La hoguera de las vanidades

Isabel hace su entrada como una princesa, creyéndose aún más, siendo emperatriz con pendientes de cristal en sus orejas y un colgante de diamantes en su cuello pálido. El vestido azul medianoche se pega a su cuerpo como una segunda piel, está orgullosa de esas curvas que le han costado años de privaciones, dietas y algún que otro paso menor por las manos de su cirujano. Él, como todos, está allí, viéndola bajar las escaleras de la casa, aplaudiendo con una copa de champán entre las manos, riéndole las sonrisas, murmurando sus gestos, admirando sus miradas. Isabel se cree una diosa en su cumpleaños.

La fiesta ha sido preparada con sumo esmero, cumple veintitrés años y es veintitrés de Junio, San Juan. Su madre siempre dice que se puso de parto cuando vio preparar las hogueras y que Isabel chilló por primera vez al mismo tiempo que el resplandor de las llamas lanzaba destellos sangrientos en las ventanas del hospital. Su madre lo había visto como un buen augurio, símbolo de una vida fuerte que se iniciaba con ese poder que sólo el fuego desprende.

¡Ojalá ella estuviera aquí! –dice Isabel cuando mencionan a su madre. Acompaña sus palabras con una sonrisa tan amplia como fingida, porque ella, esa persona que le dio la vida, está lejos, muy lejos, con su marido en París o en Dublín. Sus padres hubieran querido permanecer a su lado en una fecha tan especial pero Isabel se negó, no quería que estropearan su gran fiesta donde sólo estaban los grandes amigos y amigas. Compañeros, en su mayoría, de esa burguesía catalana que aún no ha desaparecido, de esa casta de altos “gatos” venidos de la capital. Los dos grupos son como agua y aceite, se mueven en la fiesta echándose miradas cargadas de pensamientos mil veces repetidos por sus padres y amigos. Ahora, que todo acaba de empezar, que apenas llevan dos copas, nada ha pasado ni pasará; pero luego, cuando el alcohol vaya diluyéndose en la sangre de ambas partes con idéntica efectividad, los pensamientos que se rumian bajo los ojos se convertirán en comentarios satíricos en un primer momento, en palabras más cargadas después, quizá en insultos en baja voz y así, poco a poco, se inflamarán los ánimos, llegarán los gritos y hombres y mujeres se enzarzarán en esos conflictos que incluso puede que lleguen a los puños. Isabel lo sabe, pero conoce, también, su gran poder: unos cuantos gritos suyos pueden poner rápidamente fin a las discusiones porque, al fin y al cabo, heredó la melena azabache de su madre y los ojos azules de su padre, porque es la anfitriona y tiene lo mejor de todas las virtudes. Podría ser modelo si ella quisiera pero sus cuentas están demasiado llenas de dinero para hacerlo. De momento se ha contentado con estudiar dos carreras, una en cada ciudad de donde son originarios los dos grupos, cuando termine la segunda quizá se decida por un master en los EEUU o en Londres, aún no lo sabe pero tiene tiempo porque se cree inteligente, aunque no sabe nada de inteligencia.

La fiesta empieza, su acompañante, Carlos, trae unas copas, el DJ empieza a pinchar la música, todos salen al jardín para emborracharse y bailar. Al ser un día tan especial Isabel ha decidido encender una hoguera en el jardín, la leña está dispuesta y cada quien ha traído algo que quemar. Todos han dejado ya sus cosas entre las maderas y ella la enciende con un zipo que lanza despreocupadamente al centro, donde han dejado unos trapos envueltos en gasolina, la pira prende instantáneamente, los gritos son secundados por las botellas al desecharse una vez consumidas y la fiesta continúa mientras los camareros traen perritos, pizzas, cócteles de gambas, caviar y demás comida.

Cuando llega la noche Isabel la recibe en el cuarto de sus padres, sin bragas, con las piernas abiertas y un hombre que no es Carlos entre ellas, cree que se llama Hugo, lo único que importa es que es el más guapo de la fiesta. Está muy bien dotado y ella no finge los gemidos que “intenta” acallar. Hugo sólo quiere sexo, le pediría matrimonio si hiciera falta para conseguirlo, Isabel quiere la apariencia, los corrillos que ya se imagina formándose en el salón, el sentirse mejor que cualquier y por encima de Carlos y de los otros. Ella es una fiera y puede conseguir todo lo que desee, también a Hugo. El placer es algo secundario que la llena repetidamente a lo largo de los minutos que dura ese encuentro. El final es muy tradicional, ella no se corre pero él sí. Isabel sonríe con sinceridad pues en su buena educación no ha aprendido a ser satisfecha del todo en ese aspecto. Se arregla, digna, se pone las bragas y sale del cuarto dejando a Hugo aún en la cama, aún jadeando por el esfuerzo.

Cuando vuelve a la fiesta lo hace sin discreción, con un pequeño gritito que es secundado por todas aquellas personas que se dicen amigos suyos. Alguien trae otra copa, no le conoce y eso le intriga. Es guapo, pelo oscuro, ojos claros, no muy alto pero destaca. Alguien le dice que se llama Roberto, es hermano de Sofía, ha venido con ella, dicen que es filósofo y se ríen de buena gana ante la ocurrencia.

Isabel busca a Carlos y este le devuelve una mirada dolida, lo cual satisface más su ego. Le ignora y busca a Roberto que niega dos veces cuando le pide bailar.

¿Por qué? –pregunta.
¿No lo ves? –dice el hombre indicando las llamas- está encendida la hoguera de las vanidades, todo lo bello y fútil arde hoy. Ahí han echado libros, alguna foto, vi a un tipo que tiró un muñeco y a una chica que dejó colgado de un saliente un colgante de plata. No podemos bailar, tú eres tan bonita como fútil.

Isabel no sabe qué significa su última palabra, piensa que ha sido un halago porque ella es orgullosa, insiste. Manda al DJ que deje el Tecno y el House y ponga algo lento.

¡Un vals! –grita y su público estalla en risas y se cogen de la cintura y de las manos. Roberto lo observa todo con oscura indiferencia, se deja arrastrar al centro del jardín y comienza el baile con una sonrisa enigmática que ella no entiende.

¿Qué ocurre? –pregunta Isabel.
¿Qué sabes de mí? –le susurra el otro siguiendo los pasos a la perfección.
Ella le dice que se llama Roberto y es hermano de Sofía. Entonces él le pregunta si sabía que Sofía tuviese un hermano. Isabel se lo toma a risa, contesta que ni recordaba a Sofía pese a compartir cinco años clase. Él sonríe y no vuelve a hablar.

Isabel es una reina, una musa, baila con ese hombre extraño que todos miraban y ahora es, de nuevo, el centro singular de atención. Bailan y giran con la música, ella echa la cabeza hacia atrás, embebida por las luces de colores, los aromas variopintos, los sonidos de las conversaciones, el tintineo de las copas y, poco a poco, el crepitar del fuego que va aumentando y aumentando cada vez más. Roberto obliga a seguir un ritmo más rápido y giran una y otra vez hasta que de repente Isabel se siente libre y abre los ojos cuando sale despedida y tropieza y percibe el calor justo antes de caer contra el muro de madera de la hoguera, se derrumba en ella gritando con histeria, con toda su agudeza, perdiendo toda la fría precisión de su imagen., convirtiéndose sólo en miedo y dolor. Grita hasta que todo se derrumba sobre ella, esparciendo las llamaradas y ahuyentando a los pocos que habían tenido tiempo de acercarse. El fuego enmudece sus gritos y lo último que ve Isabel antes de que todo se desmorone sobre ella es la cara de Roberto, con su sonrisa misteriosa, con las manos en los bolsillos y volviendo la cara para no verla.

Anuncios

Un comentario en “La hoguera de las vanidades

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s