Ministro

Roger Köhner entró en la sala mientras se desabrochaba la gabardina mostrando un frac sencillo con enseñas militares: la estrella de honor, la cruz del mérito y el águila de plata.

-Viene muy elegante hoy, juez –dijo la voz pastosa de Giovanni tras la mesa de metal.

Köhner sonrió sentándose frente al hombre de pelo grasiento y moratones en la cara.
-Tengo luego un asunto…
-Ministro de moral y ley –sentenció Giovanni Stassi-. Hasta en vuestros calabozos blancos ha llegado la noticia… mi enhorabuena, ministro.

El juez asintió mientras abría la carpeta roja y buscaba un documento en concreto. Tardó un minuto en el que se mantuvieron en silencio.
-Gracias por tus felicitaciones -respondió por fin levantando la vista con tranquilidad- confío en que los guardias no te hayan agredido más.

El labio inferior del preso tembló, pero luego negó con firmeza:
-A usted todos le hacen caso.
-Soy el ministro ¿no? –dijo sonriendo con cierta afabilidad aunque sin perder su gesto duro- Por eso si te digo que puedes salir de aquí sin cargos me vas a creer ¿verdad?

Stassi asintió con todo su corazón.
-Bien -continuó-. ¿Dónde lo habíamos dejado? Ah, el verano de 25. Fue entonces cuando viste por última vez a tu viejo amigo Richard Kraus. Según nuestras anteriores reuniones sólo recibiste un mensaje de él hace dos años, en las navidades del 28 a causa de la muerte de su madre. Te pedía que retransmitieras a su familia su dolor y que les apoyaras con dinero si estaban necesitados. Fuiste al velatorio y, aunque no necesitaban dinero, sí que compartisteis unos días juntos. Según tu relato comiste con la hermana de Kraus, Violeta, en una casita cerca de Carcassonne. Pero eso fue antes del levantamiento de Narbonne, cuando la ciudad y todas sus inmediaciones fueron arrasadas. Bien, era un callejón sin salida. Luego mencionaste en nuestra última sesión a un tal Lambert. ¿Me podrías hablar de él?

Giovanni dudó, sus manos vendadas temblaron sobre la superficie de metal, sin saber bien dónde meterlas. Tomó el vaso de agua y bebió con dificultad. Köhner le observaba con paciencia. En la mente de Stassi se llevaba a cabo una batalla interna entre sus principios, el dolor que le habían causado, la posibilidad de la libertad y la amenaza de la muerte o del encarcelamiento. El juez leyó en los ojos del italiano una resolución que le daba a él la victoria.
-Lambert, Adéle Lambert. Es una mujer.

Roger revisó la lista de nombres que tenía ante sí y que había apuntado él mismo a lápiz.
-¿Quién es? –preguntó con voz suave.

-Una amiga de Richard… fueron amantes hace años.
-¿Qué tiene que ver con toda la historia del entierro de la madre de Kraus?

Giovanni dudó de nuevo, sonrojándose un tanto:
-Estaba allí y…
-Entiendo, os acostasteis.

Stassi afirmó:
-Es muy bonita, con el pelo rubio y los ojos verdes…
-Muy comprensible, sí –añadió el juez apuntando la descripción- ¿Dónde la puedo encontrar? –preguntó sin rodeos, mirando directamente a los ojos al italiano.

Él desconfiaba, se miró las manos, rotas en varias ocasiones. Köhner comprendió a la perfección.
-Te doy mi palabra de que la trataremos como a una dama. –dijo.
-Ella… es… trabaja en el gobierno de Aquitania IV… departamento de estado. Se dedica a resolver problemas de transporte…

Köhner ya había sacado su “red”, una placa de cristal de color esmeralda sobre la que tecleaba. Cuando terminó una mujer apareció en holograma sobre el dispositivo. En efecto era rubia y con los ojos verdes. La información de la ficha estaba perfectamente cumplimentada y su nombre completo era Adèle Marie Lambert. Aquello era un gran descubrimiento. El juez estaba eufórico, guardó el aparato y cerró apresuradamente la carpeta. Tendió la mano al italiano, que la tomó sorprendido. El apretón fue suave para no dañar la mano del herido.
-Muchas gracias Giovanni. Tu ayuda es inestimable. Perdona que me vaya tan rápido pero tengo ese asunto del que te hablaba. Ordenaré que te declaren libre hoy en unas horas. Gracias de nuevo, ha sido un placer.

El asombrado Stassi no pudo contestar, el juez salió veloz, cerrando tras de si la puerta. Un joven rubio, alto y de aspecto aniñado le recibió recogiendo la carpeta que el otro le tendía. Ambos se encaminaron por el pasillo y entraron en el ascensor donde el juez pulsó el último botón. Suspiró.
-Magnifico, Charles, ha sido magnifico.

-Llega tarde a su nombramiento, señoría.
-No importa, no importa –dijo Köhner apoyando la cabeza sobre la pared-. Estamos más cerca. Apunta… –dijo mientras el joven sacaba su placa vítrea- Que liberen a Stassi. Sí, no me mires así, nos vale más libre. Si intenta contactar con Kraus lo sabremos. Que le vigile alguien de los nuestros… Luego prepara todo para que nos traigan a Adèle Marie Lambert es funcionaria en Aquitania IV.
-Numero 05.876.932GY-3 –dijo el rubio.
-Será, yo que sé, compruébalo en mi red… Que la engañen, monta un congreso de lo suyo si hace falta, no quiero ninguna sospecha. Llama luego a Agathe…
-¿La juez Mercier?
-Claro… ¿quién si no?
-Estará en el nombramiento.
-Cierto, lo olvidaba. Bien, déjalo, ya se lo diré yo. ¿Algo de nuevo?
-Tenemos un problema con el ministro Dubois… ha estado haciendo muchas preguntas.
El rostro del juez se ensombreció por un instante.

-Pero no se inquiete, señor; no sabe nada. Sus preguntas se deben a la cantidad de hombres de su ministerio que usted solicita. No le gusta que le toquen a su ejercito de gabanes negros.

El ascensor llegó a su destino, un gran pasillo alfombrado conducía a unas puertas acristaladas por las que se vislumbraba un enorme salón con muros de vidrio donde se aglomeraba la flor y nata del Reich.

Köhner salió del ascensor pero se giró antes de encaminarse hacia la fiesta.
-Escúchame bien –dijo en voz baja- quiero que redactes una ley para la creación de una policía inquisitorial para la ejecución de los asuntos del ministerio de moral y ley.
-¿Con qué razón?
-Alega la necesidad de una mayor maniobrabilidad. Yo diré algo en mi discurso de agradecimiento por la investidura y todo estará atado. Dubois ya no podrá meter las narices.
-Sí, señor ministro. –respondió Charles con una sonrisa. Roger le contestó de igual manera y se giró encaminándose con paso recio hacia el salón.

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