145

Quizá sea sólo un número, algo sin significado; para mí, para mí guarda casi un año de mi vida. cuando por alguna de esas casualidades de la vida aparece dicha cifra ante mí, se enciende mi cerebro con el conocido calor, con el recuerdo que asalta sin contemplación, exiliando cualquier otro pensamiento baladí que revolotee por mi cabeza, gobernando con supremacía sobre lo demás.

Por aquel entonces yo tenía veinticuatro años, acaba de “renacer”. Me había mudado y conocí a una de esas mujeres misteriosas en cuya contemplación silenciosa gasté las horas más exquisitas de mi juventud. Fue en invierno, hacía frío y ambos éramos vecinos anónimos, extraños paralelos en una pensión céntrica donde la calefacción estaba más tiempo apagada que caliente. Creo que esa fue la excusa, darnos calor. Ella era mayor que yo, posiblemente me doblase en edad, pero disimulaba las imperfecciones con ese bendito maquillaje que atonta a los hombres y nos hace creer que Venus ha renacido y la tenemos entre nuestro brazos. La quise, la quise con todo mi hambre y nos dedicábamos al ejercicio sagrado de los hombres y las mujeres con deleite, con pasión, continuadamente.

Se llamaba Cristina, tenía el pelo oscuro como ala de cuervo, la mirada baja y la nariz perfecta, la boca era pequeña pero me devoraba con la pericia de la madre de todas las putas. No lo era o si alguna lo fue yo lo ignoré. Sé que su lado izquierdo estaba ligeramente desfigurado, nunca me dijo por qué. Yo hacía hipótesis absurdas sobre novios crueles o accidentes dramáticos, pero quizá, como suele suceder, la realidad fuera más prosaica. Ahora puedo imaginarme perfectamente a un chulo o un cliente demasiado sádico que le dedicó aquel ligero destrozo. Era como un desconchón, una rugosidad de su mejilla que le cubría desde la comisura del labio hasta el rabillo del ojo; quizá por ello fuera tan callada. Con Cristina aprendí esa magia de las mujeres, aprendí a amarlas de verdad, a entender los silencios en los que todo pasa sin que nada se inmute. Supe que hay un lenguaje de miradas, de gestos, de hechos y de ausencias, supe que yo hablaba sin hablar y que ella también lo hacía. Aprendí a comprender aquella lengua extraña con la torpeza de un niño que no sabe aún hablar.

Mi juventud me dio la fuerza que ella bebió, de la que gozábamos los dos; yo apretaba sus carnes rosadas contra la cama o jugaba con mis manos bajo sus faldas. Son mis mejores recuerdos de aquellos años, los que siempre me acompañan. Si cierro los ojos aún puedo ver su cuerpo desnudo, pequeño como una niña entre las sábanas de la cama, tímido en esa humildad que no sé si le daba la cicatriz de su rostro, la edad ya madura o la soledad sostenida. Yo era lo contrario, estaba alegre de mi desnudez enorme, de mi cuerpo duro y recuerdo estar siempre lleno de energía de un lado a otro del cuarto, agarrándola a veces o alejándome siempre sin vergüenza de no llevar nada encima. Para mí fue ella quien me mostró que en el sexo no hay frontera ni bajeza, es sólo instinto animal que se libera a través del sudor y de las demás excreciones que surgen llegada la cumbre caliente, la liberación final del cuerpo, la exhalación

En primavera ella me dejó. Llegué a la pensión por la tarde, dispuesto a correr a su habitación para festejar que estábamos vivos un día más. No fui en su búsqueda, el conserje me esperaba con una nota corta y una llave con el “145″ marcado en el metal. Salí corriendo, lleno de ira, exasperado en la ausencia a la que se me iba a condenar a partir de ese momento. Salí a la calle, aún no llovía pero lo haría en la noche, el cielo estaba plomizo, quise gritar pero me contuve, las lágrimas llegaron a mis ojos cuando llegaba un taxi, lo tomé. Gemí la dirección, la estación de tren, llegué una hora después de que ella hubiera pisado el andén, aspiré profundamente buscando el rastro de su perfume y no lo encontré. Miré en las dos direcciones por las que corrían las vías de acero como el caballo desorientado antes de emprender la carrera. Era un huérfano abandonado aquella tarde que se convertía en noche. No supe qué hacer y recordé la llave. En las taquillas encontré la 145 y la cerradura giró. Dentro, el espacio vacío me dejó cegado hasta que percibí, pegado contra el fondo, un pequeño frasco que rápidamente distinguí como el de su perfume. Había un trozo de papel pegado que tenía escrito dos palabra: “te quise”.

Jamás la volví a ver. Hoy recuerdo que la última noche, cuando apretábamos en la cama nuestros cuerpos gozosos y exhaustos la miré con la débil luz de la lámpara de noche y vi que estaba triste en silencio – no pregunté entonces – creo que lo hice a con toda la conciencia. Creo que el beso que me regaló por la mañana supo verdaderamente a despedida y lo saboreé sin atreverme a pedir una réplica. Mi prisa por volver después del trabajo era distinta a otras, era impaciencia real y ahora sé que aquella sensación había sido correcta. Ella se había ido, había arrancado su olor de mi cuerpo y ya no volvería a pegarse a mis sábanas en el ardor nocturno.

La añoré como un colegial, aferrado a aquel frasquito que me prometía ese pretérito de su última nota. Dos meses después abandoné la pensión y la ciudad, cambié de rumbo, cumplí otro año más y conocí a otra mujer más común que me hizo olvidar el frasquito, perdido en algún rincón con el que no he vuelto a tropezar. Su nota desapareció mucho antes, pero en mi recuerdo permaneció ese número que me hace recordar las noches frías que ella transformó en cálidas.

Anuncios

Arqueta Nº 3

N.d.A: “Arqueta Nº3” se publicó el día 03/10/2011 en el blog de “La vida entera en un silencio” de Saiz. Pertenece a un “juego” junto a otros dos escritos, cada uno de distinto autor.

La espada de Jaime se clavó en el pecho de Saúl, lo abrió con ira, haciendo que el herido gritase, pero el templario rápidamente dio fin al alarido con saña, cercenando la cabeza del rey caído. Jaime observó primero el cadáver y luego, calmada su pasión, la sangre impía que manchaba su túnica blanca, su coraza abollada y llena de los arañazos de distintos muertos que habían cometido la imprudencia de enfrentarse a su espada. Jaime se embadurnó los dedos con el líquido rojo, todavía caliente, los llevó al metal de su pecho y trazó la cruz que fielmente veneraba.

