La incoherencia del mortal

Quiero estar sólo; me pesa la soledad; necesito dormir; quiero ver amanecer; debería ir a pasear; la pereza es el amigo más fiel, jamás te deja marchar de su lado; cruzaría mil océanos ahora mismo si quisiera, pero prefiero trabajar; me encanta la música; ese ruido me levanta dolor de cabeza; soy feliz; la tristeza es perenne en mí; la vida es un erial; todo va bien; te odio; te amo…

No, no soy incongruente ni tampoco padezco del síndrome bipolar. No funciona mal algo en mí, no padezco enfermedades ni me siento hoy especialmente indispuesto, tampoco me he levantado con gustos refinados por metafísicas avanzadas ni he rezado esta mañana, tampoco creo haber hecho voto sobre meditaciones de ningún tipo. En realidad todo es bastante simple, soy alguien normal y todo lo anterior se refiere únicamente a un hecho muy simple: soy humano.

La condición más importante del humano, del hombre, es ser mortal. La importancia de tal calificativo siempre ha revestido las filosofías de la historia; nunca nos hemos podido librar ni aún hoy nos libramos ni nos libraremos jamás de ese absoluto. Nos creemos poseedores de la vida y sabemos que esta llega a su fin en algún momento de nuestro camino, así que hemos corrido a hacer un paralelismo rápido entre el ser hombre y el ser mortal, como si eso significase algo, como si subyaciese en ese silogismo fácil una esperanza tímida de dar con la respuesta que arregle el desaguisado de la muerte. Pero ser mortal no es la mayor característica del hombre, aunque Sócrates fuese hombre y muriese dando coherencia al dogma de escuela.

Podría utilizarse la riqueza del lenguaje para encontrar algún otro adjetivo que acompañase al “hombre”. Quizá inteligente, egoísta, artista, trabajador, juicioso, decadente, pervertido, egocéntrico, absurdo, magnifico, vicioso, abstracto, peligroso, autodestructivo… se podría buscar tantas palabras para designar al general de los hombres que no cabrían las vidas para recopilarlas todas.

Yo, que no soy nadie especial, que soy un simple hombre, corriente y moliente, que se levanta todos los días a las ocho para ir a trabajar en algo que no me gusta pero que da de comer a mi familia y paga la hipoteca, el coche, el colegio de los niños e incluso las vacaciones y los pequeños lujos que de cuando en cuando nos damos… Yo creo que la palabra exacta que nos definiría sería “mutable” o “cambiante” o “errante” o “vagabundo” o cualquier término que designe esa naturaleza nuestra, inexacta, que nos lleva de un lado para otro y que nos hace actuar, pensar y ser de mil maneras distintas, siendo muchas completamente opuestas a las que primeramente tomamos. No tenemos cuidado de la coherencia porque en nuestra corta vida hacia la extinción nos sabemos mortales y no nos importa tropezar mil veces, dar vueltas, gritar, susurrar, vivir o ser con algún plan preestablecido ni tampoco seríamos capaces de hacerlo. Precisamente está en la naturaleza humana el no saber, desconocer, aprender, corregirse, equivocarse y ser maravillosamente incoherentes.

Yo, que soy uno más aquí en el gran mundo que se sigue matando, comprando, vendiendo, muriendo, excretando y dando a luz, soy un individuo que no puede menos que cargar con los dogmas y las leyes que la historia le ha ido imponiendo, a la vez padezco lo que algunos creen saber predecir, pero sin quererlo late en mí la fuerza de lo inimaginable, pues ni yo mismo sé qué es lo que haré, pensaré y seré mañana. Por lo pronto, hoy soy un vagabundo que conoce el ayer y piensa que el próximo día todo será distinto, al fin y al cabo somos mortales.

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