El prodigio del mago

Se arrastró por el suelo mientras sus compañeros luchaban encima de él. La sangre volaba salpicando a los guerreros. El olor de la muerte reciente le llenaba los pulmones y él, un simple mago, se veía abandonado por su guardia y sin más arma que sus conjuros y una daga pequeña. Maldijo al archimago por haberle arrastrado hasta aquel campo de cadáveres.

Rafael se levantó, no se limpió las ropas empapadas de suciedad y restos humanos, tuvo que esquivar el tajo de una espada. Un soldado raso acudió en su ayuda y mató al enemigo.
-¡Haz algo! –gritó el hombre desapareciendo al punto.

¿Qué podía hacer él? Aspiró, asustado. Buscó a sus compañeros y los encontró demasiado lejos. Les separaban varias centenas de hombres combatiendo. El archimago, un hombre de grandes bigotes grises y completamente calvo, tenía los ojos prendidos de un fulgor rojo y sus manos lanzaban estelas de fuego que abrasaban los pechos enemigos. Le rodeaban tres magos de bajo rango que le asistían evitando que se acercaran los soldados de la insignia verde.

Uno de aquellos hombres obedientes al hermano insurrecto del rey y por tanto enemigos del reino, se abalanzó sobre Rafael, quien logró esquivar de nuevo el ataque, pero esta vez estaba completamente sólo. Hizo un esfuerzo por convocar algún sortilegio, el que fuese, pero las palabras se trababan en su boca y no encontraba coherencia a las frases. Estaba muerto de miedo. Cayó al suelo y justo cuando el soldado, ufano, pensaba en destriparle como a un conejo, una de aquellas brasas mágicas le atravesó el pecho. El hombre cayó con todo su peso en la tierra y Rafael se levantó buscando la mirada dura de su maestro. No la encontró, el archimago no le observaba, que su hechizo hubiera acabado con el que casi había sido su asesino parecía una casualidad.

Aquello le llenó de rabia. Había pasado diez años de su vida estudiando con los mejores magos del mundo. Era un hechicero de segundo orden y pronto le darían el primero. Era joven, sí, pero al menos en el taller demostraba un poder como pocos en su clase. Iba a demostrarlo.

Encontró el valor en esa esperanza mal medida y recordó un viaje a Aferia, ciudad de magos expertos en demonología y artes cósmicas. En aquella ciudad estuvo todo un mes hurgando entre códices antiguos que apenas había podido descifrar. Recordó uno, muy antiguo, muy complicado, cuya dicción le parecía imposible. Dudó por un instante, observó la carnicería a su alrededor y corrió como un loco hasta la colina cercana, donde los soldados parecían evitar el paso por miedo a exponerse demasiado. Él corrió hasta allí y cuando estuvo en su cima y tuvo una buena visión del campo de muerte cerró los ojos y entonó las palabras. Su mente fue hilando las frases con sumo detalle. Recordaba los ingredientes necesarios y, de pronto, un anillo de plata de su dedo se desintegró en la nada, unos brazaletes de cuero que le protegían los antebrazos se deshicieron de igual manera y su colgante, que guardaba un ojo de mantícora en ámbar, brilló y se alzó hacia el aire como si algo le atrajese desde las alturas.

Rafael abrió los ojos y vio que el cielo se había cubierto por nubes oscuras. El mar no muy lejano bramaba ahora y los relámpagos caían con su energía azul sobre las ruinas de un castillo cercano. Al mismo tiempo notaba que su propia fuerza era sustraída por las ráfagas de viento que le rodeaban.

Alguien disparó una flecha contra él, pero el remolino la partió. En la batalla varios soldados le observaban, se detenían bajo el riesgo de que su enemigo les matara y así era por norma general. La lucha continuaba al margen de Rafael y su tormenta. Ser ignorado por todas aquellas personas fue el impulso que al mago le hacía falta.

Sacó la daga del cinto y la clavó en su mano. La arrojó al suelo con dolor y apretó el puño alzándolo al aire. Las gotas de sangre que se escurrían flotaban hacia arriba y se encendían, suspendidas en la nada, en medio de un ojo huracanado que le sorbía la vida. Rafael notó su piel pegarse a unos huesos que los músculos parecían haber abandonado. Se le secaron los ojos y le zumbaron los oídos. Llegó a su mente la última palabra del hechizo y la pronunció con deleite mientras buscaba la mirada de aprobación en los ojos del distante archimago. Ahora el viejo sí le observaba, pero en aquella mirada sólo había horror.