Fue entonces cuando se agachó, cogió aquella corona que había vestido de honor la frente llena de rizos del rey, que fue fundida años atrás, cuando un David que nunca se enfrentó a Goliat llegó al trono tras conquistar Jerusalén. Jaime observó el objeto con respeto, con asco también. Sabía muy bien qué representaba y decidió llevarla consigo, quiso que fuera la prueba definitiva de que ellos habían vencido. Cristo era el héroe y aquello lo evidenciaba.

Jaime se asomó al balcón de la fortaleza y gritó con fuerza, en latín. Proclamó la gloria de Dios y elevó la corona manchada con la sangre de su dueño. Los templarios gritaron, los cruzados gritaron, los herejes se rindieron. Terminó la batalla y prosiguió una guerra interminable que a Jaime le costó la vida.

La corona, sin embargo, fue enviada al imperio junto con otros muchos tesoros. Se fundió el oro y se rescataron las piedras preciosas. El maestro orfebre creó un alma de roble, esqueleto simple que le iba a dar coherencia al resto. Sobre las pequeñas vías de madera colocó las placas de oro judío, las repujó con adornos florales y añadió las gemas que formaban en la tapa una perfecta cruz de esmeraldas. Su ayudante, venido expresamente desde Limoges, trabajó durante un mes en aquella pequeña arqueta, llenándola con el azul real y el blanco marfil de los esmaltes más bellos que en su carrera había sido capaz de obrar.

La caja había sido encargada como un regalo. La terminaron en verano, quizá fuera ya Agosto. Puede que en el camino los soldados sudaran trasportando el tosco baúl donde viajaba una caja mucho más hermosa y con mucho más significado. A aquel tesoro le acompañaba una cruz llena de cristal y un báculo intrincado. Un recién nombrado obispo, hermano del rey de Francia, recibió aquel presente obligado, con la sonrisa torva de quien ha crecido respirando poder, negándosele poder y ambicionando lo que nunca sería suyo.

De aquella época la arqueta guarda el recuerdo del cuerpo de cristo, del suntuoso cáliz dorado, del vino derramado y, de nuevo, como si llevase en su materia una sed insaciable, de la sangre del obispo, cuya garganta se abrió sobre su tapa por mano de un puñal que pagó el digno hermano.

Al nuevo obispo, sustituto del asesinado, se le regaló la caja, limpia ya de los restos rojos que habían sacado brillos terribles de su esplendor litúrgico. Éste, amigo del rey pero más amigo de la reina española, regaló a esta la arqueta como muestra de su amor de confesor piadoso.

La mujer conservó en su interior los pendientes de perlas, las cadenas de oro, los rubís tallados y hechos amuleto, las cruces de plata que se colaban en su escote pendiendo de finos cordones del mismo material y el marfil de sus anillos y el raro y exótico jade que formaba pequeñas figurillas de animales. Murió joven y la caja fue heredada por la corona de España.

Por fin llegó él, su dueño más querido, hombre oscuro, de mirada seria, andar renqueante y silenciosa compañía. Felipe colocó la arqueta en su habitación, sobre una mesita de mármol, bajo el inmenso tríptico lleno de pecado y de ingenio que al monarca tanto le fascinó toda su vida.

Los años ya le habían pasado factura, tenía una fina brecha en su tapa que los dedos del rey recorrían con mimo cada vez que se paraba a contemplar el cuadro de cerca. El tacto roto le agradaba más que si hubiera estado perfecto, encontraba en aquel desperfecto pensamientos sobre el mundo real que nada tenían que ver con las tablas pintadas que le llenaban de caos la cabeza.

Está vez la caja tuvo el deber de guardar los pliegues de papel manchado con la tinta familiar, las cartas personales que ninguna importancia tenían para el estado pero que para Felipe eran las más apreciadas. También fue el lugar donde descansó el rosario de marfil que muy a menudo el hombre llevaba encima y manoseaba más sumido en pensamientos de política que en los rezos que se le adjudicaban.

Pero Felipe, como todos los hombres, murió. Pasó a otra caja muy distinta donde sus huesos se hicieron polvo, donde sus dedos estaban lejos de sentir el tacto de la brecha ensanchada por los años. La arqueta, huérfana del dueño que más cariño le tuvo, fue heredada por una hija y vagó ya sin destino fijo, guardando doblones dorados como soles que abollaron su pulida superficie, joyas de distinto valor, cartas de amantes, frascos llenos de opio y también polvo acumulado por los años de abandono, por el desprecio de unos propietarios que la relegaron a una repisa donde podía ser vista pero no tocada.

Tras muchos años de olvido alguien la encontró, reparó en su existencia, limpió su fondo, restauró aquello que era necesario restaurar y la expuso tras una vitrina de cristal que fue rota poco después, en un saqueo lleno de fuego, gritos y un idioma que reconoció íntimamente por ser el de aquel discípulo de Limoges y el de aquellos obispos de pasiones descontroladas.

Durante unos años reposó en un nuevo palacio de silencios. Vio pasar pocas personas en muchos años, ya nadie tocó su superficie con cariño, pero sí se posaron sobre ella los ojos furiosos y enérgicos de un hombre de baja estatura que apenas hablaba en su presencia.

Sin saber cómo, la arqueta volvió a un museo; esta vez la encontraron fatigada, los que querían restaurarla sentenciaron lo peor: había que cambiar el alma, podrida por los muchos años, por la sangre bebida, por los pecados que había absorbido, por la historia que le pesaba hasta el agotamiento. Era su fin, nada podían hacer ya. Un orfebre separó las placas, limpió con celo los esmaltes y las gemas, construyó un nuevo esqueleto y volvió a unirlo todo, refrescando su existencia, demostrando su pericia como experto. En la sonrisa del hombre que contemplaba la obra reconstruida no había rastro de pensamientos que llegaran más allá del metal. Ahora era cadáver o estatua de sí misma. La madera fue lanzada a algún lugar ignorado, donde se unió al polvo que ya formaban todos los que la poseyeron alguna vez.

Aquella caja, objeto desprovisto de espíritu real, fue puesta tras una nueva vitrina, injuriada con un cartel que en nada le hacía justicia, que omitía su nacimiento cruel, su sangrienta historia, el amor de un rey que apreciaba su imperfección, su visita austera a un país que la había arrancado con violencia y su sencilla muerte, exhibida tras un cristal en el que permanecería para siempre, observada por unos ojos que apenas apreciarían otra cosa que el brillante oro o los orgullosos esmaltes.

