La justicia del borracho

¿Qué es la justicia? –se preguntaba aquel individuo en su caminar por las avenidas de la ciudad dormida. Buscaba un portal conocido, una casa que pudiera decir que era suya, en la que la llave que mantenía firmemente aferrada dentro del bolsillo izquierdo encajara. De momento no había suerte, no conseguía distinguir una sola esquina de entre las demás, para él, borracho de ese líquido casi sagrado, todo era igual y la orientación era poco más que un asunto mítico.

Se dejó caer en una escalera, con los pies destrozados de caminar. Se quitó los zapatos y suspiró groseramente, aliviado.

¿Qué es la justicia? –se repitió en un pensamiento, con esa idea que le llevaba carcomiendo todo el día en la cabeza. Él no era filósofo, ni tenía una especial tendencia a pensar y considerar las cosas. Si había llegado a aquella pregunta se debía a la lógica consecuencia injusticia-justicia, debido a asuntos que le habían sucedido en aquel mismo día.

Él, que se creía alguien decente, amigo de sus amigos (según decía), divertido (con esa humildad de los que se lo creen), guapo y bastante inteligente, había recibido una noticia que no creía merecer. En realidad era algo sencillo: su novia le había dejado. Pero no podía creerlo, aquello le indignaba y cuando llamó a sus amigos para salir a emborracharse ocurrió una cosa inaudita que no lograba explicarse, nadie se había apuntado. Sólo uno le quiso acompañar a cenar, pero el individuo se negó tajantemente, sólo le interesaba beber, fiel a ese dogma adolescente de que “el alcohol es causa y remedio de todos los males del mundo, quizá incluso del universo”.

Se enfadó, apagó el móvil y lo dejó en su casa consciente de que posiblemente llamase a Laura, su novia, para decirle que era una puta, una zorra y que le daba igual quién le metiese la polla. A él lo único que le importaba era que le devolviese sus cosas. Sí, eso habría dicho y realmente no estaba muy falto de razón (en el asunto de la llamada, no sobre la chica) en esa agudeza de la que dota el vodka polaco. Efectivamente él, hombre de ciencias (ciencias en tanto y cuanto que había estudiado una ingeniería), aficionado (experto, según él mismo) al fútbol, Don Juan como ningún otro y etcétera y etcétera de sesgados y tópicos adjetivos que sus propios ojos le convertían en un partidazo, él tenía a aquella novia como lo que cabría de esperar de alguien como él: como algo bonito que llevar del brazo, algo que follarse para fardar con sus colegas, algo inferior sobre el que gozaba ejerciendo una fascinación que él pensaba como increíble y que resultaba de lo más común.

Un adjetivo adecuado para este individuo sería el de “baboso” o quizá el de “tópico”. Un chulo que siempre se había creído más que nadie y que ahora, a tontas, sin saber siquiera qué significaba la palabra, se preguntaba qué era la justicia.

Pero si el mundo fuera justo, si diese a cada cual lo que se merece por sus aptitudes, por su esfuerzo y, sobre todo, por sus sentimientos e intenciones, si lo hiciese el individuo que ahora se siente el protagonista más perdido y desgraciado de todas las películas del mundo estaría mucho peor, jamás habría encontrado una mujer como la que había disfrutado los meses que duró la relación, jamás habría acabado una carrera que no merecería acabarse de manera tan fácil por alguien sin gran inteligencia. Ahora ese individuo merecería no tener ni nombre para indicar su existencia ya que sería algo del todo inútil hablar sobre él de no ser para ejemplificar cómo no debe ser una persona.

Desgraciadamente para el mundo las sociedades están llenas de estos individuos planos, sin inquietudes, egoístas, que denigran a la propia raza casi por el hecho de existir, borregos y burros que se salvarían de una merecida hoguera cambiando únicamente ese “gen egoísta” que ha podrido sus vidas.

¿Qué es la justicia? –se sigue preguntando el individuo gozoso de su decadente aspecto, gozoso de su filosofar (el cual cree estupendo y digno de estar impreso en un libro), feliz por poder fardar (de nuevo) de esta pequeña “aventura” que luego dirá que le ha enseñado mucho y le ha hecho ver nuevas facetas de la vida. La terrible realidad, sin embargo, es que se limitará a seguir preguntándose sobre la justicia, pero jamás logrará dar una buena respuesta.

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