De camino a Babadag

Título original: Jadąc do Babadag
Autor: Andrzej Stasiuk
Editorial: Acantilado
Traductor: Alfonso Cazenave

Conocí a Stasiuk en el estante de una librería en 2008. Tomé el libro por una de esas casualidades que nos persiguen a quienes pasamos demasiado tiempo entre volúmenes. Lo abrí por alguna parte y leí unas páginas. Me cautivó al instante y me ha acompañado desde entonces.

Durante todo este tiempo la lectura del libro se ha ido prolongando, no porque fuera pesado, sino por lo contrario, quizá porque ese ritmo pausado que distanciaba mis lecturas era necesario para digerir ese “camino” que nos lleva por la Europa más impronunciable, la Europa en minúscula que no aparece en la televisión, esa de nombres impronunciables donde la vida tiene una importancia muy distinta a la que solemos dar.

De camino a Babadag es un libro de viajes, donde las impresiones del autor nos colocan tras el ojo de un viajero, de un antropólogo que se deja llevar por el lirismo y con una capacidad filosófica que si bien no resulta complicada, sí nos obligará a apartar el libro y pensar sobre lo leído.

La narración es una maravilla, una red de hilo dorado que nos desplaza sin que caigamos en el transcurso del reloj, que no cesa pese a que nosotros estemos ahí, con Stasiuk, viviendo esas narraciones donde los paisajes tienen más vida de la que seguramente tendrían si estuviéramos presenciándolo en vivo. La lengua de Stasiuk nos habla con trascendencia de un mundo que destiñe y parece intrascendente.

El lector que se enfrente a este libro posiblemente caiga en el encanto melancólico que ya no podrá dejar de asociar a esos viejos caminos secundarios donde la sociedad parece haberse detenido muy atrás en el tiempo; sin saber qué hacer con todos esos elementos modernos que allí gozan de muy poco sentido. El anacronismo de esa Otra Europa que nos enseña Stasiuk es real y el lector no logrará librarse de la pasión del autor, pasión por aquello que se desmorona y cede al tiempo, que se borra o diluye en un presente eterno y amnésico sin pretensiones futuras.

Nosotros, cómodamente asentados en nuestra parte de Europa, plastificada y orgullosa de su modernidad, no podremos menos que asombrarnos de esa otra parte que también somos nosotros y que hemos querido ignorar.

La pretensión del autor es esa muestra crítica, es decir juzgada, pero también sentida, de la geografía más humilde de la vanidosa Europa, tierra que muchas veces se encumbra ufanamente como madre de la civilización, teniendo en mente los países de siempre, olvidando siempre esa otra parte que aquí se nos evidencia. Stasiuk, que ha escrito además de este peculiar libro de viajes, novelas, cuantos y un ensayo político-social donde precisamente discute abiertamente esas dos caras de la misma Europa. Ese enfrentamiento oeste-este tan violento y al mismo tiempo tan ignorando por la mayoría, como si se tratase de un secreto o como si se prefiriese seguir manteniendo bajo la tela de lo insignificante.

Definitivamente no es un libro para pasar el rato. Su lectura es amena, con descripciones llenas de color y emoción pero la lectura captura el intento de no ver más allá, obliga al lector a ensuciarse los pies con el polvo de fronteras que nunca había pensado que existieran, le lleva a horizontes extraordinarios pero bajo el coste de pensar, de cansarse como si realmente uno hiciera el camino.

De camino a Babadag ha supuesto para este que suscribe una experiencia incomparable a cualquier otro libro, su lectura ha sido un auténtico viaje de descubrimiento por paisajes e ideas que nunca había considerado. La recomendación es obligada, todo aquel que ame la buena literatura, que le guste abrir nuevas puertas donde no creía que las hubiera, y sobre todo para aquellos que, citando a Stasiuk que cita a su vez a Andersen, piensen que “viajar es vivir”.

La lucha final

Es el final, el punto decisivo que concluirá todas las crónicas que se escriban. Víctor levanta la espada con ira, con pasión, con el deseo de ganar, de firmar lo que su corona ya le debería de haber conseguido pero que aún no ha hecho. Es tirano, viste el negro, ha ganado con sangre el trono, la corona y el cetro; un príncipe cayó bajo su veneno, un rey fue lanzado desde las altas almenas de la torre más vertical, a la reina se la sugirió un suicidio elegante y aceptó con mano de cadáver. Un día, poco antes, miles de personas hincaron sus rodillas afirmando su gobierno, los nobles juraron lealtad y los aliados fueron recompensados.

