De brujas y leyendas

Hay una leyenda que suelen contar las viejas a los niños pequeños antes de irse a dormir, lo hacen con ese gusto extraño de los adultos por inculcar en su prole miedo a lo desconocido, a lo místico y terrorífico. Pero si estas ancianas burlonas supieran cuanto de verdad hay en sus palabras posiblemente no contasen la historia, más bien omitirían cualquier palabra y mirarían hacia el bosque con mucho más miedo y respeto. Quizá si supieran qué es lo que están diciendo tomarían a esos niños entre sus pechos y los acurrucarían hasta que venciese en ellos el sueño y les permitiese a ellas gimotear en sus mecedoras de puro temor.

Los años a los que se remonta el mito se pierden en el olvido, pero quizá fuera aquel momento en que las espadas hacían manar la sangre en oriente mientras en occidente los reyes inclinaban sus rodillas ante el papa de Roma. Sí, posiblemente aquellos años terribles de peste, muerte roja, herejías y miedo fuesen el momento donde comenzó todo.

La verdadera historia se inició durante una de muchas primaveras en aquellos años terribles, cuando las aldeas se despoblaban de hombres y sólo quedaban mujeres, niños y débiles. “Oriente reclama la sangre de los justos” –dijeron los soldados un día y al siguiente esos justos eran campesinos y artesanos armados con sus herramientas de trabajo. Todos se marcharon.

Un día, en aquella aldea de nombre poco importante, apareció una anciana vagabunda, desfallecida, que se derrumbó de puro cansancio cerca de la plaza del pueblo. Las buenas gentes se apiadaron de ella y la acogieron, le dieron un camastro, agua y sopa. Fueron amables hasta que ella se despertó y agradeció su ayuda con lágrimas emocionadas. La mujer les contó que al faltar los hombres unos bandidos habían arrasado su pequeño hogar y ella había huido con vida de milagro, no tenía dónde ir y les pidió a aquellas mujeres que dejasen que se quedara con ellas. Aceptaron. ¿Cómo no iban a admitir a una anciana sin porvenir?

El cura, uno de los pocos hombres que quedaban, se ofreció a darle un hogar pues necesitaba un ama de llaves que se encargase de él y de la limpieza de su casa y de la iglesia. La anciana aceptó con gusto y aquella buena mujer se incorporó a la pequeña sociedad sin más altercados.

Pasaron los meses con sosegada calma. Las mujeres trabajan duro para mantener los campos sin sus maridos pero las cosechas fueron mejor de lo que se esperaba, superando con creces la de muchos años atrás. No hubo hambre en la aldea ni mayores enfermedades que algún catarro ocasional, nadie murió aquel año. La peste, que en otoño llegó a lugares cercanos, tampoco prendió en la aldea y las gentes de aquel lugar hablaron de milagro y de la buena voluntad de Dios. El lugar prosperó en el momento que menos cabría imaginar y, como es natural, levantó el recelo de algunas personas.

Una día de enero, el señor feudal se presentó a caballo con algunos soldados y sentenció que todos los habitantes de aquel lugar debían de doblar sus tributos a causa de la guerra. Los gritos de las mujeres fueron acallados con el ruido del metal de las espadas al salir de sus fundas y la injusticia parecía condenar a un trabajo más duro a aquellas campesinas. No fue así, el castillo del señor ardió en un incendio sin explicación que acabó con el tirano, toda su familia y muchos de sus soldados. Los que quedaron se asentaron en los distintos pueblos y aldeas, repartiendo el territorio buscando un beneficio. El soldado que llego a aquella aldea era grande, de portentoso bigote, y traía consigo a su mujer y sus hijas. Al contrario que muchos de los suyos, él reunió al pueblo y les dio la oportunidad de rendirle vasallaje a cambio de su protección, contaba con algunos hombres que serían suficientes para defender el lugar y ayudar en las tareas de agricultura. Aceptaron y el nuevo caballero se convirtió en señor de la villa. Los hombres fuertes y hechos a las espadas tomaron las azadas y otro año transcurrió con inaudita prosperidad, sin enfermedad, sin muerte. Tal era la fama que comenzó a cobrar aquel lugar que poco a poco la aldea dobló su tamaño y afianzó su suerte. O eso fue lo que pensaron.

Un día, sin que nadie se lo esperase, el sermón del sacerdote cambió el sentido de sus argumentos. Empezó a decir incoherencias con la fe de cristo y, tras varias misas que escandalizaron al pueblo, el nuevo señor del lugar hizo que el clérigo se presentase ante él. El cura le habló de un poder más grande que el de Dios, de algo más tangible, más manipulable, de otro dios distinto al que el vaticano proclamaba, más oscuro, más secreto y más olvidado. En él estaba la verdad y quien lo tuviera de su parte podría ser capaz de convertirse en el rey de un mundo sin hambre, penurias ni guerra, un rey absoluto. Naturalmente el señor de la aldea sentenció que el clérigo había perdido la razón y le mandó a la ciudad para ser encerrado en un sanatorio. Escribió las cartas oportunas y poco después un nuevo clérigo apareció allí, joven y apuesto.