Poco a poco, año tras años, la historia escrita que citaba a la arqueta se difuminó. Nadie pudo decir que fue la cabeza Saúl la que ciñó el oro que la construía, todos olvidaron que las manos del oscuro monarca español acariciaron su brecha, nadie supo del desprecio de muchos dueños, ni de la sangre que llevaba impresa, sangre judía y sangre cristiana que la convertía en un objeto lleno de significado y que, a pesar de su opulenta materia, había sido relegado a un rincón insignificante en el que nadie se detenía.

El periplo del extranjero

La prudencia tiene la virtud de ser útil, paciente, de resultar verosímil e incluso de ser una buena filosofía de vida. Ser prudente es ser conservador, pero conservador no en ese sentido político, sino en uno más físico (o quizá en algún otro más allá de lo físico) El prudente tiene el buen sentido de no hacer nada que no debiera, de considerar cada detalle y sus posibles consecuencias tomando siempre la opción más acertada, la más obvia. Al menos será la más acertada de acuerdo a las normas sociales. El prudente se conforma con lo que tiene, con lo que entiende y no se aventurará en lo desconocido.

Pedro se hacía llamar Pierre, no por algún gusto extraño ni por snobismo, se hacía llamar Pierre porque sus padres eran franceses, porque se crió en el país galo y en su infancia sólo respondió a aquel nombre. La suerte cambió siendo él ya adolescente, cuando sus padres se mudaron a España como directivos de la recién estrenada filial de su compañía. El cambio fue espectacular para él, pasó a sentirse desplazado, a no ver a sus padres, a ser atendido por una asistenta que, si bien era simpática, nunca pudo procurarle una sustitución del amor que esperaba obtener de sus padres. Como la edad era la adecuada, a las quejas y actos de rebeldía sus padres no le dieron gran importancia, se limitaron a castigarle severamente. Pero para Pierre el colmo había sido el cambio de nombre, en el instituto todos le llamaban Pedro, incluso los profesores. Al principio con su desconocimiento del idioma no pudo defenderse, pero luego, envalentonado por el desprecio y el tiempo transcurrido, lo dejó claro. Él era Pierre y no contestaría a otro nombre. Le ignoraron. Los profesores sí que procuraban llamarle por su versión francesa, aunque a veces se equivocaban, entonces lo corregían con rapidez y cierto malestar al darse cuenta de que el chico, terco, no respondía. De sus compañeros sólo obtuvo burlas. Se quedó sólo y como tampoco tenía a sus padres hizo lo que hicieron muchos antes: huir.

Su abuela, Noelle, murió unos años antes de la ida a España de la familia. La mujer quería mucho a Pierre, ahora Pedro, y siempre intentaba defenderlo cuando quería hacer algo que sus padres no le permitían. La frase de la abuela siempre había sido la misma: “déjale, mujer, nunca he visto un niño tan prudente.” El día en que Pedro metió en una mochila algo de ropa, bastante dinero y un bar de bocadillos, se acordó de su abuela y recordó aquella misma frase. La prudencia, pensó Pedro, es para gilipoyas.

Salió de casa como cada día en dirección al instituto, pero nunca llegó a él; desapareció sin que nadie supiera nada. Cuando sus padres llegaron a casa a la hora de la cena, naturalmente se preguntaron dónde estaría pero no se inquietaron demasiado; las abundantes discusiones hacían que Pedro se quedase habitualmente en casa de su tío a pasar la noche. Quiso una casualidad que cuando ya estaban en la cama sin pensar en Pedro, sonase el teléfono. Cogió ella al ver que se trataba del número de su hermano y la conversación derivó, como no podía ser de otra forma, en el chico. El tío de Pedro no sabía nada de él. En esta ocasión sí se pusieron nerviosos, llamaron al móvil de su hijo, pero sonó en la habitación contigua y allí, encima de la cama, se encontraron una nota con dos palabras. “Au revoir”. Firmaba Pedro, no Pierre.

La policía tuvo claro que se trataba de una fuga y tranquilizaron a los padres diciéndoles que era habitual y que el chico volvería en cuando empezase a tener hambre o le faltase el dinero, dos días como mucho, quizá cuatro si el chaval era orgulloso. Dos semanas después Pierre no había aparecido y la policía no tenía nuevas noticias. Siguieron su rastro hasta la estación de bus, donde Pedro había comprado cuatro billetes a la misma hora y cada uno con un destino distinto. Los conductores no recordaban al chico en especial y ahí se terminó la búsqueda.

La depresión acosó a aquellos padres que no comprendían nada. Se culparon de la huida que no habían visto llegar y lloraron y se entristecieron. Pero pasaron los años y el dolor se fue convirtiendo en costumbre hasta hacerse llevadero. Ninguno de ellos pronunció jamás la palabra “muerte” pero ambos la tenían en su cabeza y les oprimía la garganta. Por respeto al otro nunca se dijeron nada, con miedo de hacerlo real al pronunciarlo. Mantuvieron la creencia en la huida, quizá algún día su hijo regresase.

Pedro apareció en el porche del chalet una mañana de sábado del mes de Marzo siete años después de su huida. Estaba serio, había crecido y llevaba una barba corta. En los primeros minutos los padres aliviados lloraron con él, le abrazaron y besaron como si fuese la efigie de un dios. Realmente le querían, pensó Pedro, pero aquello no le ablandó lo más mínimo, el no lloró, aunque sí se emocionó por el reencuentro.

Sin embargo no pasó mucho tiempo hasta que surgió la pregunta: ¿por qué? Y Pedro sonrió enigmático. Era una pregunta que se había esperado, que había planeado mil veces responder, pero que finalmente no quería ceder al dominio del amor. No se dejó emocionar. Les observó y habló en español, ya sin apenas acento. Les dijo que por aquel entonces no estaba cómodo en su casa ni en su instituto, que Pierre había muerto de inanición en España, que se había convertido en un extranjero absoluto, un paria, un ajeno que no poseía un lugar para sí mismo. Les dijo que pensó en el suicidio y aquello inquietó a sus padres, que temblaron. Luego recordó a la abuela, porque ella había sido muy importante en su decisión. La abuela que siempre había dicho que él era prudente tenía razón. Pierre era prudente y la prudencia le hubiera llevado a la muerte. Si él se hubiera quedado en la casa y hubiera seguido viviendo aquel infierno que tenía por monotonía porque era lo prudente hacer, porque esa era la decisión cautelosa: siempre esperar que todo mejore, siempre tener la esperanza y pensar que es cosa de uno y que uno cambiará; si hubiera decidido eso, estaría muerto. Decidió lo contrario, decidió romper con todo, salir de la comodidad de una vida sin penurias, decidió obviar a unos padres que no le entendían y buscar su vida fuera porque la que tenía dentro se había extinguido.

