Ministro

Roger Köhner entró en la sala mientras se desabrochaba la gabardina mostrando un frac sencillo con enseñas militares: la estrella de honor, la cruz del mérito y el águila de plata.

-Viene muy elegante hoy, juez –dijo la voz pastosa de Giovanni tras la mesa de metal.

Köhner sonrió sentándose frente al hombre de pelo grasiento y moratones en la cara.
-Tengo luego un asunto…
-Ministro de moral y ley –sentenció Giovanni Stassi-. Hasta en vuestros calabozos blancos ha llegado la noticia… mi enhorabuena, ministro.

El juez asintió mientras abría la carpeta roja y buscaba un documento en concreto. Tardó un minuto en el que se mantuvieron en silencio.
-Gracias por tus felicitaciones -respondió por fin levantando la vista con tranquilidad- confío en que los guardias no te hayan agredido más.

El labio inferior del preso tembló, pero luego negó con firmeza:
-A usted todos le hacen caso.
-Soy el ministro ¿no? –dijo sonriendo con cierta afabilidad aunque sin perder su gesto duro- Por eso si te digo que puedes salir de aquí sin cargos me vas a creer ¿verdad?

Stassi asintió con todo su corazón.
-Bien -continuó-. ¿Dónde lo habíamos dejado? Ah, el verano de 25. Fue entonces cuando viste por última vez a tu viejo amigo Richard Kraus. Según nuestras anteriores reuniones sólo recibiste un mensaje de él hace dos años, en las navidades del 28 a causa de la muerte de su madre. Te pedía que retransmitieras a su familia su dolor y que les apoyaras con dinero si estaban necesitados. Fuiste al velatorio y, aunque no necesitaban dinero, sí que compartisteis unos días juntos. Según tu relato comiste con la hermana de Kraus, Violeta, en una casita cerca de Carcassonne. Pero eso fue antes del levantamiento de Narbonne, cuando la ciudad y todas sus inmediaciones fueron arrasadas. Bien, era un callejón sin salida. Luego mencionaste en nuestra última sesión a un tal Lambert. ¿Me podrías hablar de él?

Giovanni dudó, sus manos vendadas temblaron sobre la superficie de metal, sin saber bien dónde meterlas. Tomó el vaso de agua y bebió con dificultad. Köhner le observaba con paciencia. En la mente de Stassi se llevaba a cabo una batalla interna entre sus principios, el dolor que le habían causado, la posibilidad de la libertad y la amenaza de la muerte o del encarcelamiento. El juez leyó en los ojos del italiano una resolución que le daba a él la victoria.
-Lambert, Adéle Lambert. Es una mujer.

Roger revisó la lista de nombres que tenía ante sí y que había apuntado él mismo a lápiz.
-¿Quién es? –preguntó con voz suave.

-Una amiga de Richard… fueron amantes hace años.
-¿Qué tiene que ver con toda la historia del entierro de la madre de Kraus?

Giovanni dudó de nuevo, sonrojándose un tanto:
-Estaba allí y…
-Entiendo, os acostasteis.

Stassi afirmó:
-Es muy bonita, con el pelo rubio y los ojos verdes…
-Muy comprensible, sí –añadió el juez apuntando la descripción- ¿Dónde la puedo encontrar? –preguntó sin rodeos, mirando directamente a los ojos al italiano.

Él desconfiaba, se miró las manos, rotas en varias ocasiones. Köhner comprendió a la perfección.
-Te doy mi palabra de que la trataremos como a una dama. –dijo.
-Ella… es… trabaja en el gobierno de Aquitania IV… departamento de estado. Se dedica a resolver problemas de transporte…

Köhner ya había sacado su “red”, una placa de cristal de color esmeralda sobre la que tecleaba. Cuando terminó una mujer apareció en holograma sobre el dispositivo. En efecto era rubia y con los ojos verdes. La información de la ficha estaba perfectamente cumplimentada y su nombre completo era Adèle Marie Lambert. Aquello era un gran descubrimiento. El juez estaba eufórico, guardó el aparato y cerró apresuradamente la carpeta. Tendió la mano al italiano, que la tomó sorprendido. El apretón fue suave para no dañar la mano del herido.
-Muchas gracias Giovanni. Tu ayuda es inestimable. Perdona que me vaya tan rápido pero tengo ese asunto del que te hablaba. Ordenaré que te declaren libre hoy en unas horas. Gracias de nuevo, ha sido un placer.

El asombrado Stassi no pudo contestar, el juez salió veloz, cerrando tras de si la puerta. Un joven rubio, alto y de aspecto aniñado le recibió recogiendo la carpeta que el otro le tendía. Ambos se encaminaron por el pasillo y entraron en el ascensor donde el juez pulsó el último botón. Suspiró.
-Magnifico, Charles, ha sido magnifico.