Pero ahora se enfrenta a Fernán, su hijo, su propio hijo que no admite la rica herencia que él le ofrece, que se ofende contra el sentido lógico de todo y le llama monstruo y se asquea de la sangre que corre por sus venas. Después de mil avatares, de tentativas de acercamiento, de ensayos por corromper su corazón con ese poder que Víctor ansía y paladea como el más sabroso de todos los dulces; sin haber conseguido nada Fernán le traiciona, se hace con el poder de la facción insultada, de los restos penosos del linaje marchito y los enfrenta a él, su padre. Víctor no se amedrenta, la sangre no le causa demasiada impresión y termina por aceptar que Fernán ha de caer muerto. Es la única manera de que todo se restablezca, de jugar por fin en la paz de un reinado que le ha costado muchos años y esfuerzos conseguir. Dicen que él es un diablo sólo por conseguir lo que otros ya consiguieron por las mismas maneras antaño. Quizás lo sea, ahora no le importa.

Fernán fínta, esquiva a su padre, le golpea con el puño de la espada en el omóplato que sobresale, intenta segar la cabeza de su enemigo y no lo consigue. El viejo es rápido, se gira con mucha destreza y choca su acero contra el de su sangre. Hay un pulso que chirría entre los dos; en la incómoda posición de las espadas se observan con los filos separando sus caras semejantes.
-Desiste, hijo mío. –Dice Víctor con toda su seriedad.
-¡Jamás! –Responde el otro con rabia, con sed de sangre.
-Sea.

El nuevo rey, nombrado tirano, es el que ejerce un empujón mayor, sin avisar, con agresividad. Fernán es lanzado con torpeza, por un momento siente la muerte caer sobre él, la guadaña de la parca es la espada de su padre. Lo sabe, Víctor también lo sabe y busca el corazón de su hijo. Fernán interpone la espada, aparta el acero y desvía el filo, que termina clavándose en su muslo varias pulgadas. Grita, como es natural. Cae al suelo sangrando. Su padre saca el arma de la herida y observa desde arriba al hijo derrotado. ¿Ha vencido? El golpe decisivo es necesario, tiene que llegar, Fernán nunca se rendirá mientras siga con vida y llenarle de cadenas le parece peor que la muerte. Ahora, sin embargo, Víctor no puede atravesar a su hijo, asesinarle como un animal. No puede pero tiene que hacerlo.
-Ríndete, por favor.

Pero Fernán, joven, lleno de energía y de dolor, no entiende la rendición. En la duda de su padre no ve la debilidad que causa el amor, ve desdén, ve desprecio. Víctor lo lee en sus ojos, ya sabe la respuesta y esta nunca llega.

Fernán grita con la espada en la mano, se lanza como un perro rabioso a su presa, herido, absurdo en un gesto torpe y brutal. Víctor golpea el arma de su hijo y se la arranca de la mano, su rodilla golpea el estómago de Fernán y le quita la respiración. La empuñadura de su espada le golpea en la espalda y luego lo aparta con violencia. Víctor le deja en el suelo gimoteando, lleno de sangre, sin aire para poder insultar. La muerte se acerca más y Fernán teme, la recibe con lloros, sin dignidad porque ante ese punto final no hay valentía que pueda importar. Siente el desprecio de su padre que no es tal, pero que él confunde con la piedad.
-¡Mátame! –grita babeando, con odio, con los ojos tensos en el asco que dirige a su padre hiriéndole como una saeta certera.

Víctor le mira un poco más, esta vez es él quien no dice nada. “Ha de hacerse” –le dice una voz en su cabeza. Es cierto, ha de hacerse. Espera, paciente. Fernán termina por levantarse, por desenfundar el largo cuchillo que Víctor ya conoce, en último lugar el joven se lanza contra él como un matón de los arrabales, cruzando el aire con su cuchillo, buscando ganar terreno hasta la espada deseada. En el fondo sabe que es inútil. Víctor le deja coger el arma, le espera cuando reanuda la lucha en un gesto triunfal que su cojera disminuye. Está perdiendo mucha sangre, comienza a cansarse.

Víctor golpea, entabla el duelo con diligencia, con la mirada más triste que jamás ha tenido, pero con la mandíbula apretada por la tensión que le provoca su resolución. Las espadas chocan, se separan, buscan estocar a sus contrarios, se juntan, tintinean mientras uno u otro se separa y baila alrededor del otro. Finalmente Víctor incrementa el ritmo pero es un error que no ha calculado, Fernán atrapa su espada con la capa bien dispuesta, se la quita casi por arte de magia y, sin haberlo previsto, con los brazos abiertos, recibe el acero que se le raja en el estómago. La sangre se derrama pero Víctor no cae, no siente el terror de la muerte, se lanza sin armas contra su hijo, le aplasta y ambos se estrellan contra el muro de piedra, luchan, gritan para liberar el dolor, la pena y la rabia. La espada de Fernán cae y Víctor saca del cinto de su hijo el cuchillo de caza.

