Discordia vital

El despertador sonó a las siete, como de costumbre. Se levantaron de la misma cama aunque ella no trabajaba desde hacía años. Se había convertido en una costumbre el que ella se despertara al mismo tiempo que él y su hijo, aunque tuviera la oportunidad de quedarse más tiempo durmiendo. Él fue a la ducha y ella se enfundó en su bata azul dispuesta a hacer el desayuno.

A las siete y media los tres miembros de la familia estaban sentados cómodamente en su salón, con una fuente de fruta, zumo, café para ellos, colacao para “el niño” y tostadas con mantequilla y mermelada. Apenas hablaron. Luego el hijo besó a su madre en la mejilla y se despidió llevando al hombro la mochila llena de libros.

Se quedaron solos marido y mujer y ella se fijó en la situación por segunda vez en aquella mañana; llevaba tiempo haciéndolo, semanas. Él vestía de traje, miraba su cuenco masticando mientras pensaba en la reunión del día o en cualquier otra cosa similar. Ella estaba despeinada, con el pijama aún puesto, espiando sus miradas y sus movimientos.

Se levantaron. Él desapareció un momento mientras ella limpiaba la mesa. Luego, en la puerta, él se acercó y beso sus labios casi automáticamente.
-Te quiero –dijo.

Durante diez años ella había afrontado aquel preciso momento repitiendo las palabras de él, deseándole un buen día y añadiendo algún apelativo cariñoso. Ahora se daba cuenta de que aquella década les había desgastado, había convertido ese ritual de cada mañana en un mero protocolo que carecía de sentido. Ella comprendió que para él era fácil, se levantaba e iba a trabajar; pero para sí misma todo lo que hacía era por él, por él y por su hijo. Recordó tantas y tantas situaciones similares. Entendió que antes ella se arreglaba por las mañanas como él, que a veces se duchaban juntos cuando el niño era pequeño o que hacían el amor o era él quien preparaba el desayuno. Pero la complicidad había muerto hacía mucho y a cada día ahora le seguía un perfecto plan monótono que la encerraba en casa mientras él se iba fuera de aquellas paredes y vivía. De pronto sintió que su hogar era una jaula, una cárcel llena de formalidades que tenía que cumplir para que todo estuviera en orden. Su familia era pura burocracia. Estaba harta, enfadada, cansada. Estaba viva.

Él ya se había girado, al parecer ni siquiera había notado que ella no respondía a su declaración. Caminaba hacia el coche apuntándolo con el mando a distancia que haría a las luces parpadear. No llegaron a hacerlo.
-No. –dijo desde su espalda la voz de su mujer.
Él se volvió sin comprender, con la pregunta en su cara, algo impaciente por el retraso que sufriría si ella quisiera discutir.
-¿No, qué? –preguntó.
-Tú no me quieres.
Él parpadeó sin comprender, ya irritado. Se acercó e intentó sonreír acariciando su brazo. Ella se deshizo del contacto y él quedó más atónito.
-¿Pero qué te pasa? –
-Durante diez años he pasado por esta puerta contigo, te he deseado un buen día y tú te has ido. Luego vuelves, como siempre, llegas a mesa puesta, preguntas qué tal todo y finges que te interesan las trivialidades de llevar una casa. Escuchas a nuestro hijo y por la tarde vuelves al bufete. –Dijo ella con voz calmada- Llega la noche y cenas lo que yo te he preparado, vemos la televisión, trabajas en el despacho si tienes algo que hacer y nos acostamos cansados.

Cuando ella terminó el hombre estaba enfadado y se sentía con todo el derecho del mundo a estarlo:
-¿Acaso no te gusta tu vida? –volvió a preguntar.
-No. –respondió casi sonriendo.
Su contestación le confundió aún más y no supo qué decir. Balbuceó mirándola directamente:
-¿Por qué?
-Porque nada cambia. Estoy harta de estar sola en esta casa, estoy harta de… nuestro matrimonio.
-Pero sí te quiero.
-Quizá sí… quizás a ti te baste con eso, pero a mí no. Ya no.

Él cambió el peso de un pie a otro, se rascó la cabeza sin saber qué hacer. Miró alrededor. Aún tenía el mando a distancia en la mano. Ella seguía quieta como una estatua, enfrentándose a él, erguida aunque aún con la apariencia desecha del recién levantado.
-No lo entiendo… de verdad que no. ¿Qué es lo quieres?
Ella esta vez levantó los brazos y sonrió:
-Quiero vivir. Llevamos dieciocho años casados, tenemos un hijo de quince y esta casa la compramos hace diez. Es demasiado tiempo… necesito un cambio o muchos.

Él estaba realmente confundido. Guardó las llaves en el bolsillo.
-¿Y en ese cambio no puedo estar yo?
Ella le contempló. Durante unos minutos mantuvo toda su atención puesta en él buscando en los entresijos de su cara alguna muestra del futuro que le diese la respuesta definitiva, pero no la encontraba. Por su parte el hombre estaba impresionado por la serenidad de ella, se sentía increíblemente vacío. Aquella “revelación” no se la esperaba. Era cierto que se había acomodado en la suave calma de los días, como si la simetría entre ellos le procurase paz, pero nunca se había preguntado lo que ella hacía ahora.
-Sí, puedes estar. Pero eso no importa, tienes que pensar si quieres hacerlo.
-¿Cómo me preguntas eso? Claro que quiero…

Ella se acercó por primera vez, juntó sus cuerpos, le agarró de un brazo y puso su otra mano sobre la boca de él. Ahora le miraba de cerca.
-Esa es una respuesta muy rápida. Piensa en cuando nos conocimos… en todos los sueños que compartimos y que hemos ido olvidando silenciosamente, como si no nos diéramos cuenta. Pero sí nos la dábamos. Yo al menos lo hacía y creo que tú también. Si nos hemos callado es por el otro, porque nos queremos, porque pensamos que esta vida que tenemos es lo deseable… es…
-El fin último. –interrumpió él.
Ella sonrió:
-Sí. Pero no lo es, lo sabes. Nos hemos olvidado de vivir como queríamos vivir, de luchar. Yo quiero volver atrás, quiero equivocarme de nuevo y me encantaría hacerlo contigo pero no puedo pedírtelo. Significa renunciar a comodidades y buscar lo difícil. ¿Estás seguro de que quieres eso?

Él la miró.

En aquel momento se iba a decidir todo. Si él era ese hombre común que tenía vestido de traje frente a ella no entendería nada, frunciría el ceño y diría que no, diría que se había vuelto loca y huiría en su coche buscando la distancia que permite una excusa. Antes de cerrar la puerta añadiría que hablarían más tarde, a la hora de comer. Ese hombre no estaría dispuesto a renunciar a ver el fútbol cómodamente en su casa mientras su mujer resopla porque tiene que esperar a que termine el partido para cenar. No querría abandonar la rutina porque sería su vida, su máxima aspiración, su fin último. En cambio, si algo quedase del hombre que conoció una vez en la universidad, lleno de energía e ideas; ese que aún toma de cuando en cuando un libro entre las manos y lo hojea tristemente, con miedo a adentrarse en un mundo que hace mucho que abandonó, si fuese el caso pronunciaría lo correcto, una sola palabra que haría que ella se sintiera feliz por tenerle a su lado. Significaría que era real ese amor que tan a la ligera había declarado minutos antes.

-Sí. –dijo.

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