Peñón de San Miguel

El peñón de bahía, más conocido como peñón de San Miguel es una isla pequeña o islote bastante grande, enclavado cerca de la desembocadura de una de las rías de la costa gallega, a tres kilómetros de un lado y apenas dos del otro.

En su inicio estuvo cubierto de arboles. Según la leyenda, un discípulo del apóstol Santiago, se convirtió allí en eremita hasta el final de su vida. El por qué del primer emplazamiento marinero no se sabe, lo mas probable es que se debiera a cuestiones prácticas. Lo que sí se conoce es que un día, Alfonso XI tuvo el capricho de crear un fuerte que vigilara la ría y aquel lugar era el idóneo. Esta vez la leyenda dice que el rey tuvo un sueño en el que se le apareció San Miguel, que fue el que le señaló aquel peñón como lugar idóneo para dar pábulo a la gracia de Dios al mismo tiempo en que se le rendía homenaje al eremita muerto siglos atrás.

Fuera como fuese, lo cierto es que quinientos hombres fueron contratados para talar todos los arboles del peñón, con la excepción de un gran pino que se calculaba como centenario y que se secó en el siglo XIX. La madera sustraída fue utilizada para vigas, barcas y el artesonado de la fortaleza. Los sillares se trajeron de las costas vecinas, granito en su mayoría, y la fortaleza se levantó en el mismísimo centro del islote, en el lugar más elevado. Sobre un gran montículo de rocas se encuentra la torre de San Miguel, cuya fachada principal se encara al noroeste en una verticalidad de casi veinte metros. La edificación por lo demás es bastante menos espectacular, con otras seis torres que cierran un recinto donde predomina las grandes alturas por la falta de espacio. Pese a la posibilidad de unir la isla a tierra se prefirió construir un puerto y cercarla con un muro imponente que incluso resistió el choque de St Elisabeth en la batalla de San Miguel de 1645, también llamada batalla perdida.

Esa contienda es la que mayor renombre le da al pobre peñón en su historia. Don Marcial, personaje famoso en España gracias a aquella lid, era el señor de la fortaleza desde 1640, tenía a su cargo a setecientos soldados. No se conoce por qué Arthur Tic, un conde irlandés caído en desgracia tras un asesinato y reconvertido en pirata, fijó su atención en el peñón. Se contaba por entonces que algunos barcos procedentes de América habían dejado cofres llenos de oro en la fortaleza, una estratagema del rey Felipe IV para aliviar la deuda española en el momento de mayor necesidad. Se ignora si es cierta esta historia pero Arthur Tic así lo creyó y envió sus cuatro grandes barcos, cargados con setenta cañones cada uno a la isla. El golpe les parecía fácil y quizá lo hubiera sido. La defensa naval que se preparó fue masacrada en su totalidad y Tic ordenó rodear el peñón y reventarlo a cañonazos hasta que alzasen desde el fuerte la bandera blanca. Todo parecía fácil, en el anochecer de un veintitrés de agosto Arthur Tic rodeaba la isla de San Miguel y, al ser ignoradas sus demandas, ciento cuarenta cañones bombardearon la muralla al unísono. Howard Calvin, insigne historiador especializado en la piratería de los XV, XVI y XVII considera que el conde Tic hubiera ganado la batalla de no haber escatimado en balas. La triste realidad, sin embargo, es que Arthur Tic cesó el bombardeo muy pronto pensando que tal despliegue habría apabullado a los españoles. Nada más lejos de la realidad, Don Marcial disponía de veinte cañones reales en la fortaleza y mientras los piratas esperaban ellos los prepararon y hundieron tres de las cuatro naves, incluido el St Elisabeth que se estrelló contra las rocas y la muralla, prendido en un incendio que lo acabó consumiendo. Arthur Tic fue hecho preso y subido a al torre de San Miguel donde hizo recordar su linaje, lo que Don Marcial ignoró, embadurnaron al conde en aceite y le prendieron fuego antes de lanzarle torre abajo. Ese hecho ha provocado que todos los 23 de Agosto, el día de fiesta local, se lance un muñeco de paja incendiado desde de la torre de la fortaleza, como conmemoración de la batalla ganada.

