La “maldición” de España

De todas las historias de la Historia
sin duda la más triste es la de España,
porque termina mal. Como si el hombre,
harto ya de luchar con sus demonios,
decidiese encargarles el gobierno
y la administración de su pobreza.

Jaime Gil de Biedma

Que del comienzo estamos librados de toda culpa, no es, en realidad, una certeza, sino una suposición. En todos los devenires del tiempo y en todas las consideraciones de esa línea tan difícil que transcurre con lo que llamamos “minutos, horas y siglos”, en todo cabe la difícil cuestión de ser o no herederos de lo pasado. Serlo, parece fácil la deducción, lo somos. El peso de la historia es tal que ninguno de nosotros somos capaces de subirla a hombros o de ignorarla. Más nos valdría aceptarla en vez de luchar con ella y con esa “maldición” que nuestra España ya hace mucho que le cayó; también a tal cabría aceptarla, entenderla y buscar por superarla. Superar que no cambiar o mentirla. Sí, del comienzo somos todos culpables y todos estábamos ahí en la negra fama de Felipe II y también con la rosada. Cuando matábamos árabes y cuando matábamos cristianos éramos nosotros quienes blandíamos las espadas. También cuando alzábamos el brazo derecho, bien por un fanático impulso bien por compromiso, o quizá cuando no lo levantábamos y nos echaban a los perros y metían en nuestro cuerpo pequeñas piezas de metal con la violencia de un disparo, ahí también éramos nosotros. A Lorca lo mataste tú y tú eras ese ruiseñor que terminó tan verde como pensaba. Tú afinaste los bigotes de Dalí, tú has apoyado dos repúblicas, dos casas reales, tantos y tantos reyes, tantos políticos y también a un dictador de voz aflautada, tú eres tan culpable como yo, España, que dejaste morir a tu amo en la cama como una suerte de juego sadomaso.

Así es nuestra España, siempre empecinada por esa maldición que Gil de Biedma ya veía con claridad, siempre quieta y orgullosa de su propio carácter. Personalidad en la que caben adjetivos bastante malsonantes y un olor amargo, algo putrefacto, procedente de ese impostar una imagen hecha de humo y vagas alusiones.

Pero España, encarnecida patria, que no aprendes a sumar de una vez, que te hiciste mayor muy pronto y tratas desde entonces de parecer una niña; España que pareces decadente en todas tus extremidades, que te gobiernan buenos ejemplos de un pueblo aburrido, vulgar y templado en sus tripas. España, que todos te queremos dar la opción de la redención y que buscamos en ti la esperanza que ese gran poeta ya tenía puesta: los demonios que te gobiernan son hombres a los que hemos puesto alas y ellos solos han caído viendo la oportunidad de oro en un infierno que Dante y Virgilio no supusieron. ¿España, cuándo te levantarás? ¿cuando lo diga el altar? Si vuestro dios fuera coherente portaríais las túnicas rojas por tanta sangre vertida, la de los inocentes y la de los pecadores, porque hasta donde yo sé es igual de roja en unos y en otros. Y no me vengáis ahora con el perdón y las equivocaciones del pasado, pues otra sangre se vierte hoy y ya que a la espada no podéis ateneros buscáis el filo de una justicia que aún os tiene demasiado respeto, una consideración que debería de estar muerta en este Hoy que se dice imparcial y laico.

¿Y cómo hemos llegado a esa hipocresía horrorosa de la apariencia? Y a ese vulgarismo reinante e impuesto como la norma exacta, donde si te sales de él eres un paría, una especia de hereje culto, de necio y pedante magíster. La sabiduría hoy está en la cúspide de la pirámide truncada y la mayoría orgasma en ese circo donde los leones han desaparecido y los gladiadores se mantienen, donde la sangre ya está mal vista pero no el comportamiento bestial, el sudor, esa quintaesencia de primitivismo que embota cabezas y llena un tiempo que en otros lugares se utiliza para cosas más provechosas.

No, a mí no me vengáis con plegarias o implorando piedad, que no la tendréis. De mí sólo podéis esperar la verdad que yo veo y que no queréis ver, la decadencia que os asola y que medra por todas las heridas, prorrumpiéndose en verde que se extiende y le da tumba triste a Federico. La verdad es que los demonios entronizados son la ignorancia, el pan barato, el mal gobierno y una pereza crónica enraizada en lo antiguo de nuestra sangre. Sólo al golpe de estado contra nosotros mismos le veo una posibilidad de éxito, un golpe que requiere tiempo, mentes dispuestas y algún que otro personaje honesto que le importe de verdad un futuro menos cegado por doradas evacuaciones y más preparado para afrontar la terrible competitividad del mundo, no a nivel económico, sino a ese otro nivel que tiene que ver con la calidad de las personas que habitan en unas delimitadas fronteras. Nada tiene que ver ese “golpe” contra el trono o la bandera, sino contra la mentalidad de aquellos que aun se arrodillan sumisos ante un altar, ante un banco o ante la moral disoluta de los ególatras.

El cambio en el orden que rige es necesario y sólo una vez que haya muestra de alguien que pretenda de verdad mejorar por mejorar y no por mejorarse, sólo entonces empezaré a hacer caso al optimismo y a la esperanza de que esa maldición concluya. Y es que la historia de España aún sigue terminando mal.

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