Finalmente la guadaña cae, el cuchillo se introduce en la carne de Fernán hasta la misma empuñadura y luego sale con facilidad y cae al suelo, tintineando, brillante como si el acero fuera rubí. La sorpresa está en sus ojos, en su boca, en todo su cuerpo. Víctor observa su obra de carne, hueso y sangre a la que llamaba hijo, esa obra que resbala pero que él no le permite caer con el patetismo de los asesinados. Él le recibe con un abrazo, se deja deslizar hasta el suelo por el peso del moribundo, sintiendo el calor de la sangre que se derrama sobre él.
-Te quiero –musita por último. Se siente ridículo con tal confesión pero es la verdad y quiere que él lo sepa.

No hay respuesta, sólo un gemido inarticulado. La tensión cesa, los ojos abiertos se entornan, la boca queda abierta y Víctor puede dejar el peso de Fernán sobre el suelo. Luego se levanta chorreando sangre y no llora porque no sabe llorar, porque ha comprendido que aquello era inevitable, porque aún lleva la corona y a partir de ahora eso será lo único que importe.

El buen doctor

Las calles empapadas reflejaban la luz de las farolas. El reflejo de la noche hacía más oscura la ciudad al mirarse sobre los charcos de agua. Sólo esa luminosidad amarillenta y enfermiza guiaba los ojos extraviados de aquellos valientes que vagaban envueltos en frío, en humedad, en oscuridad.

Él estaba sobre las escalinata. Algunos ya le habían visto y no podían quitarle sus ojos de encima. Era un hombre maduro de pelo oscuro, corto, peinado con la raya a la izquierda. Ya había canas resplandeciendo como firma de sus años. Llevaba perilla, bien cortada, al milímetro; en sociedad se murmuraba que dedicaba a ella más horas que a su mujer. Su cara parecía cincelada en piedra, las arrugas eran pocas pero profundas; tenía la nariz grande, una boca de labios finos y dientes blancos que en rara ocasión podían ser vistos ya que su gesto solía ser serio. Los ojos no destacaban demasiado, eran azules bajo unas cejas gruesas pero no destilaban una belleza tranquila, sino turbación, seriedad; la mayoría rehuía aquella mirada que parecía ver mucho más que la simple apariencia.

Francis se acercó a Elena con dos copas y una sonrisa pícara que bien le conocían todos.
-Parece que el buen doctor se ha animado al fin… –susurró a su acompañante ofreciéndole el vaso.

-No seas mala, Francis… –dijo la mujer alisándose el vestido- Su mujer está aquí.
-Y la mayoría de los invitados ha pasado por su bisturí.

Elena hizo una caída de ojos mientras se tomaba la aceituna de su martini.
-Sigue siendo el mejor, un maestro, el mejor de todos. No hay nadie como él.

Francis asintió, mirando la figura del doctor, que no parecía decidirse todavía para bajar los escalones y abandonar los charcos de la calle por el césped salvado bajo la enorme carpa blanca.

El murmullo de los truenos resonó. En la fiesta nadie pudo escucharlo debido al ruido o la música, pero el doctor sí pudo. El rumor le llamó y elevó la vista al cielo oscuro buscando quién sabe qué.

-Posiblemente llueva, cariño –dijo una voz conocida tras él.

El hombre se volvió sin sonreír, aunque ella sí lo hacía.
-Te hacía en la fiesta, Samanta.

La mujer borró el gesto y asintió enseñándole una pitillera que él bien conocía.
-Lo olvidé en el coche. ¿Quieres uno?

La mujer no esperó confirmación, le ofreció el instrumento abierto y el doctor tomó uno de aquellos cigarros. Ella tomó otro para así y los encendió.

Permanecieron varios minutos, observando la fiesta desde su posición privilegiada. Se mantuvieron en silencio, ambos ocupados en sí mismos, fumando con tranquilidad.
-¿Crees que nos habrán visto?

-Sí. –afirmó Samanta con una mueca- Llevan apostando toda la noche; ya creía que no venías.
-Trabajo.
-Lo imaginaba. –Afirmó la mujer.

El doctor señaló hacia delante con el cigarro.
-¿Quién es ese, Sami?

-¿Quién? Maldita sea, sin gafas no veo nada. –Hizo un esfuerzo achinando los ojos- ¡Oh! Francisco, le llaman Francis. Su padre es William, ese barón inglés. ¿Sabes quien te digo?
-El del bigote.
-Sí, el del bigote.

Samanta aspiró el humo del cigarrillo y tiró el resto al suelo. Lo aplastó con la punta de su zapato y suspiró.
-¿Por qué lo preguntas?

El doctor negó con lentitud. Bajó su mirada hacia el cigarro que se había consumido sin que apenas le prestara atención; lo lanzó a un lado sin molestarse en apagarlo.
-Tiene un rostro muy simétrico.

Samanta sonrió agarrando el brazo a su marido.
-Es guapo, sí.

