A ellos también les acompañaba.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral del caballero. Se planteó huir por un momento, pero su honor se lo impedía, sus principios, su juramento, la esperanza de encontrar la gloria o la muerte. Aferró la empuñadura del arma con fuerza, notaba su peso y dispuso los pies para el ataque, lo que al dragón no le pasó desapercibido. Enseñó los dientes grandes como puñales y chascó la lengua.

-Has elegido la muerte –Gruñó el dragón abriendo las alas de tal manera que levantó una oleada de viento que hizo trastabillar al hombre. El reptil se lanzó sobre él y Jorge, sorprendido por su velocidad, apenas tuvo tiempo de lanzarse sobre la tierra y rodar. Lanzó un corte que sesgó el aire y nada más, la pata del dragón le arrancó el yelmo, que salió disparado contra las rocas quedando incrustado. Trotó, se alejó en la campiña y Jorge, recuperado se lanzó con la espada por detrás, el dragón corrió hacia él con la garra por delante. Jorge adelantó la espada saltando a otro lado en una finta que cortó al dragón en la pata. El reptil aulló y lanzó la enorme boca hacia Jorge, el golpe le empujó entre las rocas y aquella caída le salvó de ser partido en dos por la poderosa mandíbula. Se levantó, el dragón trotó, se alejó, se alzó y aulló hacia el sol del ocaso. Luego con toda su furia se lanzó contra el caballero, sus zarpas fueron rechazadas por el mandoble, que levantó chispas en las duras escamas y corrió hasta quedar debajo de la bestia. Buscó clavar el arma en el abdomen pero su piel se lo impidió. De pronto perdió el equilibrio y la cola del dragón le tiró por tierra, perdió la espada, se encontró perdido, veía pronta la muerte y la pata enorme se apoyo contra él. La bestia le aplastaba, su cabeza enorme frunció los rasgos con desprecio.

-Sois una raza presuntuosa y débil. –dijo con su voz gutural. Aferró al caballero, lo alzó por los aires y lo lanzo hacia el cielo. Jorge sintió encogerse su estómago, alcanzó la altura de una torre de homenaje y cayó por efecto de la gravedad en un instante que se le pareció eterno, se golpeó contra los pastos, rodó y quedó boca arriba consciente, vivo, pero dolorido. Se mantuvo un momento así y al erguirse pudo notar un dolor en el torso agudo y penetrante, sin duda tenía un par de costillas rotas. La armadura se había aboyado en el abdomen y le impedía respirar. Se la quitó, sin más remedio. Había perdido también las protecciones de las piernas y tan solo le quedaba metal en el brazo del arma y en el hombro izquierdo. Sangraba por una pequeña herida en la cabeza. El dragón se elevó en el cielo de pronto, como un ave inmensa y majestuosa. Jorge sabía que aquellos eran sus últimos momentos con vida, corrió al ver el brillo del sol sobre el arma cercana mientras el dragón le perseguía desde el aire, lanzándose como un cometa sobre él, como un halcón que cazaba una liebre. Abrió las fauces, dispuso las garras, ya tenía al caballero a punto cuando este se lanzó al cielo, recogió su arma y se deslizó debajo de él cortándole en el pecho. El reptil se revolvió, golpeó al hombre con las alas, le hirió con la garra en la pierna y le lanzó hacia arriba con otro golpe. El caballero cayó esta vez sobre el propio lomo del dragón, había sujetado el arma por una casualidad del destino, se mantuvo como pudo sobre el animal, que sin previo aviso comenzó a moverse para quitarse a aquel molesto ser de encima. Jorge se aferró al ala se acercó al cuello y en la ondulante superficie del dragón clavó con todas sus fuerzas la espada hasta la cruz.

El alarido de la bestia fue brutal y reverberó en la montaña, quebrando la superficie del lago cercano, llegando incluso a los oídos del conde, al que se le erizó el vello de la nuca. La bestia rodó, herida de muerte, se arrastró por el campo intentando escapar, pero las fuerzas le abandonaban con prisa, la sangre brotaba de la espada. Jorge había caído junto a él, exhausto, sangrante, destrozado. El dragón le miró con tristeza, con debilidad, se tumbó finalmente y observó el cielo.
-Todos seremos olvidados –dijo el dragón jadeando, cerrando los ojos- todos nos olvidarán, todo se perderá… como si las estrellas se apagaran una a una hasta dejar el cielo vacío y negro…

Chascó los dientes, tragó saliva, y exhaló todo el aire de sus pulmones. No volvió a respirar.