Los sermones del nuevo clérigo eran incendiarios y clamaban contra la brujería, la herejía y los pecados terribles de aquellos que no creyeran en el único Dios. Un clima de miedo y aprensión brotó en la aldea y los vecinos se miraban con ojos cautelosos los unos a los otros, sospechando de todos los que tenían una mejor cosecha, una casa más grande o unos hijos más fuertes. Hasta que llegó lo inevitable. Una mujer acusó a otra de brujería y el sacerdote, fanático como era, se sirvió de la excusa para quemar viva a la infeliz. El juicio no tuvo justicia alguna, el veredicto se produjo en la plaza del pueblo y aquel fue el momento en que se desencadenó la perdición. El propio sacerdote prendió la hoguera. El fuego se abalanzó sobre la mujer pero cuando llegó a ella, cuando el dolor la hizo gritar y perder el conocimiento, cuando creyeron que había muerto, alguien se dio cuenta de que su cuerpo permanecía sin daño alguno por las llamas. Las ropas habían sido arrasadas dejando desnuda a la mujer con sus carnes colgantes, pero ella no había sido tocada por el fuego. Las llamas se extinguieron, sacaron el cuerpo de la estaca y comprobaron que seguía con vida. El pueblo gritó “bruja” y entonces, sobre todas los demás, una voz chillona surgió de entre ellas. La anciana que habían acogido pocos años antes subió a la palestra bajo los atónitos ojos de todos. Con sencillez explicó que aquello era una locura, era ella quien había hechizado el lugar, ella había creado un campo protector que les salvaguardaba a todos ellos y que favorecía su prosperidad.

La reacción no se hizo esperar. La anciana intentó hacerles comprender que sólo hacía el bien de todos ellos, que les agradecía su hospitalidad y jamás haría otra cosa que velar por su seguridad. Pero nadie la escuchó, el fanatismo y el miedo fueron usados por el sacerdote para levantarse contra la mujer, para atarla a una estaca y prender leña seca bajo sus pies. La anciana imploró piedad, prometió salir del pueblo y dejarles a su suerte, pero no quisieron escucharla, de nuevo prendieron la leña y el fuego pareció devorar su cuerpo pues no hubo cadáver una vez extintas las llamas.

Los días pasaron, creció en el pueblo una enfermedad terrible que infectaba los pulmones y los anegaba de líquido. La epidemia también daba fiebre, diarrea y otras penurias que terminaban en la muerte. La mitad de los habitantes murieron. Muchos, los más ancianos, desfallecieron sin causa aparente y algunos se vieron presos de la locura, suicidándose. Las cosechas se agostaron bajo un sol abrasador y cundió el hambre y la pobreza.

Un día de abril una anciana apareció en la plaza del pueblo, todos la reconocieron como la vieja ama de llaves del sacerdote, la bruja. Esta vez sólo el cura se la enfrentó y cuando intentó agredirla con un cuchillo, el hombre cayó al suelo, abrasado por la luz del sol, que empezó a levantar ampollas en su piel y a quemarle como si estuviese envuelto en llamas. El infeliz murió a los pies de aquella mujer y el pueblo entero se reunió en la plaza. “Perdónanos” –pidieron. Pero la anciana negó.
-Lo siento –dijo ella-, habéis demostrado que no hay autentica bondad en vosotros. Habéis sido egoístas y además ignorantes y estúpidos. Os condeno. Condeno a esta aldea como antes la bendije. Todos moriréis y los árboles tomarán este lugar, haciendo que el resto del mundo se olvide de él. Yo lo reclamo para mí, pues he perdido la esperanza en vosotros.

Y así pasó. Poco a poco mujeres, ancianos, niños, soldados, murieron de las más diversas formas. Algunos huyeron pero la parca también les encontró a ellos. La maldición se cumplió creciendo los árboles por todo lugar, elevándose a gran velocidad y destruyendo los restos de los hombres con la fuerza de la naturaleza.

Pasados los años algunos de los hombres que habían ido a luchar en la cruzada volvieron en busca de sus hogares, nada encontraron, sólo árboles. La mayoría, desorientados, marcharon en busca de otro lugar y pocos de ellos se atrevieron a adentrarse en el bosque. Si andaban lo suficiente podían encontrar una casucha donde vivía una anciana que juraba por la fe de cristo que nada había habido allí antes, nadie había vivido y nunca había existido una aldea.

¡Indolentes, amadme!

¿De verdad ha sido cierta esta evolución fatídica y oscura? ¿No ha sido un sueño (pesadilla)? ¿No? Por favor, deberíamos de ser otra cosa muy distinta ahora, deberíamos haber conseguido llegar a un momento distinto, a un futuro en el que hubiéramos perfeccionado el bello arte de existir.

