La carpeta roja

-¡Köhner! –Gritó una voz desde el fondo del pasillo, levantando las miradas de todos los funcionarios que se ajetreaban de un lugar a otro.

El juez se volvió extrañado por semejante volumen hacía sí mismo, algo verdaderamente extraño. Lo entendió justo en el momento en que se dio cuenta de que aquella autoritaria voz provenía de Gustav Massen. Se cuadró tan pronto ocurrió esto, alzando la mano con el saludo habitual hacia el Führer. Éste se acercó, estaba nervioso, le miró de arriba abajo y le indicó que le siguiese. Juntos se internaron en el despacho del juez y el líder de la nación ordenó que cerrase la puerta, lo que Roger Köhner hizo al punto.
-¿Qué ocurre, mein Führer? –preguntó asombrado.

-¿Piensas que el fin justifica los medios?

El juez se quedó lívido, incluso se le cayó el monóculo del ojo. Se mantuvo un momento en silencio, pensando en todas las alternativas, pasó la mano por su pelo mientras buscaba saliva, pues se le había quedado la boca seca.
-Mein Führer… –comenzó.

Gustav Massen no le dejó terminar, abrió un maletín y sacó la gruesa carpeta que tan bien conocía Köhner, era la carpeta del caso Kraus.
-Marcel Blanchemon se ha suicidado ayer –dijo con seriedad Massen, pasando, igual que el juez, la mano por su calva cabeza-. Eso ya lo sabes… Pero mientras decidimos quién será el nuevo ministro tú te harás cargo de sus papeles.

-Es un honor –Añadió Köhner recuperado del sobresalto.
-Sé de tus pesquisas sobre Richard Kraus, sé que Marcel te había quitado la investigación.
-El ministro Blanchemon pensaba que habíamos gastado demasiado tiempo y esfuerzo para conseguir unos resultados tan penosos –explicó el juez observando con avidez la carpeta.

El Führer sonrió con cinismo, clavando sus ojos pequeños en el magistrado:
-¿Crees que soy idiota? ¿O piensas que creo que eres idiota? No estamos de cara al publico, Köhner… Aquí estamos tú y yo, vamos a ser claros ¿vale? –Hizo una pausa en la que el juez asintió. Gustav se quitó el gabán blanco que llevaba, dejándolo sobre una mesa cercana. Luego sustrajo otra carpeta del maletín, esta de color rojo y desconocida para el juez- Si Marcel te quitó la investigación fue por los documentos que descubriste había robado ese hijo de puta de Kraus.

Roger enarcó una ceja, no estaba nada acostumbrado a escuchar al lider del Reich hablar con aquel vocabulario.

-E hizo bien en quitarte la investigación –continuó Massen-, pero las cosas han cambiado. Lo que te voy a contar tiene restricción alfa, es el más alto secreto. Tenemos información de la AU, al parecer el gobierno de los amarillos ha contactado con Kraus y le han ofrecido una gran suma por estos documentos –Dijo colocando sus dedos huesudos sobre la carpeta roja. Hizo una pausa en la que no dejó de mirar al juez, luego le tendió los papeles. Roger disimulaba con dificultad su interés y se dedicó a mirarlos por encima en cuanto los tuvo en su mano-. Como ves se trata de todo el asunto de la reubicación de nuestros ciudadanos, localizaciones de las fortalezas aéreas y de algunos puntos clave. No es demasiado. Lo peor es el último documento, Kraus era ingeniero y se trata de un código encriptado que da acceso a nuestra red de telecomunicaciones, red en cuya creación él participó. Si la AU se hace con esto tendremos una guerra muy desventajosa para nosotros. Podría ser nuestro fin…

Köhner estaba asombrado con tanta afirmación y de tal calibre. Observó con detalle algunos párrafos y luego volvió su vista hacia el Führer, con la mirada extrañada.
-¿Qué quiere que haga?

-Kraus nunca ha vendido esta información porque sabe que asegura su invulnerabilidad, no creo que ahora lo haga. Aunque el gobierno de la AU le ofrezca asilo y protección tiene aquí familia y no se arriesgará a que sufran daños. Sin embargo estamos en una posición de debilidad y no podemos permitirlo… Haz lo que querías, encuéntrale, trae a ese cabrón, júzgale y sácale todo lo que ha hecho en estos años fuera del Reich.

Köhner asintió, obediente:
-Sí, mein Führer.

-Te dejo, Köhner –Gustav Massen cogió su abrigo y meditó si decir a continuación lo que finalmente dijo-. Quizá seas el nuevo ministro, ve haciéndote a la idea por si acaso.
El Fuhrer saludó y salió del despacho dejando al juez con sus pensamientos. Cuando se recuperó de la impresión que todo aquel asunto le había causado, se sentó en su sillón y se dedicó a leer con minuciosidad aquellos documentos. Si Kraus había sido uno de los ingenieros creadores de la Red de telecomunicaciones del Reich, su conocimiento era valiosísimo. En una época como aquella en la que todo dependía de la información y de la seguridad de esta, Kraus era más importante aún de lo que él mismo se había imaginado.

Cuando terminó de leer volvió hacia su conocida carpeta, buscando unos folios que él mismo había redactado. Los encontró rápidamente: eran las líneas que relacionaban a Kraus con sus familiares y amigos. Sólo habían logrado localizar a uno de ellos: Giovanni Stassi, un mayorista afincado en el sector Roma II, dentro de la Italia del Reich. Rápidamente cogió el teléfono, su secretario respondió al otro lado y Köhner suspiró un momento ordenando sus ideas:
-Van a ser muchas cosas, Charles. Lo primero: cancela la comida que tenía con mi hermana y tráeme algo aquí… lo que sea. Después quiero que asignes mis casos de esta semana a la juez Mercier, dile que tengo a Kraus, ella comprenderá. Luego llama a Louis Dubois, del ministerio de paz. Necesito veinte hombre y un avión privado para mañana con rumbo a Roma II. Si alguien pide explicaciones di que tengo permiso del Führer. ¿Me has comprendido? … Bien. Van a ser semanas muy movidas, Charles. Quiero que les llames, ya sabes… Bien… Sí, exacto… No, hazlo cuando termines… Bien… Oh, se me acaba de antojar Pastrani para comer… Gracias.

Köhner colgó, suspiró aflojándose la camisa y desabrochando las mangas para tener más libertad. Encendió el ordenador y abrió la carpeta de Kraus. Escribió en un documento fantasma lo siguiente: Paso octavo: Stassi.

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