Traidor y traicionado

Edward deja el sombrero sobre la cómoda de madera roja. Apoya el bastón en el mismo mueble y se adentra en la habitación arrastrando sus caros zapatos en la alfombra persa que disimula sus pasos.

Rápidamente capta el olor conocido y desagradable, el hedor de los muertos. Al traspasar el biombo no disimula el gesto de asco, ya no hace falta. Se pasa la mano por el pelo y se detiene ante la gran cama donde yace el cuerpo sudoroso de un hombre no muy mayor. Su piel tiene el mismo color que la cera.
-¿Ha muerto?
-Aun no –responde una mujer sentada en una gran silla tapizada al otro lado de la cama. Tiene en las manos un librito de cubiertas verdes.
-¿Ha firmado?
Los labios de la mujer se fruncen en un gesto que Edward conoce muy bien, no es necesario que responda. Maldice.
-Cuida tu lenguaje, él quizá ya no pueda oírnos pero abajo están el doctor y los criados.
Edward asiente. Observa al hombre con detenimiento. Ciertamente respira, aunque al ritmo de un resuello flojo, apenas audible. El joven pasa sus ojos azules por la mujer, ella le interesa más ahora. Recorre el cuello pálido, el escote recatado, los pechos ocultos tras la tela. Ella sonríe, sabe que él está excitado.
-Ahora no es un buen momento, querido.

Edward accede, está a punto de decir algo cuando dos toques en la puerta llaman su atención. Se dirige hacia él otro hombre con anteojos, calvo y bastante grueso.
-Sr. Johnson, es muy agradable verle por aquí. –dice.
El joven aludido asiente fingiendo una sonrisa no demasiado excesiva y estrecha la mano del hombre gordo.
-¿Se conocían, doctor? –pregunta la mujer sin abandonar su asiento.
Ambos inclinan la cabeza al mismo tiempo.
-Coincidimos en Gales hace unos meses. Fue toda una sorpresa descubrir que el Sr. Johnson era el discípulo de su marido, señora. –responde el doctor.

Se hace un silencio breve, intercambian sonrisas frías y el individuo armado con un estetoscopio ausculta el pecho del agonizante. Johnson vigila todos los movimientos del médico.
-¿Cuánto le queda?

El doctor le mira con compasión, piensa que él, Edward Johnson, está tan apenado como su pronto viuda. Está equivocado.
-No mucho, me temo…
La mujer es rápida, se levanta con fingida turbación y agarra la mano del doctor por encima del cuerpo de su esposo.
-No soporto verle sufrir así… ¿no hay nada que pueda darle para… para acabar con su sufrimiento?
El médico se emociona, aprieta con sus manos las de la mujer que le mira con ojos llorosos y niega sintiendo hacerlo.
-No, señora. No puedo… Dios dispone…
“Pobre imbecil”-piensa Edward que se acerca con el rostro compungido y separa a la esposa para depositarla de nuevo en la silla.
-Valor, Sra. Haufmann, valor. –dice sin convencimiento.

Al doctor le tiembla la barbilla, se despide y sale por la puerta, cerrándola a sus espaldas. Edward no puede evitar sonreír, pero ella se lo reprocha con una mirada.
-No seas tan dura, querida. Ya has oído al doctor, es cuestión de unos momentos…
Ella titubea y observa a su esposo:
-Lleva exactamente igual tres días.

De nuevo se impone el silencio. Fuera empieza a llover, como de costumbre. Las gotas estallan contra los cristales de la habitación, la luz es gris. Edward enciende una lamparita cerca de la silla y observa al moribundo junto con la mujer. Sus pensamientos divagan.
-¿Qué vamos a hacer sin su firma? –pregunta por fin.

Ella calla un rato.
-Soy su única heredera, tampoco es tan importante… Después del luto nos reuniremos, llamaremos a los profesores y diré que he juzgado que el trabajo de mi marido debe seguirlo su mejor discípulo, aquel con quien compartió sus ideas y que fue parte indispensable de sus teorías –hace una pausa-. Nadie me lo podrá negar.

Edward sonríe, le encanta la idea. Tanto teatro no va con él, pero se ha acostumbrado a participar en las tretas de la mujer. La desea tanto en ese momento que se abalanzaría sobre ella y le haría el amor. Sí, es una idea magnífica. Está deseoso de poder restregar a aquel viejo cabrón cómo fornica con su mujer mientras él muere. Lástima que la idea sea extremadamente descabellada. Se contiene, se sirve un vaso de agua y lo bebe de un trago.
-¿Quieres un té? –pregunta la mujer.
-No, gracias.

La puerta se vuelve a abrir, esta vez es el notario, un hombre de barba gris y aspecto aburrido. Se acerca quitándose el sombrero, saluda y observa al moribundo por encima. Tras él llega una enfermera, prepara un paño frío para ponérselo sobre la frente.
-Sra. Haufmann, siento que esté pasando por este trance. He venido en cuanto me ha llamado el doctor. Sepa que yo y mis socios haremos lo posible porque usted no tenga que preocuparse de nada. Queremos ahorrarle trámites y…

El notario ahoga un grito de sorpresa, la enfermera no es capaz de disimularlo. El moribundo se ha incorporado de la cama y su mano de cera agarra la muñeca del notario como una garra. Sus ojos no pueden enfocar. Se hace un silencio tenso. Edward no sabe qué hacer, ha clavado las uñas en el respaldo de la silla donde la Sra. Haufmann suda. Todos esperan. El doctor llega corriendo y observa la escena, antes de que pueda actuar el enfermo abre la boca y aspira profundamente.
-Caja… fuerte… siete, cuatro, cero, tres, tres… uno.

La voz es un gemido lastimero y precipitado; cuando termina de hablar pierde la fuerza y el hombre cae sobre la almohada. Ya no afierra el brazo al notario; el doctor y la enfermera le atienden con prisas. Todos están inquietos.
-¿Qué… quiere decir? –pregunta la mujer que no puede evitar estrechar la mano de Edward con fuerza. Está muy pálida.
-¿No es obvio? –pregunta el notario recuperado. Sus ojos recorren la habitación y encuentra una pequeña caja fuerte en la cómoda sobre la que Edward ha dejado su sombrero.

El notario se acerca y gira la ruleta en los números acordados. Suena un “clic” y la puerta cede. En el interior hay una carpeta que el hombre saca y consulta. Su rostro aburrido adquiere una expresión desconcertada. Está muy sorprendido.
-Doctor… –dice sin mirar al susodicho- ¿Está vivo?
-Como antes, señor.
-Venga un momento.
El notario alarga los papeles al grueso hombre y este abre la boca.

-¿Qué ocurre? –pregunta la mujer, aterrada. Edward nota los dedos de su mano enfriándose por la prisión a la que ella les somete.
-¿Usted sabía algo de esto? –pregunta el notario, ceñudo.
El doctor niega asustado:
-No… es decir…
-¿Sí o no?
-He oído rumores, pero pensaba…
-¡Diablos!-exclama Edward- Nos están asustando, caballeros.

El médico y el notario les miran con extrañeza. El corazón del discípulo traidor al maestro se acelera. La mujer infiel al esposo está a punto de desmayarse y respira con dificultad.
-Es un testamento, señores. –dice serio el notario- Es uno que el Sr Haufmann hizo con mi casa hace diez años, antes de que se casara con usted, señora.
-¿Y qué? –pregunta ella- lo cambió hace cinco años. ¿Verdad?
El notario rumia algo para sus adentros.
-Sí –afirma, pero duda-. En su segundo testamento usted lega todos sus bienes. Pero ese documento tiene una cláusula.
-¿Qué cláusula? –pregunta Edward. Ya no siente su mano.
-El Sr. Haufmann quería que su segundo testamento quedara invalidado en el caso en que usted, señora, lo traicionara.

La mujer frunce los labios, suelta la mano de Edward y se pone en pie, tiembla. Está llena de rabia, de miedo, de ira. Balbucea.
-Eso… es… eso no es… Es inadmisible que usted sugiera…

El notario niega, baja su vista a la carpeta y recoge una fotografía que muestra a la mujer desde la distancia que les separan. La imagen es muy clara, están ella y Edward besándose en las sombras de un parque de Notting Hill.

La mujer boquea, termina cayendo en la silla, fulminada. No sabe qué decir. Edward se ha quedado como una estatua, completamente helado. Sabe que la fotografía tiene un año. El viejo cabrón se había guardado en la manga aquella carta sabiendo que estaba muy enfermo. El maestro se vengaba así de las traiciones, les había ganado a pesar de estar ya cerca de la muerte.

-Sr Johnson… Hay una nota escrita para usted.
El joven discípulo está de hito en hito, no es capaz de responder. El notario lee:
-Querido Johnson: La universidad lo sabe todo. Te sugiero que cambies de continente porque ninguna facultad de Europa estará dispuesta a tenerte entre su profesorado. Suerte en América.

Y de pronto, casi como si firmase las líneas, el moribundo se ríe débilmente con la misma voz ronca y cascada. Todos le miran, completamente asombrados. Él tose, aspira con dificultad y por fin emerge de su garganta el último suspiro.

La habitación queda llena de silencio, la viuda desheredada gimotea, el discípulo sigue mudo, el doctor certifica el deceso con un gesto afirmativo y el notario se santigua y murmura algún versículo de memoria. En el jardín de la casa, bajo la intensa lluvia, se abre el capullo de una rosa blanca.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s