-Llega tarde a su nombramiento, señoría.
-No importa, no importa –dijo Köhner apoyando la cabeza sobre la pared-. Estamos más cerca. Apunta… –dijo mientras el joven sacaba su placa vítrea- Que liberen a Stassi. Sí, no me mires así, nos vale más libre. Si intenta contactar con Kraus lo sabremos. Que le vigile alguien de los nuestros… Luego prepara todo para que nos traigan a Adèle Marie Lambert es funcionaria en Aquitania IV.
-Numero 05.876.932GY-3 –dijo el rubio.
-Será, yo que sé, compruébalo en mi red… Que la engañen, monta un congreso de lo suyo si hace falta, no quiero ninguna sospecha. Llama luego a Agathe…
-¿La juez Mercier?
-Claro… ¿quién si no?
-Estará en el nombramiento.
-Cierto, lo olvidaba. Bien, déjalo, ya se lo diré yo. ¿Algo de nuevo?
-Tenemos un problema con el ministro Dubois… ha estado haciendo muchas preguntas.
El rostro del juez se ensombreció por un instante.

-Pero no se inquiete, señor; no sabe nada. Sus preguntas se deben a la cantidad de hombres de su ministerio que usted solicita. No le gusta que le toquen a su ejercito de gabanes negros.

El ascensor llegó a su destino, un gran pasillo alfombrado conducía a unas puertas acristaladas por las que se vislumbraba un enorme salón con muros de vidrio donde se aglomeraba la flor y nata del Reich.

Köhner salió del ascensor pero se giró antes de encaminarse hacia la fiesta.
-Escúchame bien –dijo en voz baja- quiero que redactes una ley para la creación de una policía inquisitorial para la ejecución de los asuntos del ministerio de moral y ley.
-¿Con qué razón?
-Alega la necesidad de una mayor maniobrabilidad. Yo diré algo en mi discurso de agradecimiento por la investidura y todo estará atado. Dubois ya no podrá meter las narices.
-Sí, señor ministro. –respondió Charles con una sonrisa. Roger le contestó de igual manera y se giró encaminándose con paso recio hacia el salón.

La última ciudad

El sol deslumbraba sobre las ruinas de la ciudad. El calor era tan agobiante como en el verano más terrible que uno pudiera esperar. Los rayos eran como oro claro, incandescente, rojo. Las mujeres parloteaban lavando las prendas blancas en la acequia destartalada cercana al final de aquella urbe. Una niña correteaba entre los hierbajos de lo que un día fue un parque. Quedaba un columpio oxidado colgando de sus hierros, ella lo miraba con curiosidad, sin acercarse demasiado, quizás sin saber cómo habría que utilizarlo. Era bonita, con el rostro pálido lleno de pecas y el pelo rubio y alborotado.

¿Y yo? ¿Quién soy? Ya solo un pobre diablo, un viejo de piel tirante sobre huesos más fuertes que sus músculos. Mi ropa no es la que era, mis gafas están rayadas, mi barba llega a mi pecho y me hace cosquillas si estoy desnudo. Los niños me llaman abuelo, no porque desciendan de mi sangre sino porque las personas como yo son escasas hoy en día; como yo es igual a ancianos, viejos, carcamales, mayores de sesenta. La guerra se los llevó. Es triste, aquí soy el mayor, creo tener unos ochenta años y empiezo a notar como mi mente se va apagando, puede ser principio de alzheimer y eso me asusta. No hay médicos que puedan confirmarlo.

Pero aquí estoy. Permitidme que os describa el lugar en el que me encuentro, pues quizá si leéis estas páginas algún día mi “casa” esté ya desmoronada como tantas otras. Vivo en un gran apartamento, es un tercero que sin duda tiempo atrás perteneció a gentes ricas. El suelo de baldosas está casi intacto y forma dibujos romboidales que marean a los niños cuando juegan a girar sobre si mismos. Hay columnas negras, jónicas, de fuste liso, sobre pedestales grises que hacen juego con los colores del suelo. El techo que sujetan fue de un color anaranjado hace tiempo, ahora está sucio y hay partes que se han caído revelando la estructura de finas vigas de metal y tablas encaladas. Las paredes son doradas aún hoy, tiempo atrás estaban pintadas de dibujos blanquecinos y negros que le deberían otorgar un aspecto barroco, ahora sólo quedan restos de ellos en algunas partes. Las cenefas del muro junto al techo son negras, grutescos floridos. Las ventanas hacen de mi casa una maravilla, toda la sala da al exterior, cada dos palmos se abre un hueco al aire libre de la mañana; son de madera y conservan sus cristales. Las contraventanas están más perjudicadas pero aún funcionan, replegándose como pequeños biombos de láminas. La casa da al norte, es fresca pero entra el sol sobradamente creando esa semioscuridad que hoy, en este verano horrible, me agrada. Las mujeres de los otros pisos suben aquí a tender sus blancas sábanas en cuerdas cercanas a las ventanas. Yo se lo permito de buena gana, aquí nada es de nadie, las prendas se secan rápido y ellas me traen comida o a sus hijos para que les enseñe a leer y escribir. No hay mucha gente que quiera aprender hoy, apenas la hay, de nada sirve ya. Mis muebles son pocos, un camastro, un escritorio negro de ébano muy trabajado, un par de sillas y tres o cuatro mesas con la superficie de mármol donde se acumulan los libros, amarilleándose con el sol y la brisa.