Al día siguiente el conde, junto con las gentes del pueblo, encontraron al dragón muerto y frío junto al cadáver del caballero que en su último intento había aferrado una rosa cercana que crecía tan roja como la sangre de los dos combatientes, mezclada en la tierra en una sola sustancia rubí.

Hades raptor

¿Somos culpables por el mero hecho de serlo? ¿No habrá para nosotros algún tipo de perdón, de gracia, si la excusa es el amor? Era eso en lo que pensaba Hades, Plutón para los latinos, quizá Lucifer para los cristianos, el nombre poco importa. Se mantenía en aquel momento observando a la mujer con disimulo. Él estaba sentado en algún rincón oscuro donde se levantaba la silla de piedra que tenían a bien llamar trono, donde lucía la corona sobre su pelo tumultuoso, donde se mesaba la barba con cierto amargor. Allí, con el cuerpo desnudo observaba a Perséfone, a Proserpina si eres romano, a esa bella ninfa, diosa hija de diosa, de la que siempre estuvo enloquecido. La mujer avanza, curiosa, investiga las salas vacías, observa el lago tremebundo iluminado débilmente con ese fulgor que a todos aterra excepto a Hades, quien la fuerza de la costumbre le ha llevado a ese punto en que lo extraño se vuelve común y monótono. Hades, solitario, apesadumbrado por la culpa, colérico por el mandato de su hermano, ve cómo Perséfone se agacha y acaricia al cervero que gime mimoso ante el tacto de la diosa. Se pasea, gustosa de su belleza, de su cuerpo pequeño y bien torneado, de sus cabellos sueltos, algo revueltos. Hades medita y desearía poder saber qué es lo que piensa Perséfone en su vagabundeo.

El hombre, el dios, que pasó años espiando entre las zarzas y los arbustos, oculto en las sombras como un impío, doliente de no poder acercarse a la mujer de la que estaba completamente enamorado, ahora también estaba escondido y ello le corroía. Hades cerró los ojos, arrancándose la corona, pasando sus grandes manos por aquella noble cabeza suya; se maldice a sí mismo, como un mortal. Había sido un día cualquiera en el que, mientras veía como la joven se divertía entre las ninfas, había salido de su escondite. La expectación en el bosque fue inmensa, como si la misma muerte se hubiese aparecido, quizá así hubiera sido. Las ninfas estaban aterradas y la joven perpleja. No pudo evitarlo, le invadió la vergüenza y la ira, tuvo un arranque de soberbia inmensa. ¿No tomaban sus hermanos todo lo que querían? ¿No buscaban ellos el amor ocasional tantas veces y lo conseguían? Sin embargo él, el joven, el más bello de los tres, con su cuerpo perfecto y su inteligencia divina, él era el humilde, el despreciado mil veces por todos. La excusa era siempre la misma: lo terrible de sus dominios. Él era Hades, señor de Estigia donde se abre la puerta al Tártaro, rey de todos los muertos. Nadie quería compartir su destino. En su acceso de cólera actuó impulsivamente, irracionalmente, se echó encima a Perséfone, que gritó, que se intentó zafar; también ella le repudiaba y aquel dolor se le clavó en lo más profundo de su corazón. Aterró a las ninfas y huyó con la mujer a hombros. Él avanzó impertérrito, ella se dejó llevar desfallecida.

Allí estaban los dos ahora, en las estancias vacías del submundo, acomodados al frío y la austeridad. Ella caminaba y él no soportaba su vista melancólica, por eso se escondía. Estaba entristecido, apenas habían hablado en el tiempo que habían estado juntos. En este momento su hermano mayor le ordenaba que la dejase ir, pues la madre de ella amenazaba con arrasar el mundo si no se la devolvía. Tenía que obedecer, acatar la ley de su hermano, pero buscaba burlar lo inevitable tanto tiempo como le fuera posible. Así se encontraba, contemplando a su amor con la amargura de tener que dejarla ir y no tenerla jamás.

Pero, como por cosa de milagro, Perséfone había llegado a una sala colmada de frutas y ambrosías. Tenía hambre y miró a su alrededor con prudencia, quizá no vio a Hades o puede que sí ya que durante un momento sus ojos se prendaron del punto en el que se ocultaba. La mujer, la diosa, tomó una semilla de granada y comió con placer degustando su fuerte sabor. Hades, sorprendido, salió de su escondrijo, avanzó hacia ella con el porte de quien él mismo era, con aquel cuerpo esculpido de belleza terrible, con su sexo relajado, con tanta naturalidad que evidenciaba su divinidad. Ella le miró, le esperó, dejó que le rodeara su cuerpo blando y lleno de curvas con aquellos brazos fuertes. Se mantuvieron en aquel gesto tanto tiempo que Hermes apareció apremiante, horrorizado al ver a la hija de la naturaleza entregada al señor de los difuntos.

