Marta

Marta observaba aquella caja con culpabilidad. El fondo rosa le encantaba y cuando la cerró, su superficie blanca le gustó aún más, las letras de su tapa también eran del color interior. Fue a la cocina y arrugó el cartón lleno de migas y azúcar glass desechada. Era la caja de una pastelería. Luego apuró el resto de zumo que le quedaba en el vaso y lo lavó con cuidado en el fregadero.

¿Qué podía hacer? Miró por la ventana y vio la tarde decayendo, pronto se confundiría con la noche inminente. Estaba sola, como siempre. Su gata dormía sobre el sofá y Marta se había levantado triste. Desde hacía un año los fines de semana le cargaban. De lunes a viernes todo era más sencillo para ella: se levantaba, huía al trabajo y en su casa le esperaba el descanso. Pero el sábado y el domingo no sabía qué hacer con su tiempo. Sus padres vivían lejos como para ir a visitarlos a menudo y tampoco le gustaba acercarse a aquella casa donde le iban a echar la parrafada de siempre. No le quedaba otra opción que pasar las horas mirando la televisión, divagando por Internet u observando la ventana con un pedazo de tarta y un zumo de naranja.

Volvió al ordenador y buscó la cartelera del cine más cercano. Le gustó una de las que anunciaban, un estreno que no parecía ni drama ni comedia, sino algo más sesudo. Ese tipo de cine no le apasionaba de ordinario, pero se dijo que quizá hallase algo interesante esta vez. Se cambió, cogió su abrigo y se marchó andando.

Podría haber cogido el autobús pero tenía tiempo y le apetecía andar. Cruzó el parque donde ya solamente quedaban parejas procurándose calor en un banco o gente haciendo footing. Una punzada de culpabilidad le acusó recordándole que ella se había propuesto hacer ejercicio igual que todas esas personas. Sin embargo la celulitis se seguía acumulando, igual que los kilos, y ella no encontraba el momento o el ánimo para calzarse las deportivas.

Fuera del parque tomó un gran bulevar. Fue por el centro, un paseo peatonal custodiado por grandes árboles. Caminó observando a las personas. Se encontró con dos parejas cariñosas que hablaban con complicidad, otra fría que no parecían quererse realmente. Cinco solitarios regresaban del trabajo, o eso deducía. Una niña iba en bici, su abuelo detrás sin apartar la vista de ella. Dos ancianas caminaban agarradas del brazo. Por último vio a un chico sentado en un banco que miraba la calle con tristeza, con soledad. A Marta le dio pena pero no dijo nada, no se atrevió.

Llegó a un cruce de calles que limitaba una zona de otra. Allí había mucho más movimiento. Las tiendas ya estaban cerrando pero los cafés y restaurantes brillaban con sus letreros rojos; estaban cuajados de gente, grupos que tomaban el aperitivo antes de la cena, amigos reunidos después del trabajo o la universidad, parejas en medio de sus citas. El trajín era caótico, revelaba que la ciudad estaba viva y también que ella no era parte de aquella alegría.

Se entristeció. Metió las manos en los bolsillos del abrigo y buscó un camino menos transitado, amparado por una cierta soledad al desaparecer los cafés y las personas. Dio un rodeo y llegó ante la taquilla. Pidió el ticket. Quedaba media hora para poder entrar a la sala y no sabía qué hacer.

Vagó por el barrio, evitando las aglomeraciones que encogían su corazón. Se preguntó por qué ella no estaba allí, en una de esas mesas, rodeada de amigos o con su pareja. La voz funesta que todos llevamos le respondió que ella no tenía ni de lo uno ni de lo otro. Era una extranjera, un alma solitaria en una ciudad que no era la suya. Era un paria y ese era el papel que tenía que aceptar. Estuvo a punto de llorar pero se contuvo.
Volvió al cine y pudo entrar, buscó una butaca y se sentó.

Marta no entendió la película, no tenía una gran lucidez, pero sí le impresionó, le emocionó. Quizá no supiera deshilar el contenido pero se había quedado con una idea amplia que le cubría como una manta. Al salir del cine se sentía llena y vacía al mismo tiempo, triste y alegre.

La noche se mostró ante ella con toda su crudeza, la acogió con frío y sin gente. Aún era pronto, pero los cafés que antes hervían de vida ahora apenas contaban con una docena de supervivientes. Tomó el bulevar de vuelta a su casa y esta vez apenas sí se encontró con alguien. Le entró un leve temor de sentirse sola, un temor a ser atacada; se sentía indefensa y sabía que no podría hacer nada con la fuerza de su pobre cuerpo. Tardó poco en volver a casa pero se le hizo largo el camino. Entró en el apartamento y su gata maulló dándole la bienvenida, aún desde el sofá donde ahora se estiraba.

Marta cerró la puerta con cerrojo y observó el ventanal que había abandonado para ir al cine. Seguía triste. Se puso el pijama y se arropó con una manta en el sofá. El felino se subió a su regazo y ronroneó. Ella le acarició absorta, no podía apartar su vista de la ventana. Le gustó tener al gato con ella, hubiera sido mucho peor regresar a una casa vacía de toda vida, donde se sentiría abandonada, más ajena al mundo de lo que se sentía.

El mensaje de la película era sencillo: todos hemos de tomar nuestras decisiones en la vida y son ellas las que nos conforman. Abandonar la inteligencia en favor de la comodidad es lo normal, lo más conveniente, pero también es lo más terrible pues nos simplifica, nos convierte en animales evolucionados, pero no en personas. El camino de la lucidez, sin embargo, es abrupto. Marta no quería la lucidez, nunca la había querido y tampoco tenía la capacidad, pero su comodidad no había resultado como ella había pensado. Estaba muy sola y no parecía que eso fuera a cambiar pronto.

La gata maulló y Marta sintió que eran iguales ellas dos, animales acurrucados en el sofá que miraban pasar el tiempo sin ninguna intención de buscarlo.

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