Onegin

Una escena, el fondo de un teatro, un cuadrado gigantesco donde debería de estar dispuesta la escenografía entre la que los actores o cantantes se moviesen, representasen ese cuento por el que todos hemos pagado. Pero no, ahora está vacía de todo, es un cuadrado inmenso, vacío, blanco. Sobre el que se proyecta una luz anaranjada, algo dorada, donde algunos ven referencias al ocaso, al otoño, a la decadencia, a la madurez y a cierta maldición antes de ser cumplida.

Podría pensarse que el teatro está vacío, que no hay nadie actuando, quizá como mucho diríamos que puede ser un ensayo y de ahí la explicación de tal circunstancia. Estaríamos equivocados, el teatro está lleno, todos nos mantenemos en nuestras butacas, observando, conteniendo la respiración, escuchando la música que mana de la oculta orquesta. Pero hay acción en escena, hemos estado engañados y a la vez no del todo. Durante la obra los actores han cantado su desgracia, pues es un drama, un drama en el que dos personas se enamoran, en el que Onegin, el gran Onegin, ha matado a su querido amigo por un malentendido que aquellas causas del honor impedían otra resolución más limpia que la sangre.

Pobre Eugene, triste de apostura, aburrido de una vida vacua de nieve sempiterna, ocioso por naturaleza, amoral dentro de esa moralidad compartida por la clase a la que él pertenece. Es orgulloso y a la vez desprecia el orgullo; viste con elegancia oscura, con seriedad que quiere contrastar, por puro gusto de burla cínica, con la sociedad que le ha tocado. Se cree un vividor, un héroe que jamás podrá salirse de su papel, algo así como el protagonista de la novela, ese Don Juan que intenta burlar una y otra vez a la muerte halada, la cual se cree condotiero supraterrenal. Pero Eugene es mucho más inteligente, más fantasma de la Ópera que nadie, más Hamlet, más inglés que francés, lo cual va contra la moda. Gusta de ensayos difíciles y prefiere la música de un solo violín resonando por las salas columnadas de alabastro y otros mármoles, que las danzas mascaradas donde los caballeros arrancan caricias a brazos semidesnudos que no saben bien a quien pertenecen. Las risas embotelladas, aletargadas, de la madrugada sí le gustan. Onegin se sienta allí y les ve danzar, triste, en un rincón iluminado por no poder elegir otro más oscuro. Los vestidos de colores de las mujeres abrazan con sus vuelos las piernas de telas negras de los hombres. Hay alguno que viste de claro y rápidamente los rumores de esas cortes decadentes de variedades empiezan a murmurar sobre sexualidades ocultas, sobre querencias antinaturales. Ríen en ese placer de la invención sin razón. Pero Onegin sabe las verdades, en su papel de mudo espectador puede escuchar las mentiras y sus contrarios. Apenas le hacen gracia.

Su semblante es taciturno, se comenta mucho en ese mundo palaciego aburrido de sí mismo, todos le miran con cierta distancia. Allí cada quién conoce al otro o puede informarse con facilidad de su identidad.

Ahora ahí está Onegin, escuchando haciéndonos pensar que no escucha, con su sombrero de copa, su traje inmaculado, el pañuelo blanco, la camisa impoluta y sin embargo desgarbado, rechazado. Ha caído al suelo, se ha arrastrado, ha llorado y no ha podido erguirse de nuevo. Sobre él cae un polvo blanco que levanta brillos de oro gracias a ese juego de luces. Nos hacen pensar que es nieve y lo es, estamos seguros. Tenemos ahí, frente a nosotros, al pobre Onegin, con su tristeza incapaz de abandonarle, con la seguridad de que no hay escapatoria ya, de que su error pasado fue decisivo.

Eugene sabe ahora que no es ningún héroe, que no tiene una moralidad superior al resto, se da cuenta del tedio que le invadía antaño se debía a no abandonarse a eso tan sencillo que todos repudian en su momento. Finalmente no fue tan inteligente, se ha condenado él mismo a vagar en soledad hasta el último de sus días. Lo sabe, por eso le vemos tan triste, aplastado contra el suelo mientras la ausencia del escenario le hiela y le va llenando de ese polvo blancuzco que es la soledad. La luz de pronto se termina, el ocaso acaba en un azul medianoche hasta terminar en negro. El último acorde suena, por encima del resto, no es grandioso pero lo parece. El telón cae y todos rompemos a aplaudir, emocionados, tristes, felices de no ser Eugene, cuyo destino casi podemos adivinar. Seguramente su mente vuelva a la pistola ejecutora de aquel gran amigo suyo y la de vueltas en su mano incapaz de cometer el acto final. Onegin preferirá seguir en la contemplación lejana de su esperanza truncada hasta que llegue un día en que despierte y no note frío en su carne ni placer en la seguridad que sus rentas le ofrecen. Ese día volverá a la casa de su tío en la estepa rusa, rodeado de esa nada blanca, y allí languidecerá, huido de todo, esperando la muerte, esperando que el diablo lleve su alma. Moribundos placeres de los medio muertos.

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