Lucía

Estaba quieta. Tranquila, con una taza de café en la mano, sentada en una de esas terrazas donde las carteras abultadas de la ciudad se reúnen para relajarse de sus siempre interesantes vidas. Ella estaba sola y no aguardaba a nadie, aunque muchas de aquellas personas esperasen que llegase una amiga, un familiar o, en el mejor de los casos, un hombre que se sentase a su lado. Lucia –así se llamaba- sabía perfectamente que las miradas disimuladas que le lanzaban mujeres y hombres se debían a ese interés que suscitan las personas solitarias en lugares donde todo el mundo se junta en ruidosos grupos.

Aquel día llevaba un vestido azul claro y miraba la gente pasar. Era verano, un día de esos radiantes en que el calor nos aplasta contra el pavimento. Pero allí, a la sombra de los alisos que poblaban la plaza cercana, uno se encontraba cómodo y el bochorno era soportable ya que llegaba un vientecillo fresco desde el río más allá de los árboles.

Aunque de ordinario solía merodear por aquel lugar un viejecillo con un violín ajado, aquella tarde no había rastro del hombre ni de su instrumento. No había música y Lucía lo agradecía tanto como agradecía los días en que sí aparecía el anciano con sus canciones desafinadas. El silencio se mezclaba con el sonido de las hojas al castañear con el paso del viento y también con las voces, no exageradamente altas, de todas aquellas personas bien vestidas que conversaban sobre la familia, el dinero, la política y el deporte. Ella disfrutaba de su soledad, disfrutaba de aquella compañía murmuratoria de las gentes “de bien”, que elucubraban sobre su extraña aparición en la pequeña ciudad, sobre su soledad, sobre su amabilidad. Era, sin embargo, un pueblo en su fondo y sus cuchicheos siempre desembocaban en alguna truculenta historia o en un mal pensamiento incoherente y sin sentido. Se dijo que era la querida de varios hombres importantes, luego se la rebajó a criminal huida y unas beatas incluso dijeron que era la hija ilegítima del alcalde, pues habían coincidido juntos en un restaurante el sábado anterior. Sobra decir que Lucia no amaba a nadie en aquel entonces ni tenía cuentas pendientes con la justicia ni tampoco conocía de nada al alcalde.

Uno de los muchos panaderos de la ciudad era el único que sabía quien era Lucia, aunque la respuesta al enigma era de lo más inocente ya que se trataba de su sobrina, a la que hacía años que no veía y que había decidido tomar unas pequeñas vacaciones en aquella ciudad de donde era originaria toda la familia. Aún con todo, la joven había preferido hospedarse en un hostal –cercano precisamente a la plaza de los alisos- antes que en la casa de su tío. No era un insulto hacia su familiar, simplemente Lucía era muy independiente y prefería una habitación ajena a un ritmo de vida al que adaptarse. Se lo podía permitir, por lo que todo estaba bien.

De ella poco más podríamos decir. Tenía veinticuatro años, trabajaba de gerente en un hotel de Barcelona y vivía allí con su hermana mayor. Sus padres tenían una librería en Alicante e iba a visitarles una vez al mes. Como ya habíamos dicho no tenía pareja, pero sí se encontraba en aquel lugar por un asunto de amor. Lucia había estado saliendo con un chico durante dos años, hasta que un día este desapareció sin dar ninguna explicación. “Ya no es como antes”, había dicho, y no le volvió a ver. Ella a pesar de llorar un par de días y sentirse desconsolada, llegó a comprender que él tenía razón. La relación no era como al principio, se habían cansado, vivían su “amor” con monotonía, iban al cine, se acostaban, comían fuera de cuando en cuando y hacían todo lo que se consideraba que una pareja de su edad debía de hacer. Pero de aquel ardor del principio, de la fascinación del uno por el otro, de la intensa entrega a la que se habían sometido los dos, de todo aquello no quedaba nada, tan sólo las brasas del fuego.

Había pasado un mes y llegó el verano. En inicio se había planteado pasarlo entre Barcelona y Alicante pero se dio cuenta de que debía de salir de su monotonía, marcharse a un lugar donde poder pensar, estar sola, encontrarse a sí misma por así decirlo. Entonces se acordó de su tío, que regentaba una panadería en una ciudad del norte y decidió ir allí, en parte por conocer la casa y la ciudad donde habían nacido sus padres, sus abuelos y también sus bisabuelos, en parte porque era el lugar perfecto para descansar. Los recuerdos que guardaba del lugar de las visitas antes de los diez años eran muy agradables para ella.

De aquel viaje, de aquella estancia y descanso, Lucía había entendido varias cosas. La primera era que debía de quererse a sí misma lo suficiente como para darse cuenta, igual que lo había hecho su expareja un mes antes, de cuándo las cosas dejan de ser lo que realmente quiere. Parece algo sencillo, pero es muy fácil dejarse arrastrar por la inercia y su comodidad. La segunda era la ratificación de la ilusión de su vida, algo que había sido una mera fantasía hasta aquel momento, pero que deseaba con todo su corazón. Ella quería abrir su propio hotel, algo pequeño, modesto, en algún lugar de la costa catalana, en un caserón donde se viese el mar desde la ventana, con las paredes encaladas y las contraventanas pintadas de azul real. Ese era su sueño y estaba convencida de pujar por conseguirlo, aunque sabía que era muy joven. Su plan, entonces, era esperar hasta los treinta años, ahorrar lo posible y buscar esa casa que cumpliese todos los requisitos de su imaginación. El amor, como muchas otras cosas de la vida, sería algo complementario; de aparecer un hombre no dejaría que este impusiera su voluntad sobre la de ella. Tenía un sueño y estaba decidida a realizarlo, aquello era para ella la felicidad.

Lucia, en su silla bajo la sombra de los alisos, sonreía tontamente mientras se dejaba inundar por las imágenes de ese futuro tan prometedor. En su juventud, como todas las personas a esa edad, no sabía todavía que las corrientes de la vida suelen llevarnos por caminos que no deseamos ni hemos decidido. Si lograse conseguir su objetivo sería únicamente por un esfuerzo y una fijación tremendas que le traerían mucho dolor y muchas penas. Quizá la lucha le merezca la pena, pero eso es algo que siempre dependerá de qué día se le pregunte y de si el azar y el destino son amables con ella.

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