“Arte contemporáneo”

Dedicarle tiempo al arte, como a todo, requiere cierta paciencia y predisposición hacia ello. Lo difícil, muchas veces, es salir del museo, centro de arte o fundación con esa agradable sensación de que el tiempo empleado a merecido gratamente la pena. Para aquellos que amamos con pasión el arte no es tan grave, ya que se trata de algo así como de ir al cine y que la película resulte ser mala, pero para el perfil del visitante ocasional la cosa se complica. Sobre todo si lo que estamos visitando es “arte moderno”.

A las puertas del “Festival de Otoño en Primavera” que recoge teatro, música y danza de corte más “contemporáneo” o “vanguardista” (y es hay que usar con muchas comillas estas palabras con el peligro de ofender a alguien) pensar en el ese arte mal llamado “moderno” suscita cierta controversia. La definición es muy peliaguda por sí misma. ¿Qué es el arte moderno? ¿No lo hemos superado ya? ¿No estamos en el post-modernismo? ¿Realmente estamos seguros de no ir a resaca del modernismo y estar en algo así como la sobre-modernidad, y por tanto en un nivel intermedio antes del próximo paso? Todas estas preguntas están ahora en el ambiente. Este que suscribe incluso se las ha propuesto de manera tan insistente que ha optado por tomar un camino que puede llevar a cualquier cosa: escribir un ensayo, o intentarlo al menos. A nivel personal se busca una respuesta que satisfaga. Sin embargo, en este momento para salir del enredo vamos a llamarlo “arte contemporáneo”, que parece el término que menos salpullidos va a levantar.

El arte contemporáneo, pues, se caracteriza por ser un arte difícil, cuya nomenclatura levanta problemas por doquier, cuya explicación y argumentación raya lo interminable y que provoca enfrentamientos por todos lados. Hay que entender el arte contemporáneo, y se escucha mucho esa frase lapidaria del que le gusta al que no: “es que no lo entiendes”. De poco sirve la sentencia, aunque bien es cierto que muchas veces, un gran número de veces, de hecho, ese al que no le gusta suele caer en el dogma de lo pérfido del arte contemporáneo y de su poco valor. Es un arte difícil, eso es cierto, y muchas veces uno ha de pararse un momento a profundizar la obra, a meditarla, quizá a pensarla o quizá a sentirla. La mayoría del público no se para a ese punto y por eso se está volviendo una corriente elitista, o parece oler a eso.

Desde Marzo y hasta finales de este mes en el CaixaForum de Madrid se ha dado la primera parte de la exposición “El efecto del cine”, que llevaba por nombre “Realismo”. La segunda parte será inaugurada en Barcelona, en Mayo y será: “Sueño”. A falta de ver la segunda parte, de la primera he de decir que me ha impresionado mucho. Se trata de una selección de material cinematográfico donde se da una muestra de la manipulación técnica que la cinematografía tiene como poder a ejercer si quiere. Particularmente a un servidor le ha fascinado la instalación del francés Isaac Julien, llamada Fantôme créole, donde se exponen en cuatro pantallas distintas escenas y perspectivas de diferentes realidades, pero con un fondo común. La película habla de lo dispar de las naturalezas del hombre, del mundo en el que vive, de la civilización, de la expresión, de los antagonismos y también de algo profundo que todo ello comparte. La imagen, la cuidada luz y el espectacular juego de música y sonido hacen de tal instalación una de las mejores que he visto, junto con el resto de la exposición. Mi enhorabuena al comisario, merecerá la pena visitar Barcelona para ver la segunda parte.

En el CAB, Centro de Arte Caja de Burgos, uno de los museos abanderados del arte contemporáneo en Castilla y León (junto con el MUSAC), existe ahora una exposición temporal de Carlos Garaicoa llamada “Noticias recientes” que reflexiona sobre la arquitectura y su monumentalización, sobre la construcción y la perspectiva del mundo, así sobre ciertas impresiones que suscitan. Saca de lo real su patrón para reflexionar y “garabatear” sobre ello. Es una buena exposición y merece la pena acudir a ver la impresionante arquitectura del edificio.

Muy a la zaga de esa controversia con la que empezábamos esta publicación se encuentra la exposición del CAB. Carlos Garaicoa nos está hablando en su exposición de la decadencia del modernismo y de sus intentos, de lo utópico de ciertas ideas y de las mismas ideas adheridas a esas arquitecturas que hoy día aún se ven o que ya han desparecido dejando unos recuerdos tan finos como hilos enhebrados en alfileres. La superación de tales estructuras y la resaca que venimos teniendo acerca de ellas aún hoy es una buena muestra de lo que pasa a nivel general. ¿Qué ocurre con el arte contemporáneo? Que no es moderno, porque ya ha pasado esa época, pero aún no sabemos bien qué es y los propios artistas (en el arte que sea) no saben bien dónde nos encontramos. Desde mi punto de vista la resaca del modernismo es de esas épicas que tardan mucho tiempo en pasar, que te tienen confuso, postrado en cama y con un sabor amargo en la boca. Ese mismo sabor que muchas veces te deja una exposición con muchas ínfulas o una obra de teatro extravagante por gratuidad. Sobre el arte contemporáneo aún hay mucho que decir, aún hay mucho que pensar y ya es hora de darse cuenta de ello y empezar.

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