La problemática de “escritor”

No, esta vez no caeremos en esos vicios (que algo tienen de masturbatorios, para qué engañarnos) de los que escribimos y nos dedicamos a hablar de la dificultad de la profesión. Pero todo se andará, al fin y al cabo en internet el espacio no es un problema. Esta vez las balas corren en otra dirección y es que no es lo mismo Stephenie Meyer que Pierre Michon.

En el mundo en general y en España en concreto, por ser un caldo concentrado de bastantes vicios y últimamente de pocas virtudes, el panorama editorial se ciñe a un tipo de género (tomándolo por lo general) dedicado a las novelas de entretenimiento. Hace algo más de un mes leía en El País un artículo de Belén Altuna donde señalaba una cifra muy significativa: en nuestro país tenemos una media de publicación de 52 libros al día. Multipliquen y les dará la bonita cifra de casi 19.000 libros al año. No podemos irnos a las estadísticas de población lectora porque nos encontraremos una miríada de datos dispares a cada cual más triste o increíble (alternandose) Para aquel que le interese más, recomiendo el post del Bibliófilo enmascarado donde resume el informe de 2010 de la federación de Gremios de editores de España sobre estas y otras cuestiones de las que también se hablarán aquí.

En el post mencionado también se citan los libros más vendidos y leídos del año pasado y ahí vemos encumbrando la gran lista de los cinco a la ya mencionada Meyer, a Stieg Larsson, Ken Follet o Maria Dueñas con su Tiempo entre costuras (libro más vendido del año pasado)

Ahora con los datos citados paremos a reflexionar un momento: decíamos que en España y sólo en España se publican 52 títulos al día, al mismo tiempo decímos que existen grandes nombres que copan las cotas de mercado con sus “tochos”, libros que pueden estar muy bien (antes de entrar en más harina) pero que todo el mundo sabe que precisamente cultos cultos no son, lo cual en principio tampoco parece que suscite ningún problema porque el primer motivo de lectura suele ser el ocio. Sin embargo, en el mismo artículo de El País, Antonio Gómez Rufo, presidente de la asociación de escritores concluía con que “no hay tanto lector para tanto libro”. Es evidente que hay que discrepar, al menos este que suscribe lo hace, somos cuarenta y siete millones de habitantes en este país, se publican (redondeando) 20.000 títulos al año, la cuenta da a más de dos mil trescientas personas por libro publicado. El asunto de los best-seller con este ritmo de publicación (e insisto que es sólo en nuestro país cuando en otros el número de ediciones es mucho mayor) parece absurdo. ¿entonces, por qué existe? Bueno, por una serie de factores que vienen a resumirse en uno sólo, la publicidad. Todo producto se mueve de esta manera. Conclusión: la cifra de publicaciones es poco importante, al final siempre quedará por encima la lista de los más leídos y más vendidos.

Esto no es algo malo, la afirmación podría sorprender dada la linea de este texto, pero la entiendo como cierta. Al fin y al cabo, como decía, muchas de las veces leemos por diversión, por ocio, no queremos el porcentaje de publicaciones aburrido que trata de manuales, ensayos y demás morralla que pueda no interesarnos, queremos literatura y la literatura no es necesario que sea “culta”. Ese, ese exactamente, es el dogma insano, ese y ningún otro. Que Stephenie Meyer sea la más vendida dentro de la sección de infantil y juvenil es un fenómeno sorprendente (por no usar palabras ofensivas) ¿por qué? Porque sí existe una literatura culta y no es peor, no es una literatura pedante si no que es una buena literatura, al contrario que esos textos escritos por y para una sociedad mal educada que no tiene ni las capacidades ni el conocimiento de dejar a un lado a Harry Potter o Crepusculo y enfrentarse a Conan Doyle, Alexandre Duma o Julio Verne, siendo estos tres escritores de la misma categoría que J.K.Rowling o la señorita Meyer, libros escritos sin grandes pretensiones, únicamente con el objetivo de entretener.

