La poética del borracho

Algo hay de poético, tanto como de triste, en el borracho que pasa; pues en ese estado intermedio, donde lo onírico es la realidad transmutada, parece que la decadencia débil y el patetismo azul de la degeneración que acompaña al alcohol ingerido, se han mezclado de tal suerte que podemos ver en esa figura legendaria uno de los lugares comunes que resisten al tiempo tanto como al espacio.

Pero esta magia no está en todos los borrachos; el común de ellos suele ser ese varón hundido o esa mujer ajada con ojos que nada ven y en todo se fijan. No, algo hay que es digno de ver, pero en ese borracho concreto; ese hombre que pasea ahora mismo por una calle donde sus pies se interponen el uno al otro y, con un dominio superior al que cualquiera podría pensar, en vez de tropezar elude los obstáculos y así prosigue, como si fuera un juego, desfilando, con la mirada al frente, una mano dentro del bolsillo del pantalón y la otra bailando en el eterno movimiento que lleva un cigarrillo rubio a los labios.

El hombre es alto como un actor, con la cara simple de un europeo normal, es decir, pómulos prominentes, mandíbula algo aguda, ojos bonitos y ligeramente hundidos, pálidos como pálidas son sus cejas, al igual que es muy clara su piel. El pelo pajizo, siendo ese adjetivo lo más cercano que queda en él de aquel pasado rural que ya parece remontarse demasiado atrás y que, sin embargo, todos tenemos. No sería difícil imaginar a un ancestro nuestro, posiblemente cercano, que sintiera el calor húmedo de la tierra al anochecer o que pisara con deleite esos abonos expulsados por los animales que harían más fértil sus pocas brazas de tierra.

No sabemos por qué avatares ese hombre, trajeado, ha salido así a la calle. Podemos pensar que, llegado del trabajo no ha habido mujer que saliera a recibirle porque no la hay, ni novia a la que llamar para liberarse de la opresión de lo cotidiano. Quizá el impulso que le llevó a sentir su casa como un pozo fue precisamente la común soledad, el estar a solas con uno mismo. Sabemos que fue al baño porque es lo más normal, se lavó la cara con agua fría queriendo quitarse la impresión de ajeno que tenía sobre sí mismo. No lo consiguió. Se quitó la corbata y no puedo hacer más. Salió a la calle, huyendo, sin saber a donde iba, sintiéndose desdichado por ser como era.

Sin embargo, no puede ni avanzar dos calles sin que la sensación de vagar sin rumbo se le atragante por lo patético que le resulta. Siente las miradas de todos los transeúntes clavadas en él, como si supiesen el secreto de su tristeza y se compadecieran o le juzgasen raro por salir solo sin saber qué hacer. Ese peso le lleva a un bar, el más cercano que encuentra donde apenas haya gente, donde la barra esté grasienta y en la televisión pongan el futbol, mientras los de siempre gritan o sacuden sus brazos sudados por una dura jornada.

Pide una cerveza en el bar, porque otra cosa le expondría aún más. Finge ver el partido pero no lo hace, no puede disfrutar del deporte, se siente más desdichado entre esos hombres toscos con los que nada tiene en común. Bebe rápido y paga. Huye de nuevo, porque es lo que sabe, y termina en un pub donde los camareros esperan a que los clientes lleguen horas más tarde. Allí no hay nadie más y bebe una copa detrás de otra, ante la mirada entre indiferente y sorprendida de los camareros a los que les da igual mientras el hombre tenga dinero en su bolsillo. Lleva tarje, asumen que pagará y, efectivamente, termina por pagar.

Sale de ese bar sin rumbo y ya sin conciencia de ser observado. Hace paradas en otros bares donde pide cervezas o chupitos de distintos alcoholes, cuanto más fuertes, mejor. Finalmente termina por entrar en un barrio de edificios enormes, cuajado de grandes letreros que anuncian, con el llamativo neón, comidas de todo tipo. La gente come en las terrazas de las aceras, familias enteras con niños, adolescentes, parejas embelesadas y parejas que están juntas porque han de estarlo. También hay ancianos y grupos de compañeros que han salido del trabajo y se han ido a cenar juntos. Hay un gran bullicio que le envuelve como si fuera el sonido de fondo.

Este hombre pasea entre ellos, mirando a unos y otros, fumando, aspirando el humo hasta que le llena los pulmones y los imprima de ese dulce dolor que tanto placer y sosiego da a los que con ello se entretienen. Camina despacio, aceptando que está borracho, sintiéndose ajeno a todos ellos y digno, en cierta medida, a pesar de llevar el traje ya arrugado, la camisa sudada y el pelo revuelto. Mira sin ver y sigue caminando hasta que todas esas personas de disipan de sus ojos y de su memoria, hasta que sus pies cansados le guían, sin que él lo sepa, hasta su propia casa, hasta la puerta maldita donde la cerradura se acciona perfectamente y le devuelve una amarga bienvenida. Su casa le promete descanso, que no afecto, pero ahora a él le vale. Ahora cierra la puerta, se desnuda con parsimonia y bebe un vaso de agua antes de meterse en la cama, triste en su fuero interno.

Se encoge, acercando las rodillas a su pecho. Se tapa con sabanas y manta y gimotea débilmente sin permitirse el lujo de que le veamos llorar. Termina por dormirse en el convencimiento acuoso de que, pasada la resaca, el mundo será más amable con él.

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