El mundo se encendió de golpe. Rafael se mareó y sintió que se sustraía al mundo, que era el único ser en el universo. De repente, bajo su percepción, la colina era una montaña y tan pronto como habían aparecido las nubes todas desaparecieron con una explosión de luz blanca que convirtió en el día más claro la oscura tarde.

Esta vez los dos ejércitos sí dejaron de luchar. Encima de ellos ya no había un cielo azulado, sino la oscuridad de una noche sin estrellas. En su lugar, nubes brillantes giraban en torno a un centro que lo ostentaba el mago. Aquellas inmensas nebulosas llevaban consigo planetas gigantes, tan grandes que iluminaban la tierra con sus colores rojos, azules, verdes y violetas.

Rafael sentía sus globos oculares queriendo salir de las órbitas. Estaba ante un universo, un universo del que él era su centro y dueño, su Dios. Esta vez nadie pondría en duda su poder, estaba seguro. El problema era que aquel conjuro le costaba toda su fuerza y se sentía débil, agotado. No podía parar, sabía que en aquel punto sería imposible. Todo giraba a su alrededor con una velocidad terrible. Los planetas parecían bolas gigantes pero tan sólo bolas. Él sabía que eran planetas de todo derecho y aquello le aturdía aún más. No sabía qué hacer. Giró los brazos sobre sí mismo, alzó una vara de avellano que se utilizaba en otros conjuros y está ardió en su mano sin quemarle creciendo como si estuviera viva. Con ella guió al torbellino hasta que, sin poder preverlo, una luna cualquiera chocó contra un planeta y estallaron convirtiendo ambos cuerpos en roca ardiente cuyos pedazos se propagaron en tantas direcciones que Rafael no pudo controlarlo y perdió el equilibrio, le falló la concentración y el remolino lo succionó todo en un minuto de ruido ensordecedor y luz limpísima.

El cielo de la tarde volvió a su estado cotidiano, el universo de pronto había explotado creando una lluvia de chispas que no llegaron a ellos. El mago de la colina gritó sobre el silencio de los dos ejércitos y su cuerpo se consumió como si fuese de papel, dejando unos huesos sin ápice de otro tejido, limpios de cualquier rastro. El esqueleto quedó un único momento en equilibrio, momento que el archimago, sabedor de lo que iba a suceder, aprovechó para cerrar los ojos.

La explosión lo consumió todo y su expansión fue tal que llegó al mar y chocó contra las olas. Luego, en la calma posterior, las aguas cubrieron aquella zona donde siglos después aún se recuerda el prodigio del “mago maldito”.

Miedo a ser

¿Quién no ha tenido miedo alguna vez? Ya sea por las fobias más diversas o las pesadillas infantiles donde la oscuridad se presenta como una rémora ancestral, recuerdos de aquel tiempo en que sí existían bestias acechando con sus ojos brillantes en medio de la nada.

Miedo, miedo a la historia, miedo a los tópicos, miedo a pensar o a esas grandes preguntas que se desplazan a áreas donde la sociedad puede mirarlas con distancia; sin preocuparse por ellas y esperando que sean otros los que lo hagan, otros a los que la credibilidad que les otorguen será igual que a los objetos que ellos mismos han deseado obviar.

Está en nuestra naturaleza, en nuestra genética, se ha enraizado como un componente que va más allá de la cultura de nuestra vida. Tememos, y a lo que más tememos es a nosotros mismos. Por ello son tan terribles las máscaras, porque simbolizan lo que no somos, lo construido, nos simbolizan a nosotros mismos. Es la paradoja que vamos creando toda nuestra vida, pues nos fundamos con toda suerte de materias hasta que un día nos damos cuenta de que la máscara que nos cubre todo el cuerpo es falsa y que no somos nosotros sino una mutación, unos hilos que nos atan las articulaciones y nos impiden movernos con libertad. Pero nosotros hemos sido sus creadores, nosotros nos elegimos falsos por miedo a la verdad.

¿Y por otro lado, qué tienen los espejos? Nos duplican, crean monstruos que son exactamente iguales a nosotros, pero sobre los que no cabe pensamiento alguno, ya que no podemos llegar a ellos. Somos incapaces de cargar con la responsabilidad de esa imagen inmaterial que creemos fruto de un fenómeno de la física, pero que tanto nos ha quebrado la cabeza con mundos extraños donde nosotros somos los antagonistas y a la vez somos nosotros, universos paralelos, países extraños o iguales pero perversos. El reflejo escapa a nuestra voluntad y eso nos asusta.

