De la física

En una de esas noches que invitan al olvido, que el ambiente mismo parece prometer cierta gracia a la hora de exaltarse, cierto perdón hacia los pecados (capitales) que aún están por cometerse… Una de esas noches en que lo ético sería levantarse en cama ajena, ajena y desconocida; uno al final se ve obligado a adquirir el titulo de un Ulises mendaz. Hoy vuelvo a casa sin querer, con el sexo no probado royéndome la cabeza, con el alcoholismo no saciado en la cúspide del deseo, con la fuerza de la juventud de mi carne rebelándose contra el camino. Espero el tren, vuelvo a casa y lo triste es que hay tren que me lleve y no me veo obligado a la incomodidad del sueño de madrugada, de las esperas interminables junto a amigos somnolientos que han terminado su danza báquica de la semana, que han sido derrotados y huyen a la cama redentora de las noches perversas. Hoy no es el caso, hoy podría pasar por católico, por santo, aunque no por mártir, pues esos mártires sexuados que, como San Esteban, felaban la misma arma de su muerte, serían más en consonancia con la noche que esperaba que con esta de la que me retiro.

Camino bajo la luz, amarilla de pasada medianoche, por un barrio que duerme; no hay estrellas, no hay noche siquiera, la erótica que podría haber sido me vuelve a la mente varias veces. Tengo hambre de piel cálida y sed de sudor, quisiera agotarme en ese esfuerzo exagerado del sexo de mis años. Pero no. La noche es decadente, yo lo soy; decadente alcoholismo no contentado, decadente sexo no cometido, decadente luz que no padezco, y el insomnio y la vaguedad en el ánimo del borracho y ese despedazar y ser hecho pedazos que hoy no llegó…

Abro la cerradura, me escabullo en el silencio temprano del pasillo y avanzo mientras la rabia me obliga a rumiar como un caballo que muerde la brida. Hoy, esta noche, hubiera sido salvaje, alcohólico hasta sus consecuencias halagadoras, Don Juan mientras me lo permitiera mi estado, voraz si la presa me hubiera permitido adentrarme en el terreno de sus sábanas. Los leones mientras consienten ser enjaulados son gatitos blandos, cuando se liberan de los barrotes y se ven libres de sus inhibiciones son más feroces de lo acostumbrado, exaltados por ese animalismo primigenio que les provoca una excitación inmensa. Liberar a las bestias en la noches es peligroso, nunca se sabe qué camino tomarán, pero a veces el animal araña la puerta y no dejarle salir es condenarle a hortelano, humillarle, coartar su propia naturaleza. Hoy, afirmo, hubiera preferido lanzarme a la estepa, devorar cuando pudiera, correr como un gamo o un lobo cazador, pues me embarga la sensación pura de la vida, el ansia por morder, por apartar la metafísica de hombre y entregarme a los bajos instintos ancestrales.

Hoy termino en mi propia cama, con mis sentidos en perfectas condiciones, con la sensación de languidez por la derrota de una batalla no librada. Me duermo, me voy meciendo en las olas de los sueños y me hundo mientras las imágenes me acorralan y la erección se anuncia bajo la tela. Hoy el desgarrar, el grito póstumo dentro del otro, sólo llegará en los sueños, ese lugar donde la noche perversa que no fue, sí ha sido.

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