Realidad sonámbula

Me levanté sin tener realmente ganas de hacerlo, pero debía, me sentía empujado por ese agotamiento febril que no puede ser vencido por nada y que me aseguraba que, por mucho que estuviera acostado, nada iba a cambiar ni mejoraría mi estado. No dormiría, ya no.

Había tenido un sueño extraño que ahora sólo recordaba a medias; en mi imaginación se disponía una extensión enorme de color azul oscuro, bien podría haber estado cubierta de hierba o ser agua. La temperatura era muy baja y alguien, esa sombra indescriptible que protagoniza nuestros sueños, se acercaba a mí, me miraba largamente y hablaba de algo ignoto completamente olvidado por mí. Luego esa sombra me besaba y tal y como me besaba se convertía en una boca enorme que me devoraba con dolor. Fue ese el momento en que me desperté, sobresaltado en mitad de la oscuridad. Observé la habitación y, a mi lado, durmiendo plácidamente, estaba esa otra persona que comparte mi cama y, que en ese momento de extraña confusión, me pareció como un objeto, algo ajeno a mí, irreconocible. Le mire de arriba abajo, cubrí toda su anatomía inerte y podría haber sido un cadáver abandonado o un títere dejado de forma abrupta sobre la cama. Esa imagen me impresionó, fui consciente de que era mi mente la que construía esa quimera, la que me guiaba por los callejones borrachos de la debilidad nocturna, de la fiebre del alcohol ingerido en la cena, de la pesadilla despiadada que me había acosado hasta derrotarme, hasta devolverme al mundo real de la misma manera en que Alicia hubiera sido exiliada tras cortarle la cabeza, arrojada contra el dorso del espejo que haría pedazos.

Preferí no mirar a mi lado de nuevo, volver la vista a la ventana, de donde surgía la amarillenta y algo lejana luz de la noche. Me acurruqué en la cama y quise dormir pero no pude, balanceándome en el insomnio que me llevó por fin a esa meta del erguirse, vencido en la parodia de levantarse de una caída sin derrumbe, siendo el desvanecerse el hecho de elevarse.

Deambulé en ese anacronismo, horas después de despertar, sin atreverme a verificar o desmentir el objeto que aún dormía en la cama. Abandoné la habitación buscando la libertad de poder ser yo mismo, aunque más torpe que de costumbre, sin la urgencia del silencio ante el miedo de despertar al otro. Me dejé caer en algún asiento y así vi pasar la quietud de las horas, las perezosas briznas de luz artificial que poco a poco se fueron apagando y convirtiendo en esa palidez homogénea del amanecer. Entonces me levanté, sin saber de qué manera había gastado el tiempo blanco que mi pesadilla me había brindado. Pude aprovecharlo en la nada, pude haber imaginado o discurrido sobre los hechos que acababa de vivir, pienso que ni siquiera en lo primero me detuve sino que yací ahí, igual que una cáscara vacía, objeto abandonado de su propia consciencia.

Recobrar la propia movilidad es, por lo general, algo fácil, tan habitual que es imposible darse cuenta del hecho, sin embargo, para mi en aquel momento no era de esta manera. Yo, yo que había servido de estatua levemente móvil a la noche, espectadora única de aquel posado, tenía que revivir, hacer funcionar a un cerebro que era todo oquedad y abrir mis articulaciones de cerradas que se encontraban por el frío y ese sentimiento de solidez. Finalmente conseguí levantarme, en realidad el proceso duraría unos segundos pero no importa el tiempo que contabiliza la esfera del reloj sino ese propio que convierte lo que es absurdamente cuantificable en algo relativo como el mundo mismo. Mi motor, esta vez, fue un sonido obsceno, surgido de mi estómago, algo tan vulgar que era imperioso de contestar.

La cocina me acogió fría como un anónimo, puse la cafetera, hice las tostadas y lo serví todo en el salón, buscando una estancia más acogedora, menos cerámica e inflexible. Sentado en la mesa, mirando por la ventana el día que nacía escuché la voz del otro, del que había confundido con un objeto en mi enloquecido momento. Sentí un escalofrío con aquel saludo tan coloquial, tan común, que me lanzaba esa persona cotidiana, conocida y que no sospechaba nada de la criminalidad con la que había huido de la habitación, del sueño y de la cama, nada podía saber de que le había disminuido a la categoría de cosa, de mero objeto; le había destruido. Ese escalofrío fue sustituto del miedo de criminal atrapado, pero a mí nadie me había esposado, yo sólo sufrí y digo sufrí, un beso en mi nuca que me recordó a aquel que había sufrido en el sueño, sólo que este era muy distinto, a este no le siguió una dentellada terrible sino un rostro sonriente, adormilado, que me devolvió de pronto la humanidad y el mundo.

De pronto supe que estaba despierto.

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