Pero a todo estamos acostumbrados, todo lo sabemos. Es por eso que nos perturba tanto los hechos inexplicables al encontrarnos otros individuos tan similares a nosotros que nos perturban sus decisiones, sus finales, sus vidas o cualquier nimiedad que les implique. Somos gordos ególatras que temen que esas personas sean ejemplos de nosotros mismos, porque nos recuerdan que somos de la manera en que somos y que hemos perdido cosas que ellos ganaron o que son señales de un futuro que podría pasarnos en primera persona y no queremos.

El mayor miedo es a nuestro potencial. A Ser en ese sentido ontológico. La filosofía no es bien comprendida, se diluye en la hipocresía de una sociedad que la teme con fervor porque es pensamiento excedido y no puede abarcarlo. Ser implica abandonar las imposturas que elegimos, implica también ser valiente en un mundo donde se premia la cobardía, los compromisos, el maquillaje de las sonrisas. ¿Cómo ser valientes si es algo anacrónico a nuestro tiempo? La respuesta es muy dura ya que siempre ha sido algo anacrónico y sólo con la búsqueda violenta seríamos capaces de encontrar nuestro coraje. No, no es fácil vencer al miedo, por eso aquellos que lo consiguen son héroes, espadas de luz atravesando la mundana oscuridad.

La lucidez es un castigo que nos dota de la visión interior, que nos llena del silencio de la comprensión.

Marta

Marta observaba aquella caja con culpabilidad. El fondo rosa le encantaba y cuando la cerró, su superficie blanca le gustó aún más, las letras de su tapa también eran del color interior. Fue a la cocina y arrugó el cartón lleno de migas y azúcar glass desechada. Era la caja de una pastelería. Luego apuró el resto de zumo que le quedaba en el vaso y lo lavó con cuidado en el fregadero.

¿Qué podía hacer? Miró por la ventana y vio la tarde decayendo, pronto se confundiría con la noche inminente. Estaba sola, como siempre. Su gata dormía sobre el sofá y Marta se había levantado triste. Desde hacía un año los fines de semana le cargaban. De lunes a viernes todo era más sencillo para ella: se levantaba, huía al trabajo y en su casa le esperaba el descanso. Pero el sábado y el domingo no sabía qué hacer con su tiempo. Sus padres vivían lejos como para ir a visitarlos a menudo y tampoco le gustaba acercarse a aquella casa donde le iban a echar la parrafada de siempre. No le quedaba otra opción que pasar las horas mirando la televisión, divagando por Internet u observando la ventana con un pedazo de tarta y un zumo de naranja.

Volvió al ordenador y buscó la cartelera del cine más cercano. Le gustó una de las que anunciaban, un estreno que no parecía ni drama ni comedia, sino algo más sesudo. Ese tipo de cine no le apasionaba de ordinario, pero se dijo que quizá hallase algo interesante esta vez. Se cambió, cogió su abrigo y se marchó andando.

Podría haber cogido el autobús pero tenía tiempo y le apetecía andar. Cruzó el parque donde ya solamente quedaban parejas procurándose calor en un banco o gente haciendo footing. Una punzada de culpabilidad le acusó recordándole que ella se había propuesto hacer ejercicio igual que todas esas personas. Sin embargo la celulitis se seguía acumulando, igual que los kilos, y ella no encontraba el momento o el ánimo para calzarse las deportivas.

Fuera del parque tomó un gran bulevar. Fue por el centro, un paseo peatonal custodiado por grandes árboles. Caminó observando a las personas. Se encontró con dos parejas cariñosas que hablaban con complicidad, otra fría que no parecían quererse realmente. Cinco solitarios regresaban del trabajo, o eso deducía. Una niña iba en bici, su abuelo detrás sin apartar la vista de ella. Dos ancianas caminaban agarradas del brazo. Por último vio a un chico sentado en un banco que miraba la calle con tristeza, con soledad. A Marta le dio pena pero no dijo nada, no se atrevió.

Llegó a un cruce de calles que limitaba una zona de otra. Allí había mucho más movimiento. Las tiendas ya estaban cerrando pero los cafés y restaurantes brillaban con sus letreros rojos; estaban cuajados de gente, grupos que tomaban el aperitivo antes de la cena, amigos reunidos después del trabajo o la universidad, parejas en medio de sus citas. El trajín era caótico, revelaba que la ciudad estaba viva y también que ella no era parte de aquella alegría.