Aquí paso las horas, en este ambiente de ensueño donde llegan a mis oídos todo el pulso de la vida, las voces de los hombres, el canto de Mariana tendiendo la ropa con su voz de soprano destemplada, las risas de los niños que en sus juegos recrean la roja guerra que nos ha podrido por dentro y por fuera. Ellos son el resto de inocencia que queda en la humanidad. Sí, aquí lo escribo para que quede constancia de ello. No sé cómo se sucede el mundo más allá de esta ciudad pero ya tiene poco sentido descubrirlo, no me queda curiosidad ni fuerzas para emprender el viaje.

Ayer un niño, Ismael, me trajo un libro que había encontrado jugando más lejos de lo habitual. Soy el único que lee aquí y por las noches me piden entre risas que baje a la plaza, donde me sientan en un sillón cerca de la hoguera que da más luz que calor y me piden que les lea algún cuento. Allí se reúnen todos los niños y también bastantes adultos. Y yo leo con gusto cambiando las voces e intentando hacerles entretenido un rato de la noche. Ismael tenía la esperanza de que su hallazgo fuera una novela de aventuras, que son las que a él le gustan, pero resultó ser una vieja edición de La ciudad de las columnas, un libro de Alejo Carpentier que describía su amada Habana con muchas fotografías. Prometí al niño una historia de aventuras para aquella noche y se fue bastante contento mientras yo leía el nuevo hallazgo. ¿Cabría una descripción así de nuestra ciudad? De este amasijo de ruinas, piedras rotas, edificios sumidos bajo la potencia de las bombas, cráteres oscuros, dientes elevados hacia el mundo… creo que sí. Creo que hasta en la destrucción hay cierta belleza aunque sea perturbadora. Al fin y al cabo estos despojos de la civilización, de la “gran era”, son los que nosotros hemos tomado como hábitat, como hogar. Igual que yo me he afincado en este cuarto fresco donde vivo, leo y miro por la ventana mientras pasa la vida en una sinfonía armónica que todo lo resume.

Lucía

Estaba quieta. Tranquila, con una taza de café en la mano, sentada en una de esas terrazas donde las carteras abultadas de la ciudad se reúnen para relajarse de sus siempre interesantes vidas. Ella estaba sola y no aguardaba a nadie, aunque muchas de aquellas personas esperasen que llegase una amiga, un familiar o, en el mejor de los casos, un hombre que se sentase a su lado. Lucia –así se llamaba- sabía perfectamente que las miradas disimuladas que le lanzaban mujeres y hombres se debían a ese interés que suscitan las personas solitarias en lugares donde todo el mundo se junta en ruidosos grupos.

Aquel día llevaba un vestido azul claro y miraba la gente pasar. Era verano, un día de esos radiantes en que el calor nos aplasta contra el pavimento. Pero allí, a la sombra de los alisos que poblaban la plaza cercana, uno se encontraba cómodo y el bochorno era soportable ya que llegaba un vientecillo fresco desde el río más allá de los árboles.

Aunque de ordinario solía merodear por aquel lugar un viejecillo con un violín ajado, aquella tarde no había rastro del hombre ni de su instrumento. No había música y Lucía lo agradecía tanto como agradecía los días en que sí aparecía el anciano con sus canciones desafinadas. El silencio se mezclaba con el sonido de las hojas al castañear con el paso del viento y también con las voces, no exageradamente altas, de todas aquellas personas bien vestidas que conversaban sobre la familia, el dinero, la política y el deporte. Ella disfrutaba de su soledad, disfrutaba de aquella compañía murmuratoria de las gentes “de bien”, que elucubraban sobre su extraña aparición en la pequeña ciudad, sobre su soledad, sobre su amabilidad. Era, sin embargo, un pueblo en su fondo y sus cuchicheos siempre desembocaban en alguna truculenta historia o en un mal pensamiento incoherente y sin sentido. Se dijo que era la querida de varios hombres importantes, luego se la rebajó a criminal huida y unas beatas incluso dijeron que era la hija ilegítima del alcalde, pues habían coincidido juntos en un restaurante el sábado anterior. Sobra decir que Lucia no amaba a nadie en aquel entonces ni tenía cuentas pendientes con la justicia ni tampoco conocía de nada al alcalde.

