La absolución

-Prendedla -había dicho y su voz había sonado como una sentencia, como el golpe de un martillo decisivo; sus palabras estaban ribeteadas por el poder de la toga y de su fama – prendedla -había repetido.

Y los soldados, con sus corazas llenas de insignias, con los penachos al viento de invierno, con las espadas bien desenfundadas, habían corrido por las calles de la ciudad, habían buscado a la mujer que aquel hombre sentenciaba con su intención oscura. Jamás nadie cuestionó a ese juez que vestía el púrpura, que tenía las facciones de un cadáver fanático, que le ardía en el pecho la cruz de Cristo y elevaba a María sus oraciones ante la hoguera redentora de almas pecaminosas. Aquel iba a ser el destino de la muchacha; el fuego purificador la envolvería como un sudario caliente de dolor y expiaría sus pecados de bruja y libertina. Sin embargo no llegaron a subirla a la estaca decisiva, no pudieron las llamas alimentarse con su carne, no hubo populacho agolpado en la plaza pública, cargado de tomates y de saliva para escupir. Ella huyó, y en la noche con los soldados a caballo pereció bajo los cascos herrados.

Y ahí estaba ella ahora, desnuda, muerta, cadáver simple e insignificante, niña bajo las bóvedas húmedas, con la piel tan fría como las estatuas de los santos y de la virgen. El juez estaba solo en la morgue, la miraba largamente y en un impulso acarició el cuello de la mujer y apretó uno de los pechos helados sintiendo esa sensación perversa que le caló en los huesos y que se hundió en su alma. Cerró los ojos apretando una mano con la otra, la punzada de dolor de su mano se extendió por la muñeca y en un suspiro su corazón sintió frío. Se apartó, quizá asustado, para mirar mejor a aquella pequeña muerta que él había asesinado.

¿Cuál era la causa de su fin? Era una pecadora, se lo había repetido hasta la saciedad, hasta el convencimiento fanático. El diácono le había consolado con esa media voz que ponen las personas asqueadas que no quieren mostrar su asco. Pero él, él era juez, él se sabía cada cara y cada gesto, cada matiz en las palabras y en las omisiones y silencios, todo era necesario para poder dar la más justa de las sentencias. Su voz nunca vacilaba al condenar, nunca. Sus apodos en la corte habían variado: cuando llegó por primera vez le denominaron “el cruel” luego “el verdugo”, “el fanático” vino poco después y, finalmente, desde hacía dos años se le conocía en los pasillos por “muerte”. Así es, él, todo justicia entre la púrpura que no tiembla, le había arrebatado el trabajo a la misma parca, y ahora entre los hombres él era quien arrasaba con las almas corruptas de la sociedad. La sed de sangre que palpita en todo soldado estaba colmada por su voluntad, la morbosidad penosa de la sociedad él la tenía cebada y vitoreaban su nombre cuando se prendía la hoguera. Él, que siempre acudía a las ejecuciones, se mantenía en su palco, alejado de todos, con la cabeza calva cubierta por el sombrero de su magistratura, con los hundidos ojos brillando por el fuego justiciero y la boca torcida en una mueca que revelaba cierta resignación, cierto asco, cierta pena y algo de goce sádico ante la muerte que él representaba.

Y ahora, él, “la muerte”, se daba asco a sí mismo; era algo que nunca hubiera creído poder sentir, pero era cierto. Le asqueaba el hecho de que aquel cadáver de mujer le atrajera como le atrajo en vida, que la ambicionara para sí, que levantara su lujuria tanto como su ansia de justicia. Durante meses aquella afección le había llevado a rondar la locura y su demencia terminó por pronunciar aquella palabra que no sabía de qué sentencia estaría seguida: prendedla –había dicho.

No le habían cerrado los ojos; las pupilas, verdes, empezaban a llenarse de niebla, estaban apagadas, revelaban una muerte sincera. Sólo era cuerpo ya, no quedaba rastro de su alma. El juez la miraba quizá con la esperanza de pedir perdón, de ser perdonado, pero la absolución no iba a llegar, lo sabía. El diácono había vacilado al dársela y ahora la cruz de oro que colgaba de su cuello le pesaba tornada en plomo. El estigma de un pecado inconfesable le hendía el pecho y no podía menos de tocar aquel amuleto constantemente, con vicio, jugueteando con sus dedos cortos mientras pensaba en la muerte, en el infierno, en Dios y también en la muerta que le miraba sin ver, que ya no era nada.

¿Dónde encontrar la redención? No cabía su posibilidad, sólo llegaría con la muerte final, con la comparecencia ante el juez supremo, único superior posible a su púrpura. El cordero sería clemente, la virgen hablaría en su favor, Dios, en su infinita gracia, sonreiría compasivo ante él. La resolución estaba tomada y en la morgue abundaba la farmacología.

Cuando entraron los soldados, preocupados por la larga ausencia del juez, encontraron su cadáver aún templado, mudo en un rictus de dolor que aferraba la cruz de su cuello. Uno de ellos negó, ninguno sintió pena, sólo sorpresa al comprobar que la justicia y que la muerte, que la religión echa hombre podía igualmente desesperarse y morir. Nadie pensó que hubiera ganado la absolución.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s