Se entristeció. Metió las manos en los bolsillos del abrigo y buscó un camino menos transitado, amparado por una cierta soledad al desaparecer los cafés y las personas. Dio un rodeo y llegó ante la taquilla. Pidió el ticket. Quedaba media hora para poder entrar a la sala y no sabía qué hacer.

Vagó por el barrio, evitando las aglomeraciones que encogían su corazón. Se preguntó por qué ella no estaba allí, en una de esas mesas, rodeada de amigos o con su pareja. La voz funesta que todos llevamos le respondió que ella no tenía ni de lo uno ni de lo otro. Era una extranjera, un alma solitaria en una ciudad que no era la suya. Era un paria y ese era el papel que tenía que aceptar. Estuvo a punto de llorar pero se contuvo.
Volvió al cine y pudo entrar, buscó una butaca y se sentó.

Marta no entendió la película, no tenía una gran lucidez, pero sí le impresionó, le emocionó. Quizá no supiera deshilar el contenido pero se había quedado con una idea amplia que le cubría como una manta. Al salir del cine se sentía llena y vacía al mismo tiempo, triste y alegre.

La noche se mostró ante ella con toda su crudeza, la acogió con frío y sin gente. Aún era pronto, pero los cafés que antes hervían de vida ahora apenas contaban con una docena de supervivientes. Tomó el bulevar de vuelta a su casa y esta vez apenas sí se encontró con alguien. Le entró un leve temor de sentirse sola, un temor a ser atacada; se sentía indefensa y sabía que no podría hacer nada con la fuerza de su pobre cuerpo. Tardó poco en volver a casa pero se le hizo largo el camino. Entró en el apartamento y su gata maulló dándole la bienvenida, aún desde el sofá donde ahora se estiraba.

Marta cerró la puerta con cerrojo y observó el ventanal que había abandonado para ir al cine. Seguía triste. Se puso el pijama y se arropó con una manta en el sofá. El felino se subió a su regazo y ronroneó. Ella le acarició absorta, no podía apartar su vista de la ventana. Le gustó tener al gato con ella, hubiera sido mucho peor regresar a una casa vacía de toda vida, donde se sentiría abandonada, más ajena al mundo de lo que se sentía.

El mensaje de la película era sencillo: todos hemos de tomar nuestras decisiones en la vida y son ellas las que nos conforman. Abandonar la inteligencia en favor de la comodidad es lo normal, lo más conveniente, pero también es lo más terrible pues nos simplifica, nos convierte en animales evolucionados, pero no en personas. El camino de la lucidez, sin embargo, es abrupto. Marta no quería la lucidez, nunca la había querido y tampoco tenía la capacidad, pero su comodidad no había resultado como ella había pensado. Estaba muy sola y no parecía que eso fuera a cambiar pronto.

La gata maulló y Marta sintió que eran iguales ellas dos, animales acurrucados en el sofá que miraban pasar el tiempo sin ninguna intención de buscarlo.

Discordia vital

El despertador sonó a las siete, como de costumbre. Se levantaron de la misma cama aunque ella no trabajaba desde hacía años. Se había convertido en una costumbre el que ella se despertara al mismo tiempo que él y su hijo, aunque tuviera la oportunidad de quedarse más tiempo durmiendo. Él fue a la ducha y ella se enfundó en su bata azul dispuesta a hacer el desayuno.

A las siete y media los tres miembros de la familia estaban sentados cómodamente en su salón, con una fuente de fruta, zumo, café para ellos, colacao para “el niño” y tostadas con mantequilla y mermelada. Apenas hablaron. Luego el hijo besó a su madre en la mejilla y se despidió llevando al hombro la mochila llena de libros.

Se quedaron solos marido y mujer y ella se fijó en la situación por segunda vez en aquella mañana; llevaba tiempo haciéndolo, semanas. Él vestía de traje, miraba su cuenco masticando mientras pensaba en la reunión del día o en cualquier otra cosa similar. Ella estaba despeinada, con el pijama aún puesto, espiando sus miradas y sus movimientos.

Se levantaron. Él desapareció un momento mientras ella limpiaba la mesa. Luego, en la puerta, él se acercó y beso sus labios casi automáticamente.
-Te quiero –dijo.