Comenzaron a bajar los peldaños uno a uno, con seriedad, ella no le soltó y él no parecía incómodo con el gesto.

Cuando llegaron abajo el hombre se detuvo y miró a la mujer:
-Samanta…

-¿Sí, cariño?
-¿Por qué sigues a mi lado?

La mujer sonrió cariñosamente, se acercó a él y alisó una arruga imaginaria de su camisa.

-Porque te quiero, amor mío.

El hombre asintió varias veces:
-Yo también te quiero, Sami.

Juntos entraron a la fiesta, haciendo recaer en ellos involuntariamente el protagonismo de la fiesta. Francis y Elena ya habían terminado su martini, les observaron mientras se unían a un grupo de personas que saludaban a la pareja con entusiasmo. Samanta hacía de barrera entre ellos y el doctor, quien se quedaba retraído en una muda posición. Saludaba con un apretón de manos o dos besos, decía algunas palabras, pero no solía intervenir en las conversaciones ni tomar la iniciativa con algún gesto.
-Un tipo curioso el doctor. –dijo Francis que no le quitaba el ojo de encima.

-Siempre es así. –Murmuró la mujer- algunos dicen que se cree superior a todos nosotros, que nos considera una chusma de pueblo.
-¿Tú crees?

Elena negó, su mirada, radiante por lo general, se había vuelto un poco como la noche.
-Dicen que es asperger.

Francis le observó cuidadosamente, luego observó al resto de personas de la fiesta. Un camarero les dejó dos copas, camarero al que el joven no perdió el ojo hasta que sus miradas se cruzaron y Francis apartó la suya.
-Pues mi padre me contó otra cosa… ha escuchado que hace diez años sus dos hijos murieron en un accidente. Se mudó aquí y desde entonces no ha vuelto a ser el mismo.

Elena estaba sorprendida, fijó su vista en aquel hombre del que no se desprendía ninguna emoción. El doctor permanecía distante, ausente, como si realmente estuviera solo en algún otro lugar muy lejano.

Aunque bajo la carpa la luz era abundante y cambiaba de colores, a pesar de que el grupo musical tocaba con alegría y las personas parloteaban constantemente, fuera la noche se iba cerrando cada vez más sobre sí misma. Los truenos gruñían y anunciaban la lluvia que empezaba a caer como una cortina tupida y tranquila.

Sueños de barro

En realidad hace algunos años, por causa de una excesiva intimidad, de los juegos de azar que siempre ganaban, uno y otro o una y otra adquirieron la costumbre singular de entenderse, de mirarse por encima de las mesas y de necesitarse al mismo tiempo que no sabían cómo se echarían de menos.

Llegaban las separaciones, los besos fríos y los abrazos torpes que les dejaban a medias, que aseguraban una relación menos poderosa de la que tenían en realidad. Ninguno de los dos quería separarse y las manos intercambiaban lo ya acordado junto con cierto calor que los llenaba de tristeza.

-Búscame. –Decían sus ojos. Pero su boca musitaba otras muchas palabras, pronunciaba un adiós abrupto que era definitivo, hablaba de un futuro frío como el metal abandonado bajo la lluvia y de la poca pasión de autómatas, de gente racional que no quiere sentir, que no se atreve a nada más por puro miedo. Se prestaban su tiempo mutuamente porque no podían regalarlo.

Nunca caminaron sus pasos hacia alguna gran ilusión, más bien los guiaban una estrella errante a la que ambos miraban con ojos violentos mientras él se reía e iba envejeciendo sin gracia, dejando en su cara una sonrisa, rastro penoso del pasado satisfecho.

-Todo es mentira- susurraba ella en su oído, sintiéndose fuerte si él era débil o como una niña cuando él tomaba la iniciativa. Algunas noches terminaba con el resentimiento humillante que padece el sometido; a duras penas podía seguir en su camino nocturno, abrazándose torpemente a quien tocaba abrazar.

Aquellos ambientes decadentes, llenos de humo de cigarros perfumados, de fragancias baratas, de luces de colores encendidas en lámparas pequeñas, les vieron pasar infinidad de veces dados de la mano. Los pendientes de cristal tintineaban por los pasillos llenos de susurros y risas disimuladas. Ella era siempre la estrella protagonista.

Cuando estaba sola paseaba en su habitación con lentitud, arrastrando los pies desnudos por el suelo de madera, dando pequeños pasos mientras practicaba su alemán o leía en voz alta alguna novela que siempre estaba por terminar. Aquel tiempo muerto siempre era corto, pronto se presentaba la hora de los zánganos y la casa de poblaba de distintos cortejos.

Poco a poco se quemaron las horas y sólo quedaron los ascensores de luz amarilla parpadeando en esas madrugadas frías abiertas a una somnolienta mañana. Mientras, uno de ellos, huérfano en la noche, caía fingiendo una pasión con sus labios pintados, con sus tacones rotos, sus pestañas de mujer y sus ojos claros que lo miraban todo en pinceladas de amor barato.