Uno de los muchos panaderos de la ciudad era el único que sabía quien era Lucia, aunque la respuesta al enigma era de lo más inocente ya que se trataba de su sobrina, a la que hacía años que no veía y que había decidido tomar unas pequeñas vacaciones en aquella ciudad de donde era originaria toda la familia. Aún con todo, la joven había preferido hospedarse en un hostal –cercano precisamente a la plaza de los alisos- antes que en la casa de su tío. No era un insulto hacia su familiar, simplemente Lucía era muy independiente y prefería una habitación ajena a un ritmo de vida al que adaptarse. Se lo podía permitir, por lo que todo estaba bien.

De ella poco más podríamos decir. Tenía veinticuatro años, trabajaba de gerente en un hotel de Barcelona y vivía allí con su hermana mayor. Sus padres tenían una librería en Alicante e iba a visitarles una vez al mes. Como ya habíamos dicho no tenía pareja, pero sí se encontraba en aquel lugar por un asunto de amor. Lucia había estado saliendo con un chico durante dos años, hasta que un día este desapareció sin dar ninguna explicación. “Ya no es como antes”, había dicho, y no le volvió a ver. Ella a pesar de llorar un par de días y sentirse desconsolada, llegó a comprender que él tenía razón. La relación no era como al principio, se habían cansado, vivían su “amor” con monotonía, iban al cine, se acostaban, comían fuera de cuando en cuando y hacían todo lo que se consideraba que una pareja de su edad debía de hacer. Pero de aquel ardor del principio, de la fascinación del uno por el otro, de la intensa entrega a la que se habían sometido los dos, de todo aquello no quedaba nada, tan sólo las brasas del fuego.

Había pasado un mes y llegó el verano. En inicio se había planteado pasarlo entre Barcelona y Alicante pero se dio cuenta de que debía de salir de su monotonía, marcharse a un lugar donde poder pensar, estar sola, encontrarse a sí misma por así decirlo. Entonces se acordó de su tío, que regentaba una panadería en una ciudad del norte y decidió ir allí, en parte por conocer la casa y la ciudad donde habían nacido sus padres, sus abuelos y también sus bisabuelos, en parte porque era el lugar perfecto para descansar. Los recuerdos que guardaba del lugar de las visitas antes de los diez años eran muy agradables para ella.

De aquel viaje, de aquella estancia y descanso, Lucía había entendido varias cosas. La primera era que debía de quererse a sí misma lo suficiente como para darse cuenta, igual que lo había hecho su expareja un mes antes, de cuándo las cosas dejan de ser lo que realmente quiere. Parece algo sencillo, pero es muy fácil dejarse arrastrar por la inercia y su comodidad. La segunda era la ratificación de la ilusión de su vida, algo que había sido una mera fantasía hasta aquel momento, pero que deseaba con todo su corazón. Ella quería abrir su propio hotel, algo pequeño, modesto, en algún lugar de la costa catalana, en un caserón donde se viese el mar desde la ventana, con las paredes encaladas y las contraventanas pintadas de azul real. Ese era su sueño y estaba convencida de pujar por conseguirlo, aunque sabía que era muy joven. Su plan, entonces, era esperar hasta los treinta años, ahorrar lo posible y buscar esa casa que cumpliese todos los requisitos de su imaginación. El amor, como muchas otras cosas de la vida, sería algo complementario; de aparecer un hombre no dejaría que este impusiera su voluntad sobre la de ella. Tenía un sueño y estaba decidida a realizarlo, aquello era para ella la felicidad.

Lucia, en su silla bajo la sombra de los alisos, sonreía tontamente mientras se dejaba inundar por las imágenes de ese futuro tan prometedor. En su juventud, como todas las personas a esa edad, no sabía todavía que las corrientes de la vida suelen llevarnos por caminos que no deseamos ni hemos decidido. Si lograse conseguir su objetivo sería únicamente por un esfuerzo y una fijación tremendas que le traerían mucho dolor y muchas penas. Quizá la lucha le merezca la pena, pero eso es algo que siempre dependerá de qué día se le pregunte y de si el azar y el destino son amables con ella.

#spanishrevolution

No pensaba escribir nada. De hecho las últimas entradas que se han ido publicando y las próximas están programadas para que vayan subiéndose por ellas mismas. Esto se debe a que este que suscribe se encuentra en época de exámenes. Ahora bien, no puedo callarme. La #acampadasol (y nótese que utilizo el hashtag de twitter) se está convirtiéndo en eso que también anuncian las redes sociales: la #spanishrevolution. En los medios se habla de una nueva plaza de Tahrir y la euforia invade todo el país en las personas de mi generación. También me invade a mí esta ilusión, esta ansia y potencia por ir a la plaza y dar mi apoyo, gritar cuando sea necesario y vivir este momento histórico, porque lo es.

