Derrota

Y baila una y otra vez, sobre sí misma, como una muñeca accionada por resortes, como esas figuras encerradas en las cajas de música que saltan cuando suena la melodía. Allí está ella, loca, sonriendo sin sonreír, embebida por la armonía que le aplasta desde todas partes, que entra en todo su ser y le transporta, le hace volar, bailar, cambiar a un pie y a otro para volver a girar una vez más. Se anuncia el final, salta, gritaría si pudiese pero el público le mira y ha de mantener su elegancia de animal efímero, de pájaro mítico. Da una vuelta más, se eleva de punta, se inclina con toda la flexibilidad que le otorgan los años de practica, la percusión de la orquesta redobla justo antes de que ella caiga y las luces se apaguen un solo segundo.
El rugido de los aplausos es atronador.

Y llora como una niña pequeña, porque realmente no hace mucho que dejó de ser una niña que vestía de rosa y blanco. Llora en un rincón, le gustaría tener maquillaje para que se corriese por sus mejillas, le parece una imagen bella, dramática. Las escenas nunca son como en las películas: la luz es mucho más mundana, no hay música de fondo, ni planos cambiantes que ofrezcan esa cara melancólica que el momento está ofreciendo.
El piano del vecino suena sobre ella, por suerte es músico profesional. La canción que se escucha es un acorde repetido hasta la saciedad que se desencadena y se precipita al abismo como si bajase los peldaños de una enorme escalera de música. Aquella leve muestra es lo más cinematográfico que encuentra en la escena. Sonríe por un instante, enjugándose las silenciosas gotas que manan de sus ojos de cuando en cuando. Está triste, muy triste.

Y recuerda aquella mañana en Polonia, en la fría Polonia un día de primavera en que amanecía. Allí estaban todos sus compañeros de viaje, apiñados bajo mantas en el porche de una casa perdida en medio de los campos del este. Fue un momento maravilloso, mágico; estaban muy cansados, somnolientos y tenían frío cuando se movían demasiado y la manta dejaba una brecha libre para que se introdujera ese viento húmedo de allí. Él estaba con ella, apretado contra su cuerpo. Compartían manta y se daban calor mutuamente entre bostezos y bromas cortas. Ella daría cualquier cosa para volver a ese momento en que estaba con él, en el que aquello era suficiente y aún se entendían. El amor, a ciertas edades, quema en el corazón al hierro rojo.

Y se desespera en otra ocasión en que pasea por el parque, sola, incluso ha de sentarse en un banco porque se siente débil de pronto, frágil, dispersa… No entiende, por un momento, qué pasa con su vida, por qué le pesa tanto ciertas cosas con las que el resto del mundo parece convivir perfectamente. Mañana él le dirá que todo se terminó, lo sabe, aún no ha ocurrido pero tiene esa seguridad en el corazón y le pesa como una carga imposible. “De nada sirve adelantarse a los acontecimientos”, se dice, pero aún así no puede evitar sentirse de tal manera: horrible, cansada, despreciada. ¿Por qué se siente así? Aún en el caso en que terminase la relación es peor para él, ella vale mucho ¿no? Pero todo eso no importa porque le quiere, más aún, le ama y no puede soportar la idea de perderle, luchará con todas sus fuerzas, como una leona encadenada, como una diosa antigua entregada a los castigos de sus mayores. Luchará como baila, siempre incansable, siempre poderosa y reina de su movimiento, coronada por la música. Así hará y tal certeza le marea durante un instante. Parpadea observando el parque con sus pensamientos en silencio.

Y baila de nuevo, eficiente, apasionada, magnifica hasta el punto en que levanta exclamaciones; pero ella sabe la verdad, la triste y simple verdad: y es que al final de cada baile yace agotada sobre el suelo o en cualquier superficie. El ejercicio, la entrega mina sus fuerzas y es inevitable terminar agotado, sin energía ya para empuñar las cadenas. Al final todos somos vencidos.

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