La simple verdad

Ella se quedó observando a los niños que jugaban en el jardín, con el platillo de porcelana en la mano y la taza de té cerca de los labios. Estaba rígida, con el ceñido vestido azul oscuro de verano que tan bien le sentaba a su figura. Llevaba el pelo rubio cortado y peinado con cuidado y unos pendientes de perlas y oro blanco. Se giró con una sonrisa de satisfacción y miró al hombre del sillón como quien observa algo de poca importancia:
-Convendrá conmigo en que la situación no es precisamente muy beneficiosa para la venta. –dijo con suavidad.
El hombre, enorme, corpulento, con la nariz torcida y un gesto irónico que no desaparecía ni un momento de su rostro, sonrió ampliamente y asintió varias veces.
-Muy cierto, señora. –afirmó.
-¿Entonces la propuesta de la venta?
El hombre asintió de nuevo.
-Sencillo, señora, usted no puede pagar ya esta casa.
La respuesta del hombre la escandalizó. Dejó el juego de té sobre una mesita y observó al hombre indignada:
-¿Cómo se atreve?
-Señora, yo sólo soy el mayordomo.
-Un mayordomo muy caro.
El hombre asintió de acuerdo y abrió las manos a modo de explicación.
-De ahí la propuesta de venta.
La mujer le observó de hito en hito:
-¿Me está usted sugiriendo que venda la casa porque no puedo pagar sus servicios?
-Exacto, señora. –afirmó el interlocutor muy tranquilo.
La mujer sonrió con cierta superioridad.
-¿Y no ha pensado que podría despedirle sin más?
-He pensado en la posibilidad de que se le ocurriese semejante cosa, sí.
-¿Y? –preguntó frunciendo los labios con cierta satisfacción.
El hombre fornido se levantó y suspiró poniendo las palmas de las manos sobre sus piernas.
-Verá, señora… llevo treinta años sirviendo en esta casa. Sin mí no sería capaz de administrar este lugar mucho tiempo, para hacerlo eficientemente necesitaría dos mayordomos como mínimo. Aunque les pagara la mitad que a mí la suma daría al traste toda oportunidad de ahorro. Le estoy sugiriendo la venta porque soy yo quien lleva la contabilidad de la casa y durante tres años, poco me gusta el decirlo, he hecho milagros con lo disponible –hizo una pausa al ver que la mujer acababa de cambiar de color-. Siento decir que la situación ya es insostenible. Calculo que un mes más es lo máximo que aguantaremos antes de caer en la quiebra. Señora, venda la casa o terminará llamando a casa de su hermana buscando un techo para sus hijos.
La mujer se había sentado en uno de los sillones de la salita, respiraba con dificultad. Fuera el cielo retumbó, los nubarrones se hacían más y más violentos. El mayordomo recogió el juego de té con diligencia y miró un momento al exterior.
-Veo, señora, que está usted de acuerdo. Llamaré a los de la inmobiliaria para concertar una cita esta tarde, si usted no se encuentra en condiciones les atenderé yo mismo –hizo otra pausa pero la mujer se limitó a asentir-. Mandaré a los niños que entren antes de que empiece a llover y ahora mismo le subo una tila con un chorrito de brandy. ¿Desea algo más la señora?
Igualmente no hubo respuesta, el mayordomo asintió como si la hubiera escuchado y se retiró para cumplir con su trabajo.
-Bien, entonces me retiro. Ha decidido lo correcto, no había otra posibilidad.

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