Los españoles siempre hemos tenido y tenemos un espíritu de dejadez que nos hace famosos. Es muy cierto que ante todos estos movimientos hay personas que se quedan en casa y siguen haciendo su vida con normalidad. Personas que tienen la idea típica de que por mucho que se haga nada va a cambiar y por tanto ¿para qué movernos? La respuesta a esto es sencilla: si nos quedamos en nuestros sofás entonces sí que nada cambiará, habrá que levantarse por lo menos para intentarlo. Semejante hecho a mí me perturba porque yo, aquí en mi casa, delante de los libros que he de estudiar para aprobar mis exámenes, no puedo evitar mirar una y otra vez las redes sociales, buscar videos in streaming de la plaza de sol, mirar noticias, leer blogs, compartir opiniones y dar apoyos. De hecho el estar escribiendo esto va contra lo que yo mismo me había propuesto, pues en este periodo preferiría estar concentrado en mis asignaturas, pero no puedo, el peso de las circunstancias históricas “el peso de la historia” me puede y me empuja aquí. Por modesta que sea mi opinión he de escribir, lo siento así, es un impulso.

Quizá no pueda estar allí durmiendo con amigos que sí están en la plaza, pero lo magnifico de este movimiento es que no se pide una participación en persona, aunque es lo ideal, también se pide precisamente el apoyo a través de las redes sociales, se pide que nos instruyamos, que leamos… Esto es magnífico y pone en relieve una gran verdad: la pobreza intelectual y cultural que muchos jóvenes tienen en España, algo que influye en esa dejadez y el actual estado de nuestro país. Hablan de juventud sin futuro, menos futuro tendría yo si me dejase llevar por el momento y fuese como loco a sol olvidando mis exámenes. Aún con todo el Martes estuve allí y hoy mismo por la tarde también estaré, será poco tiempo porque es muy mala época para mí, pero estaré, lo necesito porque este es un momento en el que hay estar. Hemos de actuar, hemos de unirnos y hablar, debatir y pensar, sobre todo pensar sobre este país nuestro, sobre esta realidad política que nos insulta, que es denigrante, que nos degrada a condición de ciudadanos de tercera y nos impone una serie de supuestos que están destruyendo nuestra imagen internacional y, lo peor, nuestro propio porvenir interno.

La junta electoral provincial ha desautorizado la acampada sol porque dice que “la petición del voto responsable puede afectar a la campaña electoral y a la libertad del derecho de los ciudadanos al ejercicio del voto”. Esto únicamente pone de manifiesto que tienen miedo de que el movimiento funcione, sobre todo porque es pacífico y les encantaría que la revuelta comenzase a ser agresiva para poder deslegitimar la asociación. La plaza de sol puede ocuparse en manifestaciones convocadas por partidos políticos, por sindicatos (pagados por el estado), puede ocuparse por conciertos y por cientos de otros acontecimientos, pero no por una protesta pacífica que no beneficie a ningún grupo, que demuestra que el sistema político es decadente. ¿Es irónico no? También hay muchos que hablan de que aquellos en la plaza de sol no les representan, esto se entiende porque sale de boca de los que sí están afiliados a un partido u otro, que están conformes con este sistema porque les beneficia o porque sus ideas están condicionadas por el mundo en que han sido educados o porque, sencillamente, son conservadores. El peligro que muchos anuncian es precisamente acerca de los conservadores, que serán los que menos sufran de cara a estar elecciones ya que estas personas son impermeables a razones, argumentos lógicos y mejoras futuribles.

No se puede tolerar acusaciones de personajes como Cesar Vidal, un autor que si escribiese sus libros o al menos los leyese cuando salen de la imprenta tendría un poco más de sentido común aunque no variase en su líneas de creencias. Este hombre ha relacionado la #acampadasol con ETA y con la Kaleborroca… Comentar esta desafortunada observación creo que ni siquiera es necesario, cualquier persona con un mínimo de inteligencia es capaz de concluir una opinión acerca de todo esto mucho más interesante que lo dicho por el señor Vidal. Sobre los juicios hacia su persona que cada uno piense lo que quiera.

La razón de la #acampadasol es conseguir que #nolesvotes, es decir que el sistema bipartidista que padecemos en este país quede tocado. Ni PP ni PSOE, lo que Democracia Real Ya está pidiendo es instaurar la democracia en nuestro país y evolucionar por fin de este estado intermedio del que parece que no podemos salir. Las peticiones de trabajo y vivienda digna y de un mundo más equitativo a nivel económico se han unido a este descontento por el panorama político. ¿Qué no funcionará? Bueno, si no lo intentamos no lo sabremos.

Nadie sabe como será el futuro, pero podemos ayudar a crearlo, podemos movernos, movilizarnos, hablar y poner en orden nuestro pensamiento. Hay personas que ya piden que la #spanishrevolution se extienda a nivel europeo, se están preparando protestas en Londres, París, Roma… Quizá esto sea sólo el principio o puede que finalmente seamos acallados y “ganen” los estados, gobiernos y sistemas, pero no hemos de desfallecer pues, como el mismo Jose Luis Sampedreo dice, “las batallas hay que darlas se ganen o se pierdan, hay que darlas por el mismo hecho de darlas, porque eso nos cumple, eso nos ratifica.

