De brujas y leyendas

Hay una leyenda que suelen contar las viejas a los niños pequeños antes de irse a dormir, lo hacen con ese gusto extraño de los adultos por inculcar en su prole miedo a lo desconocido, a lo místico y terrorífico. Pero si estas ancianas burlonas supieran cuanto de verdad hay en sus palabras posiblemente no contasen la historia, más bien omitirían cualquier palabra y mirarían hacia el bosque con mucho más miedo y respeto. Quizá si supieran qué es lo que están diciendo tomarían a esos niños entre sus pechos y los acurrucarían hasta que venciese en ellos el sueño y les permitiese a ellas gimotear en sus mecedoras de puro temor.

Los años a los que se remonta el mito se pierden en el olvido, pero quizá fuera aquel momento en que las espadas hacían manar la sangre en oriente mientras en occidente los reyes inclinaban sus rodillas ante el papa de Roma. Sí, posiblemente aquellos años terribles de peste, muerte roja, herejías y miedo fuesen el momento donde comenzó todo.

La verdadera historia se inició durante una de muchas primaveras en aquellos años terribles, cuando las aldeas se despoblaban de hombres y sólo quedaban mujeres, niños y débiles. “Oriente reclama la sangre de los justos” –dijeron los soldados un día y al siguiente esos justos eran campesinos y artesanos armados con sus herramientas de trabajo. Todos se marcharon.

Un día, en aquella aldea de nombre poco importante, apareció una anciana vagabunda, desfallecida, que se derrumbó de puro cansancio cerca de la plaza del pueblo. Las buenas gentes se apiadaron de ella y la acogieron, le dieron un camastro, agua y sopa. Fueron amables hasta que ella se despertó y agradeció su ayuda con lágrimas emocionadas. La mujer les contó que al faltar los hombres unos bandidos habían arrasado su pequeño hogar y ella había huido con vida de milagro, no tenía dónde ir y les pidió a aquellas mujeres que dejasen que se quedara con ellas. Aceptaron. ¿Cómo no iban a admitir a una anciana sin porvenir?

El cura, uno de los pocos hombres que quedaban, se ofreció a darle un hogar pues necesitaba un ama de llaves que se encargase de él y de la limpieza de su casa y de la iglesia. La anciana aceptó con gusto y aquella buena mujer se incorporó a la pequeña sociedad sin más altercados.

Pasaron los meses con sosegada calma. Las mujeres trabajan duro para mantener los campos sin sus maridos pero las cosechas fueron mejor de lo que se esperaba, superando con creces la de muchos años atrás. No hubo hambre en la aldea ni mayores enfermedades que algún catarro ocasional, nadie murió aquel año. La peste, que en otoño llegó a lugares cercanos, tampoco prendió en la aldea y las gentes de aquel lugar hablaron de milagro y de la buena voluntad de Dios. El lugar prosperó en el momento que menos cabría imaginar y, como es natural, levantó el recelo de algunas personas.

Una día de enero, el señor feudal se presentó a caballo con algunos soldados y sentenció que todos los habitantes de aquel lugar debían de doblar sus tributos a causa de la guerra. Los gritos de las mujeres fueron acallados con el ruido del metal de las espadas al salir de sus fundas y la injusticia parecía condenar a un trabajo más duro a aquellas campesinas. No fue así, el castillo del señor ardió en un incendio sin explicación que acabó con el tirano, toda su familia y muchos de sus soldados. Los que quedaron se asentaron en los distintos pueblos y aldeas, repartiendo el territorio buscando un beneficio. El soldado que llego a aquella aldea era grande, de portentoso bigote, y traía consigo a su mujer y sus hijas. Al contrario que muchos de los suyos, él reunió al pueblo y les dio la oportunidad de rendirle vasallaje a cambio de su protección, contaba con algunos hombres que serían suficientes para defender el lugar y ayudar en las tareas de agricultura. Aceptaron y el nuevo caballero se convirtió en señor de la villa. Los hombres fuertes y hechos a las espadas tomaron las azadas y otro año transcurrió con inaudita prosperidad, sin enfermedad, sin muerte. Tal era la fama que comenzó a cobrar aquel lugar que poco a poco la aldea dobló su tamaño y afianzó su suerte. O eso fue lo que pensaron.

Un día, sin que nadie se lo esperase, el sermón del sacerdote cambió el sentido de sus argumentos. Empezó a decir incoherencias con la fe de cristo y, tras varias misas que escandalizaron al pueblo, el nuevo señor del lugar hizo que el clérigo se presentase ante él. El cura le habló de un poder más grande que el de Dios, de algo más tangible, más manipulable, de otro dios distinto al que el vaticano proclamaba, más oscuro, más secreto y más olvidado. En él estaba la verdad y quien lo tuviera de su parte podría ser capaz de convertirse en el rey de un mundo sin hambre, penurias ni guerra, un rey absoluto. Naturalmente el señor de la aldea sentenció que el clérigo había perdido la razón y le mandó a la ciudad para ser encerrado en un sanatorio. Escribió las cartas oportunas y poco después un nuevo clérigo apareció allí, joven y apuesto.

Los sermones del nuevo clérigo eran incendiarios y clamaban contra la brujería, la herejía y los pecados terribles de aquellos que no creyeran en el único Dios. Un clima de miedo y aprensión brotó en la aldea y los vecinos se miraban con ojos cautelosos los unos a los otros, sospechando de todos los que tenían una mejor cosecha, una casa más grande o unos hijos más fuertes. Hasta que llegó lo inevitable. Una mujer acusó a otra de brujería y el sacerdote, fanático como era, se sirvió de la excusa para quemar viva a la infeliz. El juicio no tuvo justicia alguna, el veredicto se produjo en la plaza del pueblo y aquel fue el momento en que se desencadenó la perdición. El propio sacerdote prendió la hoguera. El fuego se abalanzó sobre la mujer pero cuando llegó a ella, cuando el dolor la hizo gritar y perder el conocimiento, cuando creyeron que había muerto, alguien se dio cuenta de que su cuerpo permanecía sin daño alguno por las llamas. Las ropas habían sido arrasadas dejando desnuda a la mujer con sus carnes colgantes, pero ella no había sido tocada por el fuego. Las llamas se extinguieron, sacaron el cuerpo de la estaca y comprobaron que seguía con vida. El pueblo gritó “bruja” y entonces, sobre todas los demás, una voz chillona surgió de entre ellas. La anciana que habían acogido pocos años antes subió a la palestra bajo los atónitos ojos de todos. Con sencillez explicó que aquello era una locura, era ella quien había hechizado el lugar, ella había creado un campo protector que les salvaguardaba a todos ellos y que favorecía su prosperidad.

La reacción no se hizo esperar. La anciana intentó hacerles comprender que sólo hacía el bien de todos ellos, que les agradecía su hospitalidad y jamás haría otra cosa que velar por su seguridad. Pero nadie la escuchó, el fanatismo y el miedo fueron usados por el sacerdote para levantarse contra la mujer, para atarla a una estaca y prender leña seca bajo sus pies. La anciana imploró piedad, prometió salir del pueblo y dejarles a su suerte, pero no quisieron escucharla, de nuevo prendieron la leña y el fuego pareció devorar su cuerpo pues no hubo cadáver una vez extintas las llamas.

Los días pasaron, creció en el pueblo una enfermedad terrible que infectaba los pulmones y los anegaba de líquido. La epidemia también daba fiebre, diarrea y otras penurias que terminaban en la muerte. La mitad de los habitantes murieron. Muchos, los más ancianos, desfallecieron sin causa aparente y algunos se vieron presos de la locura, suicidándose. Las cosechas se agostaron bajo un sol abrasador y cundió el hambre y la pobreza.

Un día de abril una anciana apareció en la plaza del pueblo, todos la reconocieron como la vieja ama de llaves del sacerdote, la bruja. Esta vez sólo el cura se la enfrentó y cuando intentó agredirla con un cuchillo, el hombre cayó al suelo, abrasado por la luz del sol, que empezó a levantar ampollas en su piel y a quemarle como si estuviese envuelto en llamas. El infeliz murió a los pies de aquella mujer y el pueblo entero se reunió en la plaza. “Perdónanos” –pidieron. Pero la anciana negó.
-Lo siento –dijo ella-, habéis demostrado que no hay autentica bondad en vosotros. Habéis sido egoístas y además ignorantes y estúpidos. Os condeno. Condeno a esta aldea como antes la bendije. Todos moriréis y los árboles tomarán este lugar, haciendo que el resto del mundo se olvide de él. Yo lo reclamo para mí, pues he perdido la esperanza en vosotros.

Y así pasó. Poco a poco mujeres, ancianos, niños, soldados, murieron de las más diversas formas. Algunos huyeron pero la parca también les encontró a ellos. La maldición se cumplió creciendo los árboles por todo lugar, elevándose a gran velocidad y destruyendo los restos de los hombres con la fuerza de la naturaleza.

Pasados los años algunos de los hombres que habían ido a luchar en la cruzada volvieron en busca de sus hogares, nada encontraron, sólo árboles. La mayoría, desorientados, marcharon en busca de otro lugar y pocos de ellos se atrevieron a adentrarse en el bosque. Si andaban lo suficiente podían encontrar una casucha donde vivía una anciana que juraba por la fe de cristo que nada había habido allí antes, nadie había vivido y nunca había existido una aldea.

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