La máquina de escribir

¿Como se hace, cómo se hace para cambiar todo en la vida? ¿Cómo se hace para convertir tu trabajo en tu vida?

Ella había escrito aquellas lineas unas semanas antes y ahora escuchaba las teclas de su vieja máquina de escribir como si estuviera ante ellas, las escuchaba al desenfrenado latir de su corazón mientras corría.

Saltó, fintó para esquivar un árbol y se golpeó los brazos desnudos contra un montón de helechos que se abrieron ante ella, esmeraldas entre altas columnas oscuras. Sudaba, los insectos se pegaban a su piel como si fuera una tela de araña y ella no dejaba de escuchar las teclas de su ordenador en los oídos, estruendosas, casi proféticas. “Es una historia” -se dijo con la cabeza llena de sangre- “una historia que alguien escribe sobre mí.”

Detrás de ella surgieron los estruendos de sus perseguidores, como en un sueño avanzaban en grandes saltos, sajando la naturaleza con sus grandes machetes, con los inmensos perros negros siguiendo el rastro de la mujer.

Ella saltó un grupo de rocas, se raspó la pierna y cayó al suelo, rodó en el barro y se hizo daño en el tobillo, aún así se levantó. El hollín le impedía respirar, tenía el infierno ante sí: el bosque ardía. El calor de las llamas llegó hasta ella, una bocanada caliente idéntica al aliento de un dragón. Por un momento se quedó allí, absorta, ante una miríada de arboles que llegaban a los diez metros de altura, llenos de fuego como antes estaban de hojas. No lo dudó, notó la paz de su interior al mismo tiempo que un perro lanzaba su dentellada cerca de su pierna. Las fauces no se cerraron sobre la carne, chascaron, la mujer ya corría, pero ahora entre el fuego. Estaba corriendo en el infierno.
-¡Está loca! -gritó uno de los perseguidores.
-¡Nosotros también ¡A por ella, maricones! -gritó el líder

La mujer corre enloquecida, ha dejado de tener miedo, se ha internado en el infierno. Nadie en su sano juicio tendría ahora miedo. Poco a poco va dejando a sus captores atrás porque ellos sí tienen algo que perder, ellos han seguido con pavor, con cuidado de quemarse lo menos posible porque a ellos nadie les persigue. Pronto se quedan atrapados y dan la vuelta, algunos arboles caen, algunos mueren. Los perros, que nunca se dejaron engañar, ladran rabiosos desde el linde del fuego y huyen después de la caída.

La mujer corre, el calor le abrasa la piel, el sudor se ha evaporado casi instantáneamente, el vello de su cuerpo se ha quemado en ese característico olor, la escasa ropa se va haciendo girones cuando le llegan las cenizas ardientes que prenden el algodón blanco. Su melena suelta ha actuado como mechas largas quemadas en sus puntas. La piel le arde, se enrojece, se agrieta y luego consume su primera capa, pero ella sigue corriendo con las mejillas, la nariz y la frente peladas por el calor, con los labios rotos y sangrientos.

Corre hasta que ve el final, hasta que se da cuenta del abismo abrupto y no descansa ni un sólo paso entre las columnas infernales, al contrario, incrementa el ritmo, salta una vez, dos veces, salta en el último saliente y sale del fuego de dragón y queda suspendida en la nada un instante donde el mundo recupera el frío y la acoge, la arrulla y ella cierra los ojos agradecida mientras ya cae fulminante y se zambuye en un océano de espuma.

Surge del agua despierta, con todo su cuerpo hirviendo de escozor, todas sus heridas saladas le palpitan pero ya no escucha las teclas, ahora llora de libertad y de dolor, llora mientras nada agotada y se arrastra sobre el agua que está sucia de cenizas, alejándose del infierno, llegando a una playa en otra orilla donde se tumba cara al sol infectado de nube negra y se desmaya.

En algún punto del país alguien está leyendo que Julia Fergó, periodista, recluida por propia voluntad en el sanatorio de San Lázaro ha desaparecido tras un espectacular incendio que ha devorado las instalaciones. En su búsqueda cuatro bomberos han fallecido y dos se encuentran malheridos, se teme que Julia Fergó esté igualmente muerta.

Pero ella no está muerta, ella respira y se despertará horas más tarde, se sentirá libre mirando al cielo y suspirará sintiendose la heroína que acabó con el dragón. Cuando los arboles de fuego se sequen y se muestren como esqueletos negros ella estará ya muy lejos, caminando en busca de una máquina de escribir que escucha en su cabeza y no la deja dormir.

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