Adjunto a esta opinión varios links de interés, porque al fin y al cabo internet está convirtiéndose en el motor de todo esto. La difusión de información corre como la pólvora:
– Manifiesto “democracia real ya” http://democraciarealya.es/?page_id=88
– Facebook de Democracia real ya http://www.facebook.com/democraciarealya
– Canal de Youtube de Democracia real ya http://www.youtube.com/user/democraciarealya
– El “wiki” http://wiki.nolesvotes.org/wiki/Portada
– Streaming de sol http://www.soltv.tv/
– Twitter (direccionado hacia #acampadasol) http://twitter.com/#!/search?q=%23acampadasol
– Cobertura del movimiento http://www.spanishrevolution.eu/
– Video de Jose Luis Sampedro (extremadamente recomendable) http://www.youtube.com/watch?v=yyOp8IRxgoo&feature=related
– Carta de Jose Luis Sampedro en apoyo de la democracia real http://www.facebook.com/notes/democracia-real-ya/carta-de-jos%C3%A9-luis-sampedro-para-todos-los-que-queremos-una-democracia-real/130800676996551?ref=mf
– Carta abierta a votantes de cualquier partido (por un ciudadano cualquiera) http://www.soydelbierzo.com/2011/05/17/carta-abierta-a-los-votantes-de-cualquier-partido/

La carpeta roja

-¡Köhner! –Gritó una voz desde el fondo del pasillo, levantando las miradas de todos los funcionarios que se ajetreaban de un lugar a otro.

El juez se volvió extrañado por semejante volumen hacía sí mismo, algo verdaderamente extraño. Lo entendió justo en el momento en que se dio cuenta de que aquella autoritaria voz provenía de Gustav Massen. Se cuadró tan pronto ocurrió esto, alzando la mano con el saludo habitual hacia el Führer. Éste se acercó, estaba nervioso, le miró de arriba abajo y le indicó que le siguiese. Juntos se internaron en el despacho del juez y el líder de la nación ordenó que cerrase la puerta, lo que Roger Köhner hizo al punto.
-¿Qué ocurre, mein Führer? –preguntó asombrado.

-¿Piensas que el fin justifica los medios?

El juez se quedó lívido, incluso se le cayó el monóculo del ojo. Se mantuvo un momento en silencio, pensando en todas las alternativas, pasó la mano por su pelo mientras buscaba saliva, pues se le había quedado la boca seca.
-Mein Führer… –comenzó.

Gustav Massen no le dejó terminar, abrió un maletín y sacó la gruesa carpeta que tan bien conocía Köhner, era la carpeta del caso Kraus.
-Marcel Blanchemon se ha suicidado ayer –dijo con seriedad Massen, pasando, igual que el juez, la mano por su calva cabeza-. Eso ya lo sabes… Pero mientras decidimos quién será el nuevo ministro tú te harás cargo de sus papeles.

-Es un honor –Añadió Köhner recuperado del sobresalto.
-Sé de tus pesquisas sobre Richard Kraus, sé que Marcel te había quitado la investigación.
-El ministro Blanchemon pensaba que habíamos gastado demasiado tiempo y esfuerzo para conseguir unos resultados tan penosos –explicó el juez observando con avidez la carpeta.

El Führer sonrió con cinismo, clavando sus ojos pequeños en el magistrado:
-¿Crees que soy idiota? ¿O piensas que creo que eres idiota? No estamos de cara al publico, Köhner… Aquí estamos tú y yo, vamos a ser claros ¿vale? –Hizo una pausa en la que el juez asintió. Gustav se quitó el gabán blanco que llevaba, dejándolo sobre una mesa cercana. Luego sustrajo otra carpeta del maletín, esta de color rojo y desconocida para el juez- Si Marcel te quitó la investigación fue por los documentos que descubriste había robado ese hijo de puta de Kraus.

Roger enarcó una ceja, no estaba nada acostumbrado a escuchar al lider del Reich hablar con aquel vocabulario.

-E hizo bien en quitarte la investigación –continuó Massen-, pero las cosas han cambiado. Lo que te voy a contar tiene restricción alfa, es el más alto secreto. Tenemos información de la AU, al parecer el gobierno de los amarillos ha contactado con Kraus y le han ofrecido una gran suma por estos documentos –Dijo colocando sus dedos huesudos sobre la carpeta roja. Hizo una pausa en la que no dejó de mirar al juez, luego le tendió los papeles. Roger disimulaba con dificultad su interés y se dedicó a mirarlos por encima en cuanto los tuvo en su mano-. Como ves se trata de todo el asunto de la reubicación de nuestros ciudadanos, localizaciones de las fortalezas aéreas y de algunos puntos clave. No es demasiado. Lo peor es el último documento, Kraus era ingeniero y se trata de un código encriptado que da acceso a nuestra red de telecomunicaciones, red en cuya creación él participó. Si la AU se hace con esto tendremos una guerra muy desventajosa para nosotros. Podría ser nuestro fin…

Köhner estaba asombrado con tanta afirmación y de tal calibre. Observó con detalle algunos párrafos y luego volvió su vista hacia el Führer, con la mirada extrañada.
-¿Qué quiere que haga?