Durante diez años ella había afrontado aquel preciso momento repitiendo las palabras de él, deseándole un buen día y añadiendo algún apelativo cariñoso. Ahora se daba cuenta de que aquella década les había desgastado, había convertido ese ritual de cada mañana en un mero protocolo que carecía de sentido. Ella comprendió que para él era fácil, se levantaba e iba a trabajar; pero para sí misma todo lo que hacía era por él, por él y por su hijo. Recordó tantas y tantas situaciones similares. Entendió que antes ella se arreglaba por las mañanas como él, que a veces se duchaban juntos cuando el niño era pequeño o que hacían el amor o era él quien preparaba el desayuno. Pero la complicidad había muerto hacía mucho y a cada día ahora le seguía un perfecto plan monótono que la encerraba en casa mientras él se iba fuera de aquellas paredes y vivía. De pronto sintió que su hogar era una jaula, una cárcel llena de formalidades que tenía que cumplir para que todo estuviera en orden. Su familia era pura burocracia. Estaba harta, enfadada, cansada. Estaba viva.

Él ya se había girado, al parecer ni siquiera había notado que ella no respondía a su declaración. Caminaba hacia el coche apuntándolo con el mando a distancia que haría a las luces parpadear. No llegaron a hacerlo.
-No. –dijo desde su espalda la voz de su mujer.
Él se volvió sin comprender, con la pregunta en su cara, algo impaciente por el retraso que sufriría si ella quisiera discutir.
-¿No, qué? –preguntó.
-Tú no me quieres.
Él parpadeó sin comprender, ya irritado. Se acercó e intentó sonreír acariciando su brazo. Ella se deshizo del contacto y él quedó más atónito.
-¿Pero qué te pasa? –
-Durante diez años he pasado por esta puerta contigo, te he deseado un buen día y tú te has ido. Luego vuelves, como siempre, llegas a mesa puesta, preguntas qué tal todo y finges que te interesan las trivialidades de llevar una casa. Escuchas a nuestro hijo y por la tarde vuelves al bufete. –Dijo ella con voz calmada- Llega la noche y cenas lo que yo te he preparado, vemos la televisión, trabajas en el despacho si tienes algo que hacer y nos acostamos cansados.

Cuando ella terminó el hombre estaba enfadado y se sentía con todo el derecho del mundo a estarlo:
-¿Acaso no te gusta tu vida? –volvió a preguntar.
-No. –respondió casi sonriendo.
Su contestación le confundió aún más y no supo qué decir. Balbuceó mirándola directamente:
-¿Por qué?
-Porque nada cambia. Estoy harta de estar sola en esta casa, estoy harta de… nuestro matrimonio.
-Pero sí te quiero.
-Quizá sí… quizás a ti te baste con eso, pero a mí no. Ya no.

Él cambió el peso de un pie a otro, se rascó la cabeza sin saber qué hacer. Miró alrededor. Aún tenía el mando a distancia en la mano. Ella seguía quieta como una estatua, enfrentándose a él, erguida aunque aún con la apariencia desecha del recién levantado.
-No lo entiendo… de verdad que no. ¿Qué es lo quieres?
Ella esta vez levantó los brazos y sonrió:
-Quiero vivir. Llevamos dieciocho años casados, tenemos un hijo de quince y esta casa la compramos hace diez. Es demasiado tiempo… necesito un cambio o muchos.

Él estaba realmente confundido. Guardó las llaves en el bolsillo.
-¿Y en ese cambio no puedo estar yo?
Ella le contempló. Durante unos minutos mantuvo toda su atención puesta en él buscando en los entresijos de su cara alguna muestra del futuro que le diese la respuesta definitiva, pero no la encontraba. Por su parte el hombre estaba impresionado por la serenidad de ella, se sentía increíblemente vacío. Aquella “revelación” no se la esperaba. Era cierto que se había acomodado en la suave calma de los días, como si la simetría entre ellos le procurase paz, pero nunca se había preguntado lo que ella hacía ahora.
-Sí, puedes estar. Pero eso no importa, tienes que pensar si quieres hacerlo.
-¿Cómo me preguntas eso? Claro que quiero…

Ella se acercó por primera vez, juntó sus cuerpos, le agarró de un brazo y puso su otra mano sobre la boca de él. Ahora le miraba de cerca.
-Esa es una respuesta muy rápida. Piensa en cuando nos conocimos… en todos los sueños que compartimos y que hemos ido olvidando silenciosamente, como si no nos diéramos cuenta. Pero sí nos la dábamos. Yo al menos lo hacía y creo que tú también. Si nos hemos callado es por el otro, porque nos queremos, porque pensamos que esta vida que tenemos es lo deseable… es…
-El fin último. –interrumpió él.
Ella sonrió:
-Sí. Pero no lo es, lo sabes. Nos hemos olvidado de vivir como queríamos vivir, de luchar. Yo quiero volver atrás, quiero equivocarme de nuevo y me encantaría hacerlo contigo pero no puedo pedírtelo. Significa renunciar a comodidades y buscar lo difícil. ¿Estás seguro de que quieres eso?