La historia de San Miguel deja de tener más importancia en ese momento. A partir de entonces se restauró la muralla y la superficie se llenó de pequeñas casas de piedra que hasta el siglo pasado pertenecían a los pescadores y que, cada vez más, se van convirtiendo en segundas residencias o se dedican al turismo.

Lo que el día debe a la noche

Titulo original: Ce que le jour doit à la nuit
Autor: Yasmina Khadra
Editorial: Destino
Traducción: Wenceslao-Carlos Lozano

Hay ciertos libros, ciertas novelas, que leemos y nos apasionan, que nos prenden del corazón y nos dejan la garganta anudada y los ojos lacrimosos, no por la tristeza sino por el sentimiento que emanan. Si ocurre tal sensación, entonces será imposible no tocar el lomo de ese libro con el cariño de una caricia.

Esta novela, escrita por Mohammed Moulesseul, cuyo alias es el que figura en la portada (y es que tuvo que crear ese pseudónimo para evitar la autocensura de sus primera obras) parece ser uno de los libros elegidos para figurar en la estantería bajo miradas agradecidas. No deja de sorprender que un autor como Mohammed, que comenzó con la novela política y siguió con la policiaca, haya llegado a conseguir este grado de sentimiento en un texto floreado por la historia, bellamente escrito, muy bellamente desde los ojos de su protagonista.

Lo que el día debe a la noche cuenta una historia personal a la vez que la gestación de la propia historia de Argelia en su independencia. Es maravilloso comprobar cómo una personalidad que calificaríamos de “buena” siendo sencillos, se debate en un ambiente violento con mil y un sinsabores, mil y un terrores con los que la vida común le castiga, pero a Younes, a Jonás también le castiga el momento, la violencia. Este libro no crea un personaje, crea una vida.

Comenzamos en los recuerdos infantiles de Younes, perdidos en la geografía de África, en un inicio desalentador por real y patético. Luego todo cambia, la casucha alejada de la mano de Dios desaparece y se presenta esa Orán camusiana con sus estratos tan diferenciados como se pueden aprecian en las simas de las montañas. La riqueza y la pobreza se entretejen en la vida del protagonista y termina como mejor podía hacer pero bajo el estigma de cierta culpa y cierta tristeza. Younes crece y también lo hace el mundo a su alrededor, luego las cosas van cambiando en una adolescencia en la que se comienza a construir lo que serán esos lugares comunes de nuestra existencia. Younes tiene los propios, amigos y mujeres con los que poco a poco las cosas van cambiando, como es inevitable en todo tipo de relaciones. Younes, musulmán pero viviendo entre la clase dominante, la católica, se ve atrapado en toda la opresión de sus raíces y ve el alzamiento de estas, el descarnarse de la tierra de los que son como él y levantarse contra los acomodados. La guerra estalla y él, como todos, la vive y lo hace al mismo tiempo en que se ve obligado a vivir su vida , igual que cada quien tiene que vivir la suya.

El estilo en el que está escrito es muy simple pero a la vez muy cercano, las explicaciones sobrias pero bien elaboradas nos acercan con intimidad a la historia, a los escenarios en los que se suceden y a los personajes. Es enternecedor, profundo, fascinante. Una novela para leer con calma, sin precipitarse, sentados tranquilamente y disfrutando de la historia.

Cabría criticar muy poco del libro, quizá la inevitable historia de amor, poco desarrollada y algo falta de coherencia; también el final, que se nos podría antojar un poco precipitado, pero que se “soluciona” con un capitulo extra que se desarrolla en el presente y que da punto final a todos los cabos sueltos. A pesar de que nos gustaría saber más, la parte que no se nos cuenta de la historia de Younes es la que se encuentra ausente de más singularidades. Kahdra nos quería mostrar a una persona dentro de ese caos político y bélico que es la independencia de su país y quería hacerlo con un personaje que fuese una persona, que viviese y que, a la vez, tuviera unas circunstancias que le permitiese hacer de observador fiel de las dos partes. Lo consigue, lo consigue de tal manera que este que suscribe no puede evitar tomar el libro de su estantería sin cierto cariño.

Hermes Castilla

Conocí a Hermes una tarde calurosa en que había bajado al río. Su nombre se lo había adjudicado uno de esos padres cuyos ojos se vuelven de cristal al mirar a sus hijos. Él esperaba grandes cosas de su vástago y un Manolo o un Pedro, como quería su madre, no parecían nombres adecuados para grandes logros. Hermes, sin embargo, a su padre le había parecido perfecto para acompañar a ese apellido familiar que él no había conseguido encumbrar pero que su hijo sí lo haría.