Aquellos padres, con el pelo encanecido por la duda y la pena de aquellos siete años, con las arrugas tempranas en su rostro, entrelazaron los dedos y miraron a su hijo. Se dieron un apoyo mutuo y silencioso, observando a aquel que habían creado ellos dos y que ya no reconocían. Estaban ante un monstruo o quizá ante un semidios, no lo entendían, ambas posibilidades eran reales pero algo, quizá el amor incondicional de la sangre o un entendimiento más íntimo, le llevó a uno de ellos a aclararse la garganta y preguntar lo que tenía que preguntar: ¿encontraste lo que buscabas?

Pedro asintió y volvió a sonreír, esta vez porque el contenido de su relato sería distinto a lo habitual, lleno de palabras que se consideran tabú o que al menos son difíciles de hablar en esa intimidad algo artificial que se da entre padres e hijos. Para él, que había renunciado a sus padres, ya apenas tenía vigencia la ley silenciosa sobre lo permitido.

Sí, respondió, he viajado mucho. He trabajado de camarero en Madrid, de azafato en Barcelona, he vivido en Málaga de la caridad de una mujer con quien me acostaba, en Cádiz conocí a un italiano que me llevó consigo a Nápoles y que me dio trabajo en su restaurante. He hecho de chico de correos en Milán, y allí también conocí la pobreza absoluta y me prostituí por dinero. No os asustéis, todo fue bien, nunca me he arrepentido ni tengo ninguna enfermedad, se trató de un trabajo más que no duró demasiado y que me permitió vivir. Estudié un par de cursos y me mude a Roma donde trabajé de barrendero, no dure mucho, volví a Rouen, papá, y dejé flores en la tumba de la abuela y del abuelo. Luego trabajé en París en una floristería. Allí me enamoré de una chica catalana y volvimos juntos a España. Vivo en Barcelona. No trabajo, pero quiero abrir una cafetería en el Rabal, ahora mismo ese es mi sueño. He caminado mucho, he hecho cosas terribles, he robado, mendigado, he leído mucho y he aprendido. Descubrí a las personas, descubrí el calor humano y el sexo y el valor del dinero. Me han hecho daño en todos los sentidos que uno puede imaginar pero aquí estoy, de una sola pieza, con dos cicatrices que no me causan desazón, con muchos recuerdos y sin remordimientos. Sólo tenía uno y era hacer esta visita que siempre me ha pesado. Sí, encontré lo que buscaba, me encontré a mí mismo. ¿Y sabéis? Además de todo eso, además de lo importante y de ser feliz, resulta que ella me llama Pierre.

Amanece otro día

N.d.A: “Amanece otro día” se publicó el día 16/08/2011 en Literatura Nova. Existe la posibilidad de descargar el archivo en formato pdf en dicha página.

Amanece otro día y se suma a la correlación que conforman mis semanas, meses, años y décadas. Hace tiempo que dejé de llevar la cuenta, cada vez me resulta más extraño quitarle hojas al calendario o suspirar sobre una fecha futura habiendo dejado tantas y tantas atrás.

Amanece, sí, pero es un hecho vulgar que ocurre sin ningún tipo de problema. El sol destierra lentamente esa oscuridad falseada de las ciudades, el azul pálido se anuncia pronto y apaga las farolas como un mandato. Es el mejor momento de la noche, su declive, cuando ya podríamos decir que no es tal sino que es de día. La diferencia se muestra sutil; el mundo negro se ha diluido pero todavía no estalla el astro sobre nuestras cabezas. Ahora, en la azulada atmósfera, fresca, recién nacida, nuestros músculos se relajan de los sudores de la cálida noche y podemos respirar. El verano, por un momento, nos deja soñar con un día apacible, pero ya sabemos que no será así.

¿Luego qué? Ha amanecido y estoy despierto, he sido consciente de mí mismo tras un tiempo, me he dado cuenta de que aguzaba mi oído como un acto reflejo, buscando esos sonidos de la monotonía que dan forma a la realidad y dan coherencia a un mundo que, quizá, podamos detestar.

Se me hace imposible levantarme, la sola idea me harta, me aplasta contra las sábanas y me siento pesado, denso. El sueño ha sido apacible pero acuoso, opresivo. El calor del verano me produce un embotamiento del que no soy capaz de salir, es una prisión donde los sueños no están permitidos, donde las pesadillas nadan como esos monstruosos peces abisales. No me han dañado las bestias pero estoy turbado, la imagen de ese pez ha aparecido en mi cabeza y me obliga a darme la vuelta, a retirar a patadas la sábana que me cubre, a encogerme como un niño que juega, pero yo no juego. Estoy agotado pese a que he dormido varias horas.

Me levanto finalmente cual mártir en su último día. Quizá este sea el mío después de todo; no me importaría mucho. ¿Cómo preocuparse por la muerte cuando no apreciamos la vida? Ese problema, esa crisis de nuestro ser, me parece la más importante en esta sociedad, algo de lo que no podemos escapar. Desde hace años me siento atado al mundo y me pesa, me pesa como el plomo líquido donde nadan los abisales.

El “baile” es el mismo de todas las mañanas, no le pongo ni un ápice de atención, arrastro los pies por el pasillo, me quito la ropa interior y alivio mi vejiga. Si me he levantado ha sido más que nada por esa imperante necesidad. El espejo me mira con poco agrado, mi reflejo se palpa la barba sin afeitar, pero con un ligero esfuerzo mental recuerdo que hoy es domingo y que no es necesaria la tortura de la cuchilla y la espuma. La ducha es fría. Me visto con pulcritud, herencia de los años de ejemplo que me mostró la estatua de mi padre. La imagen de esa artificialidad, de esa magnificencia impuesta, de la inalterabilidad de su rostro, me recuerda que él era la gran efigie, el indiscutible señor de nuestro pequeño mundo. Mi madre hacía las veces de sumiso pedestal donde él se elevaba; casi se puede hacer uno a la idea de ella agachada, con su pelo rubio y el traje ceñido que usaba una de cada dos veces en la ópera, con la espalda dispuesta y mi padre encima, pisándola con los brillantes zapatos, vestido con el traje tres piezas de rayas, el reloj en el bolsillo del chaleco, el blanco pelo corto culminando su rostro pálido con las gafas de pasta negra y el gesto serio. No recuerdo haber visto sonreír a mi padre, los días que lo traigo a mi memoria delante del espejo me asusto de mí mismo y de mi propia boca, inclinada en esa contra-sonrisa que la genética repitió en mi padre y en mí. Quizá él fue consciente de lo que yo soy ahora, es posible que él viese el mundo tal y como lo veo yo. Se me ocurre pensar que existe la posibilidad de que no fuéramos tan distintos en el interior, de que todas las discusiones con él se debieran a que nuestros puntos eran similares y no divergentes.

