La pugna de Caín

Es tan difícil atender a la vida o al destino, si se cree en él, o a la fortuna o a la suerte… Pero lo intentamos, pegamos nuestro oído al muro de viento e intentamos escuchar algo, sonsacarle unas palabras que respondan a ese “por qué”, el cuál hemos gritado, con la garganta parda de dolor, en la noche, en la angustia, en nuestra mente convulsa y nuestro corazón desbocado. Exigimos cuentas como si las mereciésemos, pero no somos dignos de ellas. En realidad no somos dignos de nada, porque pedir es un poco lógico, es reclamar al altísimo algo que solo Dios podría responder. Pero Dios o es muy perverso o no existe y se niega a hablarnos, a ser más clemente con nosotros. No se fía de sus hijos y nos mira con un solo ojo por pereza a levantar el otro. La boca hace milenios que no la utiliza y así, con un dios tuerto, mudo y que se finge sordo, es muy difícil rezar y adorar con auténtica convicción. Dios no existe, y si lo hace no debería existir.

¿Cuántos habrán intentado cruzar las fronteras de la vida, escapar del insondable destino de la muerte, traspasar las puertas de la justicia o ascender en el helicoide camino de uno mismo? Cientos, miles, millones, billones, un número infinito de infelices que hoy ya han perdido, que terminaron por pervertirse en la vacua esperanza de lo que nunca debieron de ambicionar. Débiles que creyeron ser más fuertes que el Dios niño que juega con nosotros como si fuéramos muñecos de madera, caballos con las tripas cargadas de coraje. El valor es algo que nadie dijo que valiese para algo, pero se empuña con la fiereza de la piedad, de la humildad, de la gracia, de la espada y la cruz.

Sin embargo todos esos cruzados de y contra Dios terminarán perdiendo su batalla. Sencillamente no pueden ganarla, no hay fuerza capaz de hacerlo porque van contra las mismas reglas de Todo. Esas reglas que hemos querido ver y que, por arte de magia, se han convertido en dogmas de la filosofía, de la moral universal o de la siempre (in)falible física. No hay redención para los caballeros de espada, martillo, libro o plegaria. No la hay, esperarla es inútil. Con todo, convendrán los intelectuales, los magos, los arcanos, los sabios, las modernas y todo ese docto grupo, que, si bien lo anterior es cierto, la ironía es magnifica, finísima, propia de los grandes asuntos del cosmos. Al fin y al cabo somos el hazmerreír de las creaciones, pues a pesar de nuestra maldad, nuestros quistes insanos, nuestra civilización desmedida e hipócrita, somos unos enanos diminutos en medio de la nada, condenados a aspirar a ser gigantes en un algo concreto. Así son de narcisistas esos caballeros armados que se creen, al menos, semidioses. Están destinados a darse de cabezazos contra el muro de la realidad como una mosca sin cerebro se pega reiteradamente contra el cristal de la ventana; ambos buscan ir más allá, alcanzar eso que creen vislumbrar, y a ambos les falta el intelecto para dejar de golpearse como fanáticos contra la misma superficie una y otra vez. Ese es el castigo del hombre por ser hombre, ese es el verdadero pecado primigenio, la marca de Caín, el cromosoma fatal en nuestro ADN. Esa idiosincrasia enraizada es nuestra manzana, la cual degustamos en el mismo momento que nos dio por pensar. ¡Feliz aquel primitivo, ignorante, torpe, que se desahoga con vanas pasiones y no necesita más, sin darse cuenta de su propia repugnancia!

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