¡Indolentes, amadme!

¿De verdad ha sido cierta esta evolución fatídica y oscura? ¿No ha sido un sueño (pesadilla)? ¿No? Por favor, deberíamos de ser otra cosa muy distinta ahora, deberíamos haber conseguido llegar a un momento distinto, a un futuro en el que hubiéramos perfeccionado el bello arte de existir.

¿Cómo hemos llegado a este momento en que abandonamos la vida, el rumbo mejor de la verdad y de la propia metamorfosis? No, no tengo palabras de desprecio suficientes en mi boca, de donde mana esa saliva que se hace mar y lo llena todo con su agua de babosas, de crisálidas que jamás explotarán. Así somos todos, cómodos gusanos entregados al calor del cuerpo que emana de las alcantarillas, de las ciudades. Hemos abandonado la verdad y lo que es peor, nos hemos abandonado a nosotros mismos.
¡Esa naturaleza humana! Desvirtuada, que apaga hasta al más salvaje de los espíritus con su promesa de comodidad, de dicha simple y vaga. Nadie quiere ya hacerse yagas en las manos o en el alma. ¡Qué indolencia!

Antes los hombres como tú estaban ligados al paso del tiempo, a la terrible tristeza de la vejez, algo de lo que muy pocos, genios sin duda, lograban escapar. Somos monstruos, demonios, y escribimos epitafios de nuestra vida continuamente en bonitos volúmenes que llenan los áticos de escritores que han contemplado a las babosas, que se creen semejantes pero que han sabido conformar una historia distinta dentro del común que nos denomina a todos.

No nos queda nada por vender al príncipe de la oscuridad, príncipe de los poetas, lo hemos empeñado todo, incluso la libertad y el amor. El amor que todo lo podría redimir se ha oscurecido, podrido en egoístas intentos por dominar y adjetivar ese estado que confunden con el cariño, la estima y más y más comodidades. Ya nadie ama, no se atreven, no sabe y aquel hombre que no ama es sólo un monstruo al que se podrían llevar esos dioses de todos los demonios.

Jamás habrá otro Rimbaud, porque jamás habrá nadie que quiera padecer la pobreza, el frío, el hambre, la violencia, la soledad, la sangre… El atrevimiento de ese muerto dorado, de ese hombre de sal, no será repetido; quizá sí imitado con la actitud de un arlequín, pero jamás nadie le igualará. Lo peor, la certidumbre de esa sádica risa que suena cuando el viento nos mece, es que él perdió, él también se dejó dominar con la golosina del estado y la sociedad.

La culpa de este juicio recaerá en nuestra civilización, que ha sido la mayor desgracia que ha acaecido sobre nosotros, nuestro mundo entregado a las manos lavadas de esos ciudadanos de barro, ha sido y será nuestra peor suerte porque somos hombres que cada vez se van transformando en otra cosa, que pierden su sombra como el árbol las hojas, como el pájaro las plumas…

Y nosotros, animalitos con bonitos collares, atados de látigos que azotan nuestra carne en los trémulos placeres nocturnos, en las perversiones satisfechas de la leche del varón y de la verde absenta; en la cruz y en la estrella y en las religiones y los dogmas que han quemado las retinas y las vidas de tantos y tantos pobres pecadores que sólo pretendían ser felices, amar, saber o incluso pensar.

¿Pero qué os creéis vosotros? Duques de la sinvida, esperando sin motivo los besos que se depositen sobre vuestros labios, caricias del amante. Religiones, políticas, comodismos del sillón y la cierta riqueza. Somos todos unos cobardes, somos todos despreciables por no saber qué decir, cómo decirlo. Damos asco visceral por conformarnos, por caer en esa insidiosa tristeza de los recuerdos, de la esperanza de una vida simple cuando podríamos, deberíamos, aspirar al parnaso. ¿No me oís? Este es el canto de desprecio hacia toda la humanidad, hacia aquellos que se sonrían con mis palabras y hacia aquellos que se sonrojen, es el canto a mi mismo y a ese niño al que amé con el deseo brutal de la fisicidad más inmediata, rastrera, sudorosa y sangrienta.

Rabia, diréis, y estaréis muy cerca de la respuesta porque me podéis figurar sobre la ajada mesa, desnudo, sudando por el calor de un inclemente sol que no sale en la más oscuras de las noches urbanas.

Buscadme en las sonatas, en las tristes músicas que ponen banda sonora a la existencia de los locos pues en la locura está la salvación. Sólo en la inclemente querencia de la locura encontraremos la redención, encontraremos el verdadero dios, su palabra y su gesto. Su gesto eres tú si sabes llegar a su camino, de lamer las yemas de los dedos que te tienda, pues en esas manos llenas sombras, de excrementos, de valor, está la verdad. La cobardía se ha apoderado de nuestra piel y nuestra alma.

¿Quiénes somos? Nadie lo aclarará, nos estamos convirtiendo en máquinas cuanto más las utilizamos; ahora somos datos, líneas intrincadas sobre estadísticas. No nos queda nada, ni una esperanza, ni una chispa que se funda con el mar; como un cuchillo surcando las líneas de la vida, rasgando el futuro adivinado, la felicidad pasada, los recuerdos, las nieves, las flores y esas miradas que no se dirigen a ningún lugar, pero que ven, todas las noches, aquellos pecados que cometimos cuando fuimos felices.

¿Y tú, me amas?

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3 comentarios en “¡Indolentes, amadme!

  1. ¿Quiénes somos? Nosotros mismos, o deberíamos serlo.

    Amar… me parece siempre muy fuerte, tener aprecio/querer… pues a días maño XD pero un poquico siempre ;P

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