El buen doctor

Las calles empapadas reflejaban la luz de las farolas. El reflejo de la noche hacía más oscura la ciudad al mirarse sobre los charcos de agua. Sólo esa luminosidad amarillenta y enfermiza guiaba los ojos extraviados de aquellos valientes que vagaban envueltos en frío, en humedad, en oscuridad.

Él estaba sobre las escalinata. Algunos ya le habían visto y no podían quitarle sus ojos de encima. Era un hombre maduro de pelo oscuro, corto, peinado con la raya a la izquierda. Ya había canas resplandeciendo como firma de sus años. Llevaba perilla, bien cortada, al milímetro; en sociedad se murmuraba que dedicaba a ella más horas que a su mujer. Su cara parecía cincelada en piedra, las arrugas eran pocas pero profundas; tenía la nariz grande, una boca de labios finos y dientes blancos que en rara ocasión podían ser vistos ya que su gesto solía ser serio. Los ojos no destacaban demasiado, eran azules bajo unas cejas gruesas pero no destilaban una belleza tranquila, sino turbación, seriedad; la mayoría rehuía aquella mirada que parecía ver mucho más que la simple apariencia.

Francis se acercó a Elena con dos copas y una sonrisa pícara que bien le conocían todos.
-Parece que el buen doctor se ha animado al fin… –susurró a su acompañante ofreciéndole el vaso.

-No seas mala, Francis… –dijo la mujer alisándose el vestido- Su mujer está aquí.
-Y la mayoría de los invitados ha pasado por su bisturí.

Elena hizo una caída de ojos mientras se tomaba la aceituna de su martini.
-Sigue siendo el mejor, un maestro, el mejor de todos. No hay nadie como él.

Francis asintió, mirando la figura del doctor, que no parecía decidirse todavía para bajar los escalones y abandonar los charcos de la calle por el césped salvado bajo la enorme carpa blanca.

El murmullo de los truenos resonó. En la fiesta nadie pudo escucharlo debido al ruido o la música, pero el doctor sí pudo. El rumor le llamó y elevó la vista al cielo oscuro buscando quién sabe qué.

-Posiblemente llueva, cariño –dijo una voz conocida tras él.

El hombre se volvió sin sonreír, aunque ella sí lo hacía.
-Te hacía en la fiesta, Samanta.

La mujer borró el gesto y asintió enseñándole una pitillera que él bien conocía.
-Lo olvidé en el coche. ¿Quieres uno?

La mujer no esperó confirmación, le ofreció el instrumento abierto y el doctor tomó uno de aquellos cigarros. Ella tomó otro para así y los encendió.

Permanecieron varios minutos, observando la fiesta desde su posición privilegiada. Se mantuvieron en silencio, ambos ocupados en sí mismos, fumando con tranquilidad.
-¿Crees que nos habrán visto?

-Sí. –afirmó Samanta con una mueca- Llevan apostando toda la noche; ya creía que no venías.
-Trabajo.
-Lo imaginaba. –Afirmó la mujer.

El doctor señaló hacia delante con el cigarro.
-¿Quién es ese, Sami?

-¿Quién? Maldita sea, sin gafas no veo nada. –Hizo un esfuerzo achinando los ojos- ¡Oh! Francisco, le llaman Francis. Su padre es William, ese barón inglés. ¿Sabes quien te digo?
-El del bigote.
-Sí, el del bigote.

Samanta aspiró el humo del cigarrillo y tiró el resto al suelo. Lo aplastó con la punta de su zapato y suspiró.
-¿Por qué lo preguntas?

El doctor negó con lentitud. Bajó su mirada hacia el cigarro que se había consumido sin que apenas le prestara atención; lo lanzó a un lado sin molestarse en apagarlo.
-Tiene un rostro muy simétrico.

Samanta sonrió agarrando el brazo a su marido.
-Es guapo, sí.

Comenzaron a bajar los peldaños uno a uno, con seriedad, ella no le soltó y él no parecía incómodo con el gesto.

Cuando llegaron abajo el hombre se detuvo y miró a la mujer:
-Samanta…

-¿Sí, cariño?
-¿Por qué sigues a mi lado?

La mujer sonrió cariñosamente, se acercó a él y alisó una arruga imaginaria de su camisa.

-Porque te quiero, amor mío.

El hombre asintió varias veces:
-Yo también te quiero, Sami.

Juntos entraron a la fiesta, haciendo recaer en ellos involuntariamente el protagonismo de la fiesta. Francis y Elena ya habían terminado su martini, les observaron mientras se unían a un grupo de personas que saludaban a la pareja con entusiasmo. Samanta hacía de barrera entre ellos y el doctor, quien se quedaba retraído en una muda posición. Saludaba con un apretón de manos o dos besos, decía algunas palabras, pero no solía intervenir en las conversaciones ni tomar la iniciativa con algún gesto.
-Un tipo curioso el doctor. –dijo Francis que no le quitaba el ojo de encima.

-Siempre es así. –Murmuró la mujer- algunos dicen que se cree superior a todos nosotros, que nos considera una chusma de pueblo.
-¿Tú crees?

Elena negó, su mirada, radiante por lo general, se había vuelto un poco como la noche.
-Dicen que es asperger.

Francis le observó cuidadosamente, luego observó al resto de personas de la fiesta. Un camarero les dejó dos copas, camarero al que el joven no perdió el ojo hasta que sus miradas se cruzaron y Francis apartó la suya.
-Pues mi padre me contó otra cosa… ha escuchado que hace diez años sus dos hijos murieron en un accidente. Se mudó aquí y desde entonces no ha vuelto a ser el mismo.

Elena estaba sorprendida, fijó su vista en aquel hombre del que no se desprendía ninguna emoción. El doctor permanecía distante, ausente, como si realmente estuviera solo en algún otro lugar muy lejano.

Aunque bajo la carpa la luz era abundante y cambiaba de colores, a pesar de que el grupo musical tocaba con alegría y las personas parloteaban constantemente, fuera la noche se iba cerrando cada vez más sobre sí misma. Los truenos gruñían y anunciaban la lluvia que empezaba a caer como una cortina tupida y tranquila.

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