-Kraus nunca ha vendido esta información porque sabe que asegura su invulnerabilidad, no creo que ahora lo haga. Aunque el gobierno de la AU le ofrezca asilo y protección tiene aquí familia y no se arriesgará a que sufran daños. Sin embargo estamos en una posición de debilidad y no podemos permitirlo… Haz lo que querías, encuéntrale, trae a ese cabrón, júzgale y sácale todo lo que ha hecho en estos años fuera del Reich.

Köhner asintió, obediente:
-Sí, mein Führer.

-Te dejo, Köhner –Gustav Massen cogió su abrigo y meditó si decir a continuación lo que finalmente dijo-. Quizá seas el nuevo ministro, ve haciéndote a la idea por si acaso.
El Fuhrer saludó y salió del despacho dejando al juez con sus pensamientos. Cuando se recuperó de la impresión que todo aquel asunto le había causado, se sentó en su sillón y se dedicó a leer con minuciosidad aquellos documentos. Si Kraus había sido uno de los ingenieros creadores de la Red de telecomunicaciones del Reich, su conocimiento era valiosísimo. En una época como aquella en la que todo dependía de la información y de la seguridad de esta, Kraus era más importante aún de lo que él mismo se había imaginado.

Cuando terminó de leer volvió hacia su conocida carpeta, buscando unos folios que él mismo había redactado. Los encontró rápidamente: eran las líneas que relacionaban a Kraus con sus familiares y amigos. Sólo habían logrado localizar a uno de ellos: Giovanni Stassi, un mayorista afincado en el sector Roma II, dentro de la Italia del Reich. Rápidamente cogió el teléfono, su secretario respondió al otro lado y Köhner suspiró un momento ordenando sus ideas:
-Van a ser muchas cosas, Charles. Lo primero: cancela la comida que tenía con mi hermana y tráeme algo aquí… lo que sea. Después quiero que asignes mis casos de esta semana a la juez Mercier, dile que tengo a Kraus, ella comprenderá. Luego llama a Louis Dubois, del ministerio de paz. Necesito veinte hombre y un avión privado para mañana con rumbo a Roma II. Si alguien pide explicaciones di que tengo permiso del Führer. ¿Me has comprendido? … Bien. Van a ser semanas muy movidas, Charles. Quiero que les llames, ya sabes… Bien… Sí, exacto… No, hazlo cuando termines… Bien… Oh, se me acaba de antojar Pastrani para comer… Gracias.

Köhner colgó, suspiró aflojándose la camisa y desabrochando las mangas para tener más libertad. Encendió el ordenador y abrió la carpeta de Kraus. Escribió en un documento fantasma lo siguiente: Paso octavo: Stassi.

Del pathos

El pathos se encuentra en lo más oscuro de la historia del hombre. Es, quizá, la más primigenia, la más visceral; son las raíces de la vida que se nutre del miedo. Semejante savia, cuando asciende desde los más profundo, se esparce en los peores momentos, inoculando las venas de esa sustancia extraña.

El Pathos es el hades del alma, aquel lugar triste, húmedo, maligno, sádico, que está lleno de crueldad. El pathos es una caverna donde se oculta todo el dolor que padecemos en nuestra vida, hace las veces de tanque para almacenar ese líquido amargo y también de cadenas que nos sujetan y exponen al Águila maltratadora encargada de devorar nuestros ojos si nos revelamos o sólo picotear el hígado si nos mantenemos sumisos.

Hoy mismo hace tan solo unas horas el pathos se ha liberado atándome las muñecas, convirtiéndose en Dios y mundo. Hoy, día de bochorno y tormenta inminente, hoy temo y gimoteo, desesperado, dolorido por la noticia de un abandono, de una marcha que no tiene paliativo… Con gusto buscaría un lugar tranquilo donde esconderme de mi mismo, pero ese lugar no existe y olvidar es un lujo reservado sólo para los dementes. No, hoy toca padecer el dolor donde sol, oscuridad o ambientes sombríos y apenas iluminados me molestan, me hieren en la retina y en los pensamientos. Yazgo tirado como una alimaña sobre el enlosado, sin confianza en mí mismo, con la savia envenenándome de pathos todo el cuerpo, paralizándome… aquí me encuentro con todas mis querencias rotas y la afirmación tremenda de que no hay salvación, de que todo se terminó pese al intenso sentimiento que nos unía. Pero no equivoqué, pues parece que aquello sólo existía por mi parte, aunque no de la suya. He sido un necio, un ciego que esperaba lo imposible, esperanzado en el día en que alguien llegase y pudiese hacer el esfuerzo de ver más allá de las primeras capas de mi ser y que aceptase todo lo que se oculta bajo la piel y los huesos. No ha sido así, en su descubrir ese “otro” que hoy ha huido se topó con el pathos como un paseante se encuentra un abismo en medio del campo.