Cuando termino de abrochar la camisa me doy cuenta de que estoy equivocado, de que en nada me parezco a él. Detesto su tiranía, no comparto los ideales conservadores ni me creo un personaje con derecho a estar por encima de los demás. No tengo familia, pero si la tuviera sé que no sería el líder indiscutible, el dios a los que los otros tuvieran que adorar, jamás sería capaz de pisar a mi mujer considerándola menor a mí, asignándole un papel y un lugar que a mí siempre me repugnó.

Mi padre está muerto, al igual que mi madre. Fue hace pocos años, él cayó primero victima de un corazón que no quiso mantener vivo por más tiempo a alguien así. Ella se dejó caer desde entonces, perdida sin el peso a sus espaldas, libre de pronto tras treinta años de matrimonio. No pudo soportar ese nuevo estado y se consumió. A mis hermanas y a mí nos ha ido bien, su muerte no nos causó una gran impresión como cabría esperar. Llevo un año sin verlas y no me siento mal por ello, sé que ellas tampoco. Nunca estuvimos unidos entre nosotros, somos planetas con nuestras propias órbitas que por casualidad fueron engendrados en el mismo sistema solar.

El desayuno es rápido: café, tostadas y una manzana.

Soy hijo de mis padres, es algo obvio, todos somos hijos de nuestros padres; afirmarlo es hilar un poco más, es estar diciendo que ellos realmente calaron en mí, que su tutela produjo, en parte, mi carácter. Mis padres lo consiguieron. El beatísimo del que intento despegarme, las “virtudes” católicas que me pesan como cadenas, pues lo son, siempre han estado ahí, están y estarán. Si creyera en Dios sería el perfecto cristiano. No creo, pero soy un ateo poco convencido, que mira los crucifijo con desdén, casi con asco, pero que al entrar en una iglesia suele estar tentado de rezar aunque sólo sea por conveniencia. Es cierto, en nada me parezco a mi padre, pero sus cuidados me forjaron en parte como él quería, en otra parte como no.

Termino el desayuno, recojo, me levanto y bajo a la calle para dar un paseo, buscando ímpetu en un domingo que ahora que nace ya amenaza con ser estéril, con morir sin dejar rastro.

En la calle ya hay varias personas, el vecino del quinto me saluda con una mano entre los sudores de su carrera matutina. Abren la floristería, su fragancia me hace detenerme ante el escaparate y observar las plantas. La dueña me sonríe mientras coloca un ramo de violetas, le devuelvo el gesto y camino, lentamente, con las manos en los bolsillos. Huyo de mis pensamientos, me concentro en la contemplación de la gente.

La prensa casi choca conmigo en un punto, el quiosquero me saluda con un gruñido y observo la prensa generalista, que no me atrevo ni a tocar, luego me fijo en las revistas. Mi inglés es lo suficientemente bueno como para observar la internacional, pero no me convence; mis ojos vagan por publicaciones de política, economía, historia, arte y curiosidades varias. “Es todo lo mismo”-me digo. Finalmente sonrío y me despido sin comprar nada, azorado ligeramente por mi contemplación gratuita.

Llego ante la panadería, aprovecho para comprar el pan y doy la vuelta, regreso a casa con prisa, casi asustado del mundo. Nada hay fuera para mí.

El apartamento me recibe con su quietud conocida, dejo el pan y suspiro en el sillón, observando el silencio que envuelve la casa. No sé qué hacer. El espacio se me antoja grande porque yo, vida minúscula, apenas ocupo un trocito de mi piso. Sentado miro las estanterías con algún libro y adornos varios. La mini-cadena permanece muda, la televisión está muerta, negra. ¿Podría encender algo? ¿Y de qué serviría? Ese es el problema, esto es lo que me inquieta, me enerva, me ahoga y me hace escupir. No sé qué hacer con el tiempo que conforma mi vida, casi parece que lo agoto por cansancio, porque no puedo hacer otra cosa. ¿Morir?

Miro la tentadora ventana. ¿Morir? No. Quizá en la muerte encontrase el alivio que espero, que ansío, la paz de ese dormir eternamente. Quizá llegue con la muerte un sueño acogedor, pero me preocupan las pesadillas. No, yo no soy Hamlet, yo no miro los espejos con inquietud, buscando en mi reflejo la imperfección que revele mi alma. No, nunca me han gustado las tragedias sádicas con lo obsceno a plena luz, palpitante y evidente.

Y de pronto, con una extrañeza tremenda, igual que si una jirafa u otra suerte de animal exótico hubiese entrado en la habitación, el teléfono suena. Es una rara ave cantora que me confunde y lo observo como si no lo conociera antes de alargar el brazo, tomarlo con la mano, descolgar y preguntar lo inevitable, lo aprehendido:
-¿Sí?

Es Teresa, amiga de toda la vida, hermana de batallas, audaz confesor de todos los pecados de mi vida y compañera de más de uno que hemos cometido juntos. Pregunta qué tal y respondo sinceramente; no se hace el silencio esperado, simplemente me invita a comer, concretamos el lugar, la hora y cuelgo el teléfono con una sonrisa que antes no estaba en mi cara. Ella me alegra lo justo para seguir un poco más, para sentir el impulso necesario que evita mi hundimiento. Si Soy es gracias a ella.

Me fascina la perfección sencilla de esa llamada de teléfono que ha evitado lo que muchas mujeres, amantes más intimas de mi sudor, se afanaron por conseguir o, en su dejadez, aquello que me levantaron, como enfermedad o salpullido. Recuerdo en un instante la sensación de ansiedad que tantas de esas conversaciones me dejaron, el disgusto palpitante, el insulto al borde de los labios tras colgar el teléfono. ¿Cómo puede cualquiera amar y dejar esa sensación en la otra persona? Es obvio, no había amor.

Me levanto pensando en lo que no hay que pensar, pienso en mi destino, en el punto y seguido de la narración. Pienso en el trabajo que mañana me esperará, fiel guardián que no se cansa; luego recorro el intrincado valle de lágrimas (por ser dramático en tal tema) que ha sido para mí el mundo de las mujeres, del amor hacia ellas. Confieso que las adoro, que son para mí seres extraordinarios, entes inigualables que no soy capaz de comprender del todo con mi mala disposición de hombre que no sabe oír ni ver. Las amé con fuerza y también me amaron, aunque ninguna por mucho tiempo. La única mujer que se ha quedado en mi vida ha sido ella, Teresa, siempre Teresa. Curiosamente nunca hemos sido nada más que amigos muy íntimos, que hermanos por elección. Sé, y me agrada tener esa seguridad, que ella estará conmigo en cualquier momento, transcurriendo cualquier trance. Hoy en día sería la única persona que de verdad sentiría mi desaparición de la escena, mi huida de este mundo. Lo sé porque no quiero ni imaginarme el mundo sin ella.

