Sueños de barro

En realidad hace algunos años, por causa de una excesiva intimidad, de los juegos de azar que siempre ganaban, uno y otro o una y otra adquirieron la costumbre singular de entenderse, de mirarse por encima de las mesas y de necesitarse al mismo tiempo que no sabían cómo se echarían de menos.

Llegaban las separaciones, los besos fríos y los abrazos torpes que les dejaban a medias, que aseguraban una relación menos poderosa de la que tenían en realidad. Ninguno de los dos quería separarse y las manos intercambiaban lo ya acordado junto con cierto calor que los llenaba de tristeza.

-Búscame. –Decían sus ojos. Pero su boca musitaba otras muchas palabras, pronunciaba un adiós abrupto que era definitivo, hablaba de un futuro frío como el metal abandonado bajo la lluvia y de la poca pasión de autómatas, de gente racional que no quiere sentir, que no se atreve a nada más por puro miedo. Se prestaban su tiempo mutuamente porque no podían regalarlo.

Nunca caminaron sus pasos hacia alguna gran ilusión, más bien los guiaban una estrella errante a la que ambos miraban con ojos violentos mientras él se reía e iba envejeciendo sin gracia, dejando en su cara una sonrisa, rastro penoso del pasado satisfecho.

-Todo es mentira- susurraba ella en su oído, sintiéndose fuerte si él era débil o como una niña cuando él tomaba la iniciativa. Algunas noches terminaba con el resentimiento humillante que padece el sometido; a duras penas podía seguir en su camino nocturno, abrazándose torpemente a quien tocaba abrazar.

Aquellos ambientes decadentes, llenos de humo de cigarros perfumados, de fragancias baratas, de luces de colores encendidas en lámparas pequeñas, les vieron pasar infinidad de veces dados de la mano. Los pendientes de cristal tintineaban por los pasillos llenos de susurros y risas disimuladas. Ella era siempre la estrella protagonista.

Cuando estaba sola paseaba en su habitación con lentitud, arrastrando los pies desnudos por el suelo de madera, dando pequeños pasos mientras practicaba su alemán o leía en voz alta alguna novela que siempre estaba por terminar. Aquel tiempo muerto siempre era corto, pronto se presentaba la hora de los zánganos y la casa de poblaba de distintos cortejos.

Poco a poco se quemaron las horas y sólo quedaron los ascensores de luz amarilla parpadeando en esas madrugadas frías abiertas a una somnolienta mañana. Mientras, uno de ellos, huérfano en la noche, caía fingiendo una pasión con sus labios pintados, con sus tacones rotos, sus pestañas de mujer y sus ojos claros que lo miraban todo en pinceladas de amor barato.

Él se ausentaba cada vez más tiempo; sus regresos llenos de promesas sólo dejaban paso a sueños de barro, mojados por la eterna tristeza. Ella fue bajando peldaño a peldaño hasta ese infierno de alcohol y de flores de mar.

Esperó el milagro, pero la realidad es que no cambió nada. Él se mantenía inquieto pero serio, jugando a ser joven, aunque cada vez veía más lejos sus veinte años. No importaba ¿Cómo arrepentirse cuando no hay alternativa? ¿Cómo arrepentirse si aún guardaba la esperanza, la idea de que todo cambiaría por sí mismo?

Hasta que llegó el tiempo, hasta que se dieron cuenta de sus arrugas, entendieron ya que la juventud no era suya y que se debían, el uno al otro, manías y demasiados vicios.
La inevitable crisis fue firmada con una nota garabateada, llena de desdén fingido, de convencida separación. Ella lloró todavía con el peinado intacto, con sus manos secas y las uñas pintadas de rojo intenso. Desde aquella noche no se volvieron a ver. Las cosas, sencillamente, nunca pudieron ser como antes.

Él no miró hacia atrás, como si se hubiera introducido en un túnel muy largo, buscando un destino del que no regresaría, un futuro donde el tiempo perdido quedaría inmaculado, suspendido en la oscuridad insondable.

Con la vejez llegó ese latir de pájaros revelando que su tiempo ya había pasado. Se despertaban constantemente en el amanecer de otro día infeliz, donde llegaban los verdaderos arrepentimientos de una vida caduca que se dirigía ya hacia la tumba. A veces evocaban el recuerdo material que guardaban y lo espiaban a escondidas, más avergonzados de su memoria que de el descubrimiento de lo prohibido.

¿Qué daño recordaba esa sonrisa, congelada en la foto gastada que nunca abandonaron, que nunca pudieron pagar con sentimientos más honorables, mientras fingían que su innoble vida no había gozado de aquel momento, el más brillante de su pasado tembloroso, de su juventud triste?

No encontraron la respuesta.

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