¿Cómo hemos llegado a este momento en que abandonamos la vida, el rumbo mejor de la verdad y de la propia metamorfosis? No, no tengo palabras de desprecio suficientes en mi boca, de donde mana esa saliva que se hace mar y lo llena todo con su agua de babosas, de crisálidas que jamás explotarán. Así somos todos, cómodos gusanos entregados al calor del cuerpo que emana de las alcantarillas, de las ciudades. Hemos abandonado la verdad y lo que es peor, nos hemos abandonado a nosotros mismos.
¡Esa naturaleza humana! Desvirtuada, que apaga hasta al más salvaje de los espíritus con su promesa de comodidad, de dicha simple y vaga. Nadie quiere ya hacerse yagas en las manos o en el alma. ¡Qué indolencia!

Antes los hombres como tú estaban ligados al paso del tiempo, a la terrible tristeza de la vejez, algo de lo que muy pocos, genios sin duda, lograban escapar. Somos monstruos, demonios, y escribimos epitafios de nuestra vida continuamente en bonitos volúmenes que llenan los áticos de escritores que han contemplado a las babosas, que se creen semejantes pero que han sabido conformar una historia distinta dentro del común que nos denomina a todos.

No nos queda nada por vender al príncipe de la oscuridad, príncipe de los poetas, lo hemos empeñado todo, incluso la libertad y el amor. El amor que todo lo podría redimir se ha oscurecido, podrido en egoístas intentos por dominar y adjetivar ese estado que confunden con el cariño, la estima y más y más comodidades. Ya nadie ama, no se atreven, no sabe y aquel hombre que no ama es sólo un monstruo al que se podrían llevar esos dioses de todos los demonios.

Jamás habrá otro Rimbaud, porque jamás habrá nadie que quiera padecer la pobreza, el frío, el hambre, la violencia, la soledad, la sangre… El atrevimiento de ese muerto dorado, de ese hombre de sal, no será repetido; quizá sí imitado con la actitud de un arlequín, pero jamás nadie le igualará. Lo peor, la certidumbre de esa sádica risa que suena cuando el viento nos mece, es que él perdió, él también se dejó dominar con la golosina del estado y la sociedad.

La culpa de este juicio recaerá en nuestra civilización, que ha sido la mayor desgracia que ha acaecido sobre nosotros, nuestro mundo entregado a las manos lavadas de esos ciudadanos de barro, ha sido y será nuestra peor suerte porque somos hombres que cada vez se van transformando en otra cosa, que pierden su sombra como el árbol las hojas, como el pájaro las plumas…

Y nosotros, animalitos con bonitos collares, atados de látigos que azotan nuestra carne en los trémulos placeres nocturnos, en las perversiones satisfechas de la leche del varón y de la verde absenta; en la cruz y en la estrella y en las religiones y los dogmas que han quemado las retinas y las vidas de tantos y tantos pobres pecadores que sólo pretendían ser felices, amar, saber o incluso pensar.

¿Pero qué os creéis vosotros? Duques de la sinvida, esperando sin motivo los besos que se depositen sobre vuestros labios, caricias del amante. Religiones, políticas, comodismos del sillón y la cierta riqueza. Somos todos unos cobardes, somos todos despreciables por no saber qué decir, cómo decirlo. Damos asco visceral por conformarnos, por caer en esa insidiosa tristeza de los recuerdos, de la esperanza de una vida simple cuando podríamos, deberíamos, aspirar al parnaso. ¿No me oís? Este es el canto de desprecio hacia toda la humanidad, hacia aquellos que se sonrían con mis palabras y hacia aquellos que se sonrojen, es el canto a mi mismo y a ese niño al que amé con el deseo brutal de la fisicidad más inmediata, rastrera, sudorosa y sangrienta.

Rabia, diréis, y estaréis muy cerca de la respuesta porque me podéis figurar sobre la ajada mesa, desnudo, sudando por el calor de un inclemente sol que no sale en la más oscuras de las noches urbanas.

Buscadme en las sonatas, en las tristes músicas que ponen banda sonora a la existencia de los locos pues en la locura está la salvación. Sólo en la inclemente querencia de la locura encontraremos la redención, encontraremos el verdadero dios, su palabra y su gesto. Su gesto eres tú si sabes llegar a su camino, de lamer las yemas de los dedos que te tienda, pues en esas manos llenas sombras, de excrementos, de valor, está la verdad. La cobardía se ha apoderado de nuestra piel y nuestra alma.

¿Quiénes somos? Nadie lo aclarará, nos estamos convirtiendo en máquinas cuanto más las utilizamos; ahora somos datos, líneas intrincadas sobre estadísticas. No nos queda nada, ni una esperanza, ni una chispa que se funda con el mar; como un cuchillo surcando las líneas de la vida, rasgando el futuro adivinado, la felicidad pasada, los recuerdos, las nieves, las flores y esas miradas que no se dirigen a ningún lugar, pero que ven, todas las noches, aquellos pecados que cometimos cuando fuimos felices.