Él se ausentaba cada vez más tiempo; sus regresos llenos de promesas sólo dejaban paso a sueños de barro, mojados por la eterna tristeza. Ella fue bajando peldaño a peldaño hasta ese infierno de alcohol y de flores de mar.

Esperó el milagro, pero la realidad es que no cambió nada. Él se mantenía inquieto pero serio, jugando a ser joven, aunque cada vez veía más lejos sus veinte años. No importaba ¿Cómo arrepentirse cuando no hay alternativa? ¿Cómo arrepentirse si aún guardaba la esperanza, la idea de que todo cambiaría por sí mismo?

Hasta que llegó el tiempo, hasta que se dieron cuenta de sus arrugas, entendieron ya que la juventud no era suya y que se debían, el uno al otro, manías y demasiados vicios.
La inevitable crisis fue firmada con una nota garabateada, llena de desdén fingido, de convencida separación. Ella lloró todavía con el peinado intacto, con sus manos secas y las uñas pintadas de rojo intenso. Desde aquella noche no se volvieron a ver. Las cosas, sencillamente, nunca pudieron ser como antes.

Él no miró hacia atrás, como si se hubiera introducido en un túnel muy largo, buscando un destino del que no regresaría, un futuro donde el tiempo perdido quedaría inmaculado, suspendido en la oscuridad insondable.

Con la vejez llegó ese latir de pájaros revelando que su tiempo ya había pasado. Se despertaban constantemente en el amanecer de otro día infeliz, donde llegaban los verdaderos arrepentimientos de una vida caduca que se dirigía ya hacia la tumba. A veces evocaban el recuerdo material que guardaban y lo espiaban a escondidas, más avergonzados de su memoria que de el descubrimiento de lo prohibido.

¿Qué daño recordaba esa sonrisa, congelada en la foto gastada que nunca abandonaron, que nunca pudieron pagar con sentimientos más honorables, mientras fingían que su innoble vida no había gozado de aquel momento, el más brillante de su pasado tembloroso, de su juventud triste?

No encontraron la respuesta.

La absolución

-Prendedla -había dicho y su voz había sonado como una sentencia, como el golpe de un martillo decisivo; sus palabras estaban ribeteadas por el poder de la toga y de su fama – prendedla -había repetido.

Y los soldados, con sus corazas llenas de insignias, con los penachos al viento de invierno, con las espadas bien desenfundadas, habían corrido por las calles de la ciudad, habían buscado a la mujer que aquel hombre sentenciaba con su intención oscura. Jamás nadie cuestionó a ese juez que vestía el púrpura, que tenía las facciones de un cadáver fanático, que le ardía en el pecho la cruz de Cristo y elevaba a María sus oraciones ante la hoguera redentora de almas pecaminosas. Aquel iba a ser el destino de la muchacha; el fuego purificador la envolvería como un sudario caliente de dolor y expiaría sus pecados de bruja y libertina. Sin embargo no llegaron a subirla a la estaca decisiva, no pudieron las llamas alimentarse con su carne, no hubo populacho agolpado en la plaza pública, cargado de tomates y de saliva para escupir. Ella huyó, y en la noche con los soldados a caballo pereció bajo los cascos herrados.

Y ahí estaba ella ahora, desnuda, muerta, cadáver simple e insignificante, niña bajo las bóvedas húmedas, con la piel tan fría como las estatuas de los santos y de la virgen. El juez estaba solo en la morgue, la miraba largamente y en un impulso acarició el cuello de la mujer y apretó uno de los pechos helados sintiendo esa sensación perversa que le caló en los huesos y que se hundió en su alma. Cerró los ojos apretando una mano con la otra, la punzada de dolor de su mano se extendió por la muñeca y en un suspiro su corazón sintió frío. Se apartó, quizá asustado, para mirar mejor a aquella pequeña muerta que él había asesinado.

¿Cuál era la causa de su fin? Era una pecadora, se lo había repetido hasta la saciedad, hasta el convencimiento fanático. El diácono le había consolado con esa media voz que ponen las personas asqueadas que no quieren mostrar su asco. Pero él, él era juez, él se sabía cada cara y cada gesto, cada matiz en las palabras y en las omisiones y silencios, todo era necesario para poder dar la más justa de las sentencias. Su voz nunca vacilaba al condenar, nunca. Sus apodos en la corte habían variado: cuando llegó por primera vez le denominaron “el cruel” luego “el verdugo”, “el fanático” vino poco después y, finalmente, desde hacía dos años se le conocía en los pasillos por “muerte”. Así es, él, todo justicia entre la púrpura que no tiembla, le había arrebatado el trabajo a la misma parca, y ahora entre los hombres él era quien arrasaba con las almas corruptas de la sociedad. La sed de sangre que palpita en todo soldado estaba colmada por su voluntad, la morbosidad penosa de la sociedad él la tenía cebada y vitoreaban su nombre cuando se prendía la hoguera. Él, que siempre acudía a las ejecuciones, se mantenía en su palco, alejado de todos, con la cabeza calva cubierta por el sombrero de su magistratura, con los hundidos ojos brillando por el fuego justiciero y la boca torcida en una mueca que revelaba cierta resignación, cierto asco, cierta pena y algo de goce sádico ante la muerte que él representaba.

