Diego

El calor se va incrementando con la frecuencia de los golpes, cada vez más rápidos y fuertes, el sudor mana desde todos los poros. Hay un momento en que Diego pierde el control, todo pensamiento se nubla en su cabeza y se obsesiona con ensañarse con aquél que tiene bajo su cuerpo, un ensañamiento animal, furioso, que deja atrás toda esa humanidad civilizada que nos caracteriza. Sólo el sexo permite desinhibirse a tal grado, de tal manera que se vuelve a lo primero, a nuestro estado más primitivo. Diego pierde el control de sí mismo, aprieta los dientes y empuja su entrepierna contra el otro como si fuese un arma ensartándose dentro de las entrañas de un infeliz. Se la clava con ansia y toda esa fuerza que había empleado de pronto se desparrama dentro del otro. Un gemido roto surge de su garganta y pierde todo el vigor, cayendo fulminado en al acto, pegando su cara contra la piel sudorosa de la espalda del contrario. Jadean un minuto antes de cambiar de posición y tumbarse en la cama, exhaustos.

Luis se levanta con la mirada de Diego fija en su espalda. Se va al baño, enciende la luz y cierra la puerta. Vuelve al cabo de un rato, lavado. Busca la ropa perdida por distintos rincones de la habitación.
-¿Te vas ya? –pregunta Diego que le mira aún desde la cama.

Luis se siente algo idiota inclinándose desnudo para recoger sus pertenencias mientras su amante no le quita los ojos de encima. Le gustaría responderle que no, preferiría quedarse con él, abrazarle, besarle y reír un rato mientras recuperan fuerzas para otro round sexual. Pero lo cierto es que no puede o no debe o no se atreve.
-Tengo que irme-responde finalmente- he quedado.

Diego sonríe con esa boca grande que tanto pierde a Luis y asiente estirándose sobre las sábanas como un gato.
-Qué pena –musita.

Luis se viste antes de arrepentirse, mal, corriendo, hay algo en sí mismo que le hace sentirse avergonzado. Le besa con intención de que sea un beso corto de despedida pero Diego le agarra del cuello y le arrastra a la cama. Pasan diez minutos en que sus bocas cofunden lenguas y salivas. De pronto, obedeciendo a un relámpago de su cabeza, Luis se levanta, se despide y sale de la casa, corriendo hasta la cita que tiene con su pareja, que le espera confiada en que se haya retrasado por cualquier otra causa que no sea el estar con otro hombre. Luis corre, con la estela de sudor y sexo que le acompaña aunque se haya lavado intentando disimularla.

Diego aún se queda en la cama un rato, media hora, el tiempo suficiente para que Luis haya llegado con su novio. Por supuesto él sabia que su amante de esa noche tenía pareja, pero uno de sus lemas era “cada quién sabrá lo que se hace”. Todos esos prejuicios sobre los afamados cuernos le traen sin cuidado, le parece beatería de la sociedad. Cuando se levanta lo primero que hace es encenderse un cigarrillo, camina por la casa, desnudo, asomándose a la ventana para ver la noche que transcurre con total calma. Se siente bien, con esa placidez que inundan los cuerpos saciados. Apenas son las once de la noche, podría vestirse y salir a tomar una copa, podría buscar otro chico guapo que llevarse a la cama, pero no es alguien que guste de los excesos. Está bien uno por noche –se dice.

En lugar de ello pica algo de la nevera y se sienta en el piano tecleando con una mano mientras fuma otro cigarrillo. Está distraído, piensa en Luis, en si se sentirá bien con lo que ha pasado. “Es inevitable” le había dicho y fue ahí cuando derrumbó sus defensas, cuando le dejó acercase a su boca. ¿Era inevitable realmente? No, pero había deseado a Luis con mucha intensidad, quería tenerle, poseerle con esa ferocidad animal y lo había conseguido. Aún así algo le reconcome ahora, quizá después de todo sí sea más mundano con esas cosas.

Cuando termina el cigarro se queda observando el piano. El reloj marca la medianoche. Esta algo perdido con sus pensamientos cuando le llega el sonido de la melodía de su móvil. Corre hacia él y descelga, es Luis, está mal, quiere verle. “Vale, ven” –respone Diego y luego cuelga.

Durante otro minuto permanece absorto en la contemplación del teclado blanquinegro. No sabe qué va a ocurrir, no sabe qué pensar o qué sería lo correcto de decir o hacer. Niega con fuerza y golpea el piano con esos dedos que ya saben donde tocar, el primer acorde lleva a otro y mientras espera todos sus pensamientos se deshacen, transformándose en música.

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