¿Y tú, me amas?

La incoherencia del mortal

Quiero estar sólo; me pesa la soledad; necesito dormir; quiero ver amanecer; debería ir a pasear; la pereza es el amigo más fiel, jamás te deja marchar de su lado; cruzaría mil océanos ahora mismo si quisiera, pero prefiero trabajar; me encanta la música; ese ruido me levanta dolor de cabeza; soy feliz; la tristeza es perenne en mí; la vida es un erial; todo va bien; te odio; te amo…

No, no soy incongruente ni tampoco padezco del síndrome bipolar. No funciona mal algo en mí, no padezco enfermedades ni me siento hoy especialmente indispuesto, tampoco me he levantado con gustos refinados por metafísicas avanzadas ni he rezado esta mañana, tampoco creo haber hecho voto sobre meditaciones de ningún tipo. En realidad todo es bastante simple, soy alguien normal y todo lo anterior se refiere únicamente a un hecho muy simple: soy humano.

La condición más importante del humano, del hombre, es ser mortal. La importancia de tal calificativo siempre ha revestido las filosofías de la historia; nunca nos hemos podido librar ni aún hoy nos libramos ni nos libraremos jamás de ese absoluto. Nos creemos poseedores de la vida y sabemos que esta llega a su fin en algún momento de nuestro camino, así que hemos corrido a hacer un paralelismo rápido entre el ser hombre y el ser mortal, como si eso significase algo, como si subyaciese en ese silogismo fácil una esperanza tímida de dar con la respuesta que arregle el desaguisado de la muerte. Pero ser mortal no es la mayor característica del hombre, aunque Sócrates fuese hombre y muriese dando coherencia al dogma de escuela.

Podría utilizarse la riqueza del lenguaje para encontrar algún otro adjetivo que acompañase al “hombre”. Quizá inteligente, egoísta, artista, trabajador, juicioso, decadente, pervertido, egocéntrico, absurdo, magnifico, vicioso, abstracto, peligroso, autodestructivo… se podría buscar tantas palabras para designar al general de los hombres que no cabrían las vidas para recopilarlas todas.

Yo, que no soy nadie especial, que soy un simple hombre, corriente y moliente, que se levanta todos los días a las ocho para ir a trabajar en algo que no me gusta pero que da de comer a mi familia y paga la hipoteca, el coche, el colegio de los niños e incluso las vacaciones y los pequeños lujos que de cuando en cuando nos damos… Yo creo que la palabra exacta que nos definiría sería “mutable” o “cambiante” o “errante” o “vagabundo” o cualquier término que designe esa naturaleza nuestra, inexacta, que nos lleva de un lado para otro y que nos hace actuar, pensar y ser de mil maneras distintas, siendo muchas completamente opuestas a las que primeramente tomamos. No tenemos cuidado de la coherencia porque en nuestra corta vida hacia la extinción nos sabemos mortales y no nos importa tropezar mil veces, dar vueltas, gritar, susurrar, vivir o ser con algún plan preestablecido ni tampoco seríamos capaces de hacerlo. Precisamente está en la naturaleza humana el no saber, desconocer, aprender, corregirse, equivocarse y ser maravillosamente incoherentes.

Yo, que soy uno más aquí en el gran mundo que se sigue matando, comprando, vendiendo, muriendo, excretando y dando a luz, soy un individuo que no puede menos que cargar con los dogmas y las leyes que la historia le ha ido imponiendo, a la vez padezco lo que algunos creen saber predecir, pero sin quererlo late en mí la fuerza de lo inimaginable, pues ni yo mismo sé qué es lo que haré, pensaré y seré mañana. Por lo pronto, hoy soy un vagabundo que conoce el ayer y piensa que el próximo día todo será distinto, al fin y al cabo somos mortales.

La justicia del borracho

¿Qué es la justicia? –se preguntaba aquel individuo en su caminar por las avenidas de la ciudad dormida. Buscaba un portal conocido, una casa que pudiera decir que era suya, en la que la llave que mantenía firmemente aferrada dentro del bolsillo izquierdo encajara. De momento no había suerte, no conseguía distinguir una sola esquina de entre las demás, para él, borracho de ese líquido casi sagrado, todo era igual y la orientación era poco más que un asunto mítico.

Se dejó caer en una escalera, con los pies destrozados de caminar. Se quitó los zapatos y suspiró groseramente, aliviado.

¿Qué es la justicia? –se repitió en un pensamiento, con esa idea que le llevaba carcomiendo todo el día en la cabeza. Él no era filósofo, ni tenía una especial tendencia a pensar y considerar las cosas. Si había llegado a aquella pregunta se debía a la lógica consecuencia injusticia-justicia, debido a asuntos que le habían sucedido en aquel mismo día.

