Meditaciones

Dios salve a la ignorancia, apatía que nos gobierna.

A mi aun hoy me pesan ciertas ideas del pasado y otros tantos hechos que fueron y que, sin arrepentirme, me atormentan de cuando en cuando. Pero todo ello es un pasado cercano, que quizá no diste de este mal punto que llamo presente más de unas horas. Aún con todo, me tumbo a menudo y miro el techo blanco surcado por las arrugas de luz y sombra y de esta manera pienso y me devano en cosas que no han sido o que ya han terminado. Soñar despierto es una de esas liberaciones que todos tenemos oportunidad de utilizar para escapar un poco a este mundo de certidumbres grises que cuartean nuestro ánimo. Ver la vida, mirarla a la cara, no es precisamente fácil, es como observar a la Gorgona y buscar en sus ojos la belleza; es temerario, es difícil y peligroso pues uno no sabrá si terminará herido en lo profundo, convertido en piedra o si se salvará temblando de arriba abajo. Soñar despierto, entonces, parece algo necesario y es bello, sin duda, pero también guarda su peligro. La creación de futuribles y de hipótesis nos puede llevar a caer en la tristeza de su difícil cumplimiento, ya que imaginar e ilusionarse suele traer consigo cierto aire utópico que quema las posibilidades de que algo llegue a cumplirse realmente. Por otra parte cavilar en el pasado es un ejercicio yermo que no nos llevará a nada y, de la misma manera, nos podría provocar cierta congoja al ser imposible cambiar algo de ello.

Tumbado, casi por eliminación, me obligo a veces a pensar en cosas más naturales, sobre todo en aquellas que excitan mi entrepierna y son simples, estas cuestiones muchas veces me provocan un cosquilleo en el cerebro que me adormila y me calma esa duda agazapada en lo profundo que siempre está preparada para saltar sobre mí. Otras veces, dispuesto horizontalmente y concentrado en desvelar los poros de la superficie sobre mi cabeza, se me liberan las tripas y una sensación de premura me recorre la columna hasta mi cabeza, pero no hago caso, la sensación no es especialmente agradable, pero sí que tiene algo de natural que me apacigua un poco y me permite respirar y sentir que, después de todo, soy humano. La mecanización, pese a que este mundo lo intente, no ha llegado todavía a los instintos bajos. Sé que después de esta sensación vendrá otra que se formará en el centro de mi torso, en su interior, en eso que yo estoy seguro de llamar estómago, será algo así como un sentimiento de vacío que espera ser llenado. Más tarde, pasadas varias horas, llegará el turno a una impresión de pesadez que penderá de mi cabeza como tal espada de Damocles. Yo cortaré el famoso hilo y me acostaré, me acurrucaré poniendo mis rodillas lo más cercano a mi cuerpo y buscaré consuelo en la oscuridad y en la bendita inconsciencia del dormir. Sin soñar, porque el sueño podría crear esa tristeza del pasado inmutable y del futuro indecible. Yo buscaré no soñar en la noche, contento de haber cedido a mis instintos naturales y de mantenerme firme en la estupidez ante la duda y el pensamiento. Porque nada hay más terrible que saber, sentir y tener la seguridad de que a nada sirve, a nada lleva y a nada nos condena.

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