Hades dejó irse a Perséfone con su promesa de volver y allí espero el tiempo necesario. Sus deberes se le hacían menos pesados y podía sentirse feliz aún en la devastación del espacio hueco. Cuando ella volvió él se atrevió a sonreír y juntos pasearon entre los pilares del mundo, en silencio, tranquilos en su desnudez, entregados al perdón que excusaba el amor.

“Arte contemporáneo”

Dedicarle tiempo al arte, como a todo, requiere cierta paciencia y predisposición hacia ello. Lo difícil, muchas veces, es salir del museo, centro de arte o fundación con esa agradable sensación de que el tiempo empleado a merecido gratamente la pena. Para aquellos que amamos con pasión el arte no es tan grave, ya que se trata de algo así como de ir al cine y que la película resulte ser mala, pero para el perfil del visitante ocasional la cosa se complica. Sobre todo si lo que estamos visitando es “arte moderno”.

A las puertas del “Festival de Otoño en Primavera” que recoge teatro, música y danza de corte más “contemporáneo” o “vanguardista” (y es hay que usar con muchas comillas estas palabras con el peligro de ofender a alguien) pensar en el ese arte mal llamado “moderno” suscita cierta controversia. La definición es muy peliaguda por sí misma. ¿Qué es el arte moderno? ¿No lo hemos superado ya? ¿No estamos en el post-modernismo? ¿Realmente estamos seguros de no ir a resaca del modernismo y estar en algo así como la sobre-modernidad, y por tanto en un nivel intermedio antes del próximo paso? Todas estas preguntas están ahora en el ambiente. Este que suscribe incluso se las ha propuesto de manera tan insistente que ha optado por tomar un camino que puede llevar a cualquier cosa: escribir un ensayo, o intentarlo al menos. A nivel personal se busca una respuesta que satisfaga. Sin embargo, en este momento para salir del enredo vamos a llamarlo “arte contemporáneo”, que parece el término que menos salpullidos va a levantar.

El arte contemporáneo, pues, se caracteriza por ser un arte difícil, cuya nomenclatura levanta problemas por doquier, cuya explicación y argumentación raya lo interminable y que provoca enfrentamientos por todos lados. Hay que entender el arte contemporáneo, y se escucha mucho esa frase lapidaria del que le gusta al que no: “es que no lo entiendes”. De poco sirve la sentencia, aunque bien es cierto que muchas veces, un gran número de veces, de hecho, ese al que no le gusta suele caer en el dogma de lo pérfido del arte contemporáneo y de su poco valor. Es un arte difícil, eso es cierto, y muchas veces uno ha de pararse un momento a profundizar la obra, a meditarla, quizá a pensarla o quizá a sentirla. La mayoría del público no se para a ese punto y por eso se está volviendo una corriente elitista, o parece oler a eso.

Desde Marzo y hasta finales de este mes en el CaixaForum de Madrid se ha dado la primera parte de la exposición “El efecto del cine”, que llevaba por nombre “Realismo”. La segunda parte será inaugurada en Barcelona, en Mayo y será: “Sueño”. A falta de ver la segunda parte, de la primera he de decir que me ha impresionado mucho. Se trata de una selección de material cinematográfico donde se da una muestra de la manipulación técnica que la cinematografía tiene como poder a ejercer si quiere. Particularmente a un servidor le ha fascinado la instalación del francés Isaac Julien, llamada Fantôme créole, donde se exponen en cuatro pantallas distintas escenas y perspectivas de diferentes realidades, pero con un fondo común. La película habla de lo dispar de las naturalezas del hombre, del mundo en el que vive, de la civilización, de la expresión, de los antagonismos y también de algo profundo que todo ello comparte. La imagen, la cuidada luz y el espectacular juego de música y sonido hacen de tal instalación una de las mejores que he visto, junto con el resto de la exposición. Mi enhorabuena al comisario, merecerá la pena visitar Barcelona para ver la segunda parte.