Él, que se creía alguien decente, amigo de sus amigos (según decía), divertido (con esa humildad de los que se lo creen), guapo y bastante inteligente, había recibido una noticia que no creía merecer. En realidad era algo sencillo: su novia le había dejado. Pero no podía creerlo, aquello le indignaba y cuando llamó a sus amigos para salir a emborracharse ocurrió una cosa inaudita que no lograba explicarse, nadie se había apuntado. Sólo uno le quiso acompañar a cenar, pero el individuo se negó tajantemente, sólo le interesaba beber, fiel a ese dogma adolescente de que “el alcohol es causa y remedio de todos los males del mundo, quizá incluso del universo”.

Se enfadó, apagó el móvil y lo dejó en su casa consciente de que posiblemente llamase a Laura, su novia, para decirle que era una puta, una zorra y que le daba igual quién le metiese la polla. A él lo único que le importaba era que le devolviese sus cosas. Sí, eso habría dicho y realmente no estaba muy falto de razón (en el asunto de la llamada, no sobre la chica) en esa agudeza de la que dota el vodka polaco. Efectivamente él, hombre de ciencias (ciencias en tanto y cuanto que había estudiado una ingeniería), aficionado (experto, según él mismo) al fútbol, Don Juan como ningún otro y etcétera y etcétera de sesgados y tópicos adjetivos que sus propios ojos le convertían en un partidazo, él tenía a aquella novia como lo que cabría de esperar de alguien como él: como algo bonito que llevar del brazo, algo que follarse para fardar con sus colegas, algo inferior sobre el que gozaba ejerciendo una fascinación que él pensaba como increíble y que resultaba de lo más común.

Un adjetivo adecuado para este individuo sería el de “baboso” o quizá el de “tópico”. Un chulo que siempre se había creído más que nadie y que ahora, a tontas, sin saber siquiera qué significaba la palabra, se preguntaba qué era la justicia.

Pero si el mundo fuera justo, si diese a cada cual lo que se merece por sus aptitudes, por su esfuerzo y, sobre todo, por sus sentimientos e intenciones, si lo hiciese el individuo que ahora se siente el protagonista más perdido y desgraciado de todas las películas del mundo estaría mucho peor, jamás habría encontrado una mujer como la que había disfrutado los meses que duró la relación, jamás habría acabado una carrera que no merecería acabarse de manera tan fácil por alguien sin gran inteligencia. Ahora ese individuo merecería no tener ni nombre para indicar su existencia ya que sería algo del todo inútil hablar sobre él de no ser para ejemplificar cómo no debe ser una persona.

Desgraciadamente para el mundo las sociedades están llenas de estos individuos planos, sin inquietudes, egoístas, que denigran a la propia raza casi por el hecho de existir, borregos y burros que se salvarían de una merecida hoguera cambiando únicamente ese “gen egoísta” que ha podrido sus vidas.

¿Qué es la justicia? –se sigue preguntando el individuo gozoso de su decadente aspecto, gozoso de su filosofar (el cual cree estupendo y digno de estar impreso en un libro), feliz por poder fardar (de nuevo) de esta pequeña “aventura” que luego dirá que le ha enseñado mucho y le ha hecho ver nuevas facetas de la vida. La terrible realidad, sin embargo, es que se limitará a seguir preguntándose sobre la justicia, pero jamás logrará dar una buena respuesta.

Sapor II

A Mohsen lo llamaron el clérigo negro por vestir siempre la túnica de ese color. Estaba allí cuando Hormizd II cayó llevándose la mano al corazón, mascullando gemidos mientras se ahogaba en las salas de seda. Estaba allí cuando asesinaron al hijo de este de una puñalada en la nuca delante de su hermano, el cual pidió piedad y le arrancaron los ojos. Estaba allí cuando el consejo puso la pesada corona sobre el vientre hinchado de la madre de aquel que nació entre sangre, como cualquier niño, pero siendo ya rey. Sapor II rey de todos los sasánidas, coronado siendo no-nato. ¿Quién apostó por él? Nadie. Se contaba con que además de nacer siendo rey, lo haría condenado, ya muerto cuando apenas había respirado la vida. Mohsen, sin embargo, estuvo con él, era el joven confesor de la reina, el que enseñaba al monarca las doctrinas zoroástricas, el que bañó en fuego al recién nacido, o eso comentaba el pueblo. En las aldeas de adobe también se decía que además llenaba la cama y el cuerpo de la reina mientras el niño les miraba desde la cuna.

Sapor se convirtió en un joven apuesto y desarrolló un gusto exquisito por sí mismo. Muchos griegos que se encontraban en su corte, le llamaban Narciso y él, para seguir la broma, hacía que le llenaran su habitación de la flor cada mañana. Adoraba los brocados de oro, los trajes de cachemira, de sedas chinas, la joyería de oro y las más talladas piedras preciosas. Su barbero rasuraba su cuerpo completamente nada más levantarse y se lavaba con agua purificada del templo del fuego.