Hermes Castilla, sufrió en el colegio las burlas de los Manolos y los Pedros por su nombre tanto como por su físico delgado, sin apenas fuerza. Tardó en crecer, aunque lo hizo bien y, como si su nombre le hubiera curado de la brutalidad de sus congéneres rurales, él se mantuvo bastante culto para lo acostumbrado entre aquellas gentes, más aplicado y más inteligente que otros, aunque sí le acompañó el peor defecto: la pereza, la cual su padre se obstinaba en dominar como un hierro torcido es dominado por el herrero. Los martillazos del progenitor no dieron resultado, sólo hicieron del adolescente una persona más retraída y con un cariño hacia su padre puramente debido a la sangre.

Hermes no era muy alto, tenía el rostro limpio, sin ningún tipo de marcas, con la piel de ese color ligeramente moreno que tan bien le quedan a las personas de mar, también era barbilampiño; su boca no era grande peros sus labios estaban bien definidos y parecían ser lo más suave que nadie hubiera probado, cuando sonreía era con cierta timidez y formaba una curva propia por la que muchas ya habrían suspirado; la nariz era pequeña y agradable, los pómulos ni muy marcados ni rellenos, la frente no era excesivamente grande y bajo ella, trazadas dos bonitas cejas, Hermes miraba al mundo con ojos ligeramente hundidos en una sombra, lo cual hacía destacar más la luz en que estaban prendidas sus pupilas, de un verde claro que casi llegaba al amarillo. Era desgarbado, caminaba con la cabeza algo baja, buscando esos simples detalles que a él tanto le gustaban.

Le conocí, como decía, en el río, él, con los botones de la camisa más desabrochados que lo contrario, se inclinaba sobre el agua fría donde los peces de cuando en cuando pasaban. Se asustó al verme ya que le sorprendí. Luego, echas las presentaciones, hablamos del lugar de donde vivía, del pueblo en el que estábamos, que era el mío y en el que se encontraba esperando que su abuelo materno muriese. A Hermes aquel ambiente oscuro de la casa donde había crecido su madre, cubierta la fachada de endrederas hostiles, le acongojaba tanto como los gemidos sordos de ese moribundo que se deleitaba en el placer de su hedor. No, a ese joven que era todo vida no le gustaba la muerte y tampoco se veía unido a un pronto cadaver que no había conocido en vida.

El abuelo murió a mediados de Agosto pero la familia se quedó casi hasta septiembre. Hermes y yo compartimos todo un verano. La mayor parte del tiempo lo pasábamos tirados en el cesped de mi casa, bajo un inmenso sauce, atentidos por mi tía, una mujer robusta que nos procuraba zumos fríos, bocadillos y algún que otro dulce; a veces en aquellas tardes leía en voz alta y él se tumbaba a mi lado y escuchaba sin preguntar nunca de tan absorto como se encontraba en la hsitoria. Leimos algo de Dumas, no recuerdo qué libro pero quizá fuera el famoso Montecristo. Otros días nos bañábamos en el río hasta que terminabamos tiritando de frío y nos echábamos al sol desnudos para calentarnos como lagartos.

Fue un verano perezoso que se pasó muy rápidamente, nos convertimos en grandes amigos en unos mess en que ninguno de los dos tenía a nadie más. El día del entierro le acompañé y, aunque no le había unido a aquel feretro ningún lazo, esa predisposición de la sangre le hacía sentirse, si no triste, al menos turbado. Fui el único que se dio cuenta de aquello y en mi papel de amigo apreté su mano en un gesto que se encontró con su propio apretón. No quiso soltarme la mano hasta el último Amén y sólo entonces lo hizo, agradeciéndome con una de esas sonrisas suyas que pagaban el mundo. Aquel día supimos que el tiempo que nos quedase juntos sería una cuenta atras y lo vivimos con felicidad: hicimos reir a mi tía con ocurrencias locas acerca de las gentes del pueblo, cabalgamos en las yeguas de Don Luis, dimos fin al destino de Edmond Dantés y el día antes de despedirnos para siempre hubo un beso fugaz que no supimos de donde surgió, pero que nos mantuvo unidos varios minutos.

