Sapor II

A Mohsen lo llamaron el clérigo negro por vestir siempre la túnica de ese color. Estaba allí cuando Hormizd II cayó llevándose la mano al corazón, mascullando gemidos mientras se ahogaba en las salas de seda. Estaba allí cuando asesinaron al hijo de este de una puñalada en la nuca delante de su hermano, el cual pidió piedad y le arrancaron los ojos. Estaba allí cuando el consejo puso la pesada corona sobre el vientre hinchado de la madre de aquel que nació entre sangre, como cualquier niño, pero siendo ya rey. Sapor II rey de todos los sasánidas, coronado siendo no-nato. ¿Quién apostó por él? Nadie. Se contaba con que además de nacer siendo rey, lo haría condenado, ya muerto cuando apenas había respirado la vida. Mohsen, sin embargo, estuvo con él, era el joven confesor de la reina, el que enseñaba al monarca las doctrinas zoroástricas, el que bañó en fuego al recién nacido, o eso comentaba el pueblo. En las aldeas de adobe también se decía que además llenaba la cama y el cuerpo de la reina mientras el niño les miraba desde la cuna.

Sapor se convirtió en un joven apuesto y desarrolló un gusto exquisito por sí mismo. Muchos griegos que se encontraban en su corte, le llamaban Narciso y él, para seguir la broma, hacía que le llenaran su habitación de la flor cada mañana. Adoraba los brocados de oro, los trajes de cachemira, de sedas chinas, la joyería de oro y las más talladas piedras preciosas. Su barbero rasuraba su cuerpo completamente nada más levantarse y se lavaba con agua purificada del templo del fuego.

Mohsen le vio crecer, le instruyó en las artes de la política, de la traición, de la guerra y también, según malas lenguas, del amor. Mohsen medró a su sombra, se convirtió en alguien inseparable, su consejero más leal y los grandes nobles del imperio tuvieron que aceptar que todo iba a cambiar. Y cambio. Cuando Sapor cumplió la mayoría de edad disfrutó durante años de una paz prolongada, pero tejía poco a poco un plan intrincado como el dibujo de un tapiz. Gran parte del oro que sus antepasados habían ido acumulando se gastó en espadas, armaduras, arcos, flechas y buenos caballos. Los conflictos no justificaban tal producción de armas y Roma empezó a inquietarse por aquello que veían y susurraban sus espías. Mandaron legados con decretos favorables y Sapor los recibía con grandes fiestas en sus salones de seda blanca, sentado sobre el trabajado trono, con la corona ciñendo su cabeza y el clérigo negro a su izquierda, medio oculto a la sombra de una columna de alabastro. Aquella imagen se repetía una y otra vez, la tensión crecía y Sapor se pasaba las horas discutiendo con los encargados del gobierno, hablando con Mohsen o fornicando en las habitaciones de sus concubinas.

Constantino I murió en el otoño en que Sapor cumplía veintiocho años y fue entonces cuando afloró su verdadera naturaleza. Se rompió el tratado de paz con Roma y la guerra que tanto había estado esperando estalló, corriendo él mismo a la batalla en un fulgurante semental blanco como la nieve. Singara, Nísibis y Amida cayeron en su poder, los reveses de la guerra le hicieron perder y ganar, pero siempre mantuvo su instinto sangriento. En su rara fascinación asesinaba él mismo a los cautivos más bellos clavándoles un cuchillo en la garganta, observando cómo se desangraban con su propio rostro reflejado en el de los condenados. Le gustaba ver la muerte de cerca y le excitaba sentir la sangre caliente resbalando por su cuerpo. Las perversiones de la guerra le dieron un instinto feroz y una pasión que era aplaudida por Mohsen, quien quemaba los corazones de aquellos asesinados por la propia mano del emperador como símbolo de poder imperial.

Roma no quería esa guerra, no podía vencer y tampoco podía ser vencida. Lo sabía y la lucha se llevaba demasiado oro de las arcas, así que decidió utilizarlo de mejor modo. De nuevo salieron los legados hacia Asia menor, pero esta vez no visitaron los palacios blancos de Sapor, sino que se dirigieron a las tiendas extendidas en el desierto. Los nómadas recibieron el oro romano y atacaron a Sapor sin que este lo esperara. El emperador no se amilanó, redirigió sus ejércitos y tras los años, agotadas las fuerzas de los nómadas, Sapor apareció en la tienda de su rey con Mohsen a su lado. Hablaron, hubo oro de por medio y también promesas. El rey de los nómadas pasó a ser general del imperio Sasánida y así, con el frente este pacificado, Sapor, que ahora lucía barba y sus ojos mostraban la crueldad de los años, volvió a declarar la guerra a Roma.

Esta vez el emperador Juliano no esperó. Mientras Sapor reconquistaba las fortalezas perdidas, él viajó hasta Ctesifón, capital del imperio sasánida. El romano quería acabar de una vez por todas con “el problema persa”. El ejercito que llevó fue monumental. Las legiones se apretaban en el horizonte cuando se dejaron ver desde la ciudad. Sapor, junto con Mohsen, sabían que aquel sería un momento decisivo. No podían igualar a la potencia militar de Roma, pero sí podían vencer. Sapor, con cincuenta y cuatro años, con saña y escupiendo espuma por la boca de la misma rabia, dirigió a sus ejércitos a las puertas de Ctesifón y allí, una de las batallas más cruentas de la historia se llevó a cabo, mientras Mohsen buscaba la guardia pretoriana. Pasaron muchos días hasta que el emperador se dejó ver, rodeado de soldados, cerca ya de las murallas de la ciudad, que estaban a punto de caer. Fue fácil. El anciano clérigo tensó su arco, llevó la pluma hasta la mejilla, apuntó con cuidado y soltó la cuerda dejando que el proyectil cruzase el espacio vacío antes de atravesar el cuerpo del cesar de Roma. Juliano había muerto. La batalla, aunque estaba ganada por parte del águila imperial, se paró de inmediato. En la ciudad eterna se proclamó otro emperador, Joviano, que se coronó con el miedo a Sapor II, el rey sangriento, el grande. La paz fue firmada con humillaciones y Armenia, el reino que Sapor ambicionaba, fue traicionado por sus otrora aliados. El propio Sapor entregó la copa envenenada al rey armenio y este, sin poder hacer otra cosa, bebió.

Como premio a su fidelidad, Armenia fue entregada a las cuitas de Mohsen. Sapor fundó Susa tras aniquilar a aquellos que se le opusieron y volvió a su palacio blanco de sedas y comodidades con la sed de sangre saciada, con más de sesenta años. Disfrutó de la vejez como lo hizo de la juventud, entre mujeres desnudas que besaban cada parte de su marchito cuerpo, con fiestas, caras telas que cubrían su piel y baños de agua purificada.

Mohsen, anciano, arrugado y retorcido como un olivo centenario, escribía en Armenia una carta para su emperador por el setenta cumpleaños de este, cuando escuchó los pasos amortiguados de los asesinos en los corredores. Sabía bien qué ocurría, él mismo había ordenado muchas veces similares actos, también sabía por qué. Quemó la carta en la llama de una vela y vio perfectamente la sombra proyectada sobre él antes de que la daga penetrase en su cuerpo, eficiente. Mohsen dejó escapar un gemido ahogado y una lágrima que no caía por si mismo, pues sabía que si a él le condenaban a la muerte era únicamente porque Sapor también había dejado de respirar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s