Y ahora, él, “la muerte”, se daba asco a sí mismo; era algo que nunca hubiera creído poder sentir, pero era cierto. Le asqueaba el hecho de que aquel cadáver de mujer le atrajera como le atrajo en vida, que la ambicionara para sí, que levantara su lujuria tanto como su ansia de justicia. Durante meses aquella afección le había llevado a rondar la locura y su demencia terminó por pronunciar aquella palabra que no sabía de qué sentencia estaría seguida: prendedla –había dicho.

No le habían cerrado los ojos; las pupilas, verdes, empezaban a llenarse de niebla, estaban apagadas, revelaban una muerte sincera. Sólo era cuerpo ya, no quedaba rastro de su alma. El juez la miraba quizá con la esperanza de pedir perdón, de ser perdonado, pero la absolución no iba a llegar, lo sabía. El diácono había vacilado al dársela y ahora la cruz de oro que colgaba de su cuello le pesaba tornada en plomo. El estigma de un pecado inconfesable le hendía el pecho y no podía menos de tocar aquel amuleto constantemente, con vicio, jugueteando con sus dedos cortos mientras pensaba en la muerte, en el infierno, en Dios y también en la muerta que le miraba sin ver, que ya no era nada.

¿Dónde encontrar la redención? No cabía su posibilidad, sólo llegaría con la muerte final, con la comparecencia ante el juez supremo, único superior posible a su púrpura. El cordero sería clemente, la virgen hablaría en su favor, Dios, en su infinita gracia, sonreiría compasivo ante él. La resolución estaba tomada y en la morgue abundaba la farmacología.

Cuando entraron los soldados, preocupados por la larga ausencia del juez, encontraron su cadáver aún templado, mudo en un rictus de dolor que aferraba la cruz de su cuello. Uno de ellos negó, ninguno sintió pena, sólo sorpresa al comprobar que la justicia y que la muerte, que la religión echa hombre podía igualmente desesperarse y morir. Nadie pensó que hubiera ganado la absolución.

La máquina de escribir

¿Como se hace, cómo se hace para cambiar todo en la vida? ¿Cómo se hace para convertir tu trabajo en tu vida?

Ella había escrito aquellas lineas unas semanas antes y ahora escuchaba las teclas de su vieja máquina de escribir como si estuviera ante ellas, las escuchaba al desenfrenado latir de su corazón mientras corría.

Saltó, fintó para esquivar un árbol y se golpeó los brazos desnudos contra un montón de helechos que se abrieron ante ella, esmeraldas entre altas columnas oscuras. Sudaba, los insectos se pegaban a su piel como si fuera una tela de araña y ella no dejaba de escuchar las teclas de su ordenador en los oídos, estruendosas, casi proféticas. “Es una historia” -se dijo con la cabeza llena de sangre- “una historia que alguien escribe sobre mí.”

Detrás de ella surgieron los estruendos de sus perseguidores, como en un sueño avanzaban en grandes saltos, sajando la naturaleza con sus grandes machetes, con los inmensos perros negros siguiendo el rastro de la mujer.

Ella saltó un grupo de rocas, se raspó la pierna y cayó al suelo, rodó en el barro y se hizo daño en el tobillo, aún así se levantó. El hollín le impedía respirar, tenía el infierno ante sí: el bosque ardía. El calor de las llamas llegó hasta ella, una bocanada caliente idéntica al aliento de un dragón. Por un momento se quedó allí, absorta, ante una miríada de arboles que llegaban a los diez metros de altura, llenos de fuego como antes estaban de hojas. No lo dudó, notó la paz de su interior al mismo tiempo que un perro lanzaba su dentellada cerca de su pierna. Las fauces no se cerraron sobre la carne, chascaron, la mujer ya corría, pero ahora entre el fuego. Estaba corriendo en el infierno.
-¡Está loca! -gritó uno de los perseguidores.
-¡Nosotros también ¡A por ella, maricones! -gritó el líder

La mujer corre enloquecida, ha dejado de tener miedo, se ha internado en el infierno. Nadie en su sano juicio tendría ahora miedo. Poco a poco va dejando a sus captores atrás porque ellos sí tienen algo que perder, ellos han seguido con pavor, con cuidado de quemarse lo menos posible porque a ellos nadie les persigue. Pronto se quedan atrapados y dan la vuelta, algunos arboles caen, algunos mueren. Los perros, que nunca se dejaron engañar, ladran rabiosos desde el linde del fuego y huyen después de la caída.