Sin embargo no queda ahí la cosa, podría pensarse que es un fenómeno que se circunscribe al sector juvenil y punto, pero no. La prensa más vendida en este país es la que habla de deportes, seguida por la prensa rosa. Los libros que la sección adulta compra para su entretenimiento son Ken Follet, Dan Brown o Carlos Ruiz Zafón, autores que podrán escribir bien y desarrollar unas historias buenas, interesantes, que sepan coordinar en un hilo adictivo y para todos los públicos. Sin embargo estos escritores, como otros, se preocupan poco por su profesión y se limitan a producir textos en una misma linea, textos gratuitos que no quieren decir nada por sí mismos, que están huecos; son historias, libros capitalistas en el sentido de la filosofía de oferta y demanda; simplemente ante una sociedad iletrada se ofrecen unos libros sencillos en los que se da todo bien migado y donde, tanto para escribirlos como para leerlos, no es necesario tener una educación amplia en ningún campo. Esa literatura no es arte.

La problemática de “escritor”, que no “del” escritor, se refiere a la palabra, al “ser” escritor, al calificar a alguien como escritor. Ocurre lo mismo con los compositores, Satie decía de sí mismo que no era músico. Las nuevas ramas, las “vanguardias” han hecho retorcer el arte culto y ese sector “vulgar” “común” del que se alimenta la mayoría que, siendo realistas, no tiene las herramientas para entender algo más elevado, ha recogido el testigo del arte haciéndose con las palabras que antes ocupaban los otros.

Es decir, el verdadero problema es de terminología; el escritor, el músico, el artista, ahora se dedica a escribir para el “pueblo”, (enmarañándose en querencias políticas de todo tipo y afiliación) un pueblo al que también se minusvalora. Las personas podrán no tener ciertas facultades, pero tampoco era mejor hace cincuenta o cien años, el problema es que, si bien la oferta no se ha rebajado, sí que lo ha hecho la producción de obras menores que, por influencia educacional y social, se ha convertido en lo más leído.

Queda la solución evidente e impracticable: la escisión. Dividir la palabra escritor, crear nuevos términos para seleccionar los “buenos” escritores, aquellos con formación, con una escritura seria y afanes artísticos y alejarlos del resto. Separar a una Stephenie Meyer cuyo mérito es (disculpen la dura calificación pero semánticamente es la idónea) ser mediocre y haber tenido la suerte de vivir en un mundo con una gran cantidad de mediocres, (que no tienen [del todo] culpa de serlo, son víctimas de su sociedad) de un autor como George R.R. Martin que en este momento también se encuentra en boca de muchos por su serie Canción de fuego y hielo. Sin ser Martin un escritor artístico sí mantiene cierto nivel. Al igual que en “el sector adulto” tampoco es lo mismo Ken Follet o Dan Brown (aunque también hay que reconocerles ciertos conocimientos y cierta pericia estilística) que Ian McEwan o Pierre Michon, autores que buscan algo más allá de darle un bocadillo de letras al lector.

En resumen, el problema es irresoluble. Escindir la palabra no serviría de nada, además de no poder darse semejante fenómeno. Pero todo esto no significa que haya que ignorarlo, está ahí, palpitando y sería benigno de no ser porque los autores más cultivados están saliendo perdiendo con mucho, están siendo arrastrados al rincón de los marginados. Como consecuencia la sociedad cada vez es más inculta, la decadencia del arte y del conocimiento es alarmante y sería muy bueno fomentar una lectura más profunda, no tan gratuita ni donde no se habla de nada, donde no se incita a pensar. Es bien cierto que el primer motivo de leer literatura es el ocio, pero lo aberrante es terminar un libro y no haber aprendido nada nuevo.

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Un comentario en “La problemática de “escritor”

  1. Es bien cierto que el primer motivo de leer literatura es el ocio, pero lo aberrante es terminar un libro y no haber aprendido nada nuevo.

    Cierto, pero en muchos casos no se debe tanto al hecho de que libros como Harry Potter, o las novelas de Ken Follet no aporten nada digno de ser aprendido, sino porque el publico que describes no lee con el afan de aprender nada nuevo. Probablemente si se enfrentaran a Conan Doyle, se quedarian con las aventuras de Holmes (personaje que su autor termino odiando) y el resultado final seria el mismo: leer sin aprender.
    Creo que el problema estriba mas bien en que Espana no hay cultura lectora, la mayoria de las novelas infantiles estan mal traducidas, anadiendo a eso el hecho de que los profesores en los colegios optan por imponer la lectura como una obligacion, debiendo ser un placer, el placer de conocer.
    Por cierto, te recomendo Captive Mind, de Czesław Miłosz 😉

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