Extralimitado

Marcel Blanchemon dejó caer la pesada carpeta sobre su enorme escritorio, prácticamente vacío. Observó largamente al hombre que tenía ante si mismo y negó levantándose de la silla.
-¿Bourbon? –preguntó.

-Mejor ginebra, señor ministro –respondió el juez Köhner.

El ministro de moral y ley cabeceó sirviendo ambas copas y pasándole el vaso a su subordinado.
-Te estás extralimitando, Roger –añadió Marcel colocando su gordo dedo sobre la carpeta que acababa de arrojar contra la mesa-. Estás obsesionado con este hombre y después de todo ¿por qué? Richard Kraus tan sólo es un funcionario menor del ministerio interior.

Köhner bebió un trago de su vaso paladeando el líquido aceitoso. Se mantuvo firme, con su gesto duro como era costumbre en él, luego miró directamente a aquel gordo francés a los ojos y negó con levedad:
-No tan menor… está imputado por robar documentos al estado, documentos muy importantes que ni siquiera se citan en esa carpeta, por lo que entiendo que son de un secretismo tal que un magistrado inquisidor de primer orden no puede saber qué guardan.

Marcel frunció el ceño, revolviéndose incómodo en su sillón.
-Desde luego no será porque no lo has intentado. Llevas dos años con esta investigación, Roger. La carpeta es exageradamente gruesa, me ha llevado casi una semana ponerme al día –Blanchemón hizo una pausa en la que sus pequeños ojos recorrieron la sala-. ¿Quieres saber qué ponen esos documentos? Olvídalo, Roger. Muy bien has adivinado que los de arriba no quieren que se sepa. Ni siquiera yo sé bien lo que ponen y no ambiciono saberlo. La ignorancia es un don.

Köhner tuvo que colocarse el monóculo de tan nervioso como se había puesto, temblaba de rabia, pero se controló para no hacerlo tan evidente. Blanchemon le observó un momento, luego tragó el contenido de su vaso y carraspeó con bastantes pocos modales para ser un ministro.
-Lo siento, Roger –continuó-. Me han pedido que de por finalizado tu investigación. Kraus ha huido y el Reich no quiere gastar más de sus recursos en esta búsqueda infructuosa que ya lleva años. Esta carpeta se queda en mi despacho.

Marcel colocó su manaza sobre el desgastado portafolio y afirmó varias veces dejando que el juez asimilara la noticia. Esperaba una reacción violenta, le había visto en accesos de ira con sus subordinados y aquel extraño personaje lleno de tics, manías y costumbres extravagantes tenía un genio de perros. Sin embargo ahora se mostraba muy tranquilo, con la cabeza baja. Al ministro de moral y ley se le pasó por la cabeza que quizá estuviera abatido y sintió un poco de compasión por él, al fin y al cabo era el mejor en su trabajo.
-C’est la vie –dijo con su pastoso francés.

Köhner levantó la vista en aquel momento, luego apartó el asiento, saludó a la manera militar y salió del despacho dejando al ministro desorientado.

Los pasillos del ministerio se le hacían extremadamente largos y espantosamente iluminados por luz artificial. Los oficiales, jueces y magistrados le saludaban y estaba obligado a contestar aunque fuese con un gesto de cabeza, pero estaba extremadamente nervioso y estrujaba sus guantes tanto como podía. Llegó a su despacho y se encerró en él, se quitó el monóculo y observó la efigie del Führer que le miraba atentamente desde la pared.

Köhner respiró hondo varias veces. Se sentó en su silla y sacó un móvil del cajón cerrado con llave. Marcó un número y espero.
-Soy Köhner –dijo inmediatamente cuando descolgaron-. Todo ha ido como esperaba. Sí… ¿La hija de Blanchemon está entre los que apoyan secretamente a los disidentes, verdad? Bien, haz que se sepa, que sea juzgada. Todos sabemos que será ejecutada, luego ponle al gordo una pistola en la mano… Tampoco a mí me gusta, pero es la única manera de seguir el camino hasta Kraus… –Hubo una larga pausa en la que el juez sólo escuchó- Te dije que estaría dispuesto a todo. Hazlo. Pronto habrá un nuevo ministro.

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