Y así llega el mediodía, pensando en nada, en mi vida, haciendo lo que todos hacemos tantas veces. El espejo me recibe con consideración esta vez, amablemente, mostrándome a mí mismo o una parte que yo reconozco de mí. ¿A qué se debe este cambio? ¿A Teresa? Quizás, quizás ahí esté la clave, el fondo; puede que finalmente haya que vivir por otros, en realidad es lo que hacemos cada día: vivir por otros, porque otros nos dan sentido. Los demás, ese Otro gigantesco, nos dota de coherencia. Las personas que he ido dejando atrás, las que conforman mi presente cercano o mi presente lejano, todas ellas han dejado poso; también la muerte. Sí, la muerte también ha dejado su huella. Ha sido, junto con el resto de circunstancias, una tutora como lo fueron mis padres, exactamente en el mismo modo y sentido.

Me han forjado con golpes extraños; millares de martillos que han chocado contra mi materia y me han otorgado este yo que el espejo me devuelve. Soy obra de muchos igual que soy artífice de los demás: de Teresa, del diablo de mi padre, de mis hermanas sin hermano, de las mujeres que he amado y me amaron… Es un pensamiento alegre, es una gota del licor que da sentido a nuestra existencia. La soledad no es una opción alegre, la soledad es la que hace contar mis días como placas de plomo que he de descolgar del muro blanco de mi habitación, la que me aplasta con su calor contra las sábanas.

Sin saber por qué, recuerdo a María, nuevo nombre en esta mañana, viejo recuerdo de unas semanas. En un relámpago se me aparece la luz de su cara ante ese espejo borroso. Me rendí con ella por miedo a arriesgarme, a ser feliz, a repetir errores mil veces cometidos, Ella, entristecida pero comprensiva, aceptó, sonrió como pudo y me regaló un último beso en los labios. Quizá pueda volver a intentarlo, quizá me atreva, aunque sea tímidamente, a amarla y dejar que me ame.

No lo sé, ha sido un pensamiento fugaz que me ha animado sin quererlo. Ahora, sin embargo, salgo a la calle, cojo el metro, estoy cerca del lugar marcado y Teresa me saluda a varios metros con su gran sonrisa, con su amor gratuito. María saldrá en la conversación, estoy seguro, Teresa me animará a coger el teléfono y marcar su número. ¿Lo haré? Me tienta mucho, cada vez más. La mañana gris de pronto se diluye, los abisales desaparecen con terror por la luz de verano y no hay acuosidad en mi mente ahora. Faltan muchas horas pero ya empiezo a entender que la cama hoy me recibirá de forma muy distinta; quiero creer que el sueño será más amable y me permitirá enfrentarme al guardián de los lunes terribles, al espejo que, dormido y ajado por el abotargamiento, me muestre el examen fatal de mi fondo, la monstruosidad de mi herencia.

Deposito mi fe en que mañana todo mejorará porque hoy está comenzando a cambiar para bien. Es imposible saberlo pero confío en mañana, siempre en mañana…

Festival International des musiques d’aujourd’hui de Strasbourg

De entre las pocas competencias que domino o de las que puedo hablar sin demasiado riesgo de parecer estúpido, la música contemporánea no es una de ellas.

Hecha esta aclaración, he de decir que este texto es pura opinión basada en la sensación inmediata, en el sentimiento estético que uno ha podido apreciar en el festival de música contemporánea de Estrasburgo. No habrá entonces referencias de estilo o de minuciosidades sobre la complejidad de esta música. Complejidad que es bastante notable, al menos a mi modo de comprender.

El festival Musica es un referente en el mundo de la composición contemporánea. Su éxito se ha trabajado desde 1983, año en el que fue organizado por primera vez; le debe su renombre a un presupuesto que hace posible el contratar los mejores grupos especializados en ese tipo de música para tocar las obras de los compositores más vanguardistas (entiéndase “vanguardista” como los más novedosos, en boga, en primera línea)

El festival de este año estaba dedicado a Philippe Manoury, autor francés que destaca por su dominio de la electrónica en tiempo real dentro de la música. Esto significa que mientras el grupo está interpretando las partituras, los micrófonos recogen esos sonidos y añaden a la materia musical ciertas modificaciones que transforman el sonido o que introducen otros pregrabados. De este autor yo destacaría, de entre las obras que pude escuchar: Hypothèses du sextuor (2011) interpretado por el ensemble Accroche Note en la sesión del 6 de octubre y Noon (2003) que se pudo escuchar dos días después en el cierre del festival, tocando la Radio-Sinfonieorchester Stuttgart des SWR /SWR Vokalensemble. Remarcaría especialmente esta última, quizá por estar inspirada en los poemas de Emily Dickinson, algo que puedo comprender mejor que la música en sí. La obra ponía sonido a las palabras de la poetisa, lo hacía de modo secuencial: palabra por palabra, interpretando con música el significado de cada vocablo o verso. La concepción es interesante y la obra era acorde a lo esperando, sin embargo como interpretación de los poemas de Dickinson resulta algo pobre. Válido pero que no tiene en cuenta el conjunto del poema. Hurgar con el bisturí palabra por palabra le quita el significado propio, podrían haberse escogido palabras al azar en un juego dadaísta y hubiéramos tenido el mismo resultado. Escoger una obra concreta como es el caso, para no encontrar esa coherencia en la reinterpretación parece algo decepcionante. Aún así el resultado era espectacular.

Hugues Dufourt, el ideólogo de la escuela espectral, sorprendió con su peculiar visión acerca de la obra de Tiepolo y del legado que este compositor entiende y desarrolla en sus obras. En la sesión del siete de octubre, el ensemble recherche interpretó L’Afrique d’après Tiepolo (2005) y L’Europe d’après Tiepolo (2010-2011) obras muy pensadas que parecían jugar con unos sonidos llenos de carácter propio que invitaban de lleno a la imaginación.

Johannes Maria Staud, compositor austriaco, estuvo entre los más aclamados con dos obras de unos sonidos impresionantes y tan característicos como los de Dufourt, si bien diferentes como podría uno imaginarse. A este que suscribe le resultó quizá el más impresionante junto con Alberto Posadas, del que se hablará a continuación. Las obras de Staud se escucharon el día seis de mano de la Orchestre Philharmonique de Strasbourg, que interpretó On comparative Meteorology (2008-2009-2010) y el día ocho, en el cierre del festival, ejecutado por la misma orquesta que tocó las obras de Manoury; en esta ocasión la pieza fue Contrebande – On comparative Meteorology II (2010) Ambos trabajos son un todo que hubiera sido interesante escuchar en el mismo día, no obstante, de la forma en que fueron dispuestos tampoco desmereció el resultado.