Mohsen le vio crecer, le instruyó en las artes de la política, de la traición, de la guerra y también, según malas lenguas, del amor. Mohsen medró a su sombra, se convirtió en alguien inseparable, su consejero más leal y los grandes nobles del imperio tuvieron que aceptar que todo iba a cambiar. Y cambio. Cuando Sapor cumplió la mayoría de edad disfrutó durante años de una paz prolongada, pero tejía poco a poco un plan intrincado como el dibujo de un tapiz. Gran parte del oro que sus antepasados habían ido acumulando se gastó en espadas, armaduras, arcos, flechas y buenos caballos. Los conflictos no justificaban tal producción de armas y Roma empezó a inquietarse por aquello que veían y susurraban sus espías. Mandaron legados con decretos favorables y Sapor los recibía con grandes fiestas en sus salones de seda blanca, sentado sobre el trabajado trono, con la corona ciñendo su cabeza y el clérigo negro a su izquierda, medio oculto a la sombra de una columna de alabastro. Aquella imagen se repetía una y otra vez, la tensión crecía y Sapor se pasaba las horas discutiendo con los encargados del gobierno, hablando con Mohsen o fornicando en las habitaciones de sus concubinas.

Constantino I murió en el otoño en que Sapor cumplía veintiocho años y fue entonces cuando afloró su verdadera naturaleza. Se rompió el tratado de paz con Roma y la guerra que tanto había estado esperando estalló, corriendo él mismo a la batalla en un fulgurante semental blanco como la nieve. Singara, Nísibis y Amida cayeron en su poder, los reveses de la guerra le hicieron perder y ganar, pero siempre mantuvo su instinto sangriento. En su rara fascinación asesinaba él mismo a los cautivos más bellos clavándoles un cuchillo en la garganta, observando cómo se desangraban con su propio rostro reflejado en el de los condenados. Le gustaba ver la muerte de cerca y le excitaba sentir la sangre caliente resbalando por su cuerpo. Las perversiones de la guerra le dieron un instinto feroz y una pasión que era aplaudida por Mohsen, quien quemaba los corazones de aquellos asesinados por la propia mano del emperador como símbolo de poder imperial.

Roma no quería esa guerra, no podía vencer y tampoco podía ser vencida. Lo sabía y la lucha se llevaba demasiado oro de las arcas, así que decidió utilizarlo de mejor modo. De nuevo salieron los legados hacia Asia menor, pero esta vez no visitaron los palacios blancos de Sapor, sino que se dirigieron a las tiendas extendidas en el desierto. Los nómadas recibieron el oro romano y atacaron a Sapor sin que este lo esperara. El emperador no se amilanó, redirigió sus ejércitos y tras los años, agotadas las fuerzas de los nómadas, Sapor apareció en la tienda de su rey con Mohsen a su lado. Hablaron, hubo oro de por medio y también promesas. El rey de los nómadas pasó a ser general del imperio Sasánida y así, con el frente este pacificado, Sapor, que ahora lucía barba y sus ojos mostraban la crueldad de los años, volvió a declarar la guerra a Roma.

Esta vez el emperador Juliano no esperó. Mientras Sapor reconquistaba las fortalezas perdidas, él viajó hasta Ctesifón, capital del imperio sasánida. El romano quería acabar de una vez por todas con “el problema persa”. El ejercito que llevó fue monumental. Las legiones se apretaban en el horizonte cuando se dejaron ver desde la ciudad. Sapor, junto con Mohsen, sabían que aquel sería un momento decisivo. No podían igualar a la potencia militar de Roma, pero sí podían vencer. Sapor, con cincuenta y cuatro años, con saña y escupiendo espuma por la boca de la misma rabia, dirigió a sus ejércitos a las puertas de Ctesifón y allí, una de las batallas más cruentas de la historia se llevó a cabo, mientras Mohsen buscaba la guardia pretoriana. Pasaron muchos días hasta que el emperador se dejó ver, rodeado de soldados, cerca ya de las murallas de la ciudad, que estaban a punto de caer. Fue fácil. El anciano clérigo tensó su arco, llevó la pluma hasta la mejilla, apuntó con cuidado y soltó la cuerda dejando que el proyectil cruzase el espacio vacío antes de atravesar el cuerpo del cesar de Roma. Juliano había muerto. La batalla, aunque estaba ganada por parte del águila imperial, se paró de inmediato. En la ciudad eterna se proclamó otro emperador, Joviano, que se coronó con el miedo a Sapor II, el rey sangriento, el grande. La paz fue firmada con humillaciones y Armenia, el reino que Sapor ambicionaba, fue traicionado por sus otrora aliados. El propio Sapor entregó la copa envenenada al rey armenio y este, sin poder hacer otra cosa, bebió.

