Hades raptor

¿Somos culpables por el mero hecho de serlo? ¿No habrá para nosotros algún tipo de perdón, de gracia, si la excusa es el amor? Era eso en lo que pensaba Hades, Plutón para los latinos, quizá Lucifer para los cristianos, el nombre poco importa. Se mantenía en aquel momento observando a la mujer con disimulo. Él estaba sentado en algún rincón oscuro donde se levantaba la silla de piedra que tenían a bien llamar trono, donde lucía la corona sobre su pelo tumultuoso, donde se mesaba la barba con cierto amargor. Allí, con el cuerpo desnudo observaba a Perséfone, a Proserpina si eres romano, a esa bella ninfa, diosa hija de diosa, de la que siempre estuvo enloquecido. La mujer avanza, curiosa, investiga las salas vacías, observa el lago tremebundo iluminado débilmente con ese fulgor que a todos aterra excepto a Hades, quien la fuerza de la costumbre le ha llevado a ese punto en que lo extraño se vuelve común y monótono. Hades, solitario, apesadumbrado por la culpa, colérico por el mandato de su hermano, ve cómo Perséfone se agacha y acaricia al cervero que gime mimoso ante el tacto de la diosa. Se pasea, gustosa de su belleza, de su cuerpo pequeño y bien torneado, de sus cabellos sueltos, algo revueltos. Hades medita y desearía poder saber qué es lo que piensa Perséfone en su vagabundeo.

El hombre, el dios, que pasó años espiando entre las zarzas y los arbustos, oculto en las sombras como un impío, doliente de no poder acercarse a la mujer de la que estaba completamente enamorado, ahora también estaba escondido y ello le corroía. Hades cerró los ojos, arrancándose la corona, pasando sus grandes manos por aquella noble cabeza suya; se maldice a sí mismo, como un mortal. Había sido un día cualquiera en el que, mientras veía como la joven se divertía entre las ninfas, había salido de su escondite. La expectación en el bosque fue inmensa, como si la misma muerte se hubiese aparecido, quizá así hubiera sido. Las ninfas estaban aterradas y la joven perpleja. No pudo evitarlo, le invadió la vergüenza y la ira, tuvo un arranque de soberbia inmensa. ¿No tomaban sus hermanos todo lo que querían? ¿No buscaban ellos el amor ocasional tantas veces y lo conseguían? Sin embargo él, el joven, el más bello de los tres, con su cuerpo perfecto y su inteligencia divina, él era el humilde, el despreciado mil veces por todos. La excusa era siempre la misma: lo terrible de sus dominios. Él era Hades, señor de Estigia donde se abre la puerta al Tártaro, rey de todos los muertos. Nadie quería compartir su destino. En su acceso de cólera actuó impulsivamente, irracionalmente, se echó encima a Perséfone, que gritó, que se intentó zafar; también ella le repudiaba y aquel dolor se le clavó en lo más profundo de su corazón. Aterró a las ninfas y huyó con la mujer a hombros. Él avanzó impertérrito, ella se dejó llevar desfallecida.

Allí estaban los dos ahora, en las estancias vacías del submundo, acomodados al frío y la austeridad. Ella caminaba y él no soportaba su vista melancólica, por eso se escondía. Estaba entristecido, apenas habían hablado en el tiempo que habían estado juntos. En este momento su hermano mayor le ordenaba que la dejase ir, pues la madre de ella amenazaba con arrasar el mundo si no se la devolvía. Tenía que obedecer, acatar la ley de su hermano, pero buscaba burlar lo inevitable tanto tiempo como le fuera posible. Así se encontraba, contemplando a su amor con la amargura de tener que dejarla ir y no tenerla jamás.

Pero, como por cosa de milagro, Perséfone había llegado a una sala colmada de frutas y ambrosías. Tenía hambre y miró a su alrededor con prudencia, quizá no vio a Hades o puede que sí ya que durante un momento sus ojos se prendaron del punto en el que se ocultaba. La mujer, la diosa, tomó una semilla de granada y comió con placer degustando su fuerte sabor. Hades, sorprendido, salió de su escondrijo, avanzó hacia ella con el porte de quien él mismo era, con aquel cuerpo esculpido de belleza terrible, con su sexo relajado, con tanta naturalidad que evidenciaba su divinidad. Ella le miró, le esperó, dejó que le rodeara su cuerpo blando y lleno de curvas con aquellos brazos fuertes. Se mantuvieron en aquel gesto tanto tiempo que Hermes apareció apremiante, horrorizado al ver a la hija de la naturaleza entregada al señor de los difuntos.

Hades dejó irse a Perséfone con su promesa de volver y allí espero el tiempo necesario. Sus deberes se le hacían menos pesados y podía sentirse feliz aún en la devastación del espacio hueco. Cuando ella volvió él se atrevió a sonreír y juntos pasearon entre los pilares del mundo, en silencio, tranquilos en su desnudez, entregados al perdón que excusaba el amor.

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