El precio de la inocencia

Giovanni Stassi le había llevado hasta Adèle Lambert, una francesa bella pero tan frágil como una figurilla de cristal, apenas se mencionó el nombre de Kraus ella lo vomito todo. Prorrumpió en datos, en fechas, en nombres y su verborrea convirtió la, hasta entonces más bien escasa pero bien ordenada información, en una sarta de incoherencias y recuerdos superfluos que poco ayudaban. El juez Kohner, ahora ministro, tuvo que dejar que pasaran unas semanas para que la mujer se tranquilizara y tras un mes de interrogatorios en los que habían cambiado las frías salas del ministerio de moral y ley por un lujoso café de la plaza del segundo milenio, por fin ella dio un dato valioso: la ubicación de la hermana de Kraus. Encontraron a Violeta y a su hija Emma en un pueblecito cercano a Hannover, el “encuentro” como se denominaba en la jerga del nuevo derecho, fue complicado. Algo salió mal en la coordinación de las fuerzas y la incursión en la casa familiar se hizo sin el acostumbrado previo aviso de intenciones, el marido de Violeta murió al atacar a un policía inquisitorial y Emma perdió los nervios. Su traslado hacia Ciudad Capital fue difícil y la pequeña se encerró en un mutismo de la que los psicólogos consideraban difícil de sacar. Violeta, por su parte, se mostró amable, resuelta y absolutamente impenetrable. Durante dos meses Kohner no sacó nada de ella sobre Richard Kraus así que hizo lo que tenía que hacer, llevó a las dos mujeres al ministerio, se encerró con ellas en una de las salas de interrogatorio y cargó su pistola.

-Violeta –dijo el ahora ministro sentándose frente a ellas y poniendo el arma encima de la mesa metálica- hemos pasado juntos casi ochenta días… hemos hablado de muchas cosas. Confieso que me has sorprendido, por tu entereza, por tu impasibilidad, por la inquebrantable fe en tu hermano. Pero ahora necesito que me digas algo, algo que me sirva para llegar a Richard, cualquier cosa que impida que haga lo que tengo que hacer.
Emma comenzó a gimotear como una niña pese a superar con creces la veintena. Su madre, echándose atrás un mechón plateado negó lentamente mientras miraba a Kohner con aquellos ojos pequeños y preñados de las finas arrugas que le daban aquel aspecto hermético.

Kohner asintió, miró a Emma con dureza y esta, por fin, se derrumbó.
-¡Dile algo, mamá! –gritó cayendo de la silla y agarrándose a su camisa- ¡Algo! ¡Nos matarán a las dos! ¡Papá ha muerto! ¡Dile donde está Richard! ¡Joder! ¡Si lo supiera lo diría yo! ¡Díselo!

Ella se arrodilló al lado de su hija y la abrazó sin decir una sola palabra hasta que terminó por calmarse. La dos ocuparon sus asientos y Emma quedó mirando al infinito sollozando aún de cuando en cuando. Roger tendió un pañuelo a la hija que tomó con un inaudible “gracias”.
-No diré nada. Es mi hermano –Dijo Violeta.

Kohner asintió, sacó su red del bolsillo y accionó un botón, de pronto todas las luces se apagaron. Emma dio un gritito de temor y sorpresa, al punto una luz roja auxiliar inundó la sala. Bajo esa luminosidad los gestos de aquellas tres personas se mostraron premonitoriamente sanguinolentos, alargados por sombras oscuras que anegaban cualquier otro color o pensamiento
-He desactivado la electricidad del edificio –dijo el ministro hablando con rapidez- a todos los efectos parece un fallo sencillo que arreglaran en menos de dos minutos. Soy Roger Heinrich Köhner, ministro de moral y ley, juez inquisitorial. Con diez años me sacaron de casa de mis padres muertos en la tercera gran guerra. Quiero a tu hermano, Violeta, porque él tiene la clave que puede desmoronar toda esta dictadura de mierda que nos tiene oprimidos.

La luz volvió en aquel momento, haciendo desaparecer el tinte rojo que aún no había desaparecido de las retinas. Por un momento ellas creyeron que había sido un sueño.
-Violeta. –continuó Köhner como si no hubiera dicho nada de lo anterior- dime algo.

La mujer parecía haberse quedado sin agua, tomó el vaso y bebió para aclararse la boca. Su hija había dejado de sollozar y miraba a los otros dos con asombro.
-Viaja constantemente–dijo por fin-, el año pasado estuvo en Cabo Verde. No sé nada más.

El juez se reclinó en la silla, sin apartar la vista de la mujer. Negó y suspiró exasperado.
-¿Nada más?

Violeta negó.
-Mientes. –Dijo Roger levantándose del asiento y recogiendo su pistola- ¿Acaso no te he tratado bien? ¿No te he acogido sin violencia y con privilegios que apenas algún otro detenido tiene? ¿te hemos maltratado? No, nada de eso. Te niegas a ayudarme.
-Matasteis a mi marido. –dijo mirándole a los ojos.

Roger negó con pesar.
-El se abalanzó con un rifle sobre un policía. ¿se iba a dejar matar mi hombre? –Köhner hizo una pausa como si esperase respuesta, luego levantó la pistola y apuntó a Emma, que chilló de nuevo, apartándose contra la pared.- ¿Sólo reaccionas a la muerte, Violeta? Puedo arreglarlo.

-¡NO! –gritó la mujer- ¡Karen! Su esposa se hace llamar Karen McAdam… vive cerca de Barrock, en Reino Unido.

Köhner apartó la pistola, en aquel momento madre e hija ya se abrazaban en el suelo. Las miró durante un minuto en silencio, luego asintió.
-Gracias y… lo siento, de veras, no quería asustaros.

Köhner hizo una mueca y salió de la sala. Le esperaban dos personas en la sala de control, Charles y la juez Agathe Mercier, que abrazó a Köhner con afecto.
-Lo siento, Roger… –Dijo- hay que hacerlo…

El ministro asintió observando a través de las pantallas a las mujeres que se intentaban tranquilizar la una a la otra.
-Lo sé, querida, pero no me gusta nada… Charles, llévalas a su hotel, que coman lo que prefieran e invítales al teatro si les apetece. Luego no sé, algo en unas copas o una inyección por la noche… lo que sea más apropiado y más indoloro.

El secretario asintió, al salir de la sala apretó el hombro del ministro en un gesto de afecto que no era propio de él.
Agathe se quedó con Roger hasta que las mujeres salieron de la sala, despareciendo del registro de las cámaras.
-Había que hacerlo, dijiste demasiado y no podemos permitirnos ningún desliz. Lo sabes…

Köhner asintió, dejándose coger del brazo por la regordeta Agathe que lo llevó a través del pasillo.
-¿Comemos algo? Han abierto un nuevo restaurante que lleva mi nombre, no creo que me nieguen una mesa ¿verdad?

Köhner sonrió levemente y asintió sin convencimiento. Observó con desprecio la fibra azulada que recorría las cornisas de la habitación y registraba todos sus movimientos y palabras. Aquel “hilo del gran hermano” le hizo recobrar un poco de ánimo, convencerse de había algo real detrás de todo lo que hacía.
-Esta es la parte mala, Agathe, cuando uno hace lo que tiene hacer contra sí mismo.

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