La última ciudad

El sol deslumbraba sobre las ruinas de la ciudad. El calor era tan agobiante como en el verano más terrible que uno pudiera esperar. Los rayos eran como oro claro, incandescente, rojo. Las mujeres parloteaban lavando las prendas blancas en la acequia destartalada cercana al final de aquella urbe. Una niña correteaba entre los hierbajos de lo que un día fue un parque. Quedaba un columpio oxidado colgando de sus hierros, ella lo miraba con curiosidad, sin acercarse demasiado, quizás sin saber cómo habría que utilizarlo. Era bonita, con el rostro pálido lleno de pecas y el pelo rubio y alborotado.

¿Y yo? ¿Quién soy? Ya solo un pobre diablo, un viejo de piel tirante sobre huesos más fuertes que sus músculos. Mi ropa no es la que era, mis gafas están rayadas, mi barba llega a mi pecho y me hace cosquillas si estoy desnudo. Los niños me llaman abuelo, no porque desciendan de mi sangre sino porque las personas como yo son escasas hoy en día; como yo es igual a ancianos, viejos, carcamales, mayores de sesenta. La guerra se los llevó. Es triste, aquí soy el mayor, creo tener unos ochenta años y empiezo a notar como mi mente se va apagando, puede ser principio de alzheimer y eso me asusta. No hay médicos que puedan confirmarlo.

Pero aquí estoy. Permitidme que os describa el lugar en el que me encuentro, pues quizá si leéis estas páginas algún día mi “casa” esté ya desmoronada como tantas otras. Vivo en un gran apartamento, es un tercero que sin duda tiempo atrás perteneció a gentes ricas. El suelo de baldosas está casi intacto y forma dibujos romboidales que marean a los niños cuando juegan a girar sobre si mismos. Hay columnas negras, jónicas, de fuste liso, sobre pedestales grises que hacen juego con los colores del suelo. El techo que sujetan fue de un color anaranjado hace tiempo, ahora está sucio y hay partes que se han caído revelando la estructura de finas vigas de metal y tablas encaladas. Las paredes son doradas aún hoy, tiempo atrás estaban pintadas de dibujos blanquecinos y negros que le deberían otorgar un aspecto barroco, ahora sólo quedan restos de ellos en algunas partes. Las cenefas del muro junto al techo son negras, grutescos floridos. Las ventanas hacen de mi casa una maravilla, toda la sala da al exterior, cada dos palmos se abre un hueco al aire libre de la mañana; son de madera y conservan sus cristales. Las contraventanas están más perjudicadas pero aún funcionan, replegándose como pequeños biombos de láminas. La casa da al norte, es fresca pero entra el sol sobradamente creando esa semioscuridad que hoy, en este verano horrible, me agrada. Las mujeres de los otros pisos suben aquí a tender sus blancas sábanas en cuerdas cercanas a las ventanas. Yo se lo permito de buena gana, aquí nada es de nadie, las prendas se secan rápido y ellas me traen comida o a sus hijos para que les enseñe a leer y escribir. No hay mucha gente que quiera aprender hoy, apenas la hay, de nada sirve ya. Mis muebles son pocos, un camastro, un escritorio negro de ébano muy trabajado, un par de sillas y tres o cuatro mesas con la superficie de mármol donde se acumulan los libros, amarilleándose con el sol y la brisa.

Aquí paso las horas, en este ambiente de ensueño donde llegan a mis oídos todo el pulso de la vida, las voces de los hombres, el canto de Mariana tendiendo la ropa con su voz de soprano destemplada, las risas de los niños que en sus juegos recrean la roja guerra que nos ha podrido por dentro y por fuera. Ellos son el resto de inocencia que queda en la humanidad. Sí, aquí lo escribo para que quede constancia de ello. No sé cómo se sucede el mundo más allá de esta ciudad pero ya tiene poco sentido descubrirlo, no me queda curiosidad ni fuerzas para emprender el viaje.

Ayer un niño, Ismael, me trajo un libro que había encontrado jugando más lejos de lo habitual. Soy el único que lee aquí y por las noches me piden entre risas que baje a la plaza, donde me sientan en un sillón cerca de la hoguera que da más luz que calor y me piden que les lea algún cuento. Allí se reúnen todos los niños y también bastantes adultos. Y yo leo con gusto cambiando las voces e intentando hacerles entretenido un rato de la noche. Ismael tenía la esperanza de que su hallazgo fuera una novela de aventuras, que son las que a él le gustan, pero resultó ser una vieja edición de La ciudad de las columnas, un libro de Alejo Carpentier que describía su amada Habana con muchas fotografías. Prometí al niño una historia de aventuras para aquella noche y se fue bastante contento mientras yo leía el nuevo hallazgo. ¿Cabría una descripción así de nuestra ciudad? De este amasijo de ruinas, piedras rotas, edificios sumidos bajo la potencia de las bombas, cráteres oscuros, dientes elevados hacia el mundo… creo que sí. Creo que hasta en la destrucción hay cierta belleza aunque sea perturbadora. Al fin y al cabo estos despojos de la civilización, de la “gran era”, son los que nosotros hemos tomado como hábitat, como hogar. Igual que yo me he afincado en este cuarto fresco donde vivo, leo y miro por la ventana mientras pasa la vida en una sinfonía armónica que todo lo resume.

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3 comentarios en “La última ciudad

  1. Liset dijo:

    Muy bueno primo! No se si hay mas o no, me he encontrado esto por casualidad a raiz de tu tuenti, pero si sé que me ha gustado y que has conseguido que me haga una imagen mental bastante buena de las escena (excepto por los detalles arquitectónicos que no es lo mio precisamente). Supongo que no hace falta que te lo diga pero sigue escribiendo!
    Un abrazo!!

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