El pathos es ese sentimiento cuajado de gusanos que nos infunde los más terribles deseos y las más terroríficas pesadillas. Nos impulsa en las violaciones, en los asesinatos y es, al mismo tiempo, el que luego nos hará padecer el remordimiento, el miedo, la angustia y el dolor. Él es la fuente de todas las lágrimas y, si se pudiera extirpar como un órgano maldito o un cancer horrible, se haría en el mismo momento en que nacemos. Quizá entonces fuese posible crear hombres buenos. Hombres que, aún en la creación de sus filosofías o en el feliz padecimiento de sus deseos, fuesen capaces de esa felicidad que no se entiende y de comprender, al mismo tiempo, un mundo que estaría creado para todo lo bueno, iluminado por brillante luz blanca, amparada por afilados bisturís. Todo eso es una utopía, la realidad es que hemos de vivir bajo el dominio del pathos como esclavos ante su amo. No habrá jamás modo alguno de escapar de su influjo pues se trata de nuestra misma naturaleza, de parte de nosotros mismos.

De la metafísica

Si nos pudiéramos librar de la razón… si pudiéramos, por un instante, abandonarnos a esa brutalidad que parecemos llevar en la sangre, ese rastro de animal que aún nos queda en partes de nuestro cerebro… pero no podemos. Es extraordinaria la diversidad entre los individuos humanos: encontramos un gran matiz que se debate entre el hombre sensible que sólo se deja llevar por sus pasiones, y ese otro intelectual que tan sólo se procura placer con el conocimiento. Aristóteles siempre habló del punto medio, del equilibrio, del balance, en conseguirlo se hallaba la virtud. Luego llegó Kant casi dos mil años después y añadió que no, que había un abismo insalvable entre una cosa y la otra, aunque encontraba un débil puente en el propio proceso de la “duda”. Hume ya lo había anunciado. Schopenhauer rebatió el positivismo que Kant quería encontrar en su duda y Hamlet, ese mismo Hamlet de Shakespeare, tenía su extrema duda en la cabeza volviéndole loco. Así en esta lista de nombres podríamos confundirnos con tanta filosofía y añadir que todos esos grandes hombres no son nada. Pero sí lo son.

Ese es el problema, que todos esos filósofos, a los que aludir en un texto puede volver pretencioso a su autor, todos ellos han sido fundantes de la nueva cosmología. Son dioses de un mundo griego, un mundo de cartón sin fondo, con ricas columnatas y frontones a la entrada, pero con zanjas embarradas tras sus puertas. Ese es nuestro mundo, un mundo decadente en su propio intelecto, que se cree, viendo las magnificas portadas que él mismo ha construido, ser un mundo cercano a la perfección. La realidad es que nos hemos alejado de la vida, es que el hombre virtuoso, el hombre hegeliano en su máximo desarrollo tiende a existir convertido en paria y son el resto, de naturales instintos cercanos a la vida, los que crean los hombre griegos.

Queremos entender el mundo, queremos iluminar nuestras ciudades para que no quede rastro de la sombra, de la duda, queremos ser profetas del futuro y lo somos en verdad, lo estamos construyendo con nuestro empeño. También deseamos amar y ser amados, deseamos entender y disfrutar y queremos encontrar esa quimera impuesta: la felicidad. ¿Quién es feliz en constante? Quizá podríamos dividir el mundo en dos grupos, aquellos que tienden a ser positivos y los pesimistas. Los primeros siempre serán felices porque siempre estarán dispuestos a tener esperanza y creer en lo mejor. Los segundos serán infelices porque su vida es diametralmente distinta a la de los primeros, son Hamlets en un mundo shakesperiano.

¿Pero qué soy? ¿Dónde conocer el árbol de la ciencia del bien y del mal? ¿Cómo vivir? No lo sé. El otro día vi a un hombre que tenía la vida que yo quería y sentí envidia y desazón, sentí a la vez que no quería ser otro él y que debía encontrar mi camino. Me di cuenta, aquel día, que yo no soy porque no sé qué soy. Lo confuso es que no sé describirme como ser y, también, me quedo callado en muchas conversaciones, cuando el tema que se trata me sobrepasa, me impone su duda pesada y no sé juzgar si aquello que yo iba a decir se trata precisamente de algo bueno o si bien es maligno. ¿Cómo vivir en esta desazón, en esta duda? ¿Cómo? No parece que haya una respuesta exacta. Aún teniéndolo todo, aún disfrutando del mundo y de sus facilidades siempre resta la filosofía.

Nadie está a salvo de la metafísica.