Él la miró.

En aquel momento se iba a decidir todo. Si él era ese hombre común que tenía vestido de traje frente a ella no entendería nada, frunciría el ceño y diría que no, diría que se había vuelto loca y huiría en su coche buscando la distancia que permite una excusa. Antes de cerrar la puerta añadiría que hablarían más tarde, a la hora de comer. Ese hombre no estaría dispuesto a renunciar a ver el fútbol cómodamente en su casa mientras su mujer resopla porque tiene que esperar a que termine el partido para cenar. No querría abandonar la rutina porque sería su vida, su máxima aspiración, su fin último. En cambio, si algo quedase del hombre que conoció una vez en la universidad, lleno de energía e ideas; ese que aún toma de cuando en cuando un libro entre las manos y lo hojea tristemente, con miedo a adentrarse en un mundo que hace mucho que abandonó, si fuese el caso pronunciaría lo correcto, una sola palabra que haría que ella se sintiera feliz por tenerle a su lado. Significaría que era real ese amor que tan a la ligera había declarado minutos antes.

-Sí. –dijo.

Lacrimosa dies illa…

-¿Ves? En el fondo estás contenta. Lo veo en tus ojos… ¿Te gusta la soprano? Es magnifica; la cadencia de su voz invita a llorar desesperadamente. ¿Lo entiendes? No, claro que no. Es latín, yo sí lo entiendo. Créeme, me envidiarías. Fíjate en esos agudos, en el órgano de fondo, retumbando como un monstruo de múltiples gargantas. ¿No lo ves? Es el leviatán devorando al mundo mientras un ángel canta desesperado por las lágrimas que derrama Dios ante sus hijos. Es precioso, una epifanía; sí, esa es la palabra.

¿No te parece tan natural el mundo como esta canción? Sí… es una revelación. Déjame encontrar papel… ¡Oh! Es un crujido que proviene de la nada, es un pálpito, una brecha que ha partido en dos la ágata maciza que hace las veces de corazón del universo. Por su herida se ha filtra la luz como si fuera una corriente de sangre dorada, simiente de las estrellas, del fuego devorador y padre, de la madre conformadora del orden. Sí, es la voz, el chillido en agudo, el canto de sirena que ha partido la piedra mágica y nos ha conformado a todos. Estamos hechos de éter y esa es la clave.

Pero no desesperes, querida… sé que lo disfrutas. Tu madre también lo hizo ayer ¿Sabes? ¡Oh! Sí, sus ojos se apagaron con tanta dulzura y su mano cayó con tal delicadeza que derramé una lágrima. ¿No era humana sabes? En ese último momento supe que se había transformado en una madonna antigua. Era nuestra señora encarnada. ¿Te acuerdas de su cara pálida? Estaba sonrosada ayer… Sé que en aquel suspiro viajaba su alma abriendo las alas… ¿No me crees? No te preocupes, soy un incomprendido… lo sé…

No me podrás negar que estás cómoda. Esos cojines están rellenos de plumas de cisne, pero son como las de un ángel, delicadas y suaves. Esta cama es perfecta para ti y no me importa que dejes tu marca en ellas porque te quiero. Sé que es una confesión que a la mayoría les cuesta entender, que les aterra. A mí no. Yo soy diferente. Te amo, querida. Estás sintiendo mi amor en ti ahora mismo… ¿Ya cierras los párpados? Sí, lo entiendo. Estás disfrutando de este momento, sintiendo la calidez final. No hace falta que me agradezcas mi ayuda, es un don que me ha otorgado la madre de todos nosotros.

¿Sabes por qué hago esto? ¿Lo sabes? … Vaya, lástima. Quería ver la luz de tus ojos dejarme con lentitud, pero ya no me escuchas ¿verdad? No importa, me gusta hablar sólo, me gusta oírme a mí mismo. Mi voz siempre pronuncia las palabras adecuadas, yo sólo puedo decir la verdad. ¿No lo sabías? ¡Oh! Disculpa, olvidaba que me habías dejado… No, claro que no lo sabías. Permíteme que te tape con la sábana.

¡Vaya! Ha sido una celebración magnífica. Estoy muy contento, todo ha salido a la perfección. Sólo me inquieta que faltan dos más por ser redimidas y el tiempo se me echa encima horadando una tierra impura que espera ser sacralizada. El equilibrio del mundo es tan precario que doy gracias todas las noches por este don que me ha sido concedido.