Por último hay que citar a Alberto Posadas, Premio nacional de música de este año, fallado hace pocos días. El merecido galardón sirve de broche a una carrera que se justifica por su obra. En el festival Musica, el día siete el Quatuor Diotima interpretó su obra Del reflejo de la sombra (2010), que abre un ciclo para cuarteto, clarinete, bajo y soprano todavía en proceso de escritura. La segunda obra de grandes dimensiones de esta serie, Del misterio de la sombra se estrenará en Madrid el mes que viene. Esta obra de Alberto Posadas está llena de oscuridad, esto no debería sorprender dado su título, pero lo hace. Si la música es difícil de descifrar, además de en su cuestión técnica, es por lo difuso que es el conseguir una plataforma sólida sobre la que argumentar: el espectador sólo dispone de su oído para entender eso que es abstracto. Que la obra de Alberto Posadas esté llena de esa sombra significa que la bruma de la música es capaz de crear algo más: la imagen que se tambalee en nuestra cabeza, la atmósfera terrible y agobiante de la oscuridad, de la sombra proyectada, del espíritu. Lo abstracto permanece así, pero se hace comprensible por una especie de milagro.

En definitiva, el festival ha sido una experiencia muy grata para este que firma, ha sido afrontar algo nuevo y ha servido para descubrir cierta forma de comprensión, de pensamiento. Con todo ha habido obras en las que quizá por pura ignorancia no he sabido encontrar el gusto o que me han aburrido. Se trata, supongo, de falta de conocimiento. Aún así, esa abstracción melodiosa de los sonidos, la destrucción del convenio de la música antigua en favor del eco, de lo ficticio, es creación limpia, matemática del arte, una indefinición difícil de entender pero que puede agradar y que resulta un reto interesante de afrontar.

Enlaces de interés: Festival Musica

La otra ciudad

No recordaba exactamente cuándo había sido su última visita. Sabía que fue hace dos años, pero no tenía claro ni el mes ni el día. Se había ido en una mañana fría, esa sensación la recordaba bien y volvía en otra mañana que le parecía más clara pero que era tan fría como aquella que se emborronaba en su mente. El modo también había sido el mismo, llegaba en tren, a una estación que, como todas las de su tipo, estaban llenas de recuerdos de partidas y de regresos. Si uno se parase a pensar, quizá en lugar del cementerio sea en una estación donde las personas más sufren por aquel que se va. ¿Quién no podría decirle a él que en aquel mismo anden que ahora pisaba no hubiera habido años atrás cientos de madres rojas por las lágrimas mientras despedían a otros tantos hijos uniformados y que nunca regresarían de una guerra de esvástica y dólar? Se los imaginaba perfectamente a todos ellos, rubios, grandes, con la fuerza de la juventud en sus cuerpos calientes, arrastrando las pesadas botas con pesadumbre por abandonar las carnes apretadas de mujeres cuyos perfumes ya echaban de menos, por renunciar a los guisos pobres pero sabrosos de sus madres, que les llenaban el estómago de un cosquilleo agradable antes de echarse un rato bajo mantas calientes en una cama limpia. Aquellos jóvenes con la esperanza de la vida en sus corazones llorarían de seguro o se mostrarían fríos pero destrozados por dentro. El sello de la muerte marcaría sus frentes como una cruz de ceniza porque La última dama los rondaría ya entonces en las inmediaciones del tren, reconociéndolos antes de reclamar lo que era suyo desde que nacieron. Luego, pasada la lista, los trenes de hierro abandonarían la estación ahumándola con grandes pitidos; se arrastrarían pesados, con algún grito elevándose por encima del resto de sonidos, alejándose de aquella ciudad llena de madres sin hijos. Esas mismas máquinas regresarían poco después y devolverían a las mujeres la parte de ellas que se habían llevado, esta vez dentro de cajas de madera clara y de listones finos.

Él cruzó la estación hasta llegar al punto exacto donde tiempo atrás recordaba la despedida que ahora veían en tercera persona. En la calle encontró de nuevo el frío voraz. Dejó la maleta a un lado para cerrarse bien el abrigo, luego colocó el nudo de su bufanda y encendió un cigarrillo para quitar esa necesidad que su cuerpo le pedía. Expulsó el humo con conciencia de hacerlo en otro lugar, era algo así como una bienvenida que él mismo se daba. Nadie había ido a recogerle. Tampoco hacía falta, se dijo. Aquella de quien se despidió una vez ya no vivía en esa ciudad, se habían olvidado como se olvidan los amigos. Mientras fumaba con los ojos entrecerrados procuró recordar su cuerpo, su cara, su pelo, pero los detalles se le escapaban del esfuerzo de su memoria. Aquello le entristecía, era como perder un poco de su vida. Todo aquello había pasado a formar parte de esa masa sin definición que es el banco de la evocación.

Paseó por las calles que guiaban hasta su hotel poniendo sus pies donde creía haberlos puesto años atrás. Era un juego imposible y por eso mismo le divertía de forma fría y con cierto cinismo amargo. Enfundó las manos dentro de los bolsillos de su gran abrigo y no encendió otro cigarrillo, sino que su atención se vio capturada por aquellas tiendas donde ella y él se habían avituallado de las más diversas materias: desde comida mundana, fruta, pasteles y café, hasta cigarrillos o una botella de whisky. Ella le regaló un gorro ridículo que vendía por unas pocas monedas un hombre con la cara curtida; el sombrero tenía bordado el nombre de la ciudad, uno de esos típicos souvenirs que con tanto derroche se fabrican y se venden a pesar de ser del todo vulgares y feos. Él nunca se lo puso, sólo aquel día en los pocos minutos de un paseo helado que terminaron en la casa acogedora donde aquel gorro se perdió. Meses después, cuando ya todo había terminado, se encontró la prenda en el bolsillo de un abrigo viejo que había olvidado. Esta vez, cuando hizo la maleta, estuvo a punto de meter el regalo de ella dentro, para devolverlo a su ciudad, para arrojarlo en algún lugar o regalárselo a un mendigo. Quería cerrar el círculo, era su intención, pero cuando ya lo tuvo en las manos no se atrevió a echarlo encima de las camisas primorosamente dobladas y lo dejó sobre la cama. No lo guardó, a su regreso seguiría allí, recordándole que ella existió y que la ciudad fue única en aquel tiempo. Jamás volvería a pasear entre aquellos edificios o a cruzar aquellos puentes. Sí, podía reconocerlos ahora en el apresurado paso de su caminata, pero no eran los mismos, estaban desprovistos de ella y aquella ciudad era su ciudad por mucho que hubiera desaparecido y que él hubiese olvidado su voz o sus pecas; aunque ella ya no viviera allí y estuviese con otro hombre a cientos de kilómetros no importaba, la ciudad seguía imperturbable en su recuerdo y no sería capaz de cambiar aquella impresión por mucho que cruzara el mismo paso de peatones una y otra vez.