La mujer corre, el calor le abrasa la piel, el sudor se ha evaporado casi instantáneamente, el vello de su cuerpo se ha quemado en ese característico olor, la escasa ropa se va haciendo girones cuando le llegan las cenizas ardientes que prenden el algodón blanco. Su melena suelta ha actuado como mechas largas quemadas en sus puntas. La piel le arde, se enrojece, se agrieta y luego consume su primera capa, pero ella sigue corriendo con las mejillas, la nariz y la frente peladas por el calor, con los labios rotos y sangrientos.

Corre hasta que ve el final, hasta que se da cuenta del abismo abrupto y no descansa ni un sólo paso entre las columnas infernales, al contrario, incrementa el ritmo, salta una vez, dos veces, salta en el último saliente y sale del fuego de dragón y queda suspendida en la nada un instante donde el mundo recupera el frío y la acoge, la arrulla y ella cierra los ojos agradecida mientras ya cae fulminante y se zambuye en un océano de espuma.

Surge del agua despierta, con todo su cuerpo hirviendo de escozor, todas sus heridas saladas le palpitan pero ya no escucha las teclas, ahora llora de libertad y de dolor, llora mientras nada agotada y se arrastra sobre el agua que está sucia de cenizas, alejándose del infierno, llegando a una playa en otra orilla donde se tumba cara al sol infectado de nube negra y se desmaya.

En algún punto del país alguien está leyendo que Julia Fergó, periodista, recluida por propia voluntad en el sanatorio de San Lázaro ha desaparecido tras un espectacular incendio que ha devorado las instalaciones. En su búsqueda cuatro bomberos han fallecido y dos se encuentran malheridos, se teme que Julia Fergó esté igualmente muerta.

Pero ella no está muerta, ella respira y se despertará horas más tarde, se sentirá libre mirando al cielo y suspirará sintiendose la heroína que acabó con el dragón. Cuando los arboles de fuego se sequen y se muestren como esqueletos negros ella estará ya muy lejos, caminando en busca de una máquina de escribir que escucha en su cabeza y no la deja dormir.

“Clap”

Los pasos suenan “clap clap clap” sobre las aceras mojadas. Sara lo sabe, lo comprueba todos los día en que llueve y baja por la larga calle de siempre esquivando todo cuanto le dificulta el paso, siguiendo ese curioso baile de las personas que tienen prisa por llegar a algún lugar. Sara llega tarde al trabajo, no exactamente tarde, llega justo a tiempo, pero para conseguir ese momento exacto el ritmo acelerado es lo mejor, es la manera más eficaz y en la que pierde menos el tiempo. Sara nunca se para a observar la calle, la mayoría del tiempo va pegada al móvil, aprovecha ese espacio de tiempo acelerado en organizar su comida con alguna amiga o con el hombre de turno. Hoy toca mamá porque ha venido a la ciudad con unas amigas y quiere comer con su querida hija única, Sara está contenta, esquiva una cagada perruna con tanta gracia que se diría que acaba de esquivar un montón de brillantes. La puerilidad del mundo no le afecta, ella está magnifica con su vestido bien ceñido, su melena enlacada y sus kilos de más, que ha ganado junto con una imagen personal de feminista rancia.

“Clap, clap clap” casi es música, una considerada poesía de los días de lluvia en que baja hacia su trabajo. En realidad le molesta porque no va para nada con el “tic tac” de su reloj Calvin Klein. Ella es práctica, la lírica le sobrepasa, nunca se ha sentido identificada con ella. Le gustan únicamente los versos que puede comprender, que utilizan las gastadas metáforas de amor, rosas, aves y colores de la gama cálida; igualmente Velázquez le parece lo más de lo más en pintura y no entiende las corrientes modernas a las que denomina basura con la seguridad de un catedrático.

-Sí mamá… exacto es ahí, te vas acostumbrado a la ciudad veo… ¡Mama! Pues bien qué quieres… ya sabes… oh no, es muy cool… claro que sí. Oh y te tengo que contar lo de Juan Luis, es muy fuerte, muy muy fuerte… Sí, mujer… Juan Luis, el ingeniero… el hijo de la del 34 ¿Sabes ya quién te digo? Ese… sí mamá, perfecto. Te dejo, ya he llegado. Te llamo a la una, un besito mami. Mua mua. -Sara se detiene ante las puertas de cristal, guarda el móvil en su bolso y se quita las gafas de channel con el gesto de un anuncio televisivo. Luego sus tacones dejan el exasperante “clap” que le ha ido acompañando todo el viaje y producen un nuevo sonido, más frío, más impersonal y a su gusto, ese que le confiere el mármol bien limpio por trabajadores que cobran la mitad de lo que ella ingresa cada mes.