La simple verdad

Ella se quedó observando a los niños que jugaban en el jardín, con el platillo de porcelana en la mano y la taza de té cerca de los labios. Estaba rígida, con el ceñido vestido azul oscuro de verano que tan bien le sentaba a su figura. Llevaba el pelo rubio cortado y peinado con cuidado y unos pendientes de perlas y oro blanco. Se giró con una sonrisa de satisfacción y miró al hombre del sillón como quien observa algo de poca importancia:
-Convendrá conmigo en que la situación no es precisamente muy beneficiosa para la venta. –dijo con suavidad.
El hombre, enorme, corpulento, con la nariz torcida y un gesto irónico que no desaparecía ni un momento de su rostro, sonrió ampliamente y asintió varias veces.
-Muy cierto, señora. –afirmó.
-¿Entonces la propuesta de la venta?
El hombre asintió de nuevo.
-Sencillo, señora, usted no puede pagar ya esta casa.
La respuesta del hombre la escandalizó. Dejó el juego de té sobre una mesita y observó al hombre indignada:
-¿Cómo se atreve?
-Señora, yo sólo soy el mayordomo.
-Un mayordomo muy caro.
El hombre asintió de acuerdo y abrió las manos a modo de explicación.
-De ahí la propuesta de venta.
La mujer le observó de hito en hito:
-¿Me está usted sugiriendo que venda la casa porque no puedo pagar sus servicios?
-Exacto, señora. –afirmó el interlocutor muy tranquilo.
La mujer sonrió con cierta superioridad.
-¿Y no ha pensado que podría despedirle sin más?
-He pensado en la posibilidad de que se le ocurriese semejante cosa, sí.
-¿Y? –preguntó frunciendo los labios con cierta satisfacción.
El hombre fornido se levantó y suspiró poniendo las palmas de las manos sobre sus piernas.
-Verá, señora… llevo treinta años sirviendo en esta casa. Sin mí no sería capaz de administrar este lugar mucho tiempo, para hacerlo eficientemente necesitaría dos mayordomos como mínimo. Aunque les pagara la mitad que a mí la suma daría al traste toda oportunidad de ahorro. Le estoy sugiriendo la venta porque soy yo quien lleva la contabilidad de la casa y durante tres años, poco me gusta el decirlo, he hecho milagros con lo disponible –hizo una pausa al ver que la mujer acababa de cambiar de color-. Siento decir que la situación ya es insostenible. Calculo que un mes más es lo máximo que aguantaremos antes de caer en la quiebra. Señora, venda la casa o terminará llamando a casa de su hermana buscando un techo para sus hijos.
La mujer se había sentado en uno de los sillones de la salita, respiraba con dificultad. Fuera el cielo retumbó, los nubarrones se hacían más y más violentos. El mayordomo recogió el juego de té con diligencia y miró un momento al exterior.
-Veo, señora, que está usted de acuerdo. Llamaré a los de la inmobiliaria para concertar una cita esta tarde, si usted no se encuentra en condiciones les atenderé yo mismo –hizo otra pausa pero la mujer se limitó a asentir-. Mandaré a los niños que entren antes de que empiece a llover y ahora mismo le subo una tila con un chorrito de brandy. ¿Desea algo más la señora?
Igualmente no hubo respuesta, el mayordomo asintió como si la hubiera escuchado y se retiró para cumplir con su trabajo.
-Bien, entonces me retiro. Ha decidido lo correcto, no había otra posibilidad.

