La lucha final

Es el final, el punto decisivo que concluirá todas las crónicas que se escriban. Víctor levanta la espada con ira, con pasión, con el deseo de ganar, de firmar lo que su corona ya le debería de haber conseguido pero que aún no ha hecho. Es tirano, viste el negro, ha ganado con sangre el trono, la corona y el cetro; un príncipe cayó bajo su veneno, un rey fue lanzado desde las altas almenas de la torre más vertical, a la reina se la sugirió un suicidio elegante y aceptó con mano de cadáver. Un día, poco antes, miles de personas hincaron sus rodillas afirmando su gobierno, los nobles juraron lealtad y los aliados fueron recompensados.

Pero ahora se enfrenta a Fernán, su hijo, su propio hijo que no admite la rica herencia que él le ofrece, que se ofende contra el sentido lógico de todo y le llama monstruo y se asquea de la sangre que corre por sus venas. Después de mil avatares, de tentativas de acercamiento, de ensayos por corromper su corazón con ese poder que Víctor ansía y paladea como el más sabroso de todos los dulces; sin haber conseguido nada Fernán le traiciona, se hace con el poder de la facción insultada, de los restos penosos del linaje marchito y los enfrenta a él, su padre. Víctor no se amedrenta, la sangre no le causa demasiada impresión y termina por aceptar que Fernán ha de caer muerto. Es la única manera de que todo se restablezca, de jugar por fin en la paz de un reinado que le ha costado muchos años y esfuerzos conseguir. Dicen que él es un diablo sólo por conseguir lo que otros ya consiguieron por las mismas maneras antaño. Quizás lo sea, ahora no le importa.

Fernán fínta, esquiva a su padre, le golpea con el puño de la espada en el omóplato que sobresale, intenta segar la cabeza de su enemigo y no lo consigue. El viejo es rápido, se gira con mucha destreza y choca su acero contra el de su sangre. Hay un pulso que chirría entre los dos; en la incómoda posición de las espadas se observan con los filos separando sus caras semejantes.
-Desiste, hijo mío. –Dice Víctor con toda su seriedad.
-¡Jamás! –Responde el otro con rabia, con sed de sangre.
-Sea.

El nuevo rey, nombrado tirano, es el que ejerce un empujón mayor, sin avisar, con agresividad. Fernán es lanzado con torpeza, por un momento siente la muerte caer sobre él, la guadaña de la parca es la espada de su padre. Lo sabe, Víctor también lo sabe y busca el corazón de su hijo. Fernán interpone la espada, aparta el acero y desvía el filo, que termina clavándose en su muslo varias pulgadas. Grita, como es natural. Cae al suelo sangrando. Su padre saca el arma de la herida y observa desde arriba al hijo derrotado. ¿Ha vencido? El golpe decisivo es necesario, tiene que llegar, Fernán nunca se rendirá mientras siga con vida y llenarle de cadenas le parece peor que la muerte. Ahora, sin embargo, Víctor no puede atravesar a su hijo, asesinarle como un animal. No puede pero tiene que hacerlo.
-Ríndete, por favor.

Pero Fernán, joven, lleno de energía y de dolor, no entiende la rendición. En la duda de su padre no ve la debilidad que causa el amor, ve desdén, ve desprecio. Víctor lo lee en sus ojos, ya sabe la respuesta y esta nunca llega.

Fernán grita con la espada en la mano, se lanza como un perro rabioso a su presa, herido, absurdo en un gesto torpe y brutal. Víctor golpea el arma de su hijo y se la arranca de la mano, su rodilla golpea el estómago de Fernán y le quita la respiración. La empuñadura de su espada le golpea en la espalda y luego lo aparta con violencia. Víctor le deja en el suelo gimoteando, lleno de sangre, sin aire para poder insultar. La muerte se acerca más y Fernán teme, la recibe con lloros, sin dignidad porque ante ese punto final no hay valentía que pueda importar. Siente el desprecio de su padre que no es tal, pero que él confunde con la piedad.
-¡Mátame! –grita babeando, con odio, con los ojos tensos en el asco que dirige a su padre hiriéndole como una saeta certera.

Víctor le mira un poco más, esta vez es él quien no dice nada. “Ha de hacerse” –le dice una voz en su cabeza. Es cierto, ha de hacerse. Espera, paciente. Fernán termina por levantarse, por desenfundar el largo cuchillo que Víctor ya conoce, en último lugar el joven se lanza contra él como un matón de los arrabales, cruzando el aire con su cuchillo, buscando ganar terreno hasta la espada deseada. En el fondo sabe que es inútil. Víctor le deja coger el arma, le espera cuando reanuda la lucha en un gesto triunfal que su cojera disminuye. Está perdiendo mucha sangre, comienza a cansarse.

Víctor golpea, entabla el duelo con diligencia, con la mirada más triste que jamás ha tenido, pero con la mandíbula apretada por la tensión que le provoca su resolución. Las espadas chocan, se separan, buscan estocar a sus contrarios, se juntan, tintinean mientras uno u otro se separa y baila alrededor del otro. Finalmente Víctor incrementa el ritmo pero es un error que no ha calculado, Fernán atrapa su espada con la capa bien dispuesta, se la quita casi por arte de magia y, sin haberlo previsto, con los brazos abiertos, recibe el acero que se le raja en el estómago. La sangre se derrama pero Víctor no cae, no siente el terror de la muerte, se lanza sin armas contra su hijo, le aplasta y ambos se estrellan contra el muro de piedra, luchan, gritan para liberar el dolor, la pena y la rabia. La espada de Fernán cae y Víctor saca del cinto de su hijo el cuchillo de caza.

Finalmente la guadaña cae, el cuchillo se introduce en la carne de Fernán hasta la misma empuñadura y luego sale con facilidad y cae al suelo, tintineando, brillante como si el acero fuera rubí. La sorpresa está en sus ojos, en su boca, en todo su cuerpo. Víctor observa su obra de carne, hueso y sangre a la que llamaba hijo, esa obra que resbala pero que él no le permite caer con el patetismo de los asesinados. Él le recibe con un abrazo, se deja deslizar hasta el suelo por el peso del moribundo, sintiendo el calor de la sangre que se derrama sobre él.
-Te quiero –musita por último. Se siente ridículo con tal confesión pero es la verdad y quiere que él lo sepa.

No hay respuesta, sólo un gemido inarticulado. La tensión cesa, los ojos abiertos se entornan, la boca queda abierta y Víctor puede dejar el peso de Fernán sobre el suelo. Luego se levanta chorreando sangre y no llora porque no sabe llorar, porque ha comprendido que aquello era inevitable, porque aún lleva la corona y a partir de ahora eso será lo único que importe.

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