Como premio a su fidelidad, Armenia fue entregada a las cuitas de Mohsen. Sapor fundó Susa tras aniquilar a aquellos que se le opusieron y volvió a su palacio blanco de sedas y comodidades con la sed de sangre saciada, con más de sesenta años. Disfrutó de la vejez como lo hizo de la juventud, entre mujeres desnudas que besaban cada parte de su marchito cuerpo, con fiestas, caras telas que cubrían su piel y baños de agua purificada.

Mohsen, anciano, arrugado y retorcido como un olivo centenario, escribía en Armenia una carta para su emperador por el setenta cumpleaños de este, cuando escuchó los pasos amortiguados de los asesinos en los corredores. Sabía bien qué ocurría, él mismo había ordenado muchas veces similares actos, también sabía por qué. Quemó la carta en la llama de una vela y vio perfectamente la sombra proyectada sobre él antes de que la daga penetrase en su cuerpo, eficiente. Mohsen dejó escapar un gemido ahogado y una lágrima que no caía por si mismo, pues sabía que si a él le condenaban a la muerte era únicamente porque Sapor también había dejado de respirar.

La pugna de Caín

Es tan difícil atender a la vida o al destino, si se cree en él, o a la fortuna o a la suerte… Pero lo intentamos, pegamos nuestro oído al muro de viento e intentamos escuchar algo, sonsacarle unas palabras que respondan a ese “por qué”, el cuál hemos gritado, con la garganta parda de dolor, en la noche, en la angustia, en nuestra mente convulsa y nuestro corazón desbocado. Exigimos cuentas como si las mereciésemos, pero no somos dignos de ellas. En realidad no somos dignos de nada, porque pedir es un poco lógico, es reclamar al altísimo algo que solo Dios podría responder. Pero Dios o es muy perverso o no existe y se niega a hablarnos, a ser más clemente con nosotros. No se fía de sus hijos y nos mira con un solo ojo por pereza a levantar el otro. La boca hace milenios que no la utiliza y así, con un dios tuerto, mudo y que se finge sordo, es muy difícil rezar y adorar con auténtica convicción. Dios no existe, y si lo hace no debería existir.

¿Cuántos habrán intentado cruzar las fronteras de la vida, escapar del insondable destino de la muerte, traspasar las puertas de la justicia o ascender en el helicoide camino de uno mismo? Cientos, miles, millones, billones, un número infinito de infelices que hoy ya han perdido, que terminaron por pervertirse en la vacua esperanza de lo que nunca debieron de ambicionar. Débiles que creyeron ser más fuertes que el Dios niño que juega con nosotros como si fuéramos muñecos de madera, caballos con las tripas cargadas de coraje. El valor es algo que nadie dijo que valiese para algo, pero se empuña con la fiereza de la piedad, de la humildad, de la gracia, de la espada y la cruz.

Sin embargo todos esos cruzados de y contra Dios terminarán perdiendo su batalla. Sencillamente no pueden ganarla, no hay fuerza capaz de hacerlo porque van contra las mismas reglas de Todo. Esas reglas que hemos querido ver y que, por arte de magia, se han convertido en dogmas de la filosofía, de la moral universal o de la siempre (in)falible física. No hay redención para los caballeros de espada, martillo, libro o plegaria. No la hay, esperarla es inútil. Con todo, convendrán los intelectuales, los magos, los arcanos, los sabios, las modernas y todo ese docto grupo, que, si bien lo anterior es cierto, la ironía es magnifica, finísima, propia de los grandes asuntos del cosmos. Al fin y al cabo somos el hazmerreír de las creaciones, pues a pesar de nuestra maldad, nuestros quistes insanos, nuestra civilización desmedida e hipócrita, somos unos enanos diminutos en medio de la nada, condenados a aspirar a ser gigantes en un algo concreto. Así son de narcisistas esos caballeros armados que se creen, al menos, semidioses. Están destinados a darse de cabezazos contra el muro de la realidad como una mosca sin cerebro se pega reiteradamente contra el cristal de la ventana; ambos buscan ir más allá, alcanzar eso que creen vislumbrar, y a ambos les falta el intelecto para dejar de golpearse como fanáticos contra la misma superficie una y otra vez. Ese es el castigo del hombre por ser hombre, ese es el verdadero pecado primigenio, la marca de Caín, el cromosoma fatal en nuestro ADN. Esa idiosincrasia enraizada es nuestra manzana, la cual degustamos en el mismo momento que nos dio por pensar. ¡Feliz aquel primitivo, ignorante, torpe, que se desahoga con vanas pasiones y no necesita más, sin darse cuenta de su propia repugnancia!