Bien, ya estamos aquí. El fuego terminará lo que mi puñal comenzó. Te envidio por sentir esas lenguas ardientes lamer tu suave piel. Te envidio de verdad y espero poder compartir algún día la gracia que a ti te ha sido dada.

Tu alma ya es libre, pequeña mariposa. Ahora puedes volar…

La poética del borracho

Algo hay de poético, tanto como de triste, en el borracho que pasa; pues en ese estado intermedio, donde lo onírico es la realidad transmutada, parece que la decadencia débil y el patetismo azul de la degeneración que acompaña al alcohol ingerido, se han mezclado de tal suerte que podemos ver en esa figura legendaria uno de los lugares comunes que resisten al tiempo tanto como al espacio.

Pero esta magia no está en todos los borrachos; el común de ellos suele ser ese varón hundido o esa mujer ajada con ojos que nada ven y en todo se fijan. No, algo hay que es digno de ver, pero en ese borracho concreto; ese hombre que pasea ahora mismo por una calle donde sus pies se interponen el uno al otro y, con un dominio superior al que cualquiera podría pensar, en vez de tropezar elude los obstáculos y así prosigue, como si fuera un juego, desfilando, con la mirada al frente, una mano dentro del bolsillo del pantalón y la otra bailando en el eterno movimiento que lleva un cigarrillo rubio a los labios.

El hombre es alto como un actor, con la cara simple de un europeo normal, es decir, pómulos prominentes, mandíbula algo aguda, ojos bonitos y ligeramente hundidos, pálidos como pálidas son sus cejas, al igual que es muy clara su piel. El pelo pajizo, siendo ese adjetivo lo más cercano que queda en él de aquel pasado rural que ya parece remontarse demasiado atrás y que, sin embargo, todos tenemos. No sería difícil imaginar a un ancestro nuestro, posiblemente cercano, que sintiera el calor húmedo de la tierra al anochecer o que pisara con deleite esos abonos expulsados por los animales que harían más fértil sus pocas brazas de tierra.

No sabemos por qué avatares ese hombre, trajeado, ha salido así a la calle. Podemos pensar que, llegado del trabajo no ha habido mujer que saliera a recibirle porque no la hay, ni novia a la que llamar para liberarse de la opresión de lo cotidiano. Quizá el impulso que le llevó a sentir su casa como un pozo fue precisamente la común soledad, el estar a solas con uno mismo. Sabemos que fue al baño porque es lo más normal, se lavó la cara con agua fría queriendo quitarse la impresión de ajeno que tenía sobre sí mismo. No lo consiguió. Se quitó la corbata y no puedo hacer más. Salió a la calle, huyendo, sin saber a donde iba, sintiéndose desdichado por ser como era.

Sin embargo, no puede ni avanzar dos calles sin que la sensación de vagar sin rumbo se le atragante por lo patético que le resulta. Siente las miradas de todos los transeúntes clavadas en él, como si supiesen el secreto de su tristeza y se compadecieran o le juzgasen raro por salir solo sin saber qué hacer. Ese peso le lleva a un bar, el más cercano que encuentra donde apenas haya gente, donde la barra esté grasienta y en la televisión pongan el futbol, mientras los de siempre gritan o sacuden sus brazos sudados por una dura jornada.

Pide una cerveza en el bar, porque otra cosa le expondría aún más. Finge ver el partido pero no lo hace, no puede disfrutar del deporte, se siente más desdichado entre esos hombres toscos con los que nada tiene en común. Bebe rápido y paga. Huye de nuevo, porque es lo que sabe, y termina en un pub donde los camareros esperan a que los clientes lleguen horas más tarde. Allí no hay nadie más y bebe una copa detrás de otra, ante la mirada entre indiferente y sorprendida de los camareros a los que les da igual mientras el hombre tenga dinero en su bolsillo. Lleva tarje, asumen que pagará y, efectivamente, termina por pagar.

Sale de ese bar sin rumbo y ya sin conciencia de ser observado. Hace paradas en otros bares donde pide cervezas o chupitos de distintos alcoholes, cuanto más fuertes, mejor. Finalmente termina por entrar en un barrio de edificios enormes, cuajado de grandes letreros que anuncian, con el llamativo neón, comidas de todo tipo. La gente come en las terrazas de las aceras, familias enteras con niños, adolescentes, parejas embelesadas y parejas que están juntas porque han de estarlo. También hay ancianos y grupos de compañeros que han salido del trabajo y se han ido a cenar juntos. Hay un gran bullicio que le envuelve como si fuera el sonido de fondo.

Este hombre pasea entre ellos, mirando a unos y otros, fumando, aspirando el humo hasta que le llena los pulmones y los imprima de ese dulce dolor que tanto placer y sosiego da a los que con ello se entretienen. Camina despacio, aceptando que está borracho, sintiéndose ajeno a todos ellos y digno, en cierta medida, a pesar de llevar el traje ya arrugado, la camisa sudada y el pelo revuelto. Mira sin ver y sigue caminando hasta que todas esas personas de disipan de sus ojos y de su memoria, hasta que sus pies cansados le guían, sin que él lo sepa, hasta su propia casa, hasta la puerta maldita donde la cerradura se acciona perfectamente y le devuelve una amarga bienvenida. Su casa le promete descanso, que no afecto, pero ahora a él le vale. Ahora cierra la puerta, se desnuda con parsimonia y bebe un vaso de agua antes de meterse en la cama, triste en su fuero interno.

Se encoge, acercando las rodillas a su pecho. Se tapa con sabanas y manta y gimotea débilmente sin permitirse el lujo de que le veamos llorar. Termina por dormirse en el convencimiento acuoso de que, pasada la resaca, el mundo será más amable con él.

Vencido, perdido, soñado

Nada dirás, nada verás porque vagas en medio de un desierto igual, desierto de materia electa, porque puedes elegir, puedes pensar qué prefieres en tu pequeño mundo-infierno. Pero al final prefieres la arena porque la metáfora es rápida, porque son granos ínfimos creando una masa informe, yerma como tu vientre. No, nada puede crecer en ti. Eres una fuente seca que no ve, que camina, se agota, se deja tragar por las dunas una y otra vez. Al final te acosan esas grandes aves negras y azules con el pico como fauces y las garras como de acero y tú caes, agotado, vencido como sólo los muertos son vencidos, vendida tu libertad al otro, subyugado a la voluntad contraria que ahora te parece mejor que la propia. Aceptas porque has perdido, porque la batalla te ha dejado hueco, obsoleto. Firmarías cualquier cosa que el diablo te presentase. Y tú, porque eres débil cuando él es fuerte, firmas que sí, que eres suyo o más aún, firmas que eres él y cuando estás terminando te crees perfectamente aquello que has escrito.

Pero no llega la paz. Apenas el mundo vuelve a ser, tú te encuentras relegado a las losas de un sótano y se alzan a tu alrededor las formas monstruosas de un coro con capuchas rojas. Son jueces todos ellos y uno lleva la balanza igual que otro porta la espada. Son armas como el libro en el que un tercero escribe. Hay un último te mira con ojos brillantes bajo la sangre de su tela. Te mira y tú gritas que no, porque ellos los envía él y lo sabes. Te acorralan, te señalan, se vuelven enormes sobre ti y gritas como si estuvieras en una pesadilla, porque estás en ella. Te encuentras contra las puertas de la justicia y por más que pides permiso, nunca te dejan pasar.

Empieza a pesarte la incoherencia, despiertas de un sueño pesado que no recuerdas haber comenzado, estás empapado y lloras un poco. Gimoteando por lo patético, por lo real de ese momento en el que entiendes que todo ha sido un sueño ¿Pero lo ha sido?

De repente te arrancas la ropa y la lanzas al suelo, te quedas desnudo en medio de la habitación, rodeado por cerámica limpia hasta en su molécula más pequeña y te revuelves el pelo, coges aire y te miras al espejo. Entonces rescatas un trozo de papel perfectamente doblado y lees lo allí escrito con voz grave, autoritaria, como si realmente fueras un brujo proclamando su hechizo:

“Nosotros somos los salvajes, los hijos de la ira. Somos los hombres que han comido de las manzanas de oro y se han acostado con las yeguas vírgenes en los campos donde Áres practicó con su lanza.

Nosotros vagamos bajo la mirada de un padre divino, a nosotros nos acoge la madre celosa y no somos sus hijos. ¿Cuándo llegará el momento? ¿Dónde estarás tú cuando prenda la yesca y arda el campo y las páginas, cuando la espada caiga abrasada y la balanza se incline mientras se derrite el bronce con el que está fabricada? No estarás, porque antes vagaremos entre los enormes huesos de una civilización perdida, entre el olvido de nosotros mismos sobre calles de cristal. Terminaremos paseando sumidos en la creencia bajo el mismo cielo hasta que saldemos la cuenta que todos hemos de saldar.”