Llegó al hotel y pidió la llave tras cumplimentar las tediosas fórmulas de bienvenida. Cuando entró en la habitación arrojó a un lado la pequeña maleta y se tumbó en la cama. El silencio le sobrecogió. Apenas aguantó un par de minutos en aquella posición. Se levantó y abrió la ventana. El frío le llego claro junto con el ruido de la ciudad. Desde su altura tenía una buena vista de los tejados del centro de la urbe, de la plaza que tan bien conocía, de la oscura catedral que nunca había sido limpiada. Recordó algún que otro paseo y buscó con la mirada ciertos puntos que brillaban en su cabeza: un restaurante, una cafetería o la casa de ella. Algunos sí los encontró, otros no pudo pero tampoco se inquietó. Aquella era ciudad era otra. Mientras encendía otro cigarro comprendió que no sentía lo mismo esta vez. Él había cambiado y la ciudad, a pesar de permanecer inalterable, se mostraba ante él con otra apariencia: más iluminada, más abierta, más abarcable para él. Le gustó esa sensación, significaba que todo podía ser vivido de una forma distinta.

De creationis

De todos los tópicos que se han ido formando alrededor del poeta, del compositor, del pintor o del artista en cualquiera de sus vertientes, quizá uno de los más persistentes, una de esas controvertidas convenciones que se aceptan inmediatamente, es el miedo a la página en blanco. Una especie de “horror vacui” que en el periodo románico se asociaba a la proliferación de figuras, lineas, colores y formas de cualquier tipo. Se hacía todo con tal de que no quedara espacio sin rellenar. Miedo al vacío entonces, a lo no conocido; el pavor que se siente no es por la falta de algo cognoscible sino por la pregunta incómoda que suscita el hueco sin rellenar. ¿Qué hay en ese espacio insoportablemente blanco? ¿Qué es? ¿Qué nombre tiene? No hay respuesta y por eso surge la inquietud. No conocemos lo que hay más allá y sabemos que “nada” es una respuesta demasiado rápida y que cae fácilmente en el equívoco. Antiguamente en la cartografía medieval se consideraba que los espacios vacíos del mapa debían de ser lugares oscuros y terribles, ya que de no ser así Dios habría iluminado a sus hijos predilectos hasta llegar allí. ¿Qué solución tomar en aquellas minuciosas obras de arte que pretendían guiar los ojos curiosos del monarca? Al cartógrafo le vino rápidamente una idea a la cabeza, hizo un bonito dibujo y grabó el lema“Hic sunt dracones”, es decir, “aquí hay dragones”. Es fácil suponer que los ojos reales de su alteza se deleitarían con aquellas serpientes que emergían del mapa, aceptando con reverencia la insignia del cartógrafo. “Sin duda debe de haber dragones” y la mención a Dios sería segura.

La historia del vacío es muy larga. Ese lugar común de que los artistas tienen horror a la página en blanco se entiende de la misma manera que en el caso del cartógrafo o del pintor medieval. ¿Qué hay en esa cuartilla iluminada, sin mancha alguna que perturbe su textura? “Nada” no es una respuesta y el poeta, el escritor, el pintor ante su lienzo, el compositor que traza los pentagramas pero que ve igual de virginal la superficie, todos ellos se preguntan por qué tienen miedo y bajan la pluma o el bolígrafo o los dedos sobre el teclado y dudan. Escribir “aquí hay dragones” ya no parece adecuado siglos después ni tampoco serviría comenzar a garabatear o dar pinceladas rellenando por rellenar. Queremos manchar el papel, pero queremos hacerlo bien y de la forma exacta, sin excesos, sin trucos. Esos instantes antes de que se prenda la mecha, halla o no inspiración de por medio, están llenos de miedo. Es el miedo al vacío que se ha de llenar, pero también miedo a la mediocridad, a escribir algo que no sea digno de ese papel blanco. Sí, algo tiene de sagrado el acto de la escritura. Es dotar de cierto cariz real, destapar toda duda de cómo debe ser eso que no existe hasta que le da forma la tinta o la pintura. “Escripta manent” y los artistas lo saben y temen su permanencia, su realidad. Es mejor, menos problemático, dejar esas ideas en el limbo, en el rincón oscuro donde apenas son un destello, una sombra de lo que podrían ser.

Y finalmente se escribe, con miedo al principio, pero luego la mano se acostumbra a hacer ese ejercicio y prosigue rellenando la página, anotando al margen lo necesario, tachando si ha de hacerse. Crea, en una palabra. La mente se confunde y termina por marginar lo que es real, se traslada a ese pequeño universo de sombras donde el papel es lo más brillante, toma nota de aquello que ve sin ver, pinta lo que su imaginación le exige y por fin, cansado, el mundo extraño se difumina y la realidad vuelve con su peso cotidiano. El papel aparece emborronado junto a otras páginas que le han seguido. El cuadro está terminado, o al menos ha finalizado la parte que le tocaba ahora. Quizá haya un ligero zumbido en la cabeza de ese artista ante su obra y quizá relea con angustia creyendo que lo escrito es apenas digno de ser visto por ojos ajenos. Puede romper el papel o lanzarlo al fuego, aniquilarlo hasta que desaparezca su existencia. Todo con tal de que se destruya eso que ha sido traído desde un mundo sombrío
hasta el nuestro. El trabajo de demiurgo siempre ha sido y será decepcionante, porque trasladar lo que queremos mostrar al plano de lo real vendrá con imperfecciones que nunca podremos pulir del todo. Aún cuando por fin el artista quede satisfecho se dará cuenta de que no puede escapar al temido juicio, a la crítica, a la crisis a la que se ha de enfrentar esa obra ante “el otro”. Ese otro posará su mirada en el cuadro, en la obra, pensará, tendrá una opinión y sus labios pronunciarán sentencias que de un modo u otro afectarán al artista y a su obra. Pues ese “horror vacui” que se había superado ahora muta por el miedo a la crisis, al juicio, miedo a la mediocridad, a que lo escrito sea mendaz.

El creador jamás podrá escapar al terror.