Onegin

Una escena, el fondo de un teatro, un cuadrado gigantesco donde debería de estar dispuesta la escenografía entre la que los actores o cantantes se moviesen, representasen ese cuento por el que todos hemos pagado. Pero no, ahora está vacía de todo, es un cuadrado inmenso, vacío, blanco. Sobre el que se proyecta una luz anaranjada, algo dorada, donde algunos ven referencias al ocaso, al otoño, a la decadencia, a la madurez y a cierta maldición antes de ser cumplida.

Podría pensarse que el teatro está vacío, que no hay nadie actuando, quizá como mucho diríamos que puede ser un ensayo y de ahí la explicación de tal circunstancia. Estaríamos equivocados, el teatro está lleno, todos nos mantenemos en nuestras butacas, observando, conteniendo la respiración, escuchando la música que mana de la oculta orquesta. Pero hay acción en escena, hemos estado engañados y a la vez no del todo. Durante la obra los actores han cantado su desgracia, pues es un drama, un drama en el que dos personas se enamoran, en el que Onegin, el gran Onegin, ha matado a su querido amigo por un malentendido que aquellas causas del honor impedían otra resolución más limpia que la sangre.

Pobre Eugene, triste de apostura, aburrido de una vida vacua de nieve sempiterna, ocioso por naturaleza, amoral dentro de esa moralidad compartida por la clase a la que él pertenece. Es orgulloso y a la vez desprecia el orgullo; viste con elegancia oscura, con seriedad que quiere contrastar, por puro gusto de burla cínica, con la sociedad que le ha tocado. Se cree un vividor, un héroe que jamás podrá salirse de su papel, algo así como el protagonista de la novela, ese Don Juan que intenta burlar una y otra vez a la muerte halada, la cual se cree condotiero supraterrenal. Pero Eugene es mucho más inteligente, más fantasma de la Ópera que nadie, más Hamlet, más inglés que francés, lo cual va contra la moda. Gusta de ensayos difíciles y prefiere la música de un solo violín resonando por las salas columnadas de alabastro y otros mármoles, que las danzas mascaradas donde los caballeros arrancan caricias a brazos semidesnudos que no saben bien a quien pertenecen. Las risas embotelladas, aletargadas, de la madrugada sí le gustan. Onegin se sienta allí y les ve danzar, triste, en un rincón iluminado por no poder elegir otro más oscuro. Los vestidos de colores de las mujeres abrazan con sus vuelos las piernas de telas negras de los hombres. Hay alguno que viste de claro y rápidamente los rumores de esas cortes decadentes de variedades empiezan a murmurar sobre sexualidades ocultas, sobre querencias antinaturales. Ríen en ese placer de la invención sin razón. Pero Onegin sabe las verdades, en su papel de mudo espectador puede escuchar las mentiras y sus contrarios. Apenas le hacen gracia.

Su semblante es taciturno, se comenta mucho en ese mundo palaciego aburrido de sí mismo, todos le miran con cierta distancia. Allí cada quién conoce al otro o puede informarse con facilidad de su identidad.

Ahora ahí está Onegin, escuchando haciéndonos pensar que no escucha, con su sombrero de copa, su traje inmaculado, el pañuelo blanco, la camisa impoluta y sin embargo desgarbado, rechazado. Ha caído al suelo, se ha arrastrado, ha llorado y no ha podido erguirse de nuevo. Sobre él cae un polvo blanco que levanta brillos de oro gracias a ese juego de luces. Nos hacen pensar que es nieve y lo es, estamos seguros. Tenemos ahí, frente a nosotros, al pobre Onegin, con su tristeza incapaz de abandonarle, con la seguridad de que no hay escapatoria ya, de que su error pasado fue decisivo.

Eugene sabe ahora que no es ningún héroe, que no tiene una moralidad superior al resto, se da cuenta del tedio que le invadía antaño se debía a no abandonarse a eso tan sencillo que todos repudian en su momento. Finalmente no fue tan inteligente, se ha condenado él mismo a vagar en soledad hasta el último de sus días. Lo sabe, por eso le vemos tan triste, aplastado contra el suelo mientras la ausencia del escenario le hiela y le va llenando de ese polvo blancuzco que es la soledad. La luz de pronto se termina, el ocaso acaba en un azul medianoche hasta terminar en negro. El último acorde suena, por encima del resto, no es grandioso pero lo parece. El telón cae y todos rompemos a aplaudir, emocionados, tristes, felices de no ser Eugene, cuyo destino casi podemos adivinar. Seguramente su mente vuelva a la pistola ejecutora de aquel gran amigo suyo y la de vueltas en su mano incapaz de cometer el acto final. Onegin preferirá seguir en la contemplación lejana de su esperanza truncada hasta que llegue un día en que despierte y no note frío en su carne ni placer en la seguridad que sus rentas le ofrecen. Ese día volverá a la casa de su tío en la estepa rusa, rodeado de esa nada blanca, y allí languidecerá, huido de todo, esperando la muerte, esperando que el diablo lleve su alma. Moribundos placeres de los medio muertos.