En el CAB, Centro de Arte Caja de Burgos, uno de los museos abanderados del arte contemporáneo en Castilla y León (junto con el MUSAC), existe ahora una exposición temporal de Carlos Garaicoa llamada “Noticias recientes” que reflexiona sobre la arquitectura y su monumentalización, sobre la construcción y la perspectiva del mundo, así sobre ciertas impresiones que suscitan. Saca de lo real su patrón para reflexionar y “garabatear” sobre ello. Es una buena exposición y merece la pena acudir a ver la impresionante arquitectura del edificio.

Muy a la zaga de esa controversia con la que empezábamos esta publicación se encuentra la exposición del CAB. Carlos Garaicoa nos está hablando en su exposición de la decadencia del modernismo y de sus intentos, de lo utópico de ciertas ideas y de las mismas ideas adheridas a esas arquitecturas que hoy día aún se ven o que ya han desparecido dejando unos recuerdos tan finos como hilos enhebrados en alfileres. La superación de tales estructuras y la resaca que venimos teniendo acerca de ellas aún hoy es una buena muestra de lo que pasa a nivel general. ¿Qué ocurre con el arte contemporáneo? Que no es moderno, porque ya ha pasado esa época, pero aún no sabemos bien qué es y los propios artistas (en el arte que sea) no saben bien dónde nos encontramos. Desde mi punto de vista la resaca del modernismo es de esas épicas que tardan mucho tiempo en pasar, que te tienen confuso, postrado en cama y con un sabor amargo en la boca. Ese mismo sabor que muchas veces te deja una exposición con muchas ínfulas o una obra de teatro extravagante por gratuidad. Sobre el arte contemporáneo aún hay mucho que decir, aún hay mucho que pensar y ya es hora de darse cuenta de ello y empezar.

Hugo de Cluny

¿Quién es él? La pregunta parece estúpida, pero es muy difícil. Él Es; tal afirmación ya es anfibológica per se. ¿Qué es el ser? Pero no, no filosofemos. Él Es y dejémoslo así para evitar males mayores.

Él es Hugo, sí, ese Hugo que todos tenemos en mente. Ese Hugo que también tiene algo de artificio y que se queda mirando muchas tardes el mar irlandés que rompe en esa remota playa donde nació. En aquellos momentos, Hugo se pregunta por el ser, le pregunta a su padre, que se enfada por no saber contestarle, le pregunta a su madre y ella calla con humildad. El abuelo es el único que se atreve a responder. El ser es dios, le dice, y dios nos hace ser a nosotros. A Hugo le gusta la respuesta y piensa sobre Dios cuando su madre muere al parir a un hermano que nunca respiró. Su padre le lleva a Dublín, quizá tiene diez años por entonces, le lleva a un viejo monje y le deja allí. Nunca se despide de él, nunca le vuelve a ver. Dicen que muere en el mar años después y que sólo queda el abuelo en la casa donde nació Hugo. Podemos adivinar que el viejo pasa las tardes pensando en su nieto, atraído por esa fijación en la herencia de nuestra sangre caliente.

Hugo tampoco olvida a su abuelo, recuerda aquella respuesta que servía para ordenar el mundo y explicarlo todo. “El ser es Dios”. No cabe disputa ante aquellas palabras. El monje con el que lo dejaron le enseña a escribir y se hace sacerdote hasta que llega la guerra y marcha a Londres, de ahí cruza el canal y termina en Ámsterdam en una de sus estrechas iglesias, ungiendo cadáveres con la extremaunción propia para la peste. A Hugo ya por entonces no le gusta Dios y no recuerda a su abuelo, siente un odio secreto, lleno de indignación. Le han mentido, el ser no puede ser Dios, Dios es bueno y todo aquello que vive es indigno, sucio y no tiene nada que ver con el mar de agua fría o con la vieja barca de su padre.

Hugo se interna en la abadía de Cluny, se convierte en un monje negro. Allí encuentra cierta paz en medio de la eterna construcción del monasterio. Le agrada la convivencia silenciosa de los monjes, las horas de respiro, el aire limpio del campo, el trabajo duro en los huertos. Odilón es entonces abad, es un hombre pequeño, enteco, nervioso y con mucho genio. Sólo separa los labios para orar y ordenar. Hugo habla con él, le cuenta su problema con el ser, Odilón escucha paciente, le dice que Dios Es y que los hombres hemos de amar a Dios para poder ser, hemos de ganarnos el existir porque no somos sino bajo su gracia. Hugo duda y el abad le reprende con buenas maneras. Durante diez años mantienen la misma conversación una o dos veces cada estación.

