Lírica de voracidad

Voraz, como esa pantera agazapada que salta todos los días hacia el cielo cerúleo, donde se tumba y rueda, jugando como un gato pequeño que aún bebe de leche en vez de sangre. Pero la naturaleza sigue ahí y, de cuando en cuando, la pantera lanza su zarpa hacia la tierra, se echa sobre ella haciendo todo oscuro y así corre con ese instinto que no ha cambiado desde el principio de los tiempos.

Voraz, como ese emperador ya viejo que nunca se creyó Cesar, que cuenta su historia a los jóvenes que se paran a su sombra. Ese emperador que no sabe dónde se ha de encontrar ni tampoco entiende bien el crucifijo que cuelga de su cuello. Ese mismo hombre, exiliado, que ha dejado la dalmática, el hilo de oro y la corona de laurel. El emperador mira el cielo donde nacen las estrellas y puede ver perfectamente a la negrísima pantera que le vigila entre juego y juego. Pudiera parecer que pronto fuese a ocuparse de él y ya comenzase a preocuparse para que no escape a su hambre.

Voraz, como el mismo mar que se da cuenta del juego entre la fiera y el hombre, que se siente a sí mismo como piedra que rodea el estigia y el averno. Ese mismo mar que en su papel de espectador se encuentra incómodo y no sabe cómo juzgar al hombre, a pesar de que sí conozca a la pantera con intimidad. Conoce sin embargo, con segura certeza, que será él quien termine guardando los restos de ese emperador exiliado, emperador de nada, que no quiere luchar ya y que nunca ambicionó el púrpura o la ciudad.

Voraz, casi imaginado, que es importante y algo definitivo, ignorando todo. Voraz, decimos, como el silencio; tumba como el azar o el cuaderno de hojas blancas o lo olvidado por Dios. Voraz, en fin, y hambriento del mundo con todas las cosas que ordenan y que ya se entienden por absolutos. Sí, también está ese hombre que llevaba la púrpura colgando de sus brazos y que tendió a sus pies para tomar la lira.

“Todo eso nos devorará”, le dice un padre a su hijo, “porque no somos nada y el resto fue y será y es importante”. Ese padre que antes de tener esposa guerreaba en el medio de Europa comiendo del desecho barro de las ciénagas, donde el emperador encontraba la tumba, donde Atila actuó, donde el mismísimo Alarico cayó o Marco Aurelio desfalleció. ¡Cuánto “donde” en tierra tan pobre!

Hoy ese padre forzado y sadomasoquista tiene la gladius clavada en la pared con orgullo, como recuerdo del tiempo pasado. Se encuentra alegre mientras tenga vino negro y esclavos que le permitan no ser él quien empuñe la azada como antes empuñase la espada adorada. A veces, sin embargo, cava zanjas con la excusa de hacer una acequia, gustoso por remover el recuerdo de la mezcla de sangre, que él le sacó al enemigo, con el légamo donde crece su trigo. Ese hombre, ese padre, cava buscando la ligazón del fango con la sangre bárbara y así se siente cómodo en el recuerdo de su voracidad. Aún cree ver el estandarte del águila dorada, los colores de la ciudad, el lejano brillo del emperador que se exilió; mientras contempla su alucinación, le habla a su hijo sobre la muerte y la insignificancia. Ese hombre se deja gobernar, cómodo de mancharse las manos y su hijo le observa, reverenciándolo, con una mezcla de amor filiar, de asco hacia el hedor de sudor con sangre y abono, de amargor interno que se revela, cual murmullo, cual ronroneo de la pantera que le mira y que le gustaría aplastar al padre para salvar al hijo.

Voraz como el mundo, como el tiempo, como la historia y la memoria. Vivimos como lobos, como emperadores y hombres con gladius reverenciadas y azadas propias en manos ajenas. Hacemos, sin quererlo, literatura de la voracidad y vivimos con hambre, con un ansia infernal hacia todo. Muchos caemos domesticados por el camino, pero no importa, es el precio de la legión en el camino, algunos, muy pocos, podríamos llegar a emperadores libres, a exiliados vigilados por la pantera sempiterna. Nos encantará decir entonces, con ojos violentos, que somos voraces.

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