Hugo de Cluny

¿Quién es él? La pregunta parece estúpida, pero es muy difícil. Él Es; tal afirmación ya es anfibológica per se. ¿Qué es el ser? Pero no, no filosofemos. Él Es y dejémoslo así para evitar males mayores.

Él es Hugo, sí, ese Hugo que todos tenemos en mente. Ese Hugo que también tiene algo de artificio y que se queda mirando muchas tardes el mar irlandés que rompe en esa remota playa donde nació. En aquellos momentos, Hugo se pregunta por el ser, le pregunta a su padre, que se enfada por no saber contestarle, le pregunta a su madre y ella calla con humildad. El abuelo es el único que se atreve a responder. El ser es dios, le dice, y dios nos hace ser a nosotros. A Hugo le gusta la respuesta y piensa sobre Dios cuando su madre muere al parir a un hermano que nunca respiró. Su padre le lleva a Dublín, quizá tiene diez años por entonces, le lleva a un viejo monje y le deja allí. Nunca se despide de él, nunca le vuelve a ver. Dicen que muere en el mar años después y que sólo queda el abuelo en la casa donde nació Hugo. Podemos adivinar que el viejo pasa las tardes pensando en su nieto, atraído por esa fijación en la herencia de nuestra sangre caliente.

Hugo tampoco olvida a su abuelo, recuerda aquella respuesta que servía para ordenar el mundo y explicarlo todo. “El ser es Dios”. No cabe disputa ante aquellas palabras. El monje con el que lo dejaron le enseña a escribir y se hace sacerdote hasta que llega la guerra y marcha a Londres, de ahí cruza el canal y termina en Ámsterdam en una de sus estrechas iglesias, ungiendo cadáveres con la extremaunción propia para la peste. A Hugo ya por entonces no le gusta Dios y no recuerda a su abuelo, siente un odio secreto, lleno de indignación. Le han mentido, el ser no puede ser Dios, Dios es bueno y todo aquello que vive es indigno, sucio y no tiene nada que ver con el mar de agua fría o con la vieja barca de su padre.

Hugo se interna en la abadía de Cluny, se convierte en un monje negro. Allí encuentra cierta paz en medio de la eterna construcción del monasterio. Le agrada la convivencia silenciosa de los monjes, las horas de respiro, el aire limpio del campo, el trabajo duro en los huertos. Odilón es entonces abad, es un hombre pequeño, enteco, nervioso y con mucho genio. Sólo separa los labios para orar y ordenar. Hugo habla con él, le cuenta su problema con el ser, Odilón escucha paciente, le dice que Dios Es y que los hombres hemos de amar a Dios para poder ser, hemos de ganarnos el existir porque no somos sino bajo su gracia. Hugo duda y el abad le reprende con buenas maneras. Durante diez años mantienen la misma conversación una o dos veces cada estación.

Odilón muere es el año 1049, Hugo tiene veinticinco años y se encuentra triste, ha sido un año muy lluvioso, hay malas cosechas. Los monjes se reúnen y nombran a Hugo abad, se transforma en Hugo de Cluny, le dicen que ahora es francés, que ha nacido en la Borgoña, él lo acepta todo.

Un día mientras reza en la abadía se siente ahogado. Dios no cabe aquí, piensa, es muy estrecho. Rápidamente escribe al papa y al rey de León, contestan los dos. Cluny medra en su influencia y Fernando I funda con oro musulmán la nueva abadía.

Pasan los años y Hugo dirige con sumo cuidado la construcción, que se alarga en los años. Los monjes le quieren, es callado, es sabio, aconseja con cautela y, aunque es recio de carácter, no es un organizador tiránico como su predecesor. Un día llega una carta de Guillermo el conquistador pidiéndole monjes para Inglaterra, responde que lo hará con gusto siempre y cuando le devuelva buenos cristianos. Nunca hubo respuesta. Se lleva bien con el hijo de Fernando y el emperador Enrique le hace padrino del suyo. Hugo dice a todo que sí. Conoce a cuatro papas, uno de ellos sólo quiere pasear con él, otro le alaba con discreción, el tercero, al sentir pronta la muerte, le llama para morir en sus brazos; con cuarto lucha por los derechos de su ahijado.

Terminan la nueva abadía, Hugo se siente contento, piensa que en tal edificio Dios si puede ser, quizá entonces pueda llegar a su gracia. Piensa mucho sobre esto y termina por callar cuando le preguntan acerca de su opinión. Pons, un monje grande con unas ideas toscas pero firmes, se gana su afecto, piensa que él será un buen abad, le da su bendición y se encuentra sosegado al hacerlo.

Su vida es más larga de lo que él mismo esperaba, se aburre un poco pese a todo el ajetreo político. A los ochenta años siente cerca el final y piensa en su abuelo, piensa en las olas rompiendo en la costa. Cuando empieza a asumir que cumplirá ochenta y seis años, en una mañana lluviosa de abril, no consigue levantarse de la cama. Llama a Pons, le dice que sea cauto, le aconseja tranquilidad, pues conoce bien su enérgica personalidad. Pons dice a todo que sí, con los labios apretados, deseoso de que todo acabe para Hugo para así empezar él. Hugo le entiende, la edad le ha hecho más sabio, los libros también han ayudado, los papas no mucho. Cuando llega la tarde le falta el aliento, apenas puede respirar. En la celda de su cuarto se pregunta si habrá conseguido la gracia de Dios, no lo sabe, tampoco le importa. Lo último que piensa es que el hombre Es en el mundo, al margen de deidades. Dios sólo Es si los hombres quieren que sea.

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4 comentarios en “Hugo de Cluny

  1. Me ha encantado leer tu blog, siempre está bien encontrar sitios nuevos ¿cómo has encontrado el mío? Fascinante el texto de Borges que sitúas a tu izquierda. Un beso, intentaré seguirte 😀 Mua!

  2. borjarivero dijo:

    Tatojimmy: Sin duda Dios es un ente muy difícil, tanto para los creyentes como para los que no creen.

    Dan: Gracias 😉

    Alu: Gracias por pasarte, tu blog lo encontré por casualidad navegando de blog en blog.

    Un saludo a los tres y gracias por comentar

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