Peñón de San Miguel

El peñón de bahía, más conocido como peñón de San Miguel es una isla pequeña o islote bastante grande, enclavado cerca de la desembocadura de una de las rías de la costa gallega, a tres kilómetros de un lado y apenas dos del otro.

En su inicio estuvo cubierto de arboles. Según la leyenda, un discípulo del apóstol Santiago, se convirtió allí en eremita hasta el final de su vida. El por qué del primer emplazamiento marinero no se sabe, lo mas probable es que se debiera a cuestiones prácticas. Lo que sí se conoce es que un día, Alfonso XI tuvo el capricho de crear un fuerte que vigilara la ría y aquel lugar era el idóneo. Esta vez la leyenda dice que el rey tuvo un sueño en el que se le apareció San Miguel, que fue el que le señaló aquel peñón como lugar idóneo para dar pábulo a la gracia de Dios al mismo tiempo en que se le rendía homenaje al eremita muerto siglos atrás.

Fuera como fuese, lo cierto es que quinientos hombres fueron contratados para talar todos los arboles del peñón, con la excepción de un gran pino que se calculaba como centenario y que se secó en el siglo XIX. La madera sustraída fue utilizada para vigas, barcas y el artesonado de la fortaleza. Los sillares se trajeron de las costas vecinas, granito en su mayoría, y la fortaleza se levantó en el mismísimo centro del islote, en el lugar más elevado. Sobre un gran montículo de rocas se encuentra la torre de San Miguel, cuya fachada principal se encara al noroeste en una verticalidad de casi veinte metros. La edificación por lo demás es bastante menos espectacular, con otras seis torres que cierran un recinto donde predomina las grandes alturas por la falta de espacio. Pese a la posibilidad de unir la isla a tierra se prefirió construir un puerto y cercarla con un muro imponente que incluso resistió el choque de St Elisabeth en la batalla de San Miguel de 1645, también llamada batalla perdida.

Esa contienda es la que mayor renombre le da al pobre peñón en su historia. Don Marcial, personaje famoso en España gracias a aquella lid, era el señor de la fortaleza desde 1640, tenía a su cargo a setecientos soldados. No se conoce por qué Arthur Tic, un conde irlandés caído en desgracia tras un asesinato y reconvertido en pirata, fijó su atención en el peñón. Se contaba por entonces que algunos barcos procedentes de América habían dejado cofres llenos de oro en la fortaleza, una estratagema del rey Felipe IV para aliviar la deuda española en el momento de mayor necesidad. Se ignora si es cierta esta historia pero Arthur Tic así lo creyó y envió sus cuatro grandes barcos, cargados con setenta cañones cada uno a la isla. El golpe les parecía fácil y quizá lo hubiera sido. La defensa naval que se preparó fue masacrada en su totalidad y Tic ordenó rodear el peñón y reventarlo a cañonazos hasta que alzasen desde el fuerte la bandera blanca. Todo parecía fácil, en el anochecer de un veintitrés de agosto Arthur Tic rodeaba la isla de San Miguel y, al ser ignoradas sus demandas, ciento cuarenta cañones bombardearon la muralla al unísono. Howard Calvin, insigne historiador especializado en la piratería de los XV, XVI y XVII considera que el conde Tic hubiera ganado la batalla de no haber escatimado en balas. La triste realidad, sin embargo, es que Arthur Tic cesó el bombardeo muy pronto pensando que tal despliegue habría apabullado a los españoles. Nada más lejos de la realidad, Don Marcial disponía de veinte cañones reales en la fortaleza y mientras los piratas esperaban ellos los prepararon y hundieron tres de las cuatro naves, incluido el St Elisabeth que se estrelló contra las rocas y la muralla, prendido en un incendio que lo acabó consumiendo. Arthur Tic fue hecho preso y subido a al torre de San Miguel donde hizo recordar su linaje, lo que Don Marcial ignoró, embadurnaron al conde en aceite y le prendieron fuego antes de lanzarle torre abajo. Ese hecho ha provocado que todos los 23 de Agosto, el día de fiesta local, se lance un muñeco de paja incendiado desde de la torre de la fortaleza, como conmemoración de la batalla ganada.

La historia de San Miguel deja de tener más importancia en ese momento. A partir de entonces se restauró la muralla y la superficie se llenó de pequeñas casas de piedra que hasta el siglo pasado pertenecían a los pescadores y que, cada vez más, se van convirtiendo en segundas residencias o se dedican al turismo.

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