Durante esa conversación Sara se ha cruzado con un panadero que la ha dejado el paso aunque estaba cargado con cajas, con una abuelita que paseaba al perro y que es su vecina del cuarto, vecina que se ha cruzado ya decenas de veces y que jamás saluda porque a Sara le repugna todo animal. También se cruzó con un ciego que vendía lotería y con una madre cargada con todos los enseres de sus niños y que les llevaba al colegio casi arrastrándolos. Sin embargo nada podría ella decir de todas esas personas con las que se ha cruzado, ni tampoco de los establecimiento ante los que ha pasado, nada.

Cuando la mujer entra en el ascensor se encuentra con el “guapo” de marketing, un cuarentón de raya al medio y traje impoluto, pero impoluto en ese sentido que todo el mundo cree y, por tanto, bastante común. En realidad sólo dos hombres visten bien de los trescientos que aquel edificio tiene en plantilla, pero casi nadie es capaz de apreciarlo. El “guapo” se sabe atractivo, de hecho se lo cree y su chulería no ha cambiado desde los dieciséis años. Está casado, tiene dos hijos pequeños, lleva engañando a su mujer cuatro años esporádicamente, siempre con mujeres del trabajo, sobra decir que le encanta y no sienten ningún remordimiento. A Sara se la folló en las navidades pasadas, un polvo magnífico (piensa él) que se dio en un hotelucho de Barcelona cuando enviaron a varios de la plantilla allí para un asunto en la filial de la empresa. Sara jadeó como una actriz porno y también estaría dispuesta a asentir que fue un polvo magnífico. En realidad fueron ocho minutos en los que él le comió las tetas, le desgarró las bragas y se la folló en la misma posición hasta su eyaculación. Punto final, por supuesto. En el ascensor, sin embargo, ella se coloca junto a él con una sonrisilla pícara y él le soba el culo un rato sin que la mujer ponga resistencia.

Se abre el piso de él y desaparece con un guiño descarado, Sara se queda sola en el ascensor, llega su planta, su jefe la espera en su despacho. Tiene sesenta años, es calvo, gafas gruesas, corbata monocroma y camisa de color con el cuello y los puños blancos. Es uno de los dos hombres que sí visten bien en esa empresa. Sara piensa que está ahí para consultar los últimos balances, él la mira largamente mientras ella se sienta, suelta una risilla y comienza a hablar de naderías. Se mantiene callado hasta que Sara enmudece, luego observa la cara demasiado rellena de esa mujer.
-Estás despedida, Sara. -dice muy serio.

De repente el mundo se hunde para la mujer, se levanta y se vuelve a sentar, boquea con una cara de auténtica imbécil y luego mira al hombre, recobra su orgullo, se indigna, se cree insultada sin razón:
-¿Por qué? -pregunta.

-Lo siento, Sara, pero no das la talla. Llevas dos años en este puesto y tu productividad no ha dejado de ser mediocre… Verás, pareces bien dispuesta pero no te fijas, estás ahí y te quedas con lo que está a tu alcance pero no ves más allá… Tuvimos esta conversación hace dos meses, era un aviso. Lo siento Sara, te ofrecería tu antiguo puesto pero está ocupado por otra persona, tienes que comprenderlo… Gracias por estos años con nosotros.

Evidentemente Sara se pone a insultar, indignada, es lo que va bien con su personalidad, el jefe lo escucha todo con cierto estoicismo, se lo estaba esperando pero todo eso a él le da igual. Cuando hace una pausa larga y le observa con ojos de animal carroñero, él le desea suerte y se va.

Sara baja a la calle media hora más tarde, digna, rehecho el maquillaje que ha destrozado con lloros y manotazos. Camina por la calle y el “clap, clap, clap” la enerva. El “guapo” está en la entrada con otro tipo, le guiña un ojo y susurra algo a su compañero, parece que hablan sobre ella, los dos hombre ríen; Sara les supera más indignada si cabe y comienza la ascensión por la calle a toda velocidad, ansiosa por llegar a su casa y llorar y gimotear, llamar a su madre y luego a su padre. Tan despistada está que mete el tacón en un agujero y tropieza, cae cuan larga es sobre el asfalto, por suerte es capaz de colocar sus manos para amortiguar la caída. Cuando se levanta comprueba que el tacón está roto, tiene el tobillo dolorido y la mano derecha llena de la mierda que antes con tanta elegancia esquivó.

Grita atrayendo toda la atención pero al final se levanta, lloriqueando, llena de asco, con el peinado deshecho y se queda quieta por primera vez en aquella calle, estupefacta ante el reflejo que de sí misma le devuelve el cristal de un escaparate. Por primera vez en su vida Sara se da cuenta de lo patética que es.