Odilón muere es el año 1049, Hugo tiene veinticinco años y se encuentra triste, ha sido un año muy lluvioso, hay malas cosechas. Los monjes se reúnen y nombran a Hugo abad, se transforma en Hugo de Cluny, le dicen que ahora es francés, que ha nacido en la Borgoña, él lo acepta todo.

Un día mientras reza en la abadía se siente ahogado. Dios no cabe aquí, piensa, es muy estrecho. Rápidamente escribe al papa y al rey de León, contestan los dos. Cluny medra en su influencia y Fernando I funda con oro musulmán la nueva abadía.

Pasan los años y Hugo dirige con sumo cuidado la construcción, que se alarga en los años. Los monjes le quieren, es callado, es sabio, aconseja con cautela y, aunque es recio de carácter, no es un organizador tiránico como su predecesor. Un día llega una carta de Guillermo el conquistador pidiéndole monjes para Inglaterra, responde que lo hará con gusto siempre y cuando le devuelva buenos cristianos. Nunca hubo respuesta. Se lleva bien con el hijo de Fernando y el emperador Enrique le hace padrino del suyo. Hugo dice a todo que sí. Conoce a cuatro papas, uno de ellos sólo quiere pasear con él, otro le alaba con discreción, el tercero, al sentir pronta la muerte, le llama para morir en sus brazos; con cuarto lucha por los derechos de su ahijado.

Terminan la nueva abadía, Hugo se siente contento, piensa que en tal edificio Dios si puede ser, quizá entonces pueda llegar a su gracia. Piensa mucho sobre esto y termina por callar cuando le preguntan acerca de su opinión. Pons, un monje grande con unas ideas toscas pero firmes, se gana su afecto, piensa que él será un buen abad, le da su bendición y se encuentra sosegado al hacerlo.

Su vida es más larga de lo que él mismo esperaba, se aburre un poco pese a todo el ajetreo político. A los ochenta años siente cerca el final y piensa en su abuelo, piensa en las olas rompiendo en la costa. Cuando empieza a asumir que cumplirá ochenta y seis años, en una mañana lluviosa de abril, no consigue levantarse de la cama. Llama a Pons, le dice que sea cauto, le aconseja tranquilidad, pues conoce bien su enérgica personalidad. Pons dice a todo que sí, con los labios apretados, deseoso de que todo acabe para Hugo para así empezar él. Hugo le entiende, la edad le ha hecho más sabio, los libros también han ayudado, los papas no mucho. Cuando llega la tarde le falta el aliento, apenas puede respirar. En la celda de su cuarto se pregunta si habrá conseguido la gracia de Dios, no lo sabe, tampoco le importa. Lo último que piensa es que el hombre Es en el mundo, al margen de deidades. Dios sólo Es si los hombres quieren que sea.

Los leones de Aratrea

–San Jorge y el Dragón –Dijo a media voz poniendo las gafas por delante–, Rafael. El color y la luz tiene unos matices espectaculares. Fíjese en la piel.

Damián sonrió echándole un ojo por encima.
–Entiende de arte. ¿Es usted pintor?

–Diletante, nada más –Dijo estrechándole la mano–. ¿Cuánto vale semejante joya?
–Una pequeña fortuna. –añadió satisfecho.
–¿Y ese cuadro?
–¡Oh! Anónimo. Lo encontramos hace muy poco en un baúl en Berlín. Lo han titulado “Los leones de Aratrea”
–No lo conozco.
–Sería raro que lo hiciera. Verá, la historia de los leones es muy curiosa. El rey de Aratrea tenía una hija bellísima. Iniaera, de cabellos dorados como el trigo en verano. Vivían felices en la abundancia, en una ciudad que la leyenda le adjudica cien fuentes y doscientos estanques en medio de la estepa africana. Eran tiempos felices hasta que un día el rey se puso muy enfermo y, viendo cerca su final, mandó buscar un esposo para su bella hija de nueve años. Durante treinta días, más de mil jóvenes disputaron la mano de Iniaera sin que ninguno fuese vencedor absoluto a ojos del enfermo rey. En el día treinta y uno, la segunda esposa, que había desaparecido meses atrás, se acercó a la cama del rey y le presentó un bebé varón que, según su palabra, era hijo suyo. El monarca, aunque era muy sabio, lo creyó todo quizá por la enfermedad que le devoraba desde dentro, y decretó que aquel niño heredaría el trono y la corona a su decimoséptimo cumpleaños, pero nunca adquiriría el reino, dejándole este a su bella hija. El rey murió poco después y la segunda mujer montó el cólera al enterarse de la voluntad de su esposo. Aquella niña había quitado el poder absoluto a su retoño y lo peor era que no podía hacer nada, sólo obedecer.

»Pasaron dieciséis años en los que Iniaera se comportó como una verdadera princesa, pese a que el consejo regente fuese quien gobernaba, ella siguió teniendo la última palabra como propietaria de todas las tierras, pueblos y gentes. Sin embargo, el diecisiete cumpleaños de aquel pequeño niño, llamado Kirim, que en nada se parecía al antiguo rey, estaba cerca y lograría edad para gobernar. Había crecido toda su vida bajo el influjo de su protectora madre, que odiaba a Iniaera, y que envenenó los oídos de Kirim desde la cuna con mentiras y rencores. La semana antes de aquel aniversario en el que se produciría la coronación del niño, el consejo regente se reunió en secreto para discutir sobre el futuro, ya que Iniaera era muy amada por todos y no presentaba una gran amenaza a los designios del consejo. La habían mantenido virgen y sin marido hasta entonces y ahora planeaban encontrarle un esposo que figurase junto a ella. Iniaera evitó que Kirim y su madre fuesen asesinados, pues ella no les deseaba mal, sin embargo no pudo ayudarles a escapar del exilio y ambos fueron condenados a vagar por el desierto como mendigos.

»Transcurrieron otros cinco años en los que Iniaera contrajo matrimonio y en los que dio a luz a dos hijos, pero el quinto año estalló la guerra con un pueblo vecino y la debilidad fue aprovechada por grupos rebeldes que asaltaron la ciudad con Kirim a la cabeza. El consejo fue pasado a cuchillo, el heredero a rey fue coronado y a Iniaera y a sus hijos se les echó al circo donde debían ser devorados por los leones.

»El día de los juegos el rey y su madre asistieron en el palco junto con un pueblo compungido por ver a su amada princesa en un cerco condenada a una muerte tan terrible. Iniaera pidió piedad para sus hijos, jurando que de esta manera ella cumpliría la condena y no guardaría ningún tipo de rencor a su hermano, incluso se cortó su larga trenza dorada que parecía de oro puro en la brillante mañana, ofreciéndosela a Kirim como lo único valioso que le quedaba. Éste se sintió conmovido y quería concederle la gracia, pero su madre se negó y gritó para que no lo hiciera. Presionado, el nuevo rey ordenó que salieran los leones. Las fieras surgieron de las celdas, pero no se abalanzaron sobre Iniaera y sus hijos como se hubiera previsto, sino que los ignoraron y saltaron los muros hasta las gradas donde sembraron el pánico entre el publico. El caos que se levantó hizo caer a Kirim de su trono, con tal suerte que se rompió el cuello contra el suelo. Su madre, que intentaba desesperada socorrerlo y devolverle la conciencia, se vio sorprendida por los leones que la mataron con furia.
»Después de aquello, Iniaera adoptó a los dos leones como emblema de Aratrea y gobernó en solitario durante más treinta años, hasta su muerte, cuando le sucedió su hijo mayor.

–Una historia impresionante.
–¿Verdad? –añadió Damián con un suspiro– ¿Ve la escena? Iniaera en la arena cuyo rostro vemos humilde, de perfil, con los ojos cerrados y abrazando a sus hijos, fíjese en la gama fría que les rodea y hace discretos frente a los leones, rojos, a su lado, que ni siquiera la miran. Uno está cerca del público, apunto de saltar, y el otro contempla a la madre de Kirim, que está horrorizada, como si ya tuviera a la fiera encima. No es de un gran formato, pero fíjese en esa luz. Algunos le dan la auditoria a Delacroix por lo difuminado de la atmósfera, la composición, el uso de colores ocres, el gusto árabe y por los animales exóticos… Sin embargo estamos lejos de poder adjudicárselo a tal maestro.

–Sigue siendo exquisita.
–Estoy de acuerdo, caballero. ¿Queréis que os informe del precio?
–No hace falta. He visto el cuadro y he escuchado la historia. Ya sé que está por encima de mis posibilidades. Es una obra maestra –El hombre hizo una pausa–. Sin embargo, dónde está la trenza dorada. Ella tiene el pelo cortado mal pero no veo la famosa trenza de oro.

Damían sonrió.
–¿Ve a Kirim con la mirada triste y baja? Lo que tiene en la mano no es el cetro sino la trenza.