Lucero de lobos

El lucero de los lobos, de acero hirviente, reina en la noche vigía del sueño del monte. Resplandece la armadura del guerrero que viene, camina por la senda en el caballo de nieve, gotea la luna sobre el metal con resplandores de leche.

Baja el caballero errante de su montura con la armadura abollada en el pecho reluciente, con el yelmo roto en la cruz de su frente. El caballero se descubre la melena de negra malla, con pálidas hebras que la luna reconoce. Camina solitario entre la hierba que le envuelve, camina muy derecho con el orgullo latente, con los ojos fríos que miran el lago que poco a poco le previene. Primero le muestra su rostro, rostro de hombre tenue, luego destella en su superficie el vientre de oscura grieta junto a la funda de olorosa muerte. Se arrodilla el caballero ante al agua solemne, desenfunda su espada, aguja de azogue.

-¡Dama del lago! –musita el doliente- Escucha mi ruego, negro y paciente. No busco la gloria, no busco la opulencia ni el poder perentorio; yo no quiero ni reinos ni oro. Yo busco tu gesto, busco tu voz. ¡Unge mi yelmo! ¡Unge mi rostro! Tres marcas llevo que manchan mi faz, la una en la mequilla de sangre coagulada, la otra en la frente de tierra tumular, la última en la oreja, arrullo de agua y de sal. ¡Dama del lago!

El lucero de lobos escucha la oración, se estremece en el agua y desciende ante el espejo para besarse la cara. La argéntea mirada se diluye en vapor y surge de la superficie un cuerpo de mujer que brilla desde su interior. Lleva los cabellos de algas que le adornan las relucientes piedras, los ojos de plata iluminan la escena, su piel y su carne de agua está hecho, no corre en ella peces pero sí se escucha el rumor del arrollo.

-Caballero galante, con Dios te quedes –dice la dama del lago con voz de nocturna brisa-. Tus bellas palabras mi corazón enardece, el agua se ha calentado y la noche un poco más decrece. Caballero errante, tu petición te ennoblece, te unjo el yelmo con mi toque, te unjo el rostro con mi gesto. Que la primera mancha no te preocupe, poco a poco esa marca se reblandece, se lava en mis aguas y desaparece; la tierra última que te marchitaba la frente ya ha desaparecido, sólo que aún no lo sientes; la última de todas, la que en el oído entiendes, esa es tuya para siempre.

El caballero cruzado con seriedad asiente, le recorren los ojos lagrimas calientes, baja la cabeza pero finalmente niega dos veces. Su voz esta vez es un poco más tenue:

-¡Dama del lago! Niña de las últimas nieves, que en tu nacimiento ya pura eres, que rápidamente juegas en los riscos y los salientes. Mil gracias te doy por cada uno de tus roces, mil gracias más por tu mera aparición. Soy ignorante y apenas algo sé, pero en mi modestia no entiendo la mácula postrera que me dejas. Es un arrullo como de abejas, que siento día y noche y me agrada tanto como mi corazón lo teme. Dime, hija de ninfas, lo que ocurre y que yo no sé.

La dama asiente triste dos veces, sonríe con sus rayos de luna y muestra su reflejo al hombre que ora:

-Este eres tú, caballero entre cipreses. ¿No ves el yelmo mellado que en la cara también se siente? ¿No aprecias tu pecho amado acribillado por los aguijones? ¿No ves en el vientre un hueco del que te mana pronta la roja simiente? ¡Pobre caballero mío! ¡Niño ya sin bienes! Hay lejos una esposa que te llora en su baranda, unas niñas que te lloran en su cama y una madre que te llora cerca de la tumba de tu padre. ¡Caballero galante! Mi alma un adiós te ofrece, tú ya descansas en un río, rodeado de claveles, tu espada te acompaña, vengadora en su afán, tu frente ya esta limpia, sólo queda llorar.

El lucero de los lobos, de acero hirviente, reina en la noche vigía del sueño del monte. Resplandece la armadura del guerrero que viene, le arrastra la fría agua hacia su tumba de mar y de peces, gotea la luna sobre el metal con resplandores de leche.

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