Hermes Castilla

Conocí a Hermes una tarde calurosa en que había bajado al río. Su nombre se lo había adjudicado uno de esos padres cuyos ojos se vuelven de cristal al mirar a sus hijos. Él esperaba grandes cosas de su vástago y un Manolo o un Pedro, como quería su madre, no parecían nombres adecuados para grandes logros. Hermes, sin embargo, a su padre le había parecido perfecto para acompañar a ese apellido familiar que él no había conseguido encumbrar pero que su hijo sí lo haría.

Hermes Castilla, sufrió en el colegio las burlas de los Manolos y los Pedros por su nombre tanto como por su físico delgado, sin apenas fuerza. Tardó en crecer, aunque lo hizo bien y, como si su nombre le hubiera curado de la brutalidad de sus congéneres rurales, él se mantuvo bastante culto para lo acostumbrado entre aquellas gentes, más aplicado y más inteligente que otros, aunque sí le acompañó el peor defecto: la pereza, la cual su padre se obstinaba en dominar como un hierro torcido es dominado por el herrero. Los martillazos del progenitor no dieron resultado, sólo hicieron del adolescente una persona más retraída y con un cariño hacia su padre puramente debido a la sangre.

Hermes no era muy alto, tenía el rostro limpio, sin ningún tipo de marcas, con la piel de ese color ligeramente moreno que tan bien le quedan a las personas de mar, también era barbilampiño; su boca no era grande peros sus labios estaban bien definidos y parecían ser lo más suave que nadie hubiera probado, cuando sonreía era con cierta timidez y formaba una curva propia por la que muchas ya habrían suspirado; la nariz era pequeña y agradable, los pómulos ni muy marcados ni rellenos, la frente no era excesivamente grande y bajo ella, trazadas dos bonitas cejas, Hermes miraba al mundo con ojos ligeramente hundidos en una sombra, lo cual hacía destacar más la luz en que estaban prendidas sus pupilas, de un verde claro que casi llegaba al amarillo. Era desgarbado, caminaba con la cabeza algo baja, buscando esos simples detalles que a él tanto le gustaban.

Le conocí, como decía, en el río, él, con los botones de la camisa más desabrochados que lo contrario, se inclinaba sobre el agua fría donde los peces de cuando en cuando pasaban. Se asustó al verme ya que le sorprendí. Luego, echas las presentaciones, hablamos del lugar de donde vivía, del pueblo en el que estábamos, que era el mío y en el que se encontraba esperando que su abuelo materno muriese. A Hermes aquel ambiente oscuro de la casa donde había crecido su madre, cubierta la fachada de endrederas hostiles, le acongojaba tanto como los gemidos sordos de ese moribundo que se deleitaba en el placer de su hedor. No, a ese joven que era todo vida no le gustaba la muerte y tampoco se veía unido a un pronto cadaver que no había conocido en vida.

El abuelo murió a mediados de Agosto pero la familia se quedó casi hasta septiembre. Hermes y yo compartimos todo un verano. La mayor parte del tiempo lo pasábamos tirados en el cesped de mi casa, bajo un inmenso sauce, atentidos por mi tía, una mujer robusta que nos procuraba zumos fríos, bocadillos y algún que otro dulce; a veces en aquellas tardes leía en voz alta y él se tumbaba a mi lado y escuchaba sin preguntar nunca de tan absorto como se encontraba en la hsitoria. Leimos algo de Dumas, no recuerdo qué libro pero quizá fuera el famoso Montecristo. Otros días nos bañábamos en el río hasta que terminabamos tiritando de frío y nos echábamos al sol desnudos para calentarnos como lagartos.

Fue un verano perezoso que se pasó muy rápidamente, nos convertimos en grandes amigos en unos mess en que ninguno de los dos tenía a nadie más. El día del entierro le acompañé y, aunque no le había unido a aquel feretro ningún lazo, esa predisposición de la sangre le hacía sentirse, si no triste, al menos turbado. Fui el único que se dio cuenta de aquello y en mi papel de amigo apreté su mano en un gesto que se encontró con su propio apretón. No quiso soltarme la mano hasta el último Amén y sólo entonces lo hizo, agradeciéndome con una de esas sonrisas suyas que pagaban el mundo. Aquel día supimos que el tiempo que nos quedase juntos sería una cuenta atras y lo vivimos con felicidad: hicimos reir a mi tía con ocurrencias locas acerca de las gentes del pueblo, cabalgamos en las yeguas de Don Luis, dimos fin al destino de Edmond Dantés y el día antes de despedirnos para siempre hubo un beso fugaz que no supimos de donde surgió, pero que nos mantuvo unidos varios minutos.

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