El prodigio del mago

Se arrastró por el suelo mientras sus compañeros luchaban encima de él. La sangre volaba salpicando a los guerreros. El olor de la muerte reciente le llenaba los pulmones y él, un simple mago, se veía abandonado por su guardia y sin más arma que sus conjuros y una daga pequeña. Maldijo al archimago por haberle arrastrado hasta aquel campo de cadáveres.

Rafael se levantó, no se limpió las ropas empapadas de suciedad y restos humanos, tuvo que esquivar el tajo de una espada. Un soldado raso acudió en su ayuda y mató al enemigo.
-¡Haz algo! –gritó el hombre desapareciendo al punto.

¿Qué podía hacer él? Aspiró, asustado. Buscó a sus compañeros y los encontró demasiado lejos. Les separaban varias centenas de hombres combatiendo. El archimago, un hombre de grandes bigotes grises y completamente calvo, tenía los ojos prendidos de un fulgor rojo y sus manos lanzaban estelas de fuego que abrasaban los pechos enemigos. Le rodeaban tres magos de bajo rango que le asistían evitando que se acercaran los soldados de la insignia verde.

Uno de aquellos hombres obedientes al hermano insurrecto del rey y por tanto enemigos del reino, se abalanzó sobre Rafael, quien logró esquivar de nuevo el ataque, pero esta vez estaba completamente sólo. Hizo un esfuerzo por convocar algún sortilegio, el que fuese, pero las palabras se trababan en su boca y no encontraba coherencia a las frases. Estaba muerto de miedo. Cayó al suelo y justo cuando el soldado, ufano, pensaba en destriparle como a un conejo, una de aquellas brasas mágicas le atravesó el pecho. El hombre cayó con todo su peso en la tierra y Rafael se levantó buscando la mirada dura de su maestro. No la encontró, el archimago no le observaba, que su hechizo hubiera acabado con el que casi había sido su asesino parecía una casualidad.

Aquello le llenó de rabia. Había pasado diez años de su vida estudiando con los mejores magos del mundo. Era un hechicero de segundo orden y pronto le darían el primero. Era joven, sí, pero al menos en el taller demostraba un poder como pocos en su clase. Iba a demostrarlo.

Encontró el valor en esa esperanza mal medida y recordó un viaje a Aferia, ciudad de magos expertos en demonología y artes cósmicas. En aquella ciudad estuvo todo un mes hurgando entre códices antiguos que apenas había podido descifrar. Recordó uno, muy antiguo, muy complicado, cuya dicción le parecía imposible. Dudó por un instante, observó la carnicería a su alrededor y corrió como un loco hasta la colina cercana, donde los soldados parecían evitar el paso por miedo a exponerse demasiado. Él corrió hasta allí y cuando estuvo en su cima y tuvo una buena visión del campo de muerte cerró los ojos y entonó las palabras. Su mente fue hilando las frases con sumo detalle. Recordaba los ingredientes necesarios y, de pronto, un anillo de plata de su dedo se desintegró en la nada, unos brazaletes de cuero que le protegían los antebrazos se deshicieron de igual manera y su colgante, que guardaba un ojo de mantícora en ámbar, brilló y se alzó hacia el aire como si algo le atrajese desde las alturas.

Rafael abrió los ojos y vio que el cielo se había cubierto por nubes oscuras. El mar no muy lejano bramaba ahora y los relámpagos caían con su energía azul sobre las ruinas de un castillo cercano. Al mismo tiempo notaba que su propia fuerza era sustraída por las ráfagas de viento que le rodeaban.

Alguien disparó una flecha contra él, pero el remolino la partió. En la batalla varios soldados le observaban, se detenían bajo el riesgo de que su enemigo les matara y así era por norma general. La lucha continuaba al margen de Rafael y su tormenta. Ser ignorado por todas aquellas personas fue el impulso que al mago le hacía falta.

Sacó la daga del cinto y la clavó en su mano. La arrojó al suelo con dolor y apretó el puño alzándolo al aire. Las gotas de sangre que se escurrían flotaban hacia arriba y se encendían, suspendidas en la nada, en medio de un ojo huracanado que le sorbía la vida. Rafael notó su piel pegarse a unos huesos que los músculos parecían haber abandonado. Se le secaron los ojos y le zumbaron los oídos. Llegó a su mente la última palabra del hechizo y la pronunció con deleite mientras buscaba la mirada de aprobación en los ojos del distante archimago. Ahora el viejo sí le observaba, pero en aquella mirada sólo había horror.

El mundo se encendió de golpe. Rafael se mareó y sintió que se sustraía al mundo, que era el único ser en el universo. De repente, bajo su percepción, la colina era una montaña y tan pronto como habían aparecido las nubes todas desaparecieron con una explosión de luz blanca que convirtió en el día más claro la oscura tarde.

Esta vez los dos ejércitos sí dejaron de luchar. Encima de ellos ya no había un cielo azulado, sino la oscuridad de una noche sin estrellas. En su lugar, nubes brillantes giraban en torno a un centro que lo ostentaba el mago. Aquellas inmensas nebulosas llevaban consigo planetas gigantes, tan grandes que iluminaban la tierra con sus colores rojos, azules, verdes y violetas.

Rafael sentía sus globos oculares queriendo salir de las órbitas. Estaba ante un universo, un universo del que él era su centro y dueño, su Dios. Esta vez nadie pondría en duda su poder, estaba seguro. El problema era que aquel conjuro le costaba toda su fuerza y se sentía débil, agotado. No podía parar, sabía que en aquel punto sería imposible. Todo giraba a su alrededor con una velocidad terrible. Los planetas parecían bolas gigantes pero tan sólo bolas. Él sabía que eran planetas de todo derecho y aquello le aturdía aún más. No sabía qué hacer. Giró los brazos sobre sí mismo, alzó una vara de avellano que se utilizaba en otros conjuros y está ardió en su mano sin quemarle creciendo como si estuviera viva. Con ella guió al torbellino hasta que, sin poder preverlo, una luna cualquiera chocó contra un planeta y estallaron convirtiendo ambos cuerpos en roca ardiente cuyos pedazos se propagaron en tantas direcciones que Rafael no pudo controlarlo y perdió el equilibrio, le falló la concentración y el remolino lo succionó todo en un minuto de ruido ensordecedor y luz limpísima.

El cielo de la tarde volvió a su estado cotidiano, el universo de pronto había explotado creando una lluvia de chispas que no llegaron a ellos. El mago de la colina gritó sobre el silencio de los dos ejércitos y su cuerpo se consumió como si fuese de papel, dejando unos huesos sin ápice de otro tejido, limpios de cualquier rastro. El esqueleto quedó un único momento en equilibrio, momento que el archimago, sabedor de lo que iba a suceder, aprovechó para cerrar los ojos.

La explosión lo consumió todo y su expansión fue tal que llegó al mar y chocó contra las olas. Luego, en la calma posterior, las aguas cubrieron aquella zona donde siglos después aún se recuerda el prodigio del “mago maldito”.

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Un comentario en “El prodigio del mago

  1. Como la vida misma. Todos somos magos. Nuestras actos tienen reacciones en nuestro entorno que no podemos controlar, y que a veces nos llevan a la destrucción.
    Pero a veces, el renacer de las cenizas, nos hace más fuertes, y nos muestra un camino escondido hasta ese momento.

    besos.
    muchos.
    envueltos.

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