El precio de la inocencia

Giovanni Stassi le había llevado hasta Adèle Lambert, una francesa bella pero tan frágil como una figurilla de cristal, apenas se mencionó el nombre de Kraus ella lo vomito todo. Prorrumpió en datos, en fechas, en nombres y su verborrea convirtió la, hasta entonces más bien escasa pero bien ordenada información, en una sarta de incoherencias y recuerdos superfluos que poco ayudaban. El juez Kohner, ahora ministro, tuvo que dejar que pasaran unas semanas para que la mujer se tranquilizara y tras un mes de interrogatorios en los que habían cambiado las frías salas del ministerio de moral y ley por un lujoso café de la plaza del segundo milenio, por fin ella dio un dato valioso: la ubicación de la hermana de Kraus. Encontraron a Violeta y a su hija Emma en un pueblecito cercano a Hannover, el “encuentro” como se denominaba en la jerga del nuevo derecho, fue complicado. Algo salió mal en la coordinación de las fuerzas y la incursión en la casa familiar se hizo sin el acostumbrado previo aviso de intenciones, el marido de Violeta murió al atacar a un policía inquisitorial y Emma perdió los nervios. Su traslado hacia Ciudad Capital fue difícil y la pequeña se encerró en un mutismo de la que los psicólogos consideraban difícil de sacar. Violeta, por su parte, se mostró amable, resuelta y absolutamente impenetrable. Durante dos meses Kohner no sacó nada de ella sobre Richard Kraus así que hizo lo que tenía que hacer, llevó a las dos mujeres al ministerio, se encerró con ellas en una de las salas de interrogatorio y cargó su pistola.

-Violeta –dijo el ahora ministro sentándose frente a ellas y poniendo el arma encima de la mesa metálica- hemos pasado juntos casi ochenta días… hemos hablado de muchas cosas. Confieso que me has sorprendido, por tu entereza, por tu impasibilidad, por la inquebrantable fe en tu hermano. Pero ahora necesito que me digas algo, algo que me sirva para llegar a Richard, cualquier cosa que impida que haga lo que tengo que hacer.
Emma comenzó a gimotear como una niña pese a superar con creces la veintena. Su madre, echándose atrás un mechón plateado negó lentamente mientras miraba a Kohner con aquellos ojos pequeños y preñados de las finas arrugas que le daban aquel aspecto hermético.

Kohner asintió, miró a Emma con dureza y esta, por fin, se derrumbó.
-¡Dile algo, mamá! –gritó cayendo de la silla y agarrándose a su camisa- ¡Algo! ¡Nos matarán a las dos! ¡Papá ha muerto! ¡Dile donde está Richard! ¡Joder! ¡Si lo supiera lo diría yo! ¡Díselo!

Ella se arrodilló al lado de su hija y la abrazó sin decir una sola palabra hasta que terminó por calmarse. La dos ocuparon sus asientos y Emma quedó mirando al infinito sollozando aún de cuando en cuando. Roger tendió un pañuelo a la hija que tomó con un inaudible “gracias”.
-No diré nada. Es mi hermano –Dijo Violeta.

Kohner asintió, sacó su red del bolsillo y accionó un botón, de pronto todas las luces se apagaron. Emma dio un gritito de temor y sorpresa, al punto una luz roja auxiliar inundó la sala. Bajo esa luminosidad los gestos de aquellas tres personas se mostraron premonitoriamente sanguinolentos, alargados por sombras oscuras que anegaban cualquier otro color o pensamiento
-He desactivado la electricidad del edificio –dijo el ministro hablando con rapidez- a todos los efectos parece un fallo sencillo que arreglaran en menos de dos minutos. Soy Roger Heinrich Köhner, ministro de moral y ley, juez inquisitorial. Con diez años me sacaron de casa de mis padres muertos en la tercera gran guerra. Quiero a tu hermano, Violeta, porque él tiene la clave que puede desmoronar toda esta dictadura de mierda que nos tiene oprimidos.

La luz volvió en aquel momento, haciendo desaparecer el tinte rojo que aún no había desaparecido de las retinas. Por un momento ellas creyeron que había sido un sueño.
-Violeta. –continuó Köhner como si no hubiera dicho nada de lo anterior- dime algo.

La mujer parecía haberse quedado sin agua, tomó el vaso y bebió para aclararse la boca. Su hija había dejado de sollozar y miraba a los otros dos con asombro.
-Viaja constantemente–dijo por fin-, el año pasado estuvo en Cabo Verde. No sé nada más.

El juez se reclinó en la silla, sin apartar la vista de la mujer. Negó y suspiró exasperado.
-¿Nada más?

Violeta negó.
-Mientes. –Dijo Roger levantándose del asiento y recogiendo su pistola- ¿Acaso no te he tratado bien? ¿No te he acogido sin violencia y con privilegios que apenas algún otro detenido tiene? ¿te hemos maltratado? No, nada de eso. Te niegas a ayudarme.
-Matasteis a mi marido. –dijo mirándole a los ojos.

Roger negó con pesar.
-El se abalanzó con un rifle sobre un policía. ¿se iba a dejar matar mi hombre? –Köhner hizo una pausa como si esperase respuesta, luego levantó la pistola y apuntó a Emma, que chilló de nuevo, apartándose contra la pared.- ¿Sólo reaccionas a la muerte, Violeta? Puedo arreglarlo.

-¡NO! –gritó la mujer- ¡Karen! Su esposa se hace llamar Karen McAdam… vive cerca de Barrock, en Reino Unido.

Köhner apartó la pistola, en aquel momento madre e hija ya se abrazaban en el suelo. Las miró durante un minuto en silencio, luego asintió.
-Gracias y… lo siento, de veras, no quería asustaros.

Köhner hizo una mueca y salió de la sala. Le esperaban dos personas en la sala de control, Charles y la juez Agathe Mercier, que abrazó a Köhner con afecto.
-Lo siento, Roger… –Dijo- hay que hacerlo…

El ministro asintió observando a través de las pantallas a las mujeres que se intentaban tranquilizar la una a la otra.
-Lo sé, querida, pero no me gusta nada… Charles, llévalas a su hotel, que coman lo que prefieran e invítales al teatro si les apetece. Luego no sé, algo en unas copas o una inyección por la noche… lo que sea más apropiado y más indoloro.

El secretario asintió, al salir de la sala apretó el hombro del ministro en un gesto de afecto que no era propio de él.
Agathe se quedó con Roger hasta que las mujeres salieron de la sala, despareciendo del registro de las cámaras.
-Había que hacerlo, dijiste demasiado y no podemos permitirnos ningún desliz. Lo sabes…

Köhner asintió, dejándose coger del brazo por la regordeta Agathe que lo llevó a través del pasillo.
-¿Comemos algo? Han abierto un nuevo restaurante que lleva mi nombre, no creo que me nieguen una mesa ¿verdad?

Köhner sonrió levemente y asintió sin convencimiento. Observó con desprecio la fibra azulada que recorría las cornisas de la habitación y registraba todos sus movimientos y palabras. Aquel “hilo del gran hermano” le hizo recobrar un poco de ánimo, convencerse de había algo real detrás de todo lo que hacía.
-Esta es la parte mala, Agathe, cuando uno hace lo que tiene hacer contra sí mismo.

Ausencias y periodo estival

Tras la ausencia de unas semanas que me ha obligado a abandonar la administración y publicación del blog casi por completo, parece que ya a estas alturas todo está solucionado y puedo decir que he vuelto y pronto todo seguirá su ritmo normal. Mi falta se ha debido a una serie de cuestiones personales junto con mudanzas y enfermedad. Ruego se sepa perdonar las molestias causadas.

Por otro lado un servidor ha dejado la capital para retornar a su ciudad natal, escondida allá en las provincias norteñas de Castilla. A la parte agradable, que se refiere al clima más amable y fresco que en Madrid, junto a la compañía de esos fantasmas amables de nuestra infancia y pasado, se le une la parte desagradable, y es que a un animal que se alimenta de cultura el privarle de las exposiciones, los museos y demás actividades de Madrid le puede llevar por la calle de la amargura. Por el momento Anna Karenina y Proust endulzan mis penas y todavía no me he dado cuenta de que ha desaparecido la Gran Vía, el Retiro, Ópera, el Prado, el Thyssem, etcétera… la morriña artística aún parece que tardará algo en llegar, lo cual es un alivio.

En cuanto al propio blog, la política para este verano, periodo en el que todos estamos más distraídos, será de publicaciones más “sencillas”, es decir más literarias; habrá un incremento mayor de las reseñas de libros y una disminución de esos textos filosofoides. La hora de publicación, que acostumbraba a ser en torno a las 10 u 11 de la mañana pasará al mediodía.

En cuanto a la serie Köhner, nuestro juez ya convertido en ministro tendrá alguna que otra continuación en este mes y medio que queda de verano, y luego seguirá, por supuesto. La próxima publicación tendrá por título “el precio de la inocencia” y será un paso más en esa obsesión hacia Kraus. Dejo a continuación por orden cronológico los enlaces a todos los capítulos publicados hasta ahora.

1er Capítulo: ¿Criminal?

2º Capítulo: Extralimitado

3er Capítulo: La carpeta roja

4º Capítulo: Ministro

5º Capítulo: El precio de la inocencia (próximamente)

6º Capítulo: La señora Kraus ([no tan] próximamente)

Lucero de lobos

El lucero de los lobos, de acero hirviente, reina en la noche vigía del sueño del monte. Resplandece la armadura del guerrero que viene, camina por la senda en el caballo de nieve, gotea la luna sobre el metal con resplandores de leche.

Baja el caballero errante de su montura con la armadura abollada en el pecho reluciente, con el yelmo roto en la cruz de su frente. El caballero se descubre la melena de negra malla, con pálidas hebras que la luna reconoce. Camina solitario entre la hierba que le envuelve, camina muy derecho con el orgullo latente, con los ojos fríos que miran el lago que poco a poco le previene. Primero le muestra su rostro, rostro de hombre tenue, luego destella en su superficie el vientre de oscura grieta junto a la funda de olorosa muerte. Se arrodilla el caballero ante al agua solemne, desenfunda su espada, aguja de azogue.

-¡Dama del lago! –musita el doliente- Escucha mi ruego, negro y paciente. No busco la gloria, no busco la opulencia ni el poder perentorio; yo no quiero ni reinos ni oro. Yo busco tu gesto, busco tu voz. ¡Unge mi yelmo! ¡Unge mi rostro! Tres marcas llevo que manchan mi faz, la una en la mequilla de sangre coagulada, la otra en la frente de tierra tumular, la última en la oreja, arrullo de agua y de sal. ¡Dama del lago!

El lucero de lobos escucha la oración, se estremece en el agua y desciende ante el espejo para besarse la cara. La argéntea mirada se diluye en vapor y surge de la superficie un cuerpo de mujer que brilla desde su interior. Lleva los cabellos de algas que le adornan las relucientes piedras, los ojos de plata iluminan la escena, su piel y su carne de agua está hecho, no corre en ella peces pero sí se escucha el rumor del arrollo.

-Caballero galante, con Dios te quedes –dice la dama del lago con voz de nocturna brisa-. Tus bellas palabras mi corazón enardece, el agua se ha calentado y la noche un poco más decrece. Caballero errante, tu petición te ennoblece, te unjo el yelmo con mi toque, te unjo el rostro con mi gesto. Que la primera mancha no te preocupe, poco a poco esa marca se reblandece, se lava en mis aguas y desaparece; la tierra última que te marchitaba la frente ya ha desaparecido, sólo que aún no lo sientes; la última de todas, la que en el oído entiendes, esa es tuya para siempre.

El caballero cruzado con seriedad asiente, le recorren los ojos lagrimas calientes, baja la cabeza pero finalmente niega dos veces. Su voz esta vez es un poco más tenue:

-¡Dama del lago! Niña de las últimas nieves, que en tu nacimiento ya pura eres, que rápidamente juegas en los riscos y los salientes. Mil gracias te doy por cada uno de tus roces, mil gracias más por tu mera aparición. Soy ignorante y apenas algo sé, pero en mi modestia no entiendo la mácula postrera que me dejas. Es un arrullo como de abejas, que siento día y noche y me agrada tanto como mi corazón lo teme. Dime, hija de ninfas, lo que ocurre y que yo no sé.

La dama asiente triste dos veces, sonríe con sus rayos de luna y muestra su reflejo al hombre que ora:

-Este eres tú, caballero entre cipreses. ¿No ves el yelmo mellado que en la cara también se siente? ¿No aprecias tu pecho amado acribillado por los aguijones? ¿No ves en el vientre un hueco del que te mana pronta la roja simiente? ¡Pobre caballero mío! ¡Niño ya sin bienes! Hay lejos una esposa que te llora en su baranda, unas niñas que te lloran en su cama y una madre que te llora cerca de la tumba de tu padre. ¡Caballero galante! Mi alma un adiós te ofrece, tú ya descansas en un río, rodeado de claveles, tu espada te acompaña, vengadora en su afán, tu frente ya esta limpia, sólo queda llorar.

El lucero de los lobos, de acero hirviente, reina en la noche vigía del sueño del monte. Resplandece la armadura del guerrero que viene, le arrastra la fría agua hacia su tumba de mar y de peces